Titanic

Un Titanic nunca visto

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Revelado a través de nuevas imágenes, el barco más grande de la historia sigue cautivando nuestra imaginación

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¿Cuánto sabes sobre el Titanic?

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El pecio duerme en la oscuridad: un amasijo de acero corroído disperso sobre un área de 400 hectáreas del fondo del Atlántico Norte. Los hongos se alimentan de sus restos. Extraños seres a los que no afecta la presión extrema merodean alrededor de sus desmoronadas defensas. Desde su descubrimiento en 1985 por Robert Ballard, explorador residente de National Geographic, y Jean-Louis Michel, de vez en cuando un robot o un sumergible tripulado pasa sobre los lúgubres vestigios del Titanic, dirige hacia ellos el haz de un sonar, toma algunas imágenes, y se marcha.

En años recientes exploradores como James Cameron y Paul-Henry Nargeolet han conseguido imágenes cada vez más vívidas del pecio. Sin embargo, solo hemos podido verlo como si mirásemos a través del ojo de una cerradura, limitados por la materia suspendida en el agua y el alcance de los faros de los sumergibles. No hemos sido capaces de comprender las relaciones entre los diversos fragmentos del navío, ni de obtener un panorama completo de lo que hay en el fondo del mar. Hasta ahora.

En una caravana cargada de instrumentos científicos, en un solar de la Woods Hole Oceanographic Institution (WHOI), William Lange contempla la ampliación de una prospección realizada con sonar del yacimiento del Titanic (véase el desplegable), un mosaico ensamblado meticulosamente en cuya elaboración se han invertido muchos meses de trabajo. A primera vista, la espectral imagen recuerda la superficie de la Luna, con estrías en el lecho marino y cráteres abiertos en el transcurso de los milenios por rocas que la fusión de los icebergs dejó caer.

Pero si se mira con detenimiento, se aprecia que el lugar está sembrado de restos de objetos fabricados por el hombre. Lange se vuelve hacia su ordenador y señala una porción del mapa a la que se ha insuflado vida mediante la superposición de datos ópticos a la imagen del sonar. Amplía con el zoom y vemos la proa del Titanic con pixelada claridad. Hay un profundo agujero negro en el lugar donde estuvo la chimenea delantera del barco, y una tapa de escotilla que yace en el fango unos cien metros al norte. La imagen es muy detallada; en una de las «teselas» que componen este mosaico incluso se distingue un cangrejo blanco agarrado a un pasamanos.

Aquí, al alcance del ratón de un ordenador, está todo el pecio del Titanic: cada noray, cada pescante, cada caldera. Lo que antes era un caos indescifrable se ha convertido en una fotografía de alta resolución de la escena de un accidente, con objetos identificables que emergen de la oscuridad. «Ahora sabemos dónde está todo –dice Lange–. Después de cien años, por fin se encienden las luces.»

Bill Lange dirige el Laboratorio de Técnicas Avanzadas de Imagen y Visualización de la WHOI, una especie de estudio fotográfico de los abismos del océano de lo más vanguardista. El laboratorio, situado en la provincia del cabo Cod, Massachusetts, es una caverna insonorizada, atestada de monitores de alta definición y baterías de ordenadores. Lange participó en la expedición original de Ballard que encontró el pecio, y desde entonces ha estudiado el yacimiento con cámaras cada vez más complejas.

Las imágenes, resultado de una ambiciosa y multimillonaria expedición realizada en agosto y septiembre de 2010, fueron captadas por tres avanzados vehículos robotizados que pasaron a diversas altitudes por encima de la llanura abisal, en largos barridos preprogramados. Equipados con sonares de barrido lateral y multihaz, y con cámaras ópticas de alta definición que captaban cientos de imágenes por segundo, los robots se dedicaron a «barrer el fondo» sistemáticamente, yendo y viniendo a través de un área del lecho oceánico de cinco por ocho kilómetros de extensión. Después, esas bandas de datos fueron en­­sambladas digitalmente para crear un extenso panorama de alta definición en el que todo ha sido cartografiado y geolocalizado con precisión.

«Esto lo cambia todo –dice James Delgado, arqueólogo de la Administración Oceánica y Atmosférica Nacional de Estados Unidos (NOAA) y director científico de la expedición–. Antes, tratar de entender el Titanic era como intentar orientarse en Manhattan de noche en medio de un aguacero con una linterna de mano. Ahora tenemos un yacimiento que podemos comprender y medir, y que tiene cosas claras que decirnos. En los años venideros es posible que este mapa histórico devuelva la voz a los que quedaron silenciados, aparentemente para siempre, cuando el agua helada se cernió sobre ellos.»

 Por qué un siglo después continuamos dedicando tanto esfuerzo e ingenio tecnológico a un cementerio de metal que yace en el fondo del mar a unos cuatro kilómetros de profundidad? ¿Por qué ejerce sobre nuestra imaginación semejante magnetismo la historia del Titanic?

Para algunos, la desmesura en todos sus as­­pectos es la causa de su atractivo. La suya es una historia de superlativos: un barco enorme y poderoso, hundido en unas aguas gélidas y profundas. Para otros la fascinación del Titanic está en las personas que viajaban a bordo. El buque tardó dos horas y 40 minutos en hundirse, el tiem­­po suficiente para que se desarrollaran 2.208 his­­torias trágicas y épicas, iluminadas por sus focos. Se dice que un cobarde intentó subirse a un bo­te salvavidas vestido de mujer, pero la mayoría de los pasajeros se comportó con honor, y muchos fueron heroicos. El capitán permaneció en el puen­­te de mando, la orquesta siguió tocando y los operadores del telégrafo inalámbrico continuaron pidiendo ayuda hasta el último momento. En cuanto al pasaje, que estaba muy jerarquizado, se mantuvo en general con su clase social, como correspondía en la Inglaterra eduardiana. Cómo vivieron sus últimos momentos son tema de in­­terés universal, una danza macabra que no acaba.

Pero, además de vidas humanas, algo más se hundió con el Titanic: la ilusión de un orden, la fe en el progreso tecnológico, el anhelo de tiempos futuros que, a medida que Europa derivaba hacia la guerra, pronto fueron reemplazados por unos temores que a nuestro mundo actual le resultan demasiado familiares. «Con el desastre del Titanic estalló una burbuja –me dijo James Cameron–. ¡Había tal sensación de abundancia y prosperidad a principios del siglo XX! ¡Ascensores! ¡Automóviles! ¡Aeroplanos! ¡Radio sin hilos! Todo parecía maravilloso y dispuesto en una interminable espiral ascendente. Pero entonces todo se derrumbó.»

 La madre de todos los naufragios tiene muchos hogares (el yacimiento del pecio, los juzgados, el lenguaje metafórico del arte), pero ninguno tan surrealista como el del distrito de los casinos en Las Vegas. En el hotel Luxor, en un área de ocio situada al lado de un espectáculo de striptease, hay una exposición de piezas del Titanic extraídas del fondo del mar por RMS Titanic, Inc. (RMST), la compañía con derechos legales de recuperar los restos del naufragio desde 1994. Más de 25 millones de personas han visitado esta exhibición, y RMST ha montado otras similares en 20 países de todo el mundo.

Estuve un día en el Luxor paseando entre las reliquias del Titanic: el gorro de un cocinero, una navaja de afeitar, trozos de carbón, una vajilla, incontables pares de zapatos, perfumes, un maletín de piel, una botella de champán sin descorchar… En su mayor parte objetos corrientes que se han vuelto extraordinarios por el largo y terrible viaje que los ha llevado hasta esas impolutas vitrinas de plexiglás. Atravesé una sala con iluminación tenue, gélida como la nevera de una carnicería, con un «iceberg» alimentado con freón que los visitantes pueden tocar. Los suspiros y crujidos de metal que difunde el sistema de audio aumentan la sensación de estar atrapado en el vientre de una bestia herida de muerte. Lo más importante de la exposición es un colosal fragmento del casco del Titanic que pesa 15 toneladas y fue extraído del mar en 1998. Tachonado de remaches y sostenido sobre unas costillas de acero, es una monstruosidad de metal que me recordó a un T. rex: una especie extinguida, procedente de un mundo perdido.

La exposición de RMST está bien hecha, pero a lo largo de los años muchos arqueólogos marinos han tenido duras palabras para la empresa y sus directivos. Los han llamado ladrones de tumbas, cazadores de tesoros, montadores de espectáculos de feria, y cosas peores. Robert Ballard, quien durante mucho tiempo ha sostenido que el pecio y todo su contenido debería conservarse en el lugar donde está, ha sido particularmente duro con RMST. «Cuando uno va al Louvre no se pone a tocar la Mona Lisa –me dijo Ballard–. A estos tipos los mueve la codicia. Solo hay que repasar su sórdida historia.»

En los últimos años, sin embargo, RMST ha cambiado de equipo directivo y ha adoptado una nueva política. Ahora ya no se concentra en la simple recuperación de objetos, sino en un plan a largo plazo para tratar el lugar del naufragio como un yacimiento arqueológico, trabajando en colaboración con organizaciones científicas y gubernamentales. De hecho, la expedición de 2010 que captó la primera panorámica del yacimiento fue organizada, dirigida y financiada por RMST. En una actitud diametralmente opuesta a la de años anteriores, ahora la empresa apoya la promulgación de una ley para crear un área marítima protegida destinada a conservar la me­­moria del Titanic. A fines de 2011, RMST anunció sus planes de subastar antes del centenario del desastre todas las piezas de su colección y la propiedad intelectual relacionada, valoradas en 189 millones de dólares, pero solo si aparece un comprador dispuesto a respetar las condiciones estrictas impuestas por un tribunal federal, incluida la de mantener intacta la colección.

Me reuní con el presidente de RMST, Chris Davino, en los almacenes de la empresa, en At­­lanta. En el interior del edificio con temperatura y humedad controladas, una carretilla elevadora rodaba por los largos pasillos entre estanterías industriales en las que se apilaban cajones meticulosamente etiquetados que contenían reliquias (platos, prendas de vestir, cartas, botellas, piezas de fontanería, portillos…) recuperadas del yacimiento durante los últimos 30 años. Allí, Davino, que dirige RMST desde 2009, me explicó la nueva estrategia de la compañía. «Durante años, el único sentimiento que compartió toda la comunidad del Titanic fue el desprecio hacia nosotros –dijo–. Por eso había que revisarlo todo. Teníamos que ir más allá de la recuperación de objetos. Teníamos que dejar de pelear con los expertos y empezar a colaborar con ellos.»

Y eso fue lo que sucedió. Agencias gubernamentales como la NOAA, que había participado en juicios contra RMST y su empresa madre, Premier Exhibitions Inc., ahora colaboran directamente con la compañía en varios proyectos científicos como parte de un nuevo consorcio dedicado a proteger el lugar del naufragio. «No es fácil lograr el equilibrio entre conservación y beneficios –dice Dave Conline, director de ar­­queología marina del Servicio de Parques Nacionales–. RMST se merecía los ataques que recibió en el pasado, pero también es justo que se le re­­conozca la nueva orientación que ha adoptado.»

Los estudiosos alaban a RMST por contratar recientemente a uno de los principales expertos mundiales del Titanic para analizar las imágenes de 2010 y empezar a identificar las muchas piezas del rompecabezas que yacen anónimamente en el fondo del mar. En su tarjeta de visita, Bill Sauder figura como «director de la investigación del Titanic», pero eso ni siquiera se acerca a describir su conocimiento enciclopédico de los transatlánticos de la clase del Titanic. (Por su parte, Sauder prefiere decir que su papel en RMST consiste en «saber cosas raras».)

Cuando me reuní con él en Atlanta, estaba apostado delante de su ordenador, tratando de sacar algo en limpio de una pila de escombros fotografiados en 2010 cerca de la popa del Titanic. Casi todas las expediciones se han centrado en la proa, más fotogénica, que yace más de medio kilómetro al norte del grueso del pecio; pero Sauder cree que el área de las proximidades de la popa es donde probablemente se concentrará la acción en los años venideros. «La proa es muy atractiva, pero la hemos visitado cientos de veces –dijo Sauder–. Todos estos escombros que hay aquí, al sur, es lo que me interesa.»

Sauder estaba buscando cualquier cosa que fuera reconocible, cualquier patrón identificable en medio del caos que rodea la popa. «Solemos representar los naufragios como templos griegos sobre una colina –me dijo–. Pero no es así. Son ruinas industriales: montones de planchas, remaches y refuerzos. Para interpretar este material, hay que ser un fanático de Picasso.»

Sauder amplió la imagen que tenía en pantalla, y en pocos minutos había resuelto al menos una pequeña parte del misterio: encima del montón de escombros estaba el marco de latón de una puerta giratoria, probablemente de uno de los salones de primera clase. El suyo es el tipo de trabajo minucioso que solo alguien que conoce perfectamente cada centímetro del barco puede llevar adelante, una ínfima parte de un vasto proyecto de investigación que podría mantener a Sauder ocupado durante años.

A finales de octubre estaba en Manhattan Beach, California, en un estudio cinematográfico del tamaño de un hangar donde James Cameron, rodeado de piezas de atrezo y maquetas de su película Titanic, de 1997, había organizado una mesa redonda con algunos de los principales expertos náuticos del mundo. Además de Cameron, Bill Sauder y el explorador de RMST Paul-Henry Nargeolet, asistían a la mesa redonda el historiador Don Lynch y el afamado artista Ken Marschall, ambos especializados en el Titanic, un ingeniero naval, un oceanógrafo de Woods Hole y dos arquitectos de la Marina de Estados Unidos.

Cameron no deslucía en tan selecta compañía. El cineasta, que dice ser «un entusiasta cuentarremaches del Titanic», ha dirigido tres expediciones al pecio. Desarrolló y pilotó una nueva clase de robots, capaces de tender cables de fibra óptica, que trajeron imágenes nunca vistas del interior del barco, entre ellas el atisbo de los baños turcos y de algunos de los lujosos camarotes de primera clase. (Véase «Un paseo espectral por el Titanic», página 24.)

También ha filmado el pecio del Bismarck y ahora está construyendo un submarino para bajar con sus cámaras a la fosa de las Marianas. Pero el Titanic lo tiene fascinado: «Hay esa extraña mezcla de biología y arquitectura allá abajo, esa especie de cualidad biomecanoide. Lo encuentro hermoso y ultraterrenal. Es como algo que ha descendido al Tártaro, el inframundo de las tinieblas».

La mesa redonda, de dos días de duración, iba a centrarse enteramente en aspectos «forenses»: ¿Por qué el barco se rompió del modo en que lo hizo? ¿En qué punto exacto falló el casco? ¿En qué ángulo cayeron al lecho marino los objetos? En otras palabras, era una especie de investigación policial cien años después de los hechos.

«Lo que vemos es el escenario de un crimen –dijo Cameron–. Cuando uno comprende eso, se obsesiona con los detalles y no deja de preguntarse: “¿Cómo ha quedado así? ¿Por qué acabó el cuchillo en ese lugar y la pistola en ese otro?”»

Como podía esperarse, la mesa redonda derivó por derroteros extremadamente técnicos, con debates sobre índices de deslizamiento, fuerzas de cizalla y estudios de la turbidez. Los oyentes sin conocimientos de ingeniería solo habrían podido sacar una conclusión: los momentos finales del Titanic fueron de una violencia espantosa. Muchos relatos hablan del barco «sumiéndose bajo las olas del mar», como si se hubiera perdido en un sueño tranquilo, pero nada podría estar más lejos de la verdad. Tras años de análisis detallado del pecio, y a partir de avanzados modelos de inundación y de simulaciones por elementos finitos que se usan en la moderna in­­dustria naval, los expertos han pintado un espeluznante panorama de la agonía del Titanic.

La nave golpeó tangencialmente el iceberg a las 23.40 horas. Ese impacto abolló varias porciones de las planchas del casco de estribor a lo largo de un tramo de 90 metros, lo que causó que se abrieran los seis compartimentos estancos delanteros. A partir de ese momento, el hundimiento era seguro. Aun así, es posible que el desenlace se acelerara cuando miembros de la tripulación abrieron la compuerta de una pasarela de babor para tratar, sin éxito, de usar los botes salvavidas de un nivel inferior. Como el barco había empezado a escorarse a babor, la fuerza de la gravedad les impidió cerrar la voluminosa compuerta, y hacia la 1.50 horas, la proa ya se había hundido lo bastante para permitir que el agua entrara a raudales por esa pasarela.

A las 2.18, cuando hacía 13 minutos que ha­­bían lanzado al agua el último bote salvavidas, la proa se había llenado de agua y la popa se había levantado hasta el punto de dejar al descubierto las hélices y producir tensiones catastróficas en la parte central del barco. En ese momento, el Titanic se partió por la mitad.

Una vez separada de la sección de popa, la proa se precipitó al fondo en una trayectoria bastante vertical. Al ganar velocidad a medida que caía, diversas partes empezaron a desprenderse; las chimeneas se rompieron. El puente de mando se desmoronó. Por último, tras cinco minutos de implacable caída, la proa se estrelló contra el fango con una fuerza tan colosal que todavía hoy se distinguen las marcas dejadas por el impacto en el fondo marino.

La popa, cuyo extremo no era hidrodinámico como el de la proa, descendió de una forma aún más traumática, dando bandazos y girando sobre sí misma. La sección delantera, fracturada en la superficie, se desintegró por completo, y su contenido se dispersó por el abismo. Los compartimentos estallaron, las cubiertas se aplastaron una sobre otra y las planchas del casco se arrancaron. Las piezas más pesadas, como las calderas, cayeron directamente al fondo del mar, mientras que otras salieron despedidas «como frisbees». A lo largo de unos cuatro kilómetros, la popa hizo su tortuoso camino de descenso, durante el cual se desgarró, se alabeó, se deformó, se comprimió y se fue desintegrando gradualmente. Cuando llegó al fondo del océano, estaba irreconocible.

«No queríamos que el Titanic se hubiera roto así –dijo Cameron–. Preferíamos que se hubiera ido a pique con una especie de perfección espectral.» Escuchando su experta disquisición acerca de la muerte del Titanic, no podía dejar de preguntarme qué pasó con la gente que aún estaba a bordo cuando la nave se hundió. La mayoría de las 1.496 víctimas murió de hipotermia en la superficie del océano, flotando en sus chalecos salvavidas de corcho. Pero es posible que cientos de personas siguieran vivas a bordo, en su mayoría familias de inmigrantes que viajaban en tercera clase y esperaban empezar una nueva vida en América. ¿Cómo experimentaron durante los últimos instantes esos colosales retorcimientos y desgarros de las piezas metálicas? ¿Qué habrán oído y sentido? Resulta espantoso siquiera imaginarlo.

Saint John, en Terranova, es otro de los hogares del Titanic. El 8 de junio de 1912, un barco de rescate regresó a Saint John llevando a bordo el último cuerpo recuperado del Titanic. Durante meses, tumbonas, trozos del revestimiento de madera de los mamparos del barco y otras reliquias siguieron llegando a las costas de Terranova con las mareas.

Me habría gustado rendir homenaje en el lugar del naufragio a las personas que quedaron atrapadas a bordo. Tenía previsto volar hasta allí desde Saint John con la Patrulla Internacional del Hielo, la agencia creada después del desastre para vigilar los icebergs en las rutas marítimas del Atlántico Norte. Pero un viento del nordeste obligó a cancelar todos los vuelos y, en su lugar, me dirigí a una taberna del barrio de Saint George, donde me sirvieron vodka de destilación local elaborado con agua de iceberg. Para completar el efecto, el barman me echó en el vaso un trocito anguloso de hielo de un iceberg, que supuestamente procedía del mismo glaciar de Groenlandia del que se desprendió la montaña de hielo que acabó con el Titanic. El hielo empezó a burbujear en mi bebida. Me dijeron que eran las exhalaciones de antiguas atmósferas atrapadas en su interior.

Todavía pude acercarme un poco más, física y metafóricamente, a los que descansan para siempre en el navío. Unos años antes del desastre, Guglielmo Marconi construyó una estación telegráfica permanente en una desolada península azotada por el viento, al sur de Saint John, llamada cabo Race. La gente del lugar afirma que la primera persona en recibir la señal de socorro del barco accidentado fue Jim Myrick, un aprendiz de 14 años que trabajaba en la estación y que luego hizo carrera en la compañía Marconi. La primera señal recibida fue el código estándar de emergencia telegráfica, CQD; pero después la estación de cabo Race captó una nueva señal que hasta entonces se había usado muy poco: SOS.

Una mañana en el cabo Race, entre viejas má­­quinas de Marconi en desuso y receptores de cristal, me reuní con David Myrick, sobrino nieto de Jim, que ha seguido la tradición de la familia y es operador de radio. David dice que su tío nunca habló de la noche en que se hundió el Titanic hasta que fue un anciano. Para entonces, había perdido el oído hasta tal punto que la familia solo podía comunicarse con él por código Morse. «Fue un hombre de la compañía Marconi hasta el final –dijo David–. Pensaba en código Morse. ¡Soñaba en código Morse!»

Fuimos hasta el faro y contemplamos el frío mar, que batía los acantilados a nuestros pies. Un petrolero navegaba en la distancia. Un poco más lejos, en el Gran Banco de Terranova, se habían señalado nuevos icebergs, y más lejos aún, yacía el pecio más famoso del mundo. Se agolparon en mi mente las ideas sobre señales devueltas por la ionosfera, ondas de radio y gritos que el tiempo ha sepultado. E imaginé que podía distinguir la voz del Titanic, una nave con demasiado orgullo en su nombre, que se dirigía elegante y veloz hacia un nuevo mundo, solo para resultar mortalmente herida por algo tan antiguo y lento como el hielo.

Fotografías de Walden Media