Un rey, tres culturas: la corte de Alfonso X

Los judíos desempeñaron un papel fundamental en la magna empresa cultural del Rey Sabio

Alfonso X " El Sabio". Rey de Castilla y León. 1221-1284

Alfonso X " El Sabio". Rey de Castilla y León. 1221-1284

gtres

Cristina Jular, CSIC

4 de abril de 2016

Alfonso X el Sabio (1221 – 1284) es uno de los monarcas más sorprendentes de toda la Edad Media. Heredero de los reinos de Castilla y León (unidos definitivamente desde 1231 por su padre, Fernando III) más el territorio andalusí, ganado por las armas a los musulmanes, disponía de bases sólidas para el establecimiento del reino cristiano más grande y poderoso de la Península. Fue un monarca de dimensiones internacionales, firme candidato al solio imperial. Adecuó su política, comprometió su prestigio y, hecho más delicado, las finanzas del reino, al denominado “fecho del imperio”.

Este fracasado empeño, unido a una empresa cultural de altos vuelos, desarrollada desde un particular modelo de corte culta, letrada, consagrada a un ideal de sabiduría y valores caballerescos. Este entorno cortesano representa de manera esencial el espacio político, intelectual e incluso emotivo del soberano, y refleja, mejor que ninguna otra instancia del reino, la fábrica de sueños de su animado gestor. Poetas, músicos, artistas, médicos, astrónomos, historiadores, juristas y científicos, llamados por el monarca y atraídos por el saber, fueron reunidos para elaborar un ambicioso proyecto intelectual.

El protagonismo de los judíos

El modelo era extensivo a otras cortes, pero en ninguna alcanzó el nivel de desarrollo de la Alfonsina: el empuje dado a su lengua romance, el castellano, y la unión de personas pertenecientes a las tres religiones (judía, musulmana y cristiana) en las tareas de traducción y mediación cultural aportan la explicación. Los judíos entran en la escena con un protagonismo de excepción como intermediarios ideales: profundos conocedores de la cultura árabe, están integrados en las sociedades cristianas.

Instalada desde muy antiguo en la Península, la población judía vivió preferentemente en territorio musulmán hasta 1100. La mayor rigidez que fueron adoptando los sucesivos gobiernos almorávide y almohade, unida al creciente desarrollo de los reinos cristianos, fomentaron su éxodo hacia el norte. Su conocimiento del árabe, de la política y del funcionamiento interno de los estados musulmanes fueron elementos de valor al fijarse las nuevas relaciones con los cristianos: organizados en aljamas, los judíos mantenían cierta autonomía, practicaban su religión, conservaban autoridades y escuelas, prestaban grandes servicios en el campo de las finanzas, eran propiedad personal del monarca y gozaban de su protección; a cambio, pagaban una elevada proporción de los impuestos recaudados por la Corona.

A los grupos financieros se unían las élites intelectuales, integradas en una corte en la que sabios y traductores judíos actuaron de transmisores de la herencia araboislámica y hebraica. Murcia y Sevilla, centros de célebres escuelas filosóficas y literarias en época musulmana fueron reactivados por el rey con la fundación de Estudios Generales (incipientes universidades) donde maestros de las tres religiones impartían sus enseñanzas.

La escuela toledana

En la cúspide se situaba Toledo, verdadera capital del saber y de la fusión cultural. Alfonso otorgó un decidido apoyo a la Escuela toledana, añadiendo cambios importantes respecto a la fase anterior, en la que se hallaba bajo patrocinio  episcopal: aumentó el número de traductores judíos frente al de los cristianos, prescindió además de las versiones latinas, traduciendo las obras directamente al castellano. La dimensión  productiva de las escuelas fue enorme y sobre libros de las más variadas doctrinas: astrología, astronomía, medicina, agricultura, obras e literatura recreativa, de literatura moral y religiosa. Isaac ben Sid Yehudá ben Mosé, Rabi Çag, Mosé ha Cohen, Abraham Alfaquí son algunos de esos colaboradores  de excepción.

Es difícil de encarecer la importancia de la traducción para entender el proceso que inaugura: mucho más que un simple traslado desde un código lingüístico a otro, es la imagen más viva del proceso transcultural. Los traductores de lenguas, traductores de sentido, son agentes encargados de relacionar unos mundos con otros. Por ello, la Escuela de traductores de Toledo permanece en el imaginario colectivo como el hito más acabado de la convivencia de las tres culturas de la Península. Pero no debemos olvidar la complejidad del contexto histórico.

Alfonso X es un rey medieval de la Reconquista. La admiración del monarca por la herencia araboislámica y hebraica fue auténtica, como también lo fue el abierto y radical contraste entre el trato de favor y respeto que prodigó a sabios de ambas religiones respecto al dura tratamiento que infligió a las minorías judías y mudéjares, así como a las poblaciones musulmanas conquistadas, grupos que también desempeñarían un papel sustancial en la difusión cultural fuera de los estrechos círculos intelectuales de la corte. 

Judíos, los astrólogos

Yehudá ben Mosca, el menos, era hombre “muy entendido en la arte de astronomía” así como en medicina, árabe y latín. Y es uno de los sabios hebreos integrados en la corte de Alfonso X, como Isaac ben Sid, experto en el uso de instrumentos de observación astronómica; Yehudá ben Mosé, astrónomo de la biblioteca de palacio y encargado, por tanto, de cuestiones bibliográficas; Abraham Alfaquí, traductor de El libro de la azafea de Azarquiel, un manual de uso de tal instrumento para medir las posiciones de los astros; o el matemático Samuel ha-Leví Abulafia.

La corte castellana de Alfonso X representa el momento más emblemático de esplendor de la ciencia medieval. El fenómeno se produjo a partir de la puesta en común de métodos, prácticas, instrumentos y obras científicas traducidas, comentadas y estudiadas por equipos compuestos por cristianos, musulmanes y judíos, siendo estos últimos los que se llevaron la parte del león, especialmente en lo relativo a la astrología, “el más noble saber del mundo”, que en la época funcionaba como catalizador de la sabiduría global.