Editorial

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Por Chris Johns, director de National Geographic Magazine

editorialdesembre

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29 de noviembre de 2010

Desde la cima del Everest hasta las chimeneas submarinas, nuestros fotógrafos buscan y crean imágenes que nos permiten viajar hacia remotas fronteras, y aportan nuevas perspectivas del mundo conocido. Pero el cosmos es harina de otro costal. Aunque nos encantaría escondernos tras un asteroide a una distancia prudencial de la supernova de Tycho para tomar miles de fotografías, por ahora la imaginación va más allá de nuestras posibilidades físicas. Y de nuestros ojos: ninguna de esas imágenes radiográficas e infrarrojas podría visualizarse sin telescopios ni cámaras de vanguardia.

Esta tecnología punta, sumada a los descubrimientos de astrónomos de todo el mundo, nos ha obsequiado con la imagen más clara hasta la fecha de nuestro propio rincón del universo: la Vía Láctea. Con una distancia de 120.000 años luz de extremo a extremo, la inmensidad de nuestra galaxia en cuanto a tamaño y fuerza gravitatoria propició las descomunales explosiones químicas que crearon elementos pesados primero y planetas terrestres después, entre ellos el nuestro. Y todo gracias a su inmenso agujero negro central, que no sólo retiene a los cientos de miles de millones de estrellas que lo rodean, sino que también de vez en cuando se traga uno (o tres). Hasta que National Geographic pueda enviar un fotógrafo a retratar de cerca estos fenómenos, seguiremos colaborando con las agencias espaciales más importantes del mundo para ofrecerles las imágenes más recientes de la Vía Láctea y su espectacular actividad.