Samuráis, las guerras entre clanes de Japón

En el siglo XII, Japón vivió una guerra civil por el control del poder protagonizada por los Heike y los Genji, dos clanes de guerreros samuráis. Sus gestas fueron inmortalizadas en una de las grandes epopeyas de la literatura japonesa, el "Heike Monogatari"

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ESY-002676920. El pabellón dorado

El pabellón dorado

Magníficos templos, como el de la imagen, erigido en el siglo XIV, pueblan Kyoto, la ciudad que fue capital imperial de Japón. En 1180, Kiyomori traslada la capitalidad a Fukuhara-ky, cerca de sus dominios.

Kalium / Age Fotostock

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AA557611. Muerte antes que rendición

Muerte antes que rendición

Esta pintura del siglo XIX muestra a Tomomori, líder del clan Heike, atándose a un ancla para lanzarse al mar tras su derrota contra los Genji en la batalla de Dan-no-ura. Museo Victoria y Alberto, Londres.

V&A Museum Images / Art Archive

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INF-00783987. Templo de Byodo-In

Templo de Byodo-In

Según el Heike Monogatari, los monjes de este templo lucharon con arcos, espadas y flechas cuando los Heike cercaron el santuario para capturar al líder de los Genji.

Interfoto / Age Fotostock

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WH37249D. Defendiendo a su señor

Defendiendo a su señor

El monje budista Musashibo Benkei se enfrenta a los enemigos de su señor Yoshitsune en el puente que va de Gojo a Kyoto. estampa del siglo XVIII.

WHITE IMAGES / SCALA, FIRENZE

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XN2-1989178. Arco sintoista

Arco sintoista

Torii o arco tradicional japonés del santuario sintoísta de Tsukushima. Fue reconstruido y ampliado en el año 1168 por Kiyomori, líder del clan Heike. 

Larry dale Gordon / Age Fotostock

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La armadura de un samurái

Durante el período de las guerras Genpei, los clanes de samuráis vestían una abigarrada armadura, llamada yoroi (bajo estas líneas).

Ancient Art & Architecture Collection / Prisma

28 de enero de 2014

En el año 794, el quincuagésimo emperador de Japón, Kanmu, decidió establecer su corte en una ciudad situada en el centro de sus dominios, la actual Kyoto, llamada por entonces Heian-kyo, «la capital tranquila y pacífica». Se inició así una larga y brillante fase de la historia japonesa, el llamado período Heian (794-1185), que estuvo marcado por el predominio de la gran aristocracia cortesana reunida en la ciudad imperial, entregada allí al cultivo de las artes y a la imitación de la refinada cultura del Imperio chino, auténtico modelo del Japón medieval.

Sin embargo, lejos de Kyoto, en las provincias más agrestes del país, empezaba a hacer su aparición un tipo de guerrero que pronto impondría su ley y que acabaría encarnando el espíritu japonés durante más de un milenio: el samurái.

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Al principio, al samurái se le llamó de diversas maneras: tsuwamono, mononofu, bushi… A veces también se le llamaba yumiya hito, «gente de arco y flechas». Pero el término que acabó imponiéndose fue el de saburai, es decir, «servidores», de donde procederá la palabra que ha hecho fortuna en las lenguas occidentales, samurái. Sobre sus orígenes existen diversas tesis. La tradicional sitúa a los primeros samuráis o servidores armados como defensores de una propiedad agraria. Otros suponen que surgieron como soldados-cazadores en las provincias del este, o bien como soldados-marineros en las del oeste. También se ha afirmado que eran jinetes armados naturales de las provincias del este, conocidas por su abundancia de «buenos caballos, buenos arqueros y buenos chamanes». Otras teorías plantean que los primeros samuráis formaban parte de bandas de forajidos de las provincias del este que mantenían vínculos comerciales con las comunidades agrícolas vecinas, especialmente los ainus, la etnia autóctona del noreste de Japón.

Comoquiera que sea, en el siglo X los samuráis formaban ya una clase social muy bien definida, que se caracterizaba por la propiedad de la tierra y por la actividad guerrera. Su condición se transmitía incluso hereditariamente. Frente a estos poderosos guerreros, los campesinos sentían temor –pues el samurái iba armado–, mientras que la corte imperial y la refinada nobleza cortesana, obsesionadas con la idea de que la violencia conllevaba una contaminación, sentían desprecio ante un guerrero que era considerado impuro por la sangre que derramaba. Todo ello permitió a los samuráis dedicarse libremente a los asuntos militares y acrecentar su reputación guerrera. Fue así como a mediados del siglo XII los samuráis alcanzaron su madurez e irrumpieron con fuerza en la escena política japonesa.

En 1156, la muerte del emperador Toba desencadenó una guerra entre facciones de la nobleza, la llamada guerra Hogen. Cuatro años más tarde se produjo otro cruento conflicto por el control del trono imperial, la conocida como rebelión Heiji. Ambas crisis revelaron a la corte imperial japonesa su propia debilidad y el decisivo poder de la clase de los samuráis para dirimir sus disputas.

Enfrentamientos por el poder

Las guerras Hogen y Heiji sirvieron para afilar las espadas ante un conflicto aún más grave, las llamadas guerras Genpei (1180-1185). La denominación procede de la primera sílaba del nombre de los dos bandos de samuráis que se enfrentaron en ese conflicto: los Genji (o Minamoto, en lectura japonesa) y los Heike (o Taira). Estos últimos se habían hecho con el poder tras la rebelión Heiji, y desde aquel momento su líder, Kiyomori, no había cesado de maltratar a la nobleza y a la corte imperial. Finalmente, éstas buscaron socorro en el otro gran clan samurái, el de los Genji, los perdedores en la última crisis y que seguían lamiéndose las heridas en las provincias orientales del país. El líder de los Genji, Yoritomo, con la ayuda de su primo Kiso y de su hermanastro Yoshitsune, así como de otros clanes aliados, terminó por enarbolar la bandera de la rebelión contra los Heike y emprendió una guerra que duraría cinco años.

Uno de los protagonistas de este conflicto fue Yoshitsune, el mencionado hermanastro de Yoritomo. Las crónicas se explayan en sus acciones de inaudita osadía. Una vez, por ejemplo, descendió al frente de treinta jinetes por un despeñadero de cincuenta metros de altura, «con los ojos cerrados» para no ver la sima. Así pudo tomar por sorpresa a los guerreros Taira en su campamento, una acción que le dio la victoria en la batalla de Ichi-no-tani, en marzo de 1184. Al año siguiente, Yoshitsune se lanzó a una confrontación naval con los Taira, en Yashima, al sur del país. Se hizo a la mar en una noche de tormenta, tras obligar a punta de flecha a los marineros a que los llevaran a la orilla donde se encontraba el enemigo, pudiendo así, impulsados por un viento huracanado, cubrir en cuatro horas una travesía que habitualmente exigía tres días; tal fue el inicio de la batalla de Yashima, que concluyó también en un triunfo de los Minamoto. Los Heike se vieron obligados a replegarse al sur, llevando consigo, como emblema de su legitimidad, al heredero imperial, Antoku, un niño de ocho años.

Poco después de la batalla de Yashima, las dos flotas enemigas se avistaron en las aguas del estrecho de Dan-no-ura, entre las grandes islas de Honshu y Kyushu, al sur del país. Iban a librar la batalla más decisiva y famosa de la historia de Japón. La flota de los Genji, al mando de Yoshitsune, estaba formada por tres mil naves, mientras que la de los Heike, tras las defecciones de algunos clanes, sumaba mil navíos y varias decenas de embarcaciones chinas.La aparición de una inmensa nube sobre la flota de los Heike y los bancos de delfines que nadaban a su alrededor se interpretaron como signos de mal augurio para los rivales de los Genji.

El comienzo de la batalla

La batalla empezó con un intercambio de flechas al que siguió el combate cuerpo a cuerpo. Según las crónicas, «los samuráis de los dos ejércitos lanzaron sus gritos de guerra y ¡qué formidable estruendo produjeron! Diríase que su eco llegó a la mansión del dios Bonten, en el alto cielo, y a la del rey Naga, en el profundo mar». Inicialmente, la batalla parecía inclinarse en contra de los Genji; pero la estrategia de Yoshitsune y el súbito cambio de marea producido a media tarde resultaron desastrosos para la flota de los Heike. El mar pronto se tiñó de rojo por la sangre de los samuráis abatidos, mientras sus líderes, de dos en dos y cogidos de la mano, compañeros de armas, hijos y padres, se arrojaron al mar con sus pesadas armaduras: preferían morir antes que sufrir la ignominia de caer prisioneros.

Entre estas víctimas voluntarias se encontraba la viuda de Kiyomori, el señor de los Heike, que se lanzó resueltamente al mar desde el barco llevando en los brazos a su nieto, el emperador niño Antoku, en una de las escenas más dramáticas de la historia japonesa. Todavía hoy, dicen los japoneses, los caparazones de los cangrejos pescados en Dan-no-ura presentan toscas líneas que parecen reproducir el rostro angustiado de los suicidas. Lo más importante, en todo caso, fue que bajo las aguas de Dan-no-ura quedó sepultado para siempre el poder político de la corte imperial. Desde entonces, hasta la entrada de Japón en la corriente de la modernidad en el siglo XIX, el samurái y sus valores señorearon el país.

El fin trágico del héroe

Yoshitsune, vencedor en Dan-no-ura y de la guerra Genpei, se convirtió a sus 26 años en el samurái más famoso del país, pero no pudo saborear su triunfo mucho tiempo. Pronto surgió una disensión entre él y su hermano mayor y líder del clan, el cruel Yoritomo. En efecto, Yoshitsune había intimado con la nobleza de la capital, hasta el punto de haber contraído matrimonio con una joven de esa clase y haber aceptado distinciones de la familia imperial; todo ello, sin pedir permiso a su hermano y jefe de su clan como establecía el código del vasallaje en esa época. Para Yoritomo, aquello era una traición imperdonable y decidió castigarla ordenando una persecución implacable contra su hermano. Así, el destino del joven vencedor de las guerras Genpei, inmortalizado por la literatura posterior, consistió en vagar durante tres años como fugitivo por mar y montaña, siempre acosado por los samuráis del líder del clan.

La persecución del joven héroe llegó a su fin en el río Komoro, en el norte del país. Allí, Yoshitsune, con su familia y un pequeño grupo de nueve seguidores, se vio rodeado por una gran fuerza de ataque de unos 30.000 hombres. No había escapatoria posible. Uno tras otro, los escasos partidarios que le quedaban fueron cayendo. Al final, apareció ante los perseguidores una figura enorme y solitaria, con su armadura negra plagada de flechas enemigas: era el fiel Benkei, un monje guerrero que había acompañado a Yoshitsune en todas sus aventuras y que resistía como un león malherido a fin de dar tiempo a su señor Yoshitsune a cumplir su deber de samurái: quitarse la vida. Los atacantes lo vieron inmóvil, esperando su asalto sin inmutarse; sólo cuando la brida de un caballo, al acercarse, derribó su cuerpo descubrieron que el temible Benkei había muerto hacía tiempo. Yoshitsune, entretanto, después de rezar el Sutra del Loto y componer un poema de despedida, ejecutó el seppuku, el suicidio ritual característico de los samuráis, no sin antes haber quitado la vida a su esposa y a su hija. Tenía treinta años. A partir de entonces pasó a ocupar un lugar distinguido en la larga lista de héroes trágicos tan queridos para el pueblo nipón. Y es que, extrañamente, en la mística del heroísmo japonés nada se valora más que el fracaso final.

La guerra, inspiración poética

Las guerras Genpei forman el núcleo narrativo de la principal fuente histórica sobre los primeros samuráis: el texto anónimo titulado Heike Monogatari, «El cantar de los Heike», un poema épico que puede compararse con la Ilíada de Homero. Los cientos de guerreros que, como Yoshitsune, desfilan en esta obra muestran los rasgos que caracterizarán a los samuráis durante toda su historia: obsesión y orgullo por el nombre, miedo visceral a la deshonra, destreza militar, desdén por la muerte y absoluta lealtad a su señor.

La asociación entre el suicidio y el honor, ilustrada por el ejemplo de Yoshitsune y de los cientos de samuráis Heike que se arrojaron a las aguas de Dan-no-ura, forma parte de la armadura espiritual del guerrero japonés. El samurái Wada no Yoshinori escribía en la Historia de los hermanos Soga, un breviario del código del antiguo samurái de finales del siglo XII: «El código de los samuráis dicta que la vida sea considerada menos importante que una mota de polvo; en cambio, el aprecio por el propio honor debe ser tenido en más peso que el mayor tesoro del mundo». En el Azuma kagami, obra histórica sobre los sucesos de los siglos XI y XII, el cronista utiliza una frase interesante para referirse a este menosprecio por la muerte: «Lograron el poder de la muerte del guerrero». Una frase que parece indicar que estos hombres poseían la entereza de morir y así triunfar sobre la muerte. Tan deshonroso era ser capturado en combate como seguir vivo en la misma batalla en la que el señor del samurái había perecido.

Para saber más

Los samuráis. J. Clements. Crítica, Barcelona, 2010.
La nobleza del fracaso. Ivan Morris. Alianza, Madrid, 2010.
Samuráis. La historia de los grandes guerreros de Japón. S. Turnbull. Libsa, Madrid, 2006.
Heike Monogatari. Anónimo. RBA, Barcelona, 2010.