Historia National Geographic

Un paseo por la historia

Desde hace 125 años, National Geographic Society acompaña a miles de expediciones en todo el mundo para localizar y estudiar los testimonios del pasado.

7 de enero de 2013

 Cuando en 1888, con el fin de «crear una sociedad para el incremento y la difusión del conocimiento geográfico», se fundó National Geographic Society, solo hacía 15 años que Heinrich Schliemann había descubierto las ruinas de Troya.

La aún incipiente arqueología moderna se nutría por entonces del espíritu romántico que recreaba un pasado más mítico que real y de la capacidad de aventura de unos hombres a medio camino entre el científico, el explorador y el cazador de tesoros. El arqueólogo de fines del siglo XIX y principios del XX necesitaba, por supuesto, una base científica, pero también un buen conocimiento del espacio geográfico, una metodología consistente y una considerable habilidad para asumir riesgos. Eran muchos los puntos en co­­mún con el espíritu fundacional de National Geographic Society y, por tanto, la recién creada institución no tardó en aceptar el desafío e implicarse en determinados proyectos que acabarían por convertirla en una firme impulsora de aquellos pioneros empeñados en desentrañar la historia de la humanidad.

La aventura inca de Hiram Bingham fue sin duda el broche que selló la unión de la Sociedad con el interés por conocer nuestro pasado. Bingham era un joven profesor de historia de América Latina de la Universidad Yale. En 1909 publicó Diario de una expedición a través de Venezuela y Colombia, un libro que mereció la atención de Gilbert H. Grosvenor, entonces editor de la revista amarilla. Tras cruzar una prolija correspondencia con el autor, en el verano de 1911, y con el pretexto de iniciar el alzado topográfico de la zona, National Geographic dio su apoyo a una nueva expedición que, bajo los aus­picios de la Universidad Yale, se dirigió a Perú.

El propósito de Bingham era seguir el curso del río Urubamba y acampar al pie de una montaña llamada Machu Picchu, donde las leyendas locales ubicaban una antigua ciudadela inca. Acompañado por su guía, un indígena llamado Melchor Arteaga, y un sargento del ejército peruano, en la mañana del 29 de julio de 1911 el arqueólogo inició el ascenso hasta la cumbre donde se halló ante lo que, según sus palabras, era «la ruina más extensa y más importante descubierta en América del Sur desde la llegada de los españoles».

De regreso a Estados Unidos, Hiram Bingham solicitó las oportunas credenciales de National Geographic Society para proseguir con las excavaciones. Solo lo consiguió gracias al empeño personal de Grosvenor, ya que la cúpula de la institución dudaba de que los objetivos arqueológicos de la empresa se adecuaran a los principios de la Sociedad. Por fin, de nuevo con la excusa de realizar el trazado topográfico de la zona, en la primavera de 1912 consiguió que National Geographic concediera 10.000 dólares «a la expedición peruana de la Universidad Yale». Poco después, Bingham partía junto con sus colaboradores a Machu Picchu. Era la prime­ra vez que National Geographic financiaba una expedición con un propósito arqueológico.

Bingham permaneció siete meses en Machu Picchu, excavando, recopilando objetos, limpiando el terreno y ampliando su exploración a la zona de Cusco y el cañón del río Urubamba. Posteriormente, en abril de 1913, la revista pu­­blicó un extenso artículo titulado «Maravillas del Perú» donde el historiador daba detallada cuenta de los avatares de la expedición y de los resultados obtenidos en la misma. El mundo conoció de primera mano un capítulo de la historia de los incas, un imperio que en muy poco tiempo logró convertirse en el más extenso del continente americano y cuyo esplendor también fue efímero, con un funesto desenlace tras la victoria de los recién llegados españoles. Con el redescubrimiento de aquella ciudad olvidada, Bingham, como él mismo escribió, «había hecho realidad un sueño inverosímil».

Durante las primeras décadas del siglo XX, el legado dejado por las grandes civilizaciones de la Antigüedad en el valle del Nilo, Anatolia, Oriente Próximo o el mundo del Mediterráneo clásico atrajo a numerosos equipos de investigadores, en su mayoría europeos, distribuidos en los distintos territorios dominados por las respectivas potencias coloniales. También hubo quien se aventuró por áreas geográficas más remotas, como Asia Central, el subcontinente indio, la meseta del Tibet, China o Japón.

En ese período tuvieron lugar algunos de los hallazgos más espectaculares de todos los tiempos, como el del ajuar funerario del joven faraón Tutankamón, las tumbas reales de los soberanos sumerios de Ur o los magníficos relieves de los palacios babilonios, asirios y persas.

Del primero de ellos, el corresponsal de la revista, Maynard Owen Williams, testigo ocular de la apertura oficial de la tumba en 1923, ofreció una crónica que aún hoy, casi un siglo después de ser escrita, emociona al lector contemporáneo: «No se puede describir con palabras la decoración del sarcófago [de Tutankamón], del cual apenas alcanzábamos a ver una parte. Unos ojos secretos y penetrantes lo miraban a uno, y en la parte superior de la caja mortuoria, una serpiente se retorcía entre sus propios anillos».

Mientras tanto, una parte sustancial de los estudiosos estadounidenses centraban sus investigaciones en el continente americano, un área geográfica natural donde ejercer sus trabajos arqueológicos y con un auténtico universo cultural por rescatar del abandono.

Tras el rastro de los olmecas. El hallazgo de Machu Picchu supuso el inicio de una fructífera relación entre National Geographic y quienes intentaban desentrañar los secretos de la historia, y propició posteriores apoyos científicos, financieros y logísticos a empresas que contribuirían a descifrar el enigma que aún envolvía a muchas culturas ancestrales mesoamericanas. Empresas como la del matrimonio Stirling.

Entre 1938 y 1946 los arqueólogos y etnólogos Matthew y Marion Stirling protagonizaron ocho expediciones a México. La primera de ellas fue al estado de Veracruz, en la costa del golfo de México, donde se vieron sorprendidos por el descubrimiento de una enorme cabeza de piedra del siglo I a.C. La fotografía de esta escultura fue suficiente para que National Geographic y la Smithsonian Institution se apercibieran de la importancia del hallazgo y, en consecuencia, se concediera a los Stirling los fondos necesarios para que regresaran a México. Poco después, en agosto de 1939, comenzaron los trabajos para desenterrar la colosal cabeza que, en palabras de su descubridor, «liberada de la tierra que la envolvía, ofrecía un espectáculo imponente […]. Tallada en un único bloque de basalto, era una simple cabeza que reposaba sobre unos cimientos constituidos por vastas losas de piedra». Sus orígenes eran una incógnita, ya que la escultura no encajaba con ninguno de los contextos culturales conocidos hasta ese momento. La respuesta llegaría gracias a los más de 30 años de colaboración entre los Stirling y la Sociedad, cuando las excavaciones realizadas en el Cerro de las Mesas y en los yacimientos de La Venta, Izapa o San Lorenzo permitieron llegar a la conclusión de que la misteriosa efigie, junto a otras de similares características que fueron apareciendo en sucesivas campañas, eran obra de los olmecas, una cultura anterior a la civilización maya y que por tanto podría ser considerada como la cultura madre de Mesoamérica.

También la cultura maya se vio beneficiada por el interés científico de National Geographic Society, y más concretamente, gracias al trabajo conjunto con el Carnegie Institute de Washington, D.C., y a la pericia de un curioso personaje, Sylvanus G. Morley, un arqueólogo, etnólogo y epigrafista que estuvo al parecer involucrado en varias misiones en Latinoamérica para el servicio de inteligencia estadounidense. La peculiar idiosincrasia de Morley bien merecería la atención de la literatura o del cine. Su entusiasmo por la civilización de los antiguos mayas, su incansable actividad y las excavaciones realizadas en diferentes yacimientos de América Central entre 1908 y 1918 lo llevaron a presentarse al Carnegie Institute con un amplio plan de trabajo destinado a la excavación y reconstrucción de la entonces desconocida ciudad maya de Chichén Itzá. La contribución de National Geographic Society fue decisiva para que las ruinas de este magnífico yacimiento recuperaran su antiguo esplendor y para que en los 18 años siguientes se llevaran a cabo campañas en otras ciudades importantes como Yaxchilán, Cobá, Copán y Uxmal, profundizando de manera especial en el calendario y la escritura jeroglífica mayas y en su desciframiento.

Avanzándose a su tiempo en la forma de escrutar el pasado, Bingham, Carter, los Stirling y Morley no fueron sino el punto de partida del largo camino recorrido por National Geographic en el estudio de la historia de la humanidad. Pero no solo el mundo antiguo ha reclamado la atención de la Sociedad. La Edad Media, los tiempos modernos y la historia contemporánea también han suscitado investigaciones sobre temas tan distintos como el mundo vikingo, las guerras napoleónicas, el hundimiento del Titanic o la Segunda Guerra Mundial en el Pacífico, desde el bombardeo de Pearl Harbor hasta la batalla de Midway. De estos múltiples intereses da cuenta Historia, una obra de referencia que muestra lo mejor del espíritu de National Geographic Society, hecho a partes iguales de pasión por el conocimiento y de afán por divulgarlo.

 

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