Editorial

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editorialmarzo2011

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Por Chris Johns, director de National Geographic Magazine

Nuestros mares empezaron a degradarse mucho antes de que decidiéramos estudiarlos científicamente, in situ e in vivo. En el caso del Mediterráneo, mucho antes significa milenios. Pesca, comercio, industria, migraciones y una dilatada historia de intercambios de diversa índole han convertido este mar antiguo en la antesala de un espacio yermo, sin vida.

«El día que demos caza a la última ballena, el mar se llenará de medusas y calamares», sentenciaba el Capitán Nemo, comandante del Nautilus en Veinte mil leguas de viaje submarino. La proclama visionaria del lúcido personaje verniano parece hoy destinada a convertirse en realidad. Poquísimas ballenas quedan en el Mare Nostrum, cada vez menos atunes rojos, escasísimas colonias de coral rojo, y así hasta confeccionar un vasto elenco de esquilmadas especies marinas que luchan por subsistir en unas aguas sobreexplotadas.

Hoy estamos en condiciones no sólo de evaluar el estado de los mares, sino también de diseñar estrategias para su conservación. El biólogo marino Enric Sala, explorador de National Geographic, ha viajado a algunas de las escasas reservas mediterráneas protegidas para documentar su espectacular recuperación gracias a las medidas adoptadas.

Un primer paso para un ambicioso proyecto: la creación en el Mediterráneo de ocho grandes áreas protegidas, cuya gestión compartida entre los distintos países ribereños redundaría en un balón de oxígeno para unas aguas tan cruciales para la historia de la humanidad como para la supervivencia del planeta.