Historia National Geographic

Una nueva mirada a la historia

Hoy, la ciencia y la tecnología ofrecen a los investigadores instrumentos sofisticados con los que descifrar los grandes interrogantes del pasado.

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14 de febrero de 2013

El 28 de diciembre de 1912 la opinión pública británica quedó conmocionada. En la Sociedad Geológica de Londres se había dado a conocer «el hombre de Piltdown», formado por parte de un cráneo humano muy evolucionado y por el fragmento de una mandíbula simiesca. ¡Era el «eslabón perdido» de la cadena evolutiva que llevaba del mono al hombre! Y había aparecido nada menos que en una cantera del tranquilo condado de Sussex, en el corazón de la vieja Inglaterra. Tuvo que pasar mucho tiempo hasta que se estableció definitivamente que el hombre de Piltdown constituía uno de los más sonados fraudes de la historia: el cráneo pertenecía a un humano moderno y la mandíbula era de orangután; los huesos habían sido teñidos para darles la apariencia de fósiles, y los dientes se habían limado para alterar su morfología.

El entusiasmo ante semejante hallazgo en suelo nacional indujo a muchos investigadores británicos a aceptar su autenticidad e ignorar un dato que Darwin ya había señalado 50 años antes: probablemente los ancestros del género humano estaban en África, porque es allí donde viven los gorilas y los chimpancés, los primates más parecidos al ser humano. Darwin había formulado estas observaciones apoyándose en sus vastos conocimientos y su formidable intuición, y esta fue la frontera que limitó el conocimiento de la historia hasta el siglo XX. Nuestro pasado se iluminaba gracias a lo que leían, observaban e imaginaban los investigadores. Dependía exclusivamente de la capacidad y habilidad de cada uno de ellos.

Hoy, los avances científicos han dado un giro radical a esta situación y permiten a los historia­dores viajar al pasado de una forma que ni Julio Verne habría soñado. De la mano de la ciencia y la tecnología, todo es posible, como ha demostrado National Geographic Society: cartografiar los pasos que dio nuestra especie para poblar la Tierra, reconstruir el rostro de un rey que murió hace más de tres milenios o excavar los restos de un antiguo naufragio a más de 300 metros de profundidad sin necesidad de mojarse.

Escrito en el ADN. En nuestros días, Darwin podría leer tranquilamente sentado en su laboratorio un texto de millones de páginas con el relato de nuestros orígenes, literalmente, paso a paso. «Cada gota de sangre humana contiene un libro de historia escrito en el lenguaje de nuestros genes», dice Spencer Wells, Explorador Resi­dente de la Sociedad. Esa historia está guardada en el ADN, el ácido desoxirribonucleico, una colosal biblioteca de información genética que nos permite seguir las migraciones de los pueblos antiguos a través de los cromosomas de sus descendientes vivos. Así lo hizo Wells en 2004 durante una investigación sobre los orígenes del antiguo pueblo fenicio, para lo que recabó muestras de ADN desde Líbano hasta el actual Túnez, donde se encontraba Cartago, la colonia fenicia que desafió a Roma.

Wells dirige el proyecto Genographic, que arrancó en 2005 con el propósito de reconstruir la que posiblemente sea la historia más grande jamás contada: la manera en que unos centenares de cazadores-recolectores africanos comenzaron, hace entre 50.000 y 70.000 años, el viaje que los llevó a poblar un mundo que hoy ocupan sus 7.000 millones de descendientes. Genographic, fruto de la colaboración entre la Sociedad y el gigante de la informática IBM, hubiera sido impensable sin los avances que permiten tomar, analizar y comparar muestras de ADN de decenas de miles de seres humanos de todo el globo.

Sospechas y certezas. Entre los múltiples enigmas del pasado que el estudio del ADN permite descifrar se cuentan los parentescos. El material genético hace posible trazar árboles genealógicos sin depender de la veracidad de textos antiguos. Así sucedió con Tutankamón, el faraón adolescente cuya tumba había descubierto Carter en 1922. ¿Era su padre, como se sospechaba, el rey hereje Ajnatón? Y su madre, ¿era Nefertiti, la gran esposa real de Ajnatón? ¿O quizás era Kiya, otra de las esposas de este rey?

En 2010, Zahi Hawass, entonces director del Consejo Superior de Antigüedades de Egipto, presentó los resultados del estudio genético de 11 momias reales vinculadas con Tutankamón. La investigación determinó quiénes eran los bisabuelos, los abuelos y los padres del monarca. Y aquí saltó la sorpresa: el padre era casi con toda seguridad Ajnatón, pero la madre era una desconocida: la llamada Dama Joven, que resultó ser una hermana de Ajnatón.

Hubo más: el estudio indicaba que Tutankamón había padecido una forma grave de malaria que tal vez contribuyó a su muerte. En todo caso, otro avance científico de nuestra época había permitido descartar la popular hipótesis de que el joven faraón murió asesinado: en 2005, las tomografías computarizadas hechas por Hawass a su momia demostraron que no había fallecido de un golpe en la cabeza, y que había muerto a los 19 años, quizá poco después de sufrir una fractura en la pierna izquierda, una herida que podría haberse complicado y terminar con un soberano de salud frágil. Por si toda esa información fuera poca, las tomografías permitieron reconstruir el rostro del célebre faraón.

Un frágil patrimonio. La alianza de ciencia y tecnología ha proporcionado a los historiadores de nuestro tiempo la oportunidad de emplear nuevos procedimientos para estudiar y preservar el patrimonio cultural. Un ejemplo es la búsqueda, en el Salón de los Quinientos del Palazzo Vecchio de Florencia, de un fresco encargado a Leonardo da Vinci en 1503 y que el artista dejó inconcluso: La batalla de Anghiari. El ingeniero Maurizio Seracini, de la Universidad de California en San Diego, cree que puede estar detrás de otro gran fresco del Salón: La batalla de Marciano, que Giorgio Vasari pintó 60 años después. La teoría de Seracini es que Vasari, para no destruir la obra de Leonardo, construyó frente a ella una pared sobre la que pintó. De hecho, en 2011 un georradar detectó la existencia de un vacío de entre 10 y 15 milímetros detrás del mural de Vasari.

Previamente, Seracini, con el apoyo de la Sociedad, había planeado utilizar un escáner atómico que podría verificar la presencia, por detrás de la pintura de Vasari, de pigmentos em­­pleados por Leonardo. Pero el elevado precio de la máquina y el temor a los efectos nocivos de la radiación sobre el mural de Vasari llevaron a sustituir el escáner por una sonda endoscópica especial que atravesaría La batalla de Marciano en puntos muy concretos del mural carentes de pintura o donde había pequeñas grietas.

En noviembre de 2011 comenzaron las investigaciones. La sonda, provista de una microcámara, filmó el muro que hay por detrás de la pintura de Vasari y tomó muestras de su superficie, que podrían contener trazas de pigmentos negros y otras sustancias usadas por Leonardo.

National Geographic ha seguido de cerca este proceso de búsqueda, como también ha prestado atención constante a un extraordinario hito de la arqueología: la excavación del inmenso ejército de terracota que Qin Shi Huangdi, el primer emperador de China, se llevó consigo a la tumba hace 2.200 años en Xian. El soberano proveyó a sus miles de combatientes de armamento verdadero para luchar contra sus adversarios en el Más Allá, pero no imaginó que su peor enemigo sería el aire seco de Xian, a cuyo contacto la pintura de vivos colores que cubría a los guerreros se desintegraba, adquiriendo así un monótono color arcilloso. En este caso la química ha acudido en auxilio de los estudiosos: cuando los guerreros emergen del suelo, se les trata con polietilenglicol (PEG), un conservante que fija los colores desarrollado por los investigadores chinos y los expertos de la Oficina de Conservación del Estado de Baviera.

¿Mares sin secretos? En este campo destaca el oceanógrafo Robert D. Ballard, otro Explorador Residente de la Sociedad, que ha utilizado tecnología puntera para localizar el Titanic (1985) y diversas naves de la Segunda Guerra Mundial: desde el acorazado alemán Bismarck (1989) hasta el portaaviones estadounidense Yorktown (1998) o la lancha torpedera PT 109 (2002) que comandó John F. Kennedy. El resultado más asombroso del trabajo de Ballard ha sido el desarrollo de un instrumental que permite excavar a gran profundidad y que fue probado con éxito en el año 2000 en aguas del mar Negro.

Allí, a 200 metros de profundidad, la escasez de oxígeno impide la vida de los organismos que destruyen la madera, por lo que los restos de naufragios se han preservado de forma excepcional: un mercante bizantino de hace 1.500 años aún conservaba su mástil enhiesto. Estas circunstancias constituyen un aliciente y una gran responsabilidad para los investigadores, que deben trabajar sin dañar un patrimonio extraordinariamente frágil. Para ello, Ballard se sirvió del Hercules, un vehículo dirigido por control remoto dotado de cámaras de televisión y dispositivos tan sofisticados como un brazo mecánico cuyo operador, a bordo del barco, percibía con la mano la resistencia que ofrecía la superficie investigada. Mientras, a 10.000 kilómetros de distancia, en Estados Unidos, los científicos podían seguir en tiempo real la excavación mediante la transmisión vía satélite de las imágenes del Hercules. Sus investigaciones, como las de todos los proyectos enumerados en estas páginas, han ocupado un lugar privilegiado en las publicaciones de la Sociedad, siguiendo una tradición que está a punto de cumplir 125 años. A ella se incorpora ahora la colección Historia, una invitación a ex­­plorar ese fascinante territorio que es el pasado en compañía de quien mejor lo conoce: National Geographic Society.