El sitio de Barcelona. El fin de la Guerra de Sucesión

Tras más de diez años de guerra, todas las potencias europeas habían aceptado la paz. Una ciudad, sin embargo, estaba decidida a seguir luchando por sus libertades: Barcelona. Hasta que el 11 de septiembre de 1714 fue tomada al asalto.

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El ataque final a Barcelona

El ataque final a Barcelona

El óleo de Antoni Estruch Bros (1872-1857) pintado en 1909 y titulado L'onze de setembre de 1714 muestra el asalto final a Barcelona en 1714. Rafael Casanova, conseller en cap de la ciudad, cae herido junto a la bandera de Santa Eulalia. 

Foto: Fons d'art Fundació Antiga Caixa Sabadell 1859

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Batalla de Almansa. Batalla de Almansa, por Ricardo Balaca. Siglo XIX. Palacio del Congreso, Madrid

Batalla de Almansa, por Ricardo Balaca. Siglo XIX. Palacio del Congreso, Madrid

La victoria borbónica en la batalla de Almansa es el momento decisivo de la guerra. Felipe V se hace con el control del reino de Valencia y Aragón, aboliendo su ordenamiento foral.

Foto: Aisa

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HNG48-SALO-DE-CENT. Saló de Cent

Saló de Cent

Esta sala acogía las reuniones de los representantes del Consejo de Ciento, institución de gobierno municipal que se remonta al siglo XIII. La asamblea municipal estaba formada por 1228 jurados, de los que se extraían a suerte cinco consellers. Felipe V suprimió esta institución tras la caída de Barcelona, sustituyéndola por un corregidor nombrado por la monarquía. 

Foto: Ramon Manent

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El mercado del Born de Barcelona, con la Ciudadela al fondo.. El mercado del Born de Barcelona, con la Ciudadela al fondo. Pintura del siglo XVII

El mercado del Born de Barcelona, con la Ciudadela al fondo. Pintura del siglo XVII

La imagen muestra la parte del mercado del Born que se salvó del derribo de 1716 para crear la gran explanada de la Ciudadela. Felipe V decretó su construcción a fin de evitar cualquier nueva sublevación y mantener un férreo control sobre la ciudad, pero su construcción implicó el derribo de gran número de casas del barrio de la Ribera. Fue una obra de gran perfección técnica, pero los barceloneses la vieron como un símbolo de la opresión borbónica. Hoy sólo quedan en pie tres edificios: la residencia de su gobernador, la iglesia y el Arsenal (sede actual del Parlamento catalán).

Foto: Ramon Manent

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AA374621. Luis XIV de Francia, el Rey Sol. Retrato por Hyacinte Rigaud

Luis XIV de Francia, el Rey Sol. Retrato por Hyacinte Rigaud

El monarca francés movió todos los hilos para que su nieto Felipe de Anjou fuera designado rey de España con la intención de expandir la influencia y el poder de Francia por el territorio europeo. Puesto que Carlos II, el último rey Habsburgo de España, murió sin descendencia, designó como heredero al nieto de Luis XIV, algo que Inglaterra, Austria y Holanda vieron como un motivo para declarar la guerra a Francia y España. Este fue el inicio de la guerra de Sucesión. 

Foto: Art Archive

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BAL-57494. Condecoración del duque de Berwick. Óleo por I. D. Ingres, siglo XIX.

Condecoración del duque de Berwick. Óleo por I. D. Ingres, siglo XIX.

El rey Felipe V condecora al duque de Berwick después de la batalla de Almansa, una de las victorias que mayor impulso dieron a las tropas borbónicas. Posteriormente, Felipe V vencería de nuevo en las batallas de Brihuega y Villaviciosa, prosiguiendo en su avance hacia los territorios de la Corona de Aragón.

Foto: Aisa

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HNG48 CASTELL-CARDONA. El castillo de Cardona

El castillo de Cardona

Después de la firma del trata de Utrecht, las tropas de Felipe V comienzan la ocupación de Cataluña. Esta fortaleza medieval, en manos de una guarnición catalana dirigida por Manuel Desvalls, fue la última en rendirse a Felipe V, una semana después de la caída de Barcelona.

Foto: Miguel Luis Fairbanks / Asa

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A1P2J8. Catedral de Palma

Catedral de Palma

La capital de las islas Baleares fue el último reducto austracista en caer frente a las tropas felipistas. De hecho, antes de que Barcelona quedara sitiada, los víveres y refuerzos con los que sobrevivieron los habitantes de la ciudad procedían de Mallorca e Ibiza, que permanecieron leales al archiduque hasta el final. El 2 de julio del año 1715 las tropas borbónicas, con el marqués D'Asfeld al frente, tomaron Mallorca, el último baluarte austracista. 

Foto: Alamy

Germán Segura García, historiador

9 de septiembre de 2016

La caída de Barcelona el 11 de septiembre de 1714

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La caída de Barcelona el 11 de septiembre de 1714

En septiembre de 1714, Barcelona llevaba sitiada más de un año por las tropas de Felipe V. En los últimos cuatro meses había sufrido un bombardeo implacable, que destruyó centenares de casas y obligó a los habitantes a refugiarse en iglesias y proteger sus bienes. Pero hasta entonces nada había podido persuadir a los barceloneses de que se rindieran, convencidos como estaban de que defendían la causa de la libertad –de Cataluña y de toda España– frente a lo que consideraban el despotismo del nuevo rey.

El 11 de septiembre de ese año las tropas borbónicas lanzaron el asalto final. Tras varias horas de lucha cuerpo a cuerpo, en la que cayeron heridos los dos principales líderes catalanes, Rafael Casanova y Antonio Villarroel, la ciudad aceptó rendirse. Así se puso fin en la península a la guerra de Sucesión española. Fue éste un gran conflicto europeo, originado por el testamento de Carlos II, el último rey Habsburgo de España. Careciendo de descendencia, Carlos II designó como heredero a un nieto de Luis XIV: Felipe, duque de Anjou. Ello provocó los recelos de todos aquellos países que temían un engrandecimiento excesivo del poder de Francia, que prácticamente heredaba las posesiones españolas en Europa y en América.

Las razones de la guerra

En 1702, una coalición formada por Austria, Inglaterra y Holanda declaró la guerra a Francia y España. Su objetivo era poner en el trono de España al archiduque Carlos de Austria, segundo hijo del emperador Leopoldo I, representante de la rama alemana de los Habsburgo. La guerra consiguiente se desarrolló en los campos de batalla de Flandes, Alemania e Italia, pero los aliados buscaron desde el primer momento abrir un frente en la península Ibérica. Así, se intentaron sendas operaciones de desembarco, primero en Andalucía (1702) y después en Barcelona (1704), que resultaron un fracaso estratégico. Los aliados planearon entonces una nueva incursión sobre Barcelona, confiando que encontrarían allí apoyo para su causa. En efecto, los catalanes habían mostrado muchas reservas antes de reconocer como rey a Felipe V, al que juraron lealtad durante las Cortes de Barcelona (1701-1702).

Las Cortes de Barcelona abandonaron la obediencia de Felipe V y proclamaron al archiduque como rey legítimo de la monarquía española

Luego, la represión llevada a cabo por el virrey de Cataluña a raíz del desembarco austracista de 1704 encrespó mucho los ánimos. Además, los ingleses habían llegado a un acuerdo con varios disidentes catalanes para facilitar el desembarco de tropas en Cataluña y asegurarse el apoyo local, a cambio del compromiso de garantizar las libertades catalanas en el caso de que el proyecto fracasara. Así, en el verano de 1705 el archiduque Carlos desembarcó frente a Barcelona y se hizo con la ciudad después de varias semanas de incertidumbre. Las Cortes de Barcelona (1705- 1706), de nuevo reunidas, abandonaron la obediencia de Felipe V y proclamaron al archiduque como rey legítimo de la monarquía española, con el nombre de Carlos III.

La llegada de Carlos a España provocó una polarización de las lealtades y una lucha fratricida entre españoles de todas las clases y territorios. La Corona de Aragón se inclinó por el archiduque, intentando recuperar peso en una monarquía cada vez más castellanizada y con tendencias centralizadoras. Castilla, por su parte, se aglutinó en torno a Felipe V, a quien sostuvo hasta en sus horas más bajas. Esto no significa que no hubiera castellanos que siguieran el partido del archiduque, ni catalanes que se mantuvieran fieles al duque de Anjou. El apoyo a ambos contendientes respondió a actitudes complejas que dependieron en gran medida de factores locales y de las circunstancias bélicas. En cualquier caso, la contienda dinástica fue tomando para los reinos de la Corona de Aragón un cariz de lucha por la preservación de sus fueros, sobre todo desde la victoria de Felipe V en la batalla de Almansa (1707) y la promulgación de los primeros decretos de Nueva Planta, que acabaron con las libertades de Valencia y Aragón.

La vida en Barcelona en 1700

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La vida en Barcelona en 1700

A pesar de que el balance militar, en el conjunto del conflicto europeo, fuera muy positivo para Austria y sus aliados, y de que en varias ocasiones Luis XIV estuviera a punto de claudicar, la guerra no se decidió en los campos de batalla. El momento decisivo se produjo en 1711, con la muerte inesperada del emperador José I, sucesor de Leopoldo I, que convirtió en heredero del Imperio alemán a su hermano Carlos. El acceso del archiduque a la dignidad imperial, con el nombre de Carlos VI, implicó un cambio en la concepción del conflicto por parte de los aliados, que ahora temían el excesivo poder del emperador.
En nombre del equilibrio europeo era necesario proceder a un reparto de los territorios de la monarquía española que fuera aceptado por ambos bandos. Esto fue en definitiva lo que se acordó en el tratado de Utrecht, suscrito en abril de 1713, con el que prácticamente se zanjó el conflicto internacional; en virtud de este acuerdo Felipe V recibía el dominio de España y América, mientras que perdía todas las posesiones españolas en Flandes e Italia, la mayoría de las cuales pasaba al emperador Carlos.

Barcelona decide resistir

Cataluña había sido el primer territorio de España en reconocer al archiduque Carlos, y su futuro estaba ligado a la suerte del pretendiente

Sin embargo, en Cataluña los acontecimientos siguieron un curso distinto a lo discutido en las conferencias de paz. El archiduque Carlos marchó a Viena para ser coronado emperador en septiembre de 1711, dejando a su esposa, Isabel Cristina de Brunswick, encargada del gobierno en Cataluña. Inicialmente todo parecía indicar que el emperador no iba a desamparar a sus súbditos catalanes y que Inglaterra tampoco dejaría de cumplir su promesa de defender las libertades catalanas. Sin embargo, Inglaterra fue la primera que decidió retirar sus tropas de Cataluña (1712), medida seguida por el resto de las potencias aliadas tras la firma del tratado de Utrecht.

La marcha de la emperatriz, en marzo de 1713, causó un gran descontento en las instituciones catalanas. Cataluña había sido el primer territorio de España en reconocer al archiduque Carlos, y su futuro estaba ligado a la suerte del pretendiente. Además, poco se podía esperar de la clemencia de Felipe V. Las embajadas inglesas para interceder por los fueros catalanes se toparon con una negativa rotunda del monarca Borbón, y los aliados no estaban predispuestos a obcecarse en asunto tan espinoso. Así lo comprobaron de primera mano los emisarios catalanes enviados a Utrecht, cuando vieron que el tema de la preservación de sus privilegios quedaba arrinconado ante el alud de intereses políticos y económicos que allí se trataron.

Finalmente, el emperador tuvo que ordenar a su virrey en Cataluña, el general Starhemberg, la evacuación de sus tropas, y aconsejó a los catalanes que suplicaran el perdón de Felipe V. Viéndose abandonada, en julio de 1713 la Diputación del General o Generalitat –organismo fiscal y judicial emanado de las Cortes– convocó una gran asamblea estamental para determinar si había que continuar la lucha o, por el contrario, negociar la sumisión a Felipe V. La resolución adoptada fue la de proseguir en solitario la resistencia.
El caballero Manuel Ferrer i Sitges, uno de los principales partidarios de esta decisión, señaló en su discurso que la defensa de los privilegios catalanes llevaba implícita la liberación del despotismo que los ministros castellanos habían impuesto en toda España. Esta decisión, provocada por la actitud inflexible que Felipe V mostró en la negociación, hizo que salieran de Barcelona muchos miembros de la nobleza, de la burguesía y del clero, a la vez que entraban en la ciudad los elementos antifilipistas más intransigentes, que radicalizarían aún más la resistencia.

Se estrecha el cerco

Por entonces, casi toda Cataluña estaba ya en manos de las tropas borbónicas. El mando militar de los austracistas recayó en el general Antonio Villarroel, un militar experimentado, que tuvo que conducir las operaciones con la constante intromisión de la Diputación y del concejo barcelonés (el Consejo de Ciento). Precisamente a iniciativa de la Diputación, y no del comandante en jefe, se llevó a cabo una expedición a fin de reagrupar las fuerzas austracistas y llevar algún socorro a la ciudad de Barcelona.

La lucha en el territorio catalán fue muy dura entre las partidas armadas de uno y otro signo, causando grandes estragos entre la población civil. Como señaló un testigo, «no fue privilegiada la vejez, el indefenso sexo ni la tierna infancia». Pero todas las tentativas de movilizar a los pueblos en contra de Felipe V y aligerar de alguna manera el cerco sobre Barcelona tuvieron poca fortuna. Sólo a principios de 1714, la imposición de un subsidio para el mantenimiento de las tropas borbónicas produjo un alzamiento general en diversas comarcas catalanas, movimiento que no tuvo ninguna conexión con Barcelona y que fue rápidamente sofocado. Durante los primeros meses de 1714, las fuerzas borbónicas al mando del duque de Pópuli no eran tan numerosas como para asegurar el bloqueo de la ciudad, lo que permitió que se introdujeran en ella víveres y refuerzos enviados desde Mallorca e Ibiza, que permanecían leales al archiduque.

Las tropas sitiadoras se elevaban entonces a 40.000 hombres, mientras que dentro de la ciudad había poco más de 10.000 combatientes

La poca contundencia de los ataques sobre la ciudad y los socorros recibidos dieron nuevo ánimo a los barceloneses y afianzaron la actitud de los intransigentes. Mientras tanto, la Diputación se vio forzada a delegar las tareas de gobierno y la organización de la defensa en el Consejo de Ciento, ya que la Cataluña austracista quedaba reducida a la Ciudad Condal. Tras la paz de Rastadt de marzo de 1714 –complemento del tratado de Utrecht–, los borbónicos trataron de llegar a un acuerdo para la rendición de la ciudad. Pero Felipe V ofreció concesiones mínimas, que no incluían el respeto por los fueros de Cataluña, y que fueron rechazadas por los barceloneses. Además, el lenguaje ambiguo de los ingleses y del emperador creó en los catalanes unas expectativas de socorro que tampoco se concretaron en nada.
En julio de 1714, con la llegada a Barcelona del duque de Berwick, el asedio entró en su última fase. Las tropas sitiadoras se elevaban entonces a 40.000 hombres, mientras que dentro de la ciudad había poco más de 10.000 combatientes, la mayor parte miembros de la milicia de los gremios o Coronela. Todos los hombres mayores de 14 años fueron llamados a la defensa, en la que participaron incluso sacerdotes y mujeres.

Berwick en Barcelona

Las operaciones tomaron entonces un ritmo vertiginoso. Tras intentar varios asaltos que le produjeron graves pérdidas, Berwick decidió bombardear a conciencia la ciudad. A principios de septiembre, cuando las brechas en la muralla permitían ya el asalto de los sitiadores, el general borbónico ofreció una nueva capitulación a los defensores. La Junta de Gobierno, formada por representantes del Consejo de Ciento, la Diputación y miembros del estamento nobiliario, decidió resistir, pese a la opinión de Rafael Casanova, conseller en cap de la ciudad, y del general Villarroel, que dimitió al considerar inútil la defensa. Esta renuncia hizo que se nombrara a la Virgen de la Merced como generalísimo de las fuerzas resistentes, en una clara muestra de la desesperación a la que habían llegado los catalanes.

Como escribiría más tarde Voltaire en El siglo de Luis XIV, «el fantasma de la libertad los hizo sordos a las proposiciones de su soberano». La ciudad caminaba hacia su ruina y todos los defensores se habían hecho a la idea de perecer entre sus muros. Berwick comentó más tarde en sus memorias que «la obstinación de estos pueblos era algo más sorprendente cuando había siete brechas en el cuerpo de la plaza, no existía ninguna posibilidad de socorro y hasta no tenían ya víveres». En la madrugada del 11 de septiembre se produjo el asalto final. Villarroel reasumió el mando de las tropas y pidió a Casanova que condujera la Coronela hasta el baluarte de Sant Pere, al objeto de rechazar al enemigo. Fue allí, enarbolando el estandarte de santa Eulalia, la patrona de la ciudad, donde Casanova recibió un disparo en el muslo y tuvo que ser evacuado. Villarroel, por su parte, dirigió la defensa en torno a la plaza del Born, donde resultó herido. El combate continuó todavía en el interior de la ciudad, antes de que Villarroel pidiera el alto el fuego hacia las 2 de la tarde.

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Los sitiados se habían defendido con ferocidad inusual, recuperando varias veces los baluartes al enemigo e incluso luchando obstinadamente casa por casa. El Consejo de Ciento publicó todavía un bando para pedir un último esfuerzo a los defensores, «a fin de derramar gloriosamente su sangre y vida por su Rey, por su honor, por la Patria y por la libertad de toda España». Pero cualquier resistencia era ya inútil porque las tropas borbónicas estaban dentro de la ciudad y no cabía más opción que capitular. Berwick prometió a los defensores que se respetarían sus vidas y no habría pillaje. Al día siguiente, las tropas de FelipeV entraban en una ciudad medio destruida, terminando con una pesadilla que había durado más de un año. Aunque los borbónicos todavía hubieron de ocupar Mallorca en 1715, Voltaire tenía razón al decir que Barcelona fue «la última llama del incendio que devastó durante tanto tiempo la parte más bella de Europa, por el testamento de Carlos II, rey de España».