Editorial

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Por Chris Johns, director de National Geographic Magazine

Le sucedió a Stephen Alvarez, como a tantos otros fotógrafos. Después de mirar unas cuantas fotos de un paisaje extraordinario, en este caso de la isla de Madagascar, no fue consciente de la dificultad que realmente entrañaba tomar fotos en aquel exótico lugar.
Como comprobarán por las imágenes del reportaje de este mes «Al filo de la navaja», fotografiar ese laberinto de piedra es duro. Muy duro. Para empezar, tardó cinco días en desplazarse desde Antananarivo, la capital de Madagascar, hasta su destino, el parque nacional y la reserva del Tsingy de Bemaraha. Cuando Stephen, el escritor Neil Shea y un equipo de científicos llegaron a las escarpadas torres de caliza del tsingy, tuvieron que atravesar unas crestas afiladas como cuchillos que se erigían entre gargantas de 120 metros de profundidad. «Caer por un precipicio de 120 metros no era lo que más miedo me daba –dice el fotógrafo–. Lo que me daba verdadero pánico era caerme desde 15 centímetros y seccionarme la arteria femoral.»
La travesía era tan agotadora, que el equipo se daba por satisfecho si lograba recorrer un kilómetro al día. Una tarde Neil tropezó con una enredadera y, al caer, una afilada punta de piedra caliza se le clavó casi hasta el hueso de la rodilla. Pasaron dos días antes de encontrar a alguien que le curase la herida. La enfermera que lo atendió le preguntó por qué había ido a un lugar como ése. La respuesta fue fácil: esos son los lugares remotos e inexplorados que National Geographic lleva mostrando a sus lectores desde hace más de un siglo.