Editorial

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Por Chris Johns, director de National Geographic Magazine

En 1981, casi un año después de la erupción del monte Saint Helens, en el estado de Washington, sobrevolé un paisaje monocromo en el que se amontonaban los troncos destrozados de los viejos abetos. Antes del letal fenómeno que mató a 57 personas, aquella había sido una de las montañas más hermosas de la cordillera de las Cascadas. Más tarde se convertiría en un inmenso orificio que despedía enormes columnas de vapor.
Un colega del Seattle Times y yo buscábamos a Ralph Kilian. Lo encontramos excavando entre una maraña de árboles (arriba). Tenía el aspecto curtido de quien ha pasado la mayor parte de sus 61 años trabajando en las explotaciones madereras del noroeste de Estados Unidos. Llevaba un año buscando los restos de su hijo John y su nuera Christy, que estaban acampados en la zona cuando tuvo lugar la explosión. «Muchas personas intentarían olvidar –nos dijo cuando aterrizamos para entrevistarlo–. La vida continúa, pero algunas cosas no son fáciles de borrar de la memoria. Tengo que saber qué sucedió.» Hacía tiempo que Ralph había aceptado la muerte de sus seres queridos, pero aun así deseaba descubrir los detalles de aquel día. Finalmente, en un desenlace agridulce, recuperó los restos de su nuera, pero nunca los de su hijo. La ciencia nos ayuda a comprender muchas cosas: podemos conocer la trayectoria de un huracán y medir la altura de las olas de un tsunami. Pero hay cuestiones que van más allá de la razón. Un corazón afligido, por ejemplo.