Los guerreros de Xian como hace 2.200 años

Gracias a las investigaciones más recientes, el ejército de terracota muestra sus colores originales a través de las imágenes de O. Louis Mazzatenta.

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terracota01. Soldados de terracota

Soldados de terracota

Trazos de color en el brazo de un soldado

Los restos de pintura permiten imaginar la viveza de los colores que decoraban el ejército en el momento del entierro hace más de 2.200 años. Este fragmento reproduce una típica armadura de la época: piezas de cuero cubiertas de laca y atadas con cuerda roja. La mano estaba moldeada para sujetar un arma.

Foto: O. Louis Mazzatenta

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terracota02. Soldados de terracota

Soldados de terracota

Producción en masa

Cada rostro cobraba forma en uno de los muchos moldes creados para tal fin. El escultor añadía luego los detalles, eligiendo entre varios tipos de pelo, orejas, cejas, bigotes y barbas. El cuerpo se creaba por separado, a partir de una combinación parecida de elementos estándar. Cuando las figuras ya acabadas aparecían todas juntas, la variedad era tal que parecían un ejército auténtico. 

Foto: O. Louis Mazzatenta

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terracota03. Soldados de terracota

Soldados de terracota

El estudio de los nuevos descubrimientos

Inclinado sobre un montón de piezas halladas recientemente, Yang Jingyi termina de quitarles el barro antes de proceder a la restauración. Conforme las excavaciones se acercan al centro del túmulo funerario, los arqueólogos esperan nuevas revelaciones acerca de la historia del ejército de terracota.

Foto: O. Louis Mazzatenta

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Soldados de terracota

En la vida real la indumentaria de un soldado raso probablemente habría sido de cáñamo, mientras que la de un oficial habría sido de seda. El ejército no tenía uniformes; los guerreros aportaban su propia ropa.

Foto: O. Louis Mazzatenta

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Soldados de terracota

La piel se pintaba normalmente de color carne, como en esta imagen, o de una tonalidad rosada, pero se ha encontrado un rostro con un desconcertante tono verde.

Foto: O. Louis Mazzatenta

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Soldados de terracota

Tal como se muestra en este fragmento de terracota, la armadura real de la época se curvaba sobre la parte superior del brazo como una teja. Debajo de la armadura la mayoría de los hombres llevaba un abrigo largo hasta las rodillas, de manga larga y ceñido a la cintura.

Foto: O. Louis Mazzatenta

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Soldados de terracota

El blanco de los ojos y otros detalles dan una idea de la personalidad que la pintura imprimía a este rostro.

Foto: O. Louis Mazzatenta

Gracias a las investigaciones más recientes, el ejército de terracota muestra sus colores originales a través de las imágenes de O. Louis Mazzatenta.

Más información

China pudo recibir influencia de Occidente mucho antes de la llegada de Marco Polo

China pudo recibir influencia de occidente mucho antes de la llegada de Marco Polo

En un foso de tierra, debajo de lo que antiguamente fue el huerto de caquis de un pueblo cercano a la ciudad de Xian, en el centro de China, tres mujeres de mediana edad se afanan en resolver un rompecabezas milenario. La jovial Yang Rongrong, de 57 años, manipula con sus manos callosas una pieza irregular hasta que da con el encaje perfecto. Las otras dos ríen y murmuran en gesto de aprobación, como si estuviesen disfrutando de un agradable pasatiempo. En realidad, Yang y sus amigas están recomponiendo un misterio de 2.200 años de antigüedad: el ejército de terracota, parte del célebre, y aún poco conoci­do, complejo funerario del primer emperador de China, Qin Shi Huangdi.

Generalmente, Yang y sus compañeras tardan varios días en convertir un montón de fragmentos de arcilla en la figura completa de un soldado, pero hoy están de suerte y han terminado la tarea en apenas unas horas. «No tengo ningún talento especial –insiste Yang, quien lleva dedicada a ensamblar este rompecabezas desde 1974, cuando unos campesinos de su pueblo, Xiyang, desenterraron por primera vez piezas de cerámica y una cabeza esculpida mientras cavaban un pozo para regar la huerta–. Pero casi todos estos guerreros han pasado por mis manos.» Con un ejército de mil soldados recompuestos a sus espaldas, Yang contempla cómo ha quedado la pieza de hoy: una cabeza de arcilla envuelta en plástico protec­tor. A través del envoltorio se intuyen destellos de rosa y rojo, tonos brillantes que insinúan la gloria original de los guerreros de terracota.

Las figuras monocromas que los visitantes ven hoy en el museo del ejército de terracota de Xian fueron en su origen la fantasía multicolor de un dirigente cuyas grandiosas ambiciones iban más allá del reino de los mortales. Qin Shi Huangdi, el primer emperador que unificó China bajo una sola dinastía, alcanzó grandes hitos durante su reinado, entre 221 y 210 a.C. Además de emprender la construcción de los primeros tramos de la Gran Muralla para proteger sus dominios, el tirano reformista homogeneizó la escritura, la moneda y el sistema de medidas del país, y nos legó el nombre del que etimológicamente deriva la palabra «China» (Qin se pronuncia chin).

El emperador preparó también su viaje al Más Allá ordenando edificar un complejo funerario de 90 kilómetros cuadrados. El ejército de soldados y caballos de arcilla que concibió Qin no era una procesión sombría sino un alarde de poder bañado en un torbellino cromático: rojo, verde, morado y amarillo. Desgraciadamente, la mayoría de los colores no sobrevivió al paso del tiempo, ni a la exposición al aire tras su descubri­miento y excavación. Durante las primeras excavaciones los arqueólogos a menudo observaban con impotencia cómo los colores de las estatuas se desintegraban al entrar en contacto con el aire seco de Xian. Un estudio demostró que una vez expuesta al aire, la laca que hay bajo la pintura comienza a formar bucles en apenas 15 segundos y se desconcha en menos de cuatro minutos.

Ahora, una combinación de descubrimientos fortuitos y nuevas técnicas de conservación em­­pieza a revelar los verdaderos colores del ejército de terracota. En los últimos tres años, la excavación del yacimiento más famoso de Xian, conocido como Foso 1, ha aportado más de cien soldados, algunos todavía con rasgos pintados: pelo negro, rostros rosados, ojos negros o ma­­rrones… Los ejemplares mejor conservados apa­­recieron en el fondo del foso, donde una capa de barro depositada por alguna inundación les sirvió de protección durante 2.000 años.

La anterior excavación en el Foso 1 acabó de manera abrupta en 1985 cuando un trabajador robó la cabeza de un guerrero y fue ejecutado sumariamente por ello: cabeza por cabeza. En la prolongada pausa que siguió a este incidente, investigadores chinos trabajaron con expertos de la Oficina de Conservación del Estado de Baviera en el desarrollo de un conservante conocido como PEG (polietilenglicol) con el fin de proteger los colores de los guerreros. Durante la excavación más reciente, en el momento en que se desenterraba una figura pintada, los trabajadores la pulverizaban con el producto y la envolvían en plástico para fijar el líquido protector. Las piezas con más trazos de color (junto con la tierra que las rodeaba) se han trasladado a un laboratorio situado en el mismo yacimiento para aplicarles otros tratamientos. Las técnicas moder­­nas destinadas a preservar los antiguos colores parecen estar funcionando satisfactoriamente.

En una angosta trinchera en la zona norte del Foso 1, el arqueólogo Shen Maosheng me conduce a través de lo que parecen mochilas de terracota esparcidas por el suelo rojizo. En reali­­dad son carcajs de arcilla que contienen flechas de bronce. Shen y yo pasamos junto a un carro recién excavado y nos detenemos frente a un objeto cubierto con un plástico. «¿Quiere ver un descubrimiento de verdad?», me pregunta. Al retirar el plástico, descubre un escudo dentado de un metro de largo. La madera se ha podrido, pero el delicado diseño y los brillantes rojos, verdes y blancos han quedado impresos en la tierra. Unos pasos más allá hay un tambor militar intacto cuya superficie de cuero ha dejado otra estampa gloriosa sobre el polvo: líneas rojizas finas como cabellos. Junto con los delicados tejidos de seda y lino que se hallaron aquí, estos objetos ofrecen pistas sobre la cultura y las artes que florecieron bajo la dinastía Qin, así como la vibrante paleta de colores que les dio vida.

Ante tanto color y talento artístico estampados en el suelo (la pintura antigua, por desgracia, se adhiere con mayor facilidad al polvo que a la laca), los restauradores chinos están intentando proteger y preservar la tierra misma. «Estamos tratando la tierra como un objeto arqueológico», dice Rong Bo, químico jefe del museo, que ayudó a desarrollar un aglutinante, actualmente en trámite de patente, que compacta el suelo para evitar que el color se pierda. El siguiente desafío, explica Rong, será encontrar un método acepta­ble para devolver este color a los guerreros.

Hasta ahora se ha excavado menos de un 1 % del complejo funerario, por lo que desenterrarlo todo puede llevar siglos. Pero el ritmo de hallazgos se acelera. En 2011 el museo inició dos proyectos de excavación en los flancos del túmulo funerario central, de más de 76 metros de alto. Una serie de catas efectuadas hace más de un decenio sacó a la luz un grupo de acróbatas y forzudos de terracota. Excavaciones más exhaustivas proporcionarán «descubrimientos asombrosos», predice Wu Yongqi, director del museo.

En el fondo del Foso 1, Yang ciñe las correas que sujetan al guerrero que ha reconstruido. La cabeza, rociada de conservante, todavía está en­­vuelta en plástico. El realista color de su piel ha sobrevivido, y la figura se exhibirá en el museo con todas las fisuras y los golpes recibidos en sus 2.200 años bajo tierra.

Durante las primeras excavaciones de Xian, las fracturas e imperfecciones de los guerreros de terracota se enyesaban. Ahora, un nuevo ejército, con todos sus desperfectos, forma filas en el extremo oeste del foso, reflejo de un deseo de mayor fidelidad histórica por parte del museo. En cada una de las estatuas se puede ver el trabajo de Yang. «No tiene nada de especial», dice ella con una sonrisa modesta, antes de volver al trabajo con sus amigas bajo las raíces de los viejos árboles frutales del pueblo.

Fotografías de O. Louis Mazzatenta