Editorial

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Por Chris Johns, director de National Geographic Magazine

editorialfebrero2011

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3 de febrero de 2011

Los franceses tienen una expresión para referirse a un inframundo que no es cielo ni infierno: «au diable vert» (irse al diablo verde). Los expertos creen que un demonio acabó personificando ese reino tenebroso en tiempos medievales, cuando de un castillo abandonado llamado «valle verde» se oían escalofriantes gemidos. ¿De dónde procedían? Los creaba el viento al pasar por unas canteras de piedra caliza cercanas explotadas en época romana. Canteras como las que horadan el subsuelo de París.

Si bajo la Ciudad de la Luz hay espíritus, es más probable que se trate de artistas o exploradores urbanos que de demonios. En el laberinto subterráneo parisino, el pasado yace enterrado en una intrincada red de catacumbas, viejas canteras y búnkeres de la segunda guerra mundial. Un escenario perfecto para celebrar fiestas o pintar murales. Mientras los ingenieros refuerzan los muros de los túneles y la policía patrulla los rincones oscuros, una cultura tan marginal como prolífica bulle en las entrañas de París.
Cuando una ciudad lleva milenios habitada, hallar nuevas formas de explorarla, y no digamos de fotografiarla, supone un enorme reto. Por eso llamamos a dos de nuestros expertos en espeleología, el autor Neil Shea y el fotógrafo Stephen Alvarez, para que fotografiaran los sustratos más antiguos de la urbe.
Y resultó que entre el cielo y el infierno aguardan los tesoros de la historia parisina, hallazgos vinculados a dioses celtas, a epidemias medievales y a la ocupación nazi. Pero los descubrimientos más reveladores no se ven a la luz de una linterna. Hay que buscarlos en la pasión por las profundidades ocultas, la auténtica «catafilia», un territorio en el que arraiga y prospera una cultura propiamente parisina, diable vert incluido.