Ricardo III, un tirano en el trono de Inglaterra

Su hermano, Eduardo IV, le confió al morir la tutela de sus hijos, pero Ricardo no dudó en adueñarse del trono inglés y hacer asesinar a sus dos sobrinos en la Torre de Londres

11 de abril de 2013

«Realmente, caballeros, era un tirano sangriento y un homicida; alguien criado en sangre, y en sangre asentado». Así se refería Enrique VII a su predecesor en el trono de Inglaterra, Ricardo III, después de la muerte de éste en la batalla de Bosworth. Al menos, ésas son las palabras que le atribuye Shakespeare en una de sus obras de teatro más célebres: Ricardo III, pieza que ha transmitido la imagen del monarca como un personaje malvado, traicionero y falso, capaz no sólo de rebelarse contra un rey legítimo, sino de ordenar a sangre fría la muerte de todos sus rivales, incluidos sus dos sobrinos cuando todavía eran unos niños.

No hay duda de que en esa imagen hay una parte de exageración teatral. El carácter violento e implacable de Ricardo no era una excepción en la Inglaterra del siglo XV. De hecho, esos rasgos eran imprescindibles para sobrevivir en un ambiente de conspiraciones y guerras entre las diferentes facciones de la nobleza inglesa. Siendo muy joven, Ricardo hubo de aprender que la vida era brutal y cruel, y no tenía otro objeto que hacerse con el poder. No en vano era hijo de Ricardo de York, el poderoso noble que en 1455 se rebeló contra el rey Enrique VI e inició la guerra de las Dos Rosas. Este largo conflicto entre los linajes de York y de Lancaster tomó el nombre de los emblemas de los contendientes: la rosa roja de los Lancaster y la rosa blanca de la casa de York. La contienda concluyó precisamente con la muerte de Ricardo III en Bosworth, en 1485.

Tal como era costumbre entre la aristocracia, el joven Ricardo pasó gran parte de su niñez alejado de sus padres, en la casa de su primo el conde de Warwick, cuya hija, Anne Neville, sería su futura esposa. Cuando tenía ocho años murieron su padre y Edmundo, uno de sus hermanos mayores, en la batalla de Wakefield. Para protegerle, su madre lo envió a los Países Bajos junto con otro hermano, Jorge. Allí estuvieron entre familiares hasta la victoria de la casa de York en 1461 y el ascenso al trono de su hermano mayor, Eduardo IV.

Curtido en las luchas feudales

El nuevo rey nombró duque de Gloucester a Ricardo, que volvió a la casa de su primo para acabar su formación como noble y como caballero. Al poco tiempo se distinguió en las batallas que afianzaron a Eduardo IV en el trono. Ricardo siempre se mostró leal a su hermano y éste no dudó en confiarle las misiones más comprometidas, como la ejecución del depuesto rey Enrique VI en la Torre de Londres, en 1471. Muy distinto fue el destino de otro de los hermanos, Jorge. Eduardo IV lo había nombrado duque de Clarence, pero fue condenado por traición y ejecutado en 1478; al parecer fue ahogado en un barril de vino.

Eduardo IV murió el 9 de abril de 1483, con 41 años, quizá por una neumonía. Dejó como heredero a su hijo Eduardo, pero dada su corta edad, doce años, estableció también en su testamento que su hermano Ricardo –de 31 años– se encargase de la regencia con el título de Protector del reino. De esta forma, el duque de Gloucester se convertía en el hombre fuerte de Inglaterra. Pero el panorama ante él no estaba despejado. La reina viuda, su hermano el conde de Rivers y dos hijos que la soberana había tenido de un primer matrimonio, el marqués de Dorset y Richard Grey, albergaban tantas ambiciones como Ricardo, y pensaban aprovechar el momento de la coronación del príncipe para hacerse con el gobierno. Ricardo se adelantó. Cuando Eduardo viajaba a Londres para la coronación en compañía de sus familiares maternos, el regente hizo detener a Rivers y a Grey al día siguiente de cenar con ellos. Tras este golpe de efecto, el Consejo del reino lo confirmó en su cargo de protector.

La escalada al poder

Podría decirse que hasta aquí Gloucester había actuado en defensa propia, ya que si la reina viuda y sus parientes se hubieran apoderado del gobierno no habrían tardado en llevarlo al patíbulo. Pero conforme pasaban los días y se aproximaba la fecha fijada para la coronación del príncipe Eduardo, Ricardo empezó a dar a entender que sus ambiciones iban más allá de la regencia. En una ocasión se presentó ante el Consejo, mostró su brazo izquierdo, atrofiado de nacimiento, y aseguró que era el resultado de una práctica de brujería realizada por una amiga de la reina, Jane Shore. El presidente del Consejo, William Hastings, era amante de esta dama y cuando trató de justificarlas a ella y a la reina Gloucester montó en cólera: «Te digo que lo han hecho, y lo pagarás con tu cuerpo, traidor», le gritó. Entonces dio un puñetazo en la mesa, la señal acordada para que entraran unos hombres armados que se llevaron a Hastings y le cortaron la cabeza sobre un tronco de madera.

La ejecución de Hastings mostró a todos que Ricardo estaba dispuesto a imponer su poder mediante el terror

La ejecución de Hastings sin ningún tipo de juicio, a la que siguieron las de Rivers y Grey en la prisión de Pontefract, mostró a todos que Ricardo estaba dispuesto a imponer su poder mediante el terror. Su propósito no podía ser otro que usurpar el trono y declararse rey él mismo, y sus sobrinos constituían un obstáculo en su camino. Desde su llegada a la capital, Eduardo, el príncipe heredero, había sido instalado en la Torre de Londres con el pretexto de que la fortaleza ofrecía un lugar seguro frente a posibles atentados. Ricardo transformó el refugio en prisión. Acto seguido capturó al duque de York, el hermano pequeño del rey, y lo encerró también en la Torre.

Propaganda y crimen

A continuación, Ricardo quiso invalidar públicamente los derechos de los dos niños al trono. Un clérigo predicó un sermón en la catedral de San Pablo en el que argumentaba que el matrimonio de Eduardo IV con Elizabeth Woodville no había tenido validez canónica debido a que anteriormente el mujeriego príncipe había hecho una promesa de matrimonio a una de sus amantes; por tanto, los hijos de Eduardo y Elizabeth eran ilegítimos y no tenían derecho a reinar. La concurrencia respondió con el silencio. Días después, el duque de Buckingham hacía la misma proclamación ante el ayuntamiento de Londres y algunos de sus servidores gritaron en favor del «rey Ricardo». Finalmente, el 25 de junio de 1485, el Parlamento inglés declaraba a Gloucester legítimo heredero de Eduardo IV. Dos semanas después, el 6 de julio de 1483, Ricardo III era coronado en la abadía de Westminster.

El 6 de julio de 1483, Ricardo III era coronado en la abadía de Westminster.

Mientras tanto, los dos hijos de Eduardo IV seguían en la Torre. Hubo quien los vio en ese tiempo jugando en el jardín de la fortaleza en los días de sol. Pero luego, según un cronista, «todos los sirvientes que atendían al príncipe Eduardo se vieron privados del acceso a su persona. Él y su hermano quedaron recluidos en los aposentos interiores de la Torre, hasta que al final dejaron de aparecer del todo». En el mes de octubre circulaban rumores por la capital sobre la ausencia de los dos niños, hasta que, al final, todos se convencieron de que Ricardo III los había hecho asesinar.

Desde entonces planea el misterio sobre la suerte de los dos príncipes. El rey insistió siempre en que era inocente de su muerte, pero lo cierto es que no facilitó ninguna investigación. Se dijo que un tal James Tyrrell confesó, bajo tormento, que los había asesinado a instancias de Ricardo III, pero no queda constancia escrita de tal confesión. Los contemporáneos –como la mayoría de historiadores actuales– estaban convencidos de la culpabilidad del rey, y la imputación de ese crimen odioso desacreditó al monarca y sirvió de bandera a sus muchos enemigos.

El final del tirano

Los conspiradores contra el «tirano» se multiplicaron y acorralaron cada vez más a Ricardo, hasta que en agosto de 1485 desembarcó en el país Enrique Tudor, heredero de la casa de Lancaster. La batalla decisiva tuvo lugar en Bosworth, a unos 160 kilómetros al norte de Londres. Abandonado por los suyos, y cuando ya lo tenía todo perdido, Ricardo se arrojó al centro del combate, donde encontró la muerte.

Todas estas peripecias son las que han fraguado una auténtica «leyenda negra» en torno a Ricardo III. Frente a ello, diversos historiadores han destacado los aspectos positivos de la actuación del rey. A él se debió, por ejemplo, un sistema de justicia gratuita para los pobres, junto con el procedimiento de libertad bajo fianza para los acusados de delitos comunes. Además, Ricardo liberalizó la venta de libros y estableció el inglés como idioma oficial de los tribunales, en vez del francés que había primado desde la conquista de Inglaterra en 1066 por los normandos. La violencia y la falta de escrúpulos de Ricardo III son rasgos de la época misma en que vivió. Sin embargo, tales argumentos difícilmente vencerán el veredicto condenatorio de Shakespeare.

Para saber más

Ricardo III. W. Shakespeare. Espasa, Madrid, 2007.

La guerra de las Rosas. Sharon Kay Penman. Alamut, Madrid, 2009-2011 (3 vol.).

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