Simón Bolívar, el libertador de América

"No descansaré hasta romper las cadenas del dominio español en América", juró en su juventud el caudillo venezolano que desde 1812 encabezó la lucha por la independencia de la América española

20 de mayo de 2018

"A Bolívar no se le puede ver por encima del hombro, ni como general, ni como estadista, ni como escritor, ni como legislador, ni como tribuno. Bolívar es uno de los más complejos y hermosos especímenes de Humanidad", afirmó el escritor y político venezolano Rufino Blanco Fombona en 1920; y quizás ésta sea una de las definiciones más agudas del Libertador, porque revela que no se trata de un mesías ni de un semidiós homérico, sino de un ser humano de vida muy compleja y, por eso mismo, hermosa para ser estudiada. Su existencia estuvo marcada por múltiples dificultades que lo condujeron al destino que conocemos. Desde luego, hay algo de hagiografía en el comentario de Blanco Fombona, pero cuando se trata de Bolívar es difícil encontrar un comentario que no esté teñido por alguna pasión, amiga o enemiga.

Huérfano y rebelde

Simón Antonio de la Santísima Trinidad Bolívar y Ponte Palacios y Blanco nació el 24 de julio de 1783 en Caracas. Sus padres pertenecían a dos importantes linajes caraqueños, los "amos del Valle", criollos descendientes de los fundadores de la ciudad y que ocuparon el escalón más alto de la pirámide social durante el período colonial. Todo parecía preparado para que Simón y sus hermanos administraran las cuantiosas propiedades de la familia, tal como había sucedido durante los dos siglos anteriores.

Pero pronto la desgracia se cernió sobre él: cuando contaba tres años murió su padre; y a los nueve falleció su madre, que nunca le mostró demasiado cariño. Simón quedó al cuidado de su abuelo, Feliciano Palacios. “Huérfano, prometido a una riqueza considerable, heredero presunto de plantaciones extensas, esclavitudes y casas, no tuvo una infancia feliz ni una educación sistemática”, escribe otro de sus biógrafos, Arturo Uslar Pietri, a pesar de que su abuelo buscó los mejores maestros que ofrecía la pequeña ciudad.

Pero su carácter rebelde construyó con la desobediencia una barrera infranqueable. A los doce años se escapó de casa de Carlos Palacios, su tutor, y huyó a la de su hermana María Antonia. El pleito judicial por quién había de administrar su fortuna concluyó con el traslado forzado de Bolívar a casa de un maestro llamado Simón Rodríguez. Según el propio tutor del joven, el nuevo preceptor de Bolívar es “un sujeto de probidad y habilidad notoria, y estando destinado por su oficio a la enseñanza de los niños podrá más cómodamente proveer a la educación de éste, teniéndole siempre a su vista y en su propia casa, que es bastante cómoda y capaz”.

Por fortuna, Simón Rodríguez, expósito, autodidacta y que había sido nombrado maestro por el cabildo de Caracas en la escuela de primeras letras para niños, resultó ser el profesor más adecuado para el joven Bolívar. Rodríguez entendió que su pupilo necesitaba un tratamiento diferente, pues su curiosidad, mezclada con el ambiente escaso de afecto en el que estaba creciendo, deformaban su carácter. Sea porque Rodríguez ya aplicaba su propio y original modelo pedagógico, sea porque el niño fue forzado a ello, la relación acabó dando sus frutos. Bolívar llegó a decir que su maestro “enseñaba divirtiendo” pero la estrategia de Rodríguez se puede resumir en la máxima “instruir no es educar”.

En 1799, cuando murió su abuelo, Bolívar fue enviado a estudiar a Madrid. En Veracruz escribió a su tío Pedro Palacios y Sojo, con la dudosa certeza del que aún no conoce bien la ortografía: “Usted no estrañe la mala letra pues ya lo hago medianamente pues estoy fatigado del mobimiento del coche en que hacabo de llegar, y por ser muy a la ligera la he puesto muy mala y me ocurren todas las espesies de un golpe”. Al llegar a Madrid se alojó en casa del marqués de Ustáriz, en la calle de Atocha, y tuvo la educación que todo joven de su clase debía recibir: lenguas extranjeras, danza, matemáticas, equitación, historia

La muerte de su esposa fue, quizás, el primero de los acontecimientos que orientaron su destino de forma muy distinta a la que había planeado

En Madrid conoció a una joven, María Teresa Rodríguez del Toro, de quien se enamoró perdidamente. Pese a la inicial oposición del padre, en 1802 se casó con ella y regresó a Venezuela dispuesto a atender sus haciendas; pero, apenas ocho meses después, María Teresa murió en Caracas de una violenta fiebre, incapaz de soportar el clima del trópico. Éste fue, quizás, el primero de los acontecimientos que orientaron su destino de forma muy distinta a la que había planeado.

Un compromiso ineludible

Arrasado por la pena, volvió a España, pero, presa de dolorosos recuerdos, enseguida se estableció en París, donde vivió una existencia disipada y durante la cual hizo uso holgado de su fortuna. Sin embargo, los días derrochadores de Bolívar en Francia se truncaron repentinamente cuando supo que su antiguo y querido maestro caraqueño estaba en París. Simón Rodríguez le dijo que estaba desperdiciando su vida y lo convenció para que estudiara las obras fundamentales de la literatura de la época, especialmente a Montesquieu, Rousseau, Voltaire y los enciclopedistas. Le propuso recorrer Italia para recuperar la estabilidad emocional, viaje que daría lugar a dos episodios que cambiaron de nuevo el cariz de la vida de Bolívar.

El primero, en Milán, cuando pudo ver de cerca a Napoleón Bonaparte, su admirado héroe, ahora rey de Italia (a quien, sin embargo, criticó duramente cuando se coronó emperador en París en 1804; él y su maestro permanecieron en la habitación ese día); y el segundo, quizá levemente idealizado en el relato que dejó Rodríguez, el conocido como Juramento del monte Sacro, cuando Bolívar, arrodillado en el Aventino de Roma, proclamó: “No daré descanso a mi brazo ni a mi espada hasta el día en que hayamos roto las cadenas del dominio español que nos oprime”.

Los siguientes veinte años fueron los que le dieron brillo militar y político, al hilo de los acontecimientos que jalonaron el proceso de independencia de América del Sur

De aquí en adelante, su vida tomó un rumbo definitivo; los siguientes veinte años fueron los que le dieron brillo militar y político, al hilo de los acontecimientos que jalonaron el proceso de independencia de América del Sur. En 1806, Francisco de Miranda, el Precursor, invadió infructuosamente Coro, cerca de la costa venezolana; la aventura no tuvo éxito, pero llenó de esperanza a Bolívar, que retornó entonces a América. Por otra parte, en 1808, Napoleón colocó a su hermano José en el trono de España y provocó una guerra que convulsionaría la Península hasta 1814; la usurpación tuvo un agudo efecto en las colonias americanas y, entre otros muchos, produjo el movimiento secesionista de 1810 en Caracas, que desembocó en la firma del Acta de la Independencia al año siguiente. Fue entonces cuando comenzó la vida pública de Bolívar; desde la Sociedad Patriótica de Caracas se distinguió por sus ardientes llamamientos a la independencia, y enseguida se integró, con el grado de coronel, en el ejército que al mando de Francisco de Miranda debía defender a la república de la reacción española.

El fracaso de dos repúblicas

La Primera República, la “patria boba”, no duró más de dos años: el ejército español, mejor preparado que el venezolano, pronto impuso su ley. El propio Bolívar cometió un gravísimo error al dejar a merced del enemigo la munición y las armas en la plaza de Puerto Cabello, tras lo cual a Miranda no le quedó más remedio que capitular para evitar un innecesario derramamiento de sangre. Bolívar, abatido, escribió a su general: “Después de haber agotado todos mis esfuerzos físicos y morales, ¿con qué valor me atreveré a tomar la pluma para escribir a usted habiéndose perdido en mis manos la plaza de Puerto Cabello? Mi corazón se halla destrozado con este golpe aún más que el de la provincia”.

Bolívar sacó de este fracaso una lección que le sería muy útil en los siguientes quince años: el liderazgo lo es todo

Miranda negoció con el comandante del ejército español, Domingo de Monteverde, los términos de la capitulación. El Precursor aceptó las duras condiciones de la rendición porque no le quedaba otra salida, pero sus compañeros lo consideraron un traidor. La admiración por el viejo general empezó a apagarse y el 31 de julio de 1812, por razones que aún no están del todo claras, Miranda fue entregado a los españoles, que desde hacía treinta años aguardaban una ocasión para prenderlo. ¿Se deshicieron de Miranda los “mantuanos" (la aristocracia criolla) por desprecio o para salvar la vida? El propio Bolívar participó en la detención de Miranda, y nunca se arrepentiría de esta acción. Miranda murió en la prisión gaditana de La Carraca, en 1816, y Bolívar sacó de este fracaso una lección que le sería muy útil en los siguientes quince años: el liderazgo lo es todo.

Se suceden las victorias

Bolívar decidió continuar tras el sueño independentista. En agosto de 1812 escapó a Curaçao y en octubre se trasladó a Cartagena de Indias. Su intención era liberar Nueva Granada al mismo tiempo que Venezuela. Escribió entonces el primero de sus grandes documentos políticos, el Manifiesto de Cartagena, en el que planteaba la reconquista de Caracas como paso fundamental para la independencia de todo el continente, que configuraría un nuevo Estado llamado Colombia.

A continuación, Bolívar protagonizó una de las hazañas militares más asombrosas de la historia: la “Campaña admirable”, origen de la Segunda República venezolana. Partió el 14 de mayo de 1813; con movimientos rápidos y acciones arriesgadas (él y su ejército cruzaron las escarpadas cumbres de los Andes venezolanos a caballo) desplegó sus condiciones de líder militar. Dos meses después lanzó la proclama de “Guerra a muerte” en Trujillo, con la intención de dar un giro nacional a la guerra: “¡Españoles y canarios! Contad con la muerte aun siendo indiferentes, si no obráis activamente en obsequio de la libertad de América. ¡Americanos! Contad con la vida aun cuando seáis culpables". Tras varias batallas victoriosas (Cúcuta, Niquitao, Los Horcones), el ejército patriota tomó Valencia, San Carlos y La Victoria, y en agosto de 1813 entró triunfalmente en Caracas.

Bolívar era el capitán general de los Ejércitos de Nueva Granada y Venezuela, y la Municipalidad le concedió el título de Libertador y el cargo de capitán general, equivalente a general en jefe. Sin embargo, tras las celebraciones, a Bolívar lo aguardaban la indisciplina y las luchas intestinas. Debía imponer su autoridad (a veces con dureza) si no quería que toda la empresa fracasase. También tuvo que enfrentarse a una temible coalición de enemigos de la independencia: los llaneros, bandas de guerrilleros al mando del asturiano José Tomás Boves, temido por el ensañamiento contra sus enemigos, y el ejército regular español, reforzado tras la llegada de un nuevo capitán general, Cagigal. El ejército patriota, hostigado por todas partes, se vio obligado a emigrar al oriente del país con casi toda la población de Caracas. Era el fin de la Segunda República.

Bolívar viajó a Bogotá y a Cartagena. De allí partió a Kingston, donde escribiría la célebre Carta de Jamaica en la que, según Uslar Pietri, “describió el más completo y deslumbrante panorama de la situación y del futuro del continente”. Se embarcó luego hacia Haití donde conoció al presidente haitiano Pétion, que le ofreció generosa ayuda. Pese a la derrota y los recelos de los otros líderes, insistió en permanecer como jefe supremo del ejército, y con el apoyo decisivo de algunos generales (José Antonio Páez en los Llanos, Manuel Piar en Guayana) logró dar nuevo impulso a la lucha. De este modo, en 1817, después de desembarcar en isla Margarita, tomó Guayana, convirtiéndola en una inexpugnable base de operaciones de fácil comunicación con el interior y con el exterior a través del río Orinoco. Fundó el primer periódico, el Correo del Orinoco, y convocó en 1819 un congreso en la población de Angostura, donde pronunció el más importante de sus mensajes políticos: el Discurso de Angostura.

Al frente de un ejército de unos 3.000 hombres, repitió la hazaña de 1813 y atravesó en plena temporada de lluvias las cumbres de los Andes

A continuación, Bolívar organizó una de sus campañas más célebres: la liberación de Nueva Granada (la actual Colombia). Al frente de un ejército de unos 3.000 hombres, repitió la hazaña de 1813 y atravesó en plena temporada de lluvias las cumbres de los Andes; así sorprendió al ejército español dirigido por el brigadier José María Barreiro, al que venció en la batalla de Boyacá, el 7 de agosto de 1819. De vuelta a Angostura, Bolívar logró que se aprobara la constitución de la República de Colombia (o Gran Colombia), que integraba las actuales Venezuela y Colombia. Venezuela, sin embargo, seguía en manos españolas.

La instauración de un régimen liberal en España en 1820 permitió el inicio de una fase de negociaciones en la que se plantearon fórmulas intermedias entre la soberanía española y la independencia. Pero Bolívar no aceptó ninguna de ellas. En junio de 1821, la victoria de los independentistas en la llanura de Carabobo, frente a Caracas, selló la independencia de Venezuela. La contienda fue fuente inagotable de gestas heroicas, como la muerte de Pedro Camejo, el “Negro Primero”, un valeroso combatiente que no expiró hasta que se despidió de su general, Páez. El congreso de Cúcuta eligió a Bolívar presidente de Colombia y le otorgó amplios poderes ejecutivos, que ratificaban su modelo de un Estado centralizado que evitara por igual los extremos de la monarquía y de la anarquía democrática.

La derrota de España

Bolívar persistió en su empeño de ampliar el territorio de la República recién fundada. El siguiente paso fue Ecuador. En 1822, durante su marcha hacia Quito derrotó a las tropas hispánicas en Bomboná, aunque a costa de muchas bajas que lo detuvieron hasta que pudo recibir refuerzos. Mientras, uno de sus generales más queridos, Antonio José de Sucre, al que llamó “el Abel de América”, consiguió una victoria aplastante en las faldas del volcán Pichincha, con la que liberó el virreinato del Perú, que Bolívar anexionó a Guayaquil. En el sur, José Francisco de San Martín, que se había enfrentado con éxito a los españoles en Argentina y Chile, se había declarado “Protector del Perú” con la intención, semejante a la de Bolívar, de llevar la independencia a todo el continente. Tras la liberación de Chile, y apoyado por la flota del aventurero inglés lord Cochrane, San Martín desembarcó en Lima y estableció el Protectorado, ante el recelo de la opinión pública conservadora de la ciudad.

Doce años de luchas permitieron a Bolívar y al ejército patriota que logró concentrar expulsar definitivamente a las tropas de Fernando VII de América del Sur

El empuje evidente del ejército libertador de Bolívar forzó la conferencia entre ambos líderes en Guayaquil, el 27 de julio de 1822. Como consecuencia, San Martín dejó el camino libre al Libertador quien, sin embargo, tendría que esperar varios meses para entrar en el país a continuar su guerra de liberación (y, cómo no, conquista). En 1824, Bolívar derrotó al general español José de Canterac en Junín, curioso combate que se libró solamente con el sable y la lanza, pues cuando Bolívar quiso enviar a los granaderos la contienda ya había terminado y el ejército español se había replegado hacia Cuzco. Sucre, por su parte, venció al ejército del último virrey peruano, José de la Serna, conde de los Andes, en Ayacucho, a finales de 1824. Con ello se cerró el ciclo de batallas y la guerra de independencia se dio por concluida. Doce años de luchas permitieron a Bolívar y al ejército patriota que logró concentrar expulsar definitivamente a las tropas de Fernando VII de América del Sur. España no sería nunca más dueña de territorio continental, y antes de acabar el siglo perdió también las posesiones insulares de Cuba y Puerto Rico.

El final de un sueño

La guerra había terminado, pero la intriga política no había hecho más que empezar. Bolívar se encontraba en el pináculo de su carrera y brillaba como el Libertador de todo un continente. La Gran Colombia que presidía agrupaba un vasto espacio en la mitad norte de América del Sur, los actuales estados de Venezuela, Colombia, Ecuador y Panamá; Perú y Bolivia, liberados por él mismo y por Sucre, se mantenían en su órbita. Pero Bolívar iba incluso más allá. En 1818 soñaba: “La América unida, si el cielo nos concede este deseado voto, podrá llamarse la reina de las naciones y la madre de las repúblicas". Ya presidente de Colombia, imaginaba una “liga americana” que uniría su república con los demás estados hispano-americanos independientes (México, Perú, Chile y Argentina) en una federación que tendría una presencia propia en la política internacional.

“La América unida, si el cielo nos concede este deseado voto, podrá llamarse la reina de las naciones y la madre de las repúblicas"

Pero pronto sus antiguos compañeros de lucha se convirtieron en enemigos: Páez se alejó de él, Santander no lo quería en Nueva Granada y Santa Cruz revocó la constitución bolivariana de Perú. Acusado de ansias imperiales, en 1828 asumió la dictadura tras una conspiración en Bogotá que estuvo a punto de costarle la vida. Hastiado de las rencillas, las ambiciones y los crímenes políticos, frustrado porque había "arado en el mar”, en enero de 1830 convocó un congreso en el que presentó su dimisión irrevocable. En unos meses su república unificada se disolvió, dejando en su lugar una serie de países independientes gobernados por caudillos militares.

Los veinte años que había pasado recorriendo el continente a caballo habían minado la salud y los ánimos de aquel “hermoso espécimen de Humanidad" que dedicó su vida y su fortuna a llevar a cabo el juramento que hizo junto a su maestro al pie del monte Aventino. Falleció en Santa Marta, el 17 de diciembre de 1830, completamente empobrecido, alejado de la vida pública, culpado de un afán desmedido de poder, perseguido con saña por sus envidiosos enemigos. El último deseo de su testamento político revela de qué calibre fue la bravura que lo guió incluso a las puertas de la muerte, la máxima dificultad: “Si mi muerte contribuye para que cesen los partidos y se consolide la unión, yo bajaré tranquilo al sepulcro”.

Una guerre devastadora

La epopeya emancipadora de Bolívar tuvo un reverso menos positivo: el enorme sufrimiento de la población civil. Se ha calculado que en Venezuela perecieron durante la guerra 300.000 personas, lo que equivale a un tercio de sus habitantes.

Batallas y escaramuzas

Los ejércitos reclutados por Bolívar no pasaron de 2.000 o 3.000 hombres en cada campaña, pero mostraron una extraordinaria movilidad, como evidencia la campaña de liberación de Ecuador. A menudo las “batallas” se reducían a ataques por sorpresa que duraban apenas un par de horas y producían pocas bajas, como ocurrió en Boyacá. En la de Bomboná, en cambio, los patriotas sufrieron 1.300 bajas, la mitad del total.

Fusilamiento de prisioneros

Los combatientes capturados por cualquiera de los dos bandos a menudo eran fusilados en masa. El propio Bolívar, aplicando su consigna de “guerra a muerte”, ordenó en 1814 que se ejecutara a 866 realistas españoles capturados en La Guaira. En 1816, dentro de la campaña de represión española, 600 personas fueron ejecutadas en Bogotá. Esta práctica horrorizó a los voluntarios británicos que llegaron a Venezuela.

Saqueos y matanzas de civiles

La población civil venezolana sufrió en sus carnes el conflicto. En 1813 y 1814, Boves y los llaneros (guerrilleros de la región de los Llanos, muchos de los cuales eran indios y negros) aniquilaron poblaciones enteras, como Valencia, con métodos de horrible sadismo. El general español Pablo Morillo daba en 1817 a sus soldados la consigna de “quemar las ciudades, decapitar a los habitantes, asolar el país, no respetar sexo ni edad”.

Asesinatos y venganzas

Los atentados y asesinatos políticos estuvieron en el orden del día durante todo el proceso de independencia. Bolívar sufrió varios ataques; durante su estancia en Jamaica, un criado comprado por los españoles apuñaló a un amigo de Bolívar mientras dormía creyendo que era él. Sucre fue asesinado en una emboscada en 1830. En este estilo, el propio Bolívar se deshizo de un rival, cuando en 1817 ordenó ejecutar a Piar por insubordinación.

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