El príncipe Don Carlos, la tragedia del hijo de Felipe II

De salud débil y carácter inestable, el heredero del Rey Prudente fue también un amante del arte y una cotizada pieza de la política matrimonial de las cortes europeas

19 de septiembre de 2017

La figura de don Carlos, malogrado hijo de Felipe II, ha sido muy maltratada por la historia. Los historiadores de antaño, al encarar su estudio, oscilaron entre la alabanza y el desprecio, cuando no lo olvidaron por lo comprometido que podía resultar un tema tan polémico. El resultado fue que este caso tan peculiar quedó soslayado intencionadamente por la historia oficial, y se ha transmitido una idea errónea sobre el príncipe. La personalidad del heredero de la Corona nos ha llegado desfigurada por el silencio de los eruditos, la perniciosa influencia de la Leyenda Negra y la mistificación de la ficción literaria. Los literatos románticos, en efecto, lo convirtieron en víctima propiciatoria de un inexistente odio paterno. La famosa tragedia de Schiller, Don Carlos (1787), contribuyó a que se le viera como un mártir desgraciado, consecuencia de un destino aciago que también debía soportar su padre como rey de España.

Don Carlos tuvo una existencia vital infausta desde el mismo momento de su nacimiento, fruto del matrimonio entre el príncipe Felipe y la princesa María Manuela de Portugal, primos hermanos por doble vía, pues tenían los mismos abuelos. El alumbramiento se produjo en la medianoche del 8 de julio de 1545, quince minutos después de
que las campanas de Valladolid tocaran las doce. La madre estuvo dos días de parto y falleció cuatro días después, con tan sólo 17 años.

Una salud deteriorada

A lo largo de su vida, el príncipe Carlos experimentó diversas enfermedades que le provocaban constantes –aunque, al parecer, injustificados– cambios de humor, lo que alarmó a sus familiares más próximos e inquietó a los miembros de la corte. El caso es que fue un niño de naturaleza débil y salud precaria durante toda la vida. Desde muy joven sufrió un grave y continuado proceso febril, que fue una de las causas de su deterioro posterior. La enfermedad del príncipe era un asunto de Estado y –al menos oficialmente– solía achacarse casi en exclusiva a factores climáticos, lo que hizo que don Carlos cambiara en varias ocasiones de residencia. Así, en diversos momentos el príncipe vivió en Valladolid, Aranda de Duero, Toro, Alcalá de Henares y Madrid, siempre en busca de lugares sanos, templados y limpios de fiebres. En 1561 se eligió Alcalá de Henares como el lugar más idóneo para el desarrollo físico y mental de este joven de 17 años.

Curación milagrosa

Según el dictamen de los médicos, el clima de Alcalá era apropiado para las personas que sufrían de fiebres, a lo que se añadía el hecho de que era sede universitaria, un lugar donde el príncipe podría completar su formación. Don Carlos se instaló en el palacio arzobispal de la ciudad, junto con sus preceptores, sus médicos y una pequeña corte. Pero la tranquilidad se turbó el domingo 19 de abril de 1562 a mediodía, cuando el joven sufrió un trágico accidente, al caer bajando por una escalera de caracol mientras acudía a una cita clandestina con una muchacha, lo que le produjo un fuerte traumatismo en la cabeza. En las siguientes semanas el cuadro médico del príncipe fue de mal en peor, hasta el punto de que el 10 de mayo "no bastando los humanos remedios, le tuvieron por muerto", según cuenta el cronista Antonio Herrera.

Desesperado, el rey accedió a que pusieran en su cama el cuerpo incorrupto de fray Diego de Alcalá, un franciscano fallecido un siglo antes en la ciudad. La posterior mejoría del príncipe se achacó al fraile evangelizador de Canarias, que fue canonizado seis años después. A mediados de junio, tras una larga convalecencia, don Carlos se levantó para oír misa. El príncipe no se olvidó de la muchacha por cuya causa tuvo el accidente, Mariana de Garcetas, hija del alcaide de palacio, a la que dio una dote y procuró un esposo de cierta categoría, el doctor Pareja.

Por si su precaria salud fuera poco, los contemporáneos adjudicaron al príncipe numerosas taras físicas, como ser tartamudo, cojo o jorobado y sin el desarrollo intelectual que
correspondería a su edad. El embajador austríaco, por ejemplo, escribió: "Uno de sus hombros era más alto que el otro y la pierna derecha más corta que la izquierda... Tartamudea ligeramente. A veces da muestras de buen entendimiento, pero otras tiene la inteligencia de un niño de siete años".

Sin embargo, los retratos que se le hicieron a lo largo de la vida lo muestran como una persona agraciada en ciertos aspectos, y por otra parte su condición de virtual heredero de todos los reinos de la monarquía hispánica le confería un atractivo obvio como posible marido de alguna princesa europea. En su corta vida, don Carlos fue distinguido para unirse a cinco jóvenes, una española –su tía Juana de Austria– y cuatro extranjeras: las hermanas Margarita e Isabel de Valois; la reina de Escocia, María Estuardo, y Ana de Austria, su prima. Incluso se propuso casarlo con la reina Isabel de Inglaterra.

Don Carlos era conocido también por el desorden en sus gastos. Su capacidad de administración lindaba lo desastroso, lo que lo llevaba a acumular deudas sin parar. Obligado a llenar muchas horas de ocio y poco amigo de cumplir con sus compromisos oficiales, el príncipe se aficionó a comprar una gran cantidad de objetos suntuarios y exóticos, a apostar en todo tipo de juegos y a donar espléndidas limosnas. Gustaba rodearse de muchachos y de damas, y consta que pagaba cuantiosas sumas a "loquillos" y hombres de placer (como se llamaba a locos y bufones), así como a mujeres y madres de niños "dejados a su puerta", enanos, tahúres y jugadores.

El príncipe manirroto

Pese a tener una generosa asignación del rey para hacer frente a sus gastos personales y los de su Casa, el príncipe nunca tenía suficiente y por ello se acostumbró a pedir créditos a prestamistas. De ahí la relación amistosa que el príncipe mantenía con banqueros flamencos, italianos y castellanos, que le permitían llevar una vida cómoda y satisfacer sus antojos. Con algunos puede decirse que mantuvo una relación de amistad, aunque no faltaron las tensiones a causa del monto de las deudas y los constantes retrasos en los pagos del heredero del trono. Por ello, en 1567 uno de los más importantes prestamistas de Europa, el augsburgués Anton Fugger, le pidió en una carta: "Le suplicamos de eximirnos por una temporada de más empréstitos, teniendo benigna consideración de los muchos servicios y grandes deudas en que nos pusimos por servir a la majestad real".

El príncipe fue también un destacado mecenas e impulsor de las artes, protector de jóvenes talentos y amigo de destacados pintores y escultores

Don Carlos no gastaba sólo en caprichos inútiles. El príncipe fue también un destacado mecenas e impulsor de las artes, protector de jóvenes talentos y amigo de destacados pintores y escultores. Tuvo a su servicio a personas de acreditada capacidad artística, algunas de fama universal. El éxito de estos artistas aún resuena más allá de nuestras fronteras pues, de hecho, sus obras, y en especial las que fueron realizadas tomando como modelo al príncipe de las Españas, suelen estar expuestas en los mejores museos de Europa. Entre los artistas que trabajaron para don Carlos destacan pintores como Sofonisba Anguissola, la primera retratista del Renacimiento; Alonso Sánchez Coello, que realizó el retrato más conocido de don Carlos –expuesto en el Museo del Prado–, o Pablo Ortiz, además de los escultores italianos Juan Bautista Bonanome, Clemente Virago y Pompeo Leoni.

Un carácter colérico

El aspecto más preocupante de la personalidad del primogénito de Felipe II fue su orgullo desmesurado y sus arrebatos de cólera. Ya en 1557, el embajador veneciano Andrea Baodero decía que don Carlos, entonces un adolescente de 12 años, era "débil de complexión", lo que en su opinión anunciaba "un carácter cruel […] Todo en él denota que será extremadamente orgulloso, pues no puede soportar que le hagan permanecer mucho tiempo delante de su padre o de su abuelo con el sombrero en la mano. Es tan colérico como puede serlo un joven de su edad, y sumamente obstinado en sus opiniones".

Los testimonios de la época concuerdan en señalar que el príncipe perdía los estribos a la menor ocasión. Insultaba a las personas sin importarle la categoría social de las mismas ni quien estuviera delante y llegó a amenazar con un puñal a su mayordomo y al mismísimo duque de Alba. Los esfuerzos de los preceptores para moldear su carácter inconstante e infundirle sentido de la responsabilidad resultaron vanos. Las descripciones poco halagüeñas sobre su carácter abundaban, como las historias que explicaban que mandó quemar una casa con sus moradores dentro porque le habían arrojado aguas sucias o que hizo comer a su zapatero un par de botas que no era de su agrado.

"En unas cosas da muestras de buen entendimiento; pero en otras tiene la inteligencia propia de un niño de siete años", decía el embajador austriaco

Así lo recogía también el embajador veneciano Paolo Tiepolo: "Cuando las personas que le parecen de escasa consideración se presentan ante él manda que les den palos o latigazos y no hace mucho que se empeñó del modo más absurdo en que había de castrar a uno". El embajador de Austria también transmitía informaciones "poco satisfactorias" sobre el "príncipe de España": "En unas cosas da muestras de buen entendimiento; pero en otras tiene la inteligencia propia de un niño de siete años". Y añadía: "No conoce freno a su voluntad y su razón no parece bastante desarrollada para permitirle discernir lo bueno de lo malo. Al ver que su padre no le hace ningún caso ni le concede autoridad alguna anda medio desesperado".

Amenazas al rey

El carácter del príncipe se fue agriando con el transcurrir de los años, convirtiéndolo en una persona de trato distante y poco accesible. La alteración de su personalidad se acentuó a partir del verano de 1564 y desembocó en una serie de muestras de rencor hacia su padre, hasta el punto de que un diplomático francés afirmaba que don Carlos no se recataba en pregonar que odiaba al monarca y llegó a confesar que quería matarlo.

En 1562, creyendo que su hijo estaba plenamente recuperado, Felipe II lo había nombrado presidente del Consejo de Estado, como un modo de introducirlo en las responsabilidades de gobierno. Pero el comportamiento posterior del príncipe hizo que desconfiara cada vez más de su capacidad para heredar la corona. Por ello decidió aplazar el matrimonio del príncipe con su prima Ana de Austria, y por el mismo motivo demoró su viaje a Flandes, donde estaba previsto que fuera reconocido como heredero. Don Carlos, por su parte, dudaba cada vez más de la lealtad de quienes le rodeaban, por lo que comenzó a tomar precauciones para asegurar su persona: se acostaba siempre con algún arma debajo de la almohada y mantenía en sus aposentos varios pertrechos defensivos encargados en Alemania, así como armas, pólvora y balas.

Encierro y muerte

Alternaba los ciclos de ayuno con ingestas excesivas de todo tipo de alimentos. Además, pasaba gran parte de los días enteramente desnudo

Felipe II, una vez conocida la desconfianza enfermiza del príncipe, tomó una decisión tajante. El 18 de enero de 1568, el monarca decretó el encierro de su hijo como último recurso para intentar que enmendara su actitud; él mismo dirigió a los hombres que clausuraron todas las puertas y ventanas de los aposentos del príncipe. Posteriormente, don Carlos fue trasladado a una estancia conocida como "la habitación de la torre", situada en una de las atalayas del Alcázar, bajo la custodia del duque de Feria. En todo momento el monarca se mostró inflexible ante las peticiones que recibió para que liberara al príncipe.

Pero el confinamiento de don Carlos no obtuvo el resultado esperado. Lejos de recuperar algo de calma, don Carlos manifestó durante su encierro una serie de desarreglos que probablemente eran habituales en su vida, porque en principio no alarmaron a los cuidadores ni a su padre, quien era informado puntualmente de todos los caprichos y alteraciones que iba experimentando el joven.

Al parecer, don Carlos cometió todo tipo de excesos en su prisión. En cuanto a la alimentación, alternaba los ciclos de ayuno con ingestas excesivas de todo tipo de alimentos sin ninguna moderación. Además, pasaba gran parte de los días enteramente desnudo y andando descalzo por el piso de una habitación que era regada constantemente. Algunas noches dormía sin ropa. A veces bebía en ayunas "grandes golpes de agua muy fría con nieve", con lo cual, según sus médicos, "se le resfrió el calor natural". Al final, el príncipe decidió dejar de comer, y en esa determinación pasaron once días sin que bastasen persuasiones ni otras diligencias para que tomara al menos algún líquido. Se negó a todo excepto a beber agua fría, "y así le falló la virtud tanto que, aunque después tomó caldos y otras substancias, como leche y miel, ya no lo podía retener".

Don Carlos murió el 24 de julio de 1568. Fue enterrado en el monasterio de Santo Domingo el Real, en Madrid. Felipe II transmitió enseguida la noticia a sus gobernadores y a otras cortes europeas. Y escribió al cardenal Granvela: "Ha sido Nuestro Señor servido de llevar para sí al príncipe mi hijo; de su muerte me queda la pena y dolor que podéis considerar, pero acabó tan católica y cristianamente y con tanta contrición y conocimiento de Dios que me es de muy gran alivio".

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