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Crisol de los dioses

Crisol de los dioses

Crisol de los dioses

Hubo un tiempo en que en Turquía y Georgia los sacrificios cruentos a los dioses eran realmente importantes. Hoy, los pueblos que habitan la aislada franja costera del mar Negro siguen viviendo según las tradiciones de sus antepasados.

En el siglo XIV a.C., un joven griego llamado Jasón armó un navío, al que dio el nombre de Argos, y convocó a 50 guerreros para que le acompañasen en una travesía desde Tesalia a los confines del mundo conocido: la Cólquida, un territorio que cubría la parte occidental de la moderna Georgia y se extendía por la costa del mar Negro, entre el Cáucaso y Trebisonda. Allí estaba el vellocino de oro, suspendido de una encina y custodiado por un dragón que nunca dormía, y los argonautas juraron arrebatárselo a Eetes, rey de la Cólquida. La materialización de aquella promesa, los juramentos, ofrendas y fatídicos conjuros que costó, se convertirían en uno de los mitos más célebres del mundo clásico. Jasón nunca existió, naturalmente; por eso hubo que inventarlo. Cualquiera que leyese el relato cuando al fin se consignó por escrito en el siglo III a.C. podía reconocer el tema subyacente, que no era otro que la epopeya de la colonización helénica de las costas del mar Negro. Era un territorio peligroso, conocido todavía hoy por las súbitas tormentas y notorio, al menos entre quienes narraron el mito, por sus tribus salvajes y costumbres bárbaras.Lea el artículo completo en la revista.