El Titanic: un hotel de lujo flotante

El interior del Titanic era un verdadero regalo para la vista, y no sólo por la belleza de su decoración.

El transatlántico contaba con lujos increíbles para la época: piscina, pastelería, baño turco, zonas para pasear a los perros, barbería, un gimnasio, ascensores eléctricos o varios salones de exquisita decoración dedicados a la lectura o para los fumadores; eso sin contar los suntuosos comedores y cafés. En palabras del pintor Frank Millet, «tiene de todo menos taxis y teatros». Semejantes deleites estaban reservados para los pasajeros de primera clase, pero lo cierto es que el barco se construyó para que todos pudieran disfrutar de la generosa magnificencia del coloso.

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El alojamiento en tercera clase era «también de un carácter muy superior», como anunciaba la propia White Star. Sus ocupantes, hombres y mujeres de clases populares que emigraban a Estados Unidos –la nueva Tierra Prometida–, se quedaron asombrados al comprobar el tamaño de los camarotes, que contaban con calefacción y luz eléctrica, o el espacio destinado a sus comedores.