Editorial

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editorialnoviembre2010

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Por Chris Johns, director de National Geographic Magazine

Desperté al alba y vi que aquel día, la llanura del Serengeti no se parecía en nada a la de la apacible noche anterior. El paisaje, tan sereno y despejado la víspera, se había llenado de miles de ñúes, que perseguían la lluvia en busca de hierba. La suya no parecía una migración organizada, sino un movimiento anárquico, una sucesión de saltos, atropellos y tambaleos en círculo. Según la tradición africana, los ñúes fueron creados con los trozos sobrantes de otras bestias, pero su papel en la supervivencia del Serengeti no es ninguna broma. Sus patrones migratorios tienen una importancia vital.
Los bisontes desempeñaron un papel similar en las praderas norteamericanas. En 1806, William Clark escribió: «Subí a las colinas y desde un promontorio divisé más búfalos de los que nunca había visto juntos. Debo de haber visto unos 20.000 ejemplares paciendo en la llanura». Cuando Clark viajó al oeste con Meriwether Lewis, en las praderas vivían decenas de millones de bisontes, que daban forma a la vegetación, dispersaban las semillas y convivían con otras especies, como los mochuelos de madriguera o los perrillos de las praderas. A finales del siglo XIX, la caza los había llevado al borde de la extinción.
Por suerte, otras muchas especies migratorias sobreviven. Este mes, el mundo de las migraciones cobra vida en las páginas de nuestra revista, en National Geographic Channel y en la web. Nuestros fotógrafos y redactores dedicaron dos años al proyecto. Quedaron fascinados por el empeño y la gracia de esos animales. Estoy convencido de que el lector sentirá lo mismo.