Editorial

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Por Chris Johns, director de National Geographic Magazine

editorialoctubre2010

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28 de septiembre de 2010

Han transcurrido 151 años entre aquel 27 de agosto de 1859 en que Edwin Drake perforó con éxito el primer pozo petrolífero cerca de Titusville, Pennsylvania, y el vertido de la plataforma Deepwater Horizon, a 72 kilómetros de la costa de Luisiana, esta primavera. Drake halló el preciado crudo a 21 metros de profundidad, dando origen a la moderna industria petrolera. Desde entonces nos enfrentamos a las consecuencias de un estilo de vida alimentado por este combustible. Se han multiplicado las acusaciones y los debates sobre quién es el culpable del vertido, pero cabe afirmar que, al menos en parte, la responsabilidad recae sobre nosotros y nuestro insaciable apetito de petróleo. Algo que no pudo imaginar Drake con su pozo, del que extraía 20 barriles diarios. El petróleo de ese y otros pozos se destinaba principalmente a la producción de queroseno, que entonces sustituía al aceite de ballena como combustible para la iluminación. Faltaba aún casi medio
siglo para la creación de la compañía Ford, que acabaría vendiendo millones de automóviles. Todavía no existían los polímeros basados en petróleo, las botellas y bolsas de plástico, los fertilizantes, los reactores ni la «era del hombre del hidrocarburo», como la llama Daniel Yergin en La Historia del petróleo.
En el reportaje de este mes, el texto y las fotografías –un pelícano empapado de crudo, un litoral contaminado, el rostro desesperado de los pescadores– nos recuerdan que el coste real del petróleo supera con creces su precio.