El ejército del faraón guerrero

Tutmosis III

Una potente infantería, un eficaz cuerpo de carros de guerra y una amplia flota sustentaron el afán conquistador de Tutmosis III, que libró una lucha a muerte contra el reino de Mitanni, el mayor enemigo asiático de Egipto

23 de julio de 2013

No estaba destinado a reinar. Tutmosis III sólo llegó al trono de Egipto porque su padre, el faraón Tutmosis II, y su Gran Esposa Real, la reina Hatshepsut, no habían tenido descendientes masculinos. De manera que fue él, hijo del faraón y de una esposa secundaria, quien acabó gobernando el país del Nilo. En este caso, el azar fue generoso con Egipto porque Tutmosis disponía de todas las cualidades necesarias para el buen gobernante y una más: su extraordinaria capacidad militar, que, sumada a un valor a toda prueba, le granjeó la lealtad del ejército más poderoso del Próximo Oriente. Al mando de estas tropas, Tutmosis III forjó un imperio que iba desde la actual Siria hasta la cuarta catarata del Nilo, en lo que hoy es Sudán. Con ello, los dominios del Egipto faraónico alcanzaron la máxima extensión de toda su historia.

En pos de esta ambiciosa expansión, el ejército combatió hasta diecisiete veces en tierras asiáticas, entre la península del Sinaí y el río Éufrates. A lo largo de este río se extendían los dominios de Mitanni, que por entonces era el más letal enemigo de Egipto. Ambos estados chocaron violentamente por el dominio de Siria, donde convergían todas las rutas comerciales del Próximo Oriente.

Los antecesores de Tutmosis III habían desarrollado unas fuerzas armadas profesionales, pero fue él quien las convirtió en un eficaz instrumento de conquista y defensa. El faraón era el comandante en jefe de todos los ejércitos de Egipto, aunque podía ceder funciones a su príncipe heredero. Diversas inscripciones destacan que su hijo, el futuro Amenhotep II, aprendió a usar armas desde su infancia y, ya como soberano, demostró su habilidad en el manejo de carros y arcos, tanto en campos de entrenamiento como en el campo de batalla. Pero, ¿cómo era y cómo funcionaba el brazo armado de Egipto?

Infantes, barcos y carros

Por debajo del rey, era el visir, como responsable administrativo del país, quien daba las instrucciones a los oficiales de las dos regiones militares con capital en Menfis y Tebas, ciudades que poseían grandes cuarteles. Las principales secciones del ejército eran la infantería, la flota fluvial y los carros de guerra.

En cuanto a los carros de guerra, la unidad básica era un escuadrón formado por 50 vehículos, que se dividían en destacamentos de cinco o diez carruajes. La unidad básica de infantería y flota era una compañía de entre 200 y 250 soldados, bajo el mando de un portaestandarte. Estas unidades se podían dividir en destacamentos de 50 hombres. Varias compañías de infantería formaban un batallón, al frente del cual había un comandante, y diversos batallones constituían una gran unidad, dirigida por un general. Los soldados, que en su gran mayoría procedían del centro y el sur del país o de Nubia (el actual Sudán, al sur), tenían el cuerpo endurecido por las prácticas de lucha y estaban acostumbrados a efectuar largas marchas para llegar a su objetivo: durante la campaña de Megiddo –en la que el rey tomó esta fortaleza, donde se habían congregado los aliados de Mitanni– el ejército recorrió en diez días los 220 kilómetros que separaban la plaza fronteriza de Tjaru y la ciudad de Gaza.

Cada compañía de la flota estaba adscrita a un barco. Estas naves, que se utilizaban para transportar soldados y provisiones, recibían nombres como La vaca belicosa, El novillo o Amado de Amón. Las expediciones militares contra territorio nubio se llevaban a cabo con barcos de la flota fluvial que recorrían el Nilo. Pero también se podían enviar barcos hacia las costas del Próximo Oriente. Durante la sexta campaña asiática, que concluyó con la exitosa toma de la ciudad de Qadesh, aliada de Mitanni, una escuadra egipcia navegó hasta los puertos del litoral cananeo (entre los actuales Israel y Siria), en una acción anfibia que permitió la conquista de diversos territorios enemigos.

Y en la octava campaña, en la que egipcios y mitannios se enfrentaron directamente, una columna del ejército recorrió los más de 400 kilómetros que separan el puerto de Biblos y la ribera del Éufrates transportando barcazas desmontadas sobre carros tirados por bueyes. Una vez alcanzado el objetivo, ensamblaron las embarcaciones y cruzaron el río para asombro de los mitannios. De hecho, la importancia que Tutmosis III daba a la navegación se materializó con la construcción de instalaciones portuarias en el delta oriental, conocidas con el nombre de Peru Nefer, «Buen Viaje», que facilitaron las comunicaciones comerciales y militares con localidades costeras cananeas.

Las difíciles campañas militares

Las operaciones militares se diseñaban teniendo en cuenta el clima. Salvo en casos de emergencia, las campañas contra enemigos africanos se realizaban en invierno y las expediciones contra territorios asiáticos se preparaban para el verano. De esta manera los egipcios evitaban el calor y el frío más rigurosos, que podían convertirse en enemigos funestos.

En campaña, los movimientos se ordenaban mediante tambores y trompetas. El peso de la batalla era llevado por la infantería, en la que se distinguían dos tipos: la pesada, cuyos componentes iban armados con escudo, lanza y hacha, y la ligera, provista de jabalinas o de arcos y flechas. También había honderos. En cuanto a los carros de guerra, se utilizaban sobre todo para escoltar a la infantería en campo abierto, hostigar al enemigo cuando formaba para la batalla y, si éste era derrotado, perseguirlo en su retirada. Cada carro tenía uno o dos carcajs laterales donde se guardaban jabalinas, arcos y flechas. Los carros estaban tripulados por dos hombres: el conductor, experto en el manejo de riendas y de armas, y el combatiente, que se encargaba de proteger a su compañero. Por su parte, el conductor debía asumir la responsabilidad de la alimentación de los caballos y de mantener el vehículo en buenas condiciones.

A la hora de tomar una ciudad amurallada, los egipcios podían asaltarla con escaleras y arietes mientras los arqueros disparaban contra los defensores, o bien podían asediarla. En este último caso, talaban árboles y construían fortines que impidieran el contacto entre los sitiados y el exterior. Este sistema se describe en las crónicas de la campaña de Megiddo, que se rindió tras un cerco de siete meses por las tropas de Tutmosis. La rebelión reiterada podía acarrear trágicas consecuencias para los vencidos. El hijo y sucesor de Tutmosis, Amenhotep II, ejecutó personalmente a siete dirigentes asiáticos y volvió a Egipto con sus cadáveres colgados en los barcos de la flota para exhibirlos en los muros de Tebas y Napata. Su nieto, Tutmosis IV, ordenó que los supervivientes de la levantisca localidad de Guezer fueran llevados a Egipto como esclavos.

En estas campañas participaban excelentes militares. Entre los más laureados de la época figura el general Djehuty, el primer gobernador de las tierras asiáticas, al que la literatura posterior atribuyó la conquista de la ciudad de Jopa (Jaffa) mediante hombres escondidos en cestos que fueron introducidos en la plaza fuerte. También cabe recordar al comandante Amenemheb, que acompañó al rey en diferentes expediciones y que fue ascendido y recompensado varias veces debido a su comportamiento heroico, que no se limitaba al campo de batalla: en cierta ocasión cortó la trompa de un paquidermo enfurecido que cargó contra Tutmosis mientras el rey cazaba elefantes.

La dura vida de un soldado

Las tropas estaban formadas por soldados profesionales egipcios y nubios, cuyos familiares residían en colonias militares. Al dejar el servicio activo podían seguir disfrutando de las ventajas fiscales de esas colonias, siempre que uno de sus hijos les sustituyera en el cumplimiento del deber militar; para evitar fraudes, se efectuaban inspecciones periódicas. Los militares acuartelados recibían regularmente pan, carne de buey, verduras y cerveza. Cuando marchaban contra el enemigo se les proporcionaban las raciones calculadas por los escribas y provisiones que entregaban los dirigentes de los territorios que atravesaban.

Los escribas, además de la intendencia, se encargaban del reclutamiento. La vida militar no carecía de atractivos: además de la manutención y del usufructo de tierras estatales, los soldados podían hacerse con el botín de los vencidos y con esclavos, y eran recompensados con títulos honoríficos, ascensos de rango y una condecoración genérica: el «oro del honor», materializada en regalos del faraón que incluían armas y joyas de oro y plata. Para facilitar el recuento de las bajas enemigas y destacar sus propios méritos, los soldados cortaban una mano a cada guerrero que habían matado y la entregaban al escriba de su unidad.

Sin embargo, no todo eran ventajas. Sátiras de épocas posteriores describen de manera hiriente la vida de los soldados, insistiendo en la dureza del entrenamiento al que se sometían desde muy temprana edad, las penalidades que sufrían durante las marchas y las enfermedades que contraían en el curso de las expediciones a tierras lejanas.

Para saber más

Historia militar de Egipto durante la dinastía XVIII. Javier Martínez Babón. Museu Egipci, Barcelona, 2003.

La guerra en el antiguo Egipto. Bridget McDermott. Crítica, Barcelona, 2006.

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