Arqueología en 3D

Virtualmente inmortales

Los expertos en conservación digital tienen una misión: captar en toda su gloria tridimensional las obras maestras del arte mundial amenazadas.

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Arqueología en 3D

Una copia tridimensional de un relieve en piedra de Kalki, encarnación del dios hindú Vishnú, preservará el aspecto de la obra si algún día se pierde. La figura central, compuesta mediante escaneado láser, es una imagen terminada, mientras que los lados son todavía una fase intermedia del modelo digital.

Reconstrucción digital: Centro de Documentación y Visualización Digitales

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Arqueología en 3D

Se emitieron millones de rayos láser para crear una réplica exacta en 3D de un friso del siglo XI que se encuentra en el pozo escalonado de Rani ki Vav, en el oeste de la India, en el que se representan dioses hindúes y sus asistentes femeninas. El friso es uno de los muchos relieves de este yacimiento que salieron a la luz en la década de 1960. La posibilidad de que estas esculturas espectaculares resultaran dañadas o fuesen destruidas impulsó la colaboración de varios grupos de expertos con el fin de preservar la obra en formato digital.

 

 

Reconstrucción digital: Centro de Documentación y Visualización Digitales

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Arqueología en 3D

En la Misión Dolores, uno de los edificios más antiguos de San Francisco (construido en el siglo XVIII), un láser montado sobre un trípode emite 50.000 haces de luz por segundo sobre una pared de adobe para realizar un modelo digital en 3D de esta estructura, amenazada por los terremotos.

Foto: David Coventry

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Arqueología en 3D

Todos los detalles de uno de los «hombres verdes» de la capilla de Rosslyn, en Escocia, cobran vida en una reproducción digital del relieve original: las hojas de la cabeza, las ramas que salen de su boca o su risa desdentada. El escaneado del exterior y el interior de esta iglesia del siglo XV ha revelado elementos que antes eran difíciles de estudiar.

 

Reconstrucción digital: Centro de Documentación y Visualización Digitales

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Arqueología en 3D

Unos escaladores trajinan en las famosas cabezas del monte Rushmore, en Dakota del Sur, para colocar los escáneres 3D. Entre los socios del proyecto figuran el Servicio de Parques Nacionales de Estados Unidos, Historic Scotland, la Escuela de Arte de Glasgow y CyArk, una organización estadounidense sin ánimo de lucro dedicada a la preservación digital de lugares de interés cultural de todo el mundo.

Foto: Richard Barnes

17 de enero de 2014

La primera sorpresa tras el largo y polvoriento camino desde Ahmadabad es la sombra de los árboles y la verde extensión de hierba. Después de franquear la verja de la entrada, hay que seguir un largo sendero de piedra hasta que la tierra se abre frente a ti. Allí, al otro lado de la explanada de hierba, hay un vasto barranco de arenisca que no ha esculpido el viento ni la lluvia, sino manos humanas. Es Rani ki Vav, el pozo escalonado de la reina.

El clima del noroeste de la India es seco casi todo el año, con lluvias repentinas que penetran en el suelo arenoso durante los monzones de verano. Hace siglos la gente cavaba para llegar hasta el agua subterránea y luego construía escaleras de piedra para bajar a los pozos. Aquellos primeros pozos escalonados eran sencillos, pero con el tiempo algunos llegaron a ser monumentales obras de arte. Rani ki Vav es uno de los más impresionantes. Situado cerca del río Saraswati, en Gujarat, fue construido a finales del siglo XI por la reina Udayamati en memoria de su esposo muerto. Se usó poco tiempo porque en 1300 las inundaciones estacionales ya lo habían llenado de limo. Pero en la década de 1960 el Servicio Arqueológico de la India empezó a excavar en el lugar, y los testigos quedaron maravillados al descubrir lo que ocultaba la arena.

«Habíamos visto fotos, pero nada es comparable a verlo en persona», dice Lyn Wilson, ar­­queóloga de Glasgow, mientras contempla las escaleras que descienden al pozo. Armados con lo último en tecnología de escaneado láser, ella y sus colegas del Centro de Documentación y Visualización Digitales (sociedad formada por Historic Scotland –la agencia para la protección de monumentos históricos del Gobierno escocés– y el Estudio de Diseño Digital de la Escuela de Arte de Glasgow), en colaboración con la ONG estadounidense CyArk, se proponen reducir las probabilidades de que Rani ki Vav, o al menos los datos sobre el lugar, vuelva a perderse.

De todos los proyectos que han emprendido, desde los monolitos de las islas Orcadas hasta el monte Rushmore, este es uno de los más difíciles.

Hacia las doce y media los aparatos ya han llegado. Cuando los miembros del equipo abren las cajas, les sale al paso el primer obstáculo: dos autocares cargados de escolares de Rajastán, de visita cultural.

Durante las dos semanas siguientes deberán luchar contra el calor (protegiendo los escáneres electrónicos del sol con paraguas que sostienen con las manos) y soportar a la multitud de curiosos, mientras hacen rebotar el láser sobre todas las superficies del pozo escalonado y registran cada uno de sus contornos. Si el monumento se perdiese de nuevo, por las inundaciones, la guerra, los terremotos o el paso del tiempo, quedará de él una minuciosa réplica tridimensional disponible en Internet.

La expedición a la India forma parte de un proyecto llamado Scottish Ten, cuyo propósito es producir réplicas virtuales de diez bienes culturales de categoría mundial. Parte esencial de este esfuerzo es CyArk, que colabora con diversos grupos para escanear decenas de sitios de todo el mundo, desde Deadwood, en Dakota del Sur, hasta Pompeya, Chichén Itzá y la antigua Tebas. En caso de que los originales se deterioren o se destruyan, la pérdida será menos grave si existen copias de seguridad.

Cuando viajé a Escocia a principios de este año, Douglas Pritchard, que entonces trabajaba en el Estudio de Diseño Digital de Glasgow, me invitó a hacer un recorrido virtual por uno de sus proyectos más recientes: el castillo de Stirling, donde María Estuardo fue coronada reina de Escocia en 1543. Sentados en la sala de proyección y provistos de gafas 3D, volamos como pájaros por el oscuro pasillo de entrada hacia la luz del patio central. Planeamos sobre la gran sala, cuyas ventanas reflejan con realismo el mo­­vimiento de las nubes, y llegamos al tejado, que de repente se levantó para que voláramos entre las vigas y mirásemos el vasto espacio donde antaño se reunía el Parlamento escocés y donde estaban los tronos del rey y de la reina. Prácticamente lo único que faltaba era la atmósfera fría y húmeda que impregnaba algunas partes del castillo y el ruido de voces amortiguado por las paredes de piedra. Quizás algún día también se puedan reproducir esos detalles.

Pero estos esfuerzos van dirigidos a algo más que a la producción de simulaciones hiperrealistas. La capilla de Rosslyn, al sur de Edimburgo, ha padecido durante siglos todo tipo de amenazas. «Las tropas de Oliver Cromwell la utilizaron como establo en 1650», me contó Pritchard. En los primeros años del siglo XX las sufragistas intentaron volarla. Con sus intrincados relieves («paraíso de la simbología», escribió Dan Brown en El código Da Vinci), la capilla ha atraído a teóricos de la conspiración, que insisten en relacionarla con los masones, los caballeros templarios y la descendencia secreta de Jesús. Hace unos años, un hombre armado con una piqueta hizo un torpe intento de abrir una columna en cuyo interior esperaba hallar el Santo Grial. Ahora que las piedras han sido escaneadas, cualquier daño podría ser reparado con total fidelidad al original. Y si eso no fuese posible, la antigua iglesia se podría reproducir en el ciberespacio.

A la mañana siguiente de nuestra llegada al pozo escalonado, comienza la primera jornada completa de trabajo. Mientras el sol matinal brilla con creciente intensidad, desciendo a las profundidades del pozo, abrumado por la complejidad de lo que el equipo debe registrar. En uno de los niveles inferiores, siete encarnaciones del dios de cuatro brazos Vishnú adornan las paredes. Kalki, el rey guerrero, monta un caballo que está a punto de aplastar un cráneo enemigo con uno de sus cascos. También está Varaha (Vishnú con cabeza de jabalí) con una diosa diminuta apoyada en su hombro, que le hace una cariñosa caricia en el hocico.

«Me recuerda a King Kong, la maravillosa película de Hollywood», me dice K. C. Nauriyal, arqueólogo supervisor de esta región de la India, mientras me muestra sus esculturas favoritas. Intercaladas entre los dioses hay voluptuosas doncellas desnudas llamadas nagakanya, con serpientes enroscadas alrededor de sus brazos y piernas. Más sutiles resultan las ninfas de la naturaleza, o apsaras, pintándose los labios, poniéndose un pendiente, mirándose al espejo o secándose el pelo.

«Son la sal de la vida», dice Nauriyal. Ante nosotros, una apsara se pelea juguetona con un mono que le está quitando la ropa, mientras otra tira de la barba de un mendigo que le monta la pierna como si fuera un perro. El martillazo de un puritano propenso al vandalismo bastaría para destruir toda esa belleza.

Mientras nos acercamos al fondo del pozo, atravesamos una sala columnada y llegamos a una altísima e impresionante pared con más relieves vulnerables. Arriba, a la izquierda, aparece la trinidad hindú: Brahma, Shiva y Vishnú.

Un último tramo de escalera desciende a los pabellones inferiores y a un pasadizo oscuro que conduce hasta el pozo propiamente dicho. De pie, en el borde, contemplo el fondo, apenas húmedo. Después levanto la vista y veo un piso tras otro de piedra esculpida que se eleva hasta una altura de 27 metros y culmina en un lejano círculo de luz. En los tres niveles inferiores, que normalmente quedarían sumergidos, Vishnú duerme sobre el lomo de la serpiente Shesha. En el piso siguiente, justo por encima del nivel del agua, el dios está sentado con la espalda erguida.

«Rani ki Vav es un canto a la santidad del agua –me dice Nauriyal–. Existía la creencia de que si Vishnú estaba aquí en sus diferentes formas, el agua nunca se agotaría.» Pero se agotó. El avance de la agricultura y, quizás, un clima más cálido, hizo que el nivel freático descendiera. Ahora habría que cavar más profundamente para encontrar agua. Es posible que también los relieves desaparezcan, y que tal vez solo sobrevivan en algún ordenador del futuro.

Días después observo cómo Justin Barton, de CyArk, sentado en una improvisada tienda al borde del pozo, ensambla las primeras piezas de la réplica virtual. En la pantalla aparecen columnas y dinteles de colores extraños –verdosos en las zonas más brillantes, anaranjados o amarillos en el resto de la imagen– que indican la reflectividad, es decir, la facilidad con la que el láser rebota sobre las superficies. Barton coge la imagen con el cursor y la hace girar como un bloque de Lego, hasta hacerla encajar en el modelo. También busca «sombras» (zonas no escaneadas) y «fantasmas» (objetos o personas interpuestas en la trayectoria del láser). Una aparición en la escalera resulta ser mi fantasma. Con unos cuantos clics del ratón, Barton me elimina.

El equipo completará la réplica virtual en Glasgow, donde la incorporará al depósito digital de CyArk, que cuenta ya con más de un centenar de reproducciones. Pero esto solo es el comienzo. «A diario se pierde mucho patrimonio artístico –dice Barton–, por las guerras, el vandalismo, los cambios medioambientales y el simple paso del tiempo.»

El proyecto Scottish Ten terminó recientemen­te el trabajo en las tumbas orientales de la dinastía Qing, una compleja necrópolis real en China. Durante los próximos cinco años, CyArk y sus asociados se proponen escanear 500 lugares de interés cultural. Pero no todos los proyectos están encaminados a preservar la grandiosidad. Las antiguas misiones y otros edificios del Camino Real de California figuran en la creciente lista de tesoros pendientes de conservación digital.

«Cada día hay algo que envejece un poco más –observa Barton–. La tarea es interminable.»