Editorial

editorialnoviembre2011

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Paradojas geográficas

Nunca he olvidado lo que empezó siendo un intento de cumplir mi trabajo en el Albertine Rift. Una encantadora joven caminaba por un frondoso sendero de la selva con un haz de leña a cuestas. Mi guía, un maestro de la zona, le preguntó si me dejaba fotografiarla. Ella aceptó sin reservas. Hecha la fotografía, pregunté si podía recompensarla por su generosidad. Mientras le hacía entrega de una módica cantidad de dinero irrumpió un hombre blandiendo un machete que se identificó a gritos como su marido. Llevado por la furia y el alcohol, exigió más dinero y nos amenazó. Cuando nos íbamos, miré por el retrovisor del vehículo y vi que estaba golpeando a la joven. Frené y corrí hacia ellos, pero el guía me retuvo. Conocía al hombre, y podía ponerse más violento si yo intervenía. El hombre nos vio y detuvo su agresión. Tanto él como su mujer me indicaron con señas que siguiese mi camino. Volví al coche, furioso con el agresor y conmigo mismo, porque me sentía responsable de lo ocurrido.

 Cinco años después, en 1994, aquel rincón de África fue escenario de una violencia infinitamente mayor: las matanzas en masa conocidas como el genocidio de Ruanda.
El Albertine Rift, como nos muestran el texto de Robert Draper y las imágenes de Pascal Maitre y Joel Sartore, es un paisaje esculpido por la violencia: lagos, sabanas y montañas nacidas de las convulsiones de las placas litosféricas; una geografía cubierta de otra capa de virulencia aún más desoladora, la infligida por el ser humano. El Rift es una maraña de penuria y sufrimiento humanos, una región donde la población se hacina desde hace milenios, atraída por la fertilidad del suelo y los minerales. La paradoja, afirma Draper, es que su riqueza es precisamente la causa de su escasez. En el artículo descubriremos por qué. Este dilema despierta una preocupación inevitable: ¿hay bastante para todos? Es la pregunta omnipresente en esta séptima entrega de la serie sobre población mundial.