Ötzi, el hombre de hielo rescatado en las cumbres alpinas

En 1991, una pareja de montañeros alemanes descubrió en los Alpes el cadáver de un pastor neolítico muerto hace más de cinco mil años

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12 de febrero de 2015

El mes de septiembre de 1991 estaba resultando más caluroso de lo normal en los Alpes austríacos. Helmut y Erika Simon, un par de experimentados montañeros alemanes, acababan de iniciar el peligroso descenso desde el Finialspitze, a 3.600 metros de altitud. La pareja había subido en pocas horas a la cumbre de esta montaña, situada en la frontera austroitaliana, y para descender habían escogido una ruta virgen no exenta de dificultades.

Los montañeros iban rodeando con cautela las fisuras y salientes rocosos hasta que, tras una hora de esfuerzo, se encontraron con una loma junto a una estrecha hondonada. La cañada estaba inundada de hielo derretido procedente de los glaciares, y Helmut y Erika tuvieron que rodear el obstáculo. Fue entonces cuando observaron una mancha marrón que sobresalía del aguanieve. Helmut le comentó a Erika que parecía la cabeza de un muñeco, pero al acercarse a echar un vistazo se dieron cuenta de que se trataba de la cabeza y los hombros de un cadáver humano. Junto al cuerpo yacían los restos de una especie de maletín hecho de corteza de árbol y, un poco más lejos, la atadura de un esquí azul. La presencia de este último hizo que Helmut y Erika dedujeran que el cadáver era el de un montañero fallecido en un accidente algunos años atrás.
La pareja regresó rápidamente al refugio para informar al propietario, quien avisó a la policía de las jurisdicciones italiana y austríaca. Al día siguiente, un helicóptero aterrizó en el lugar y un policía austríaco intentó liberar sin éxito el cuerpo del presunto montañero con una perforadora neumática que le atravesó la cadera izquierda y desgarró parte de su ropa.

Liberado del hielo

Durante los días siguientes llegaron a la zona multitud de curiosos y voluntarios que intentaron liberar el cuerpo de su prisión de hielo con picos y bastones de esquí. Toda esta precipitación provocó que se rompiese la mochila y que mucha gente se llevase como recuerdo fragmentos de la ropa y de los peculiares útiles que se hallaban desperdigados junto al misterioso personaje.

Pero Reinhold Messner, un experimentado montañero austríaco que se encontraba allí, pensó que había cosas que no cuadraban, como el hacha rústica y el gran arco de madera de tejo. Además, la piel del cadáver estaba tan curtida como el cuero. Messner calculó que aquel hombre debía de tener cientos o incluso miles de años. «En cuanto lo vi me di cuenta de que se trataba de un importante descubrimiento arqueológico», diría más tarde.

Estas declaraciones despertaron el interés de Konrad Spindler, director del Instituto para la Prehistoria de Innsbruck, que acudió de inmediato al Instituto de Medicina Forense de la ciudad, adonde se habían llevado los restos una vez liberados del hielo. Tras conseguir un permiso de investigación, Spindler se centró en las pertenencias recuperadas. El hacha era una hoja de metal en forma de cuña, unida con una cuerda a un mango curvo de madera de tejo, y había sido fundida con rebordes en sus cuatro lados. Este diseño era típico de la Edad del Bronce, hacia 2000 a.C. Pero las posesiones del hombre, muy toscas, sugerían una época anterior. Y así era. Los análisis de carbono 14 que se realizaron sobre huesos y tejidos en dos laboratorios distintos, uno en Zúrich y otro en Oxford, registraron una fecha más antigua: 3300-3200 a.C.
A partir de ese momento, el hombre de hielo saltó a la fama. La prensa le dio el popular apodo de Ötzi, en referencia a los Alpes de Ötztal que habían sido su tumba durante cinco milenios, nombre con el que a partir de entonces sería mundialmente conocido.

El misterio de Ötzi

Los estudios sobre Ötzi no habían hecho más que empezar y había muchas cuestiones por resolver. Por el análisis de los útiles, Spindler llegó a la conclusión de que Ötzi vivió en alguna parte de la Val Venosta, una divisoria alpina a un día de marcha de donde fue encontrado, ya que algunos objetos hallados en tumbas de la región, como hachas de piedra y puntas de flecha en forma de espiga, daban una cronología similar a la de Ötzi. Asimismo, en Merano, un lugar situado en el extremo oriental de la Val Venosta, se hallaron dagas de sílex y hachas de cobre parecidas. Otra pista sobre quién era Ötzi la dieron los estudios paleobotánicos. Sobre la ropa del hombre de hielo se encontraron espiguillas de trigo primitivo de una variedad que se había cultivado en los valles que rodean a los montes Ötztal. Además, el lugar donde se halló el cadáver de Ötzi se encontraba en una antigua ruta de trashumancia de ganado, por lo que los investigadores dedujeron que Ötzi debía de haber pertenecido a una comunidad agrícola y ganadera del valle.

Descongelando a Ötzi, el hombre de hielo

Todos estos resultados suscitaban, sin embargo, otra cuestión. Si Ötzi, como parecía, había sido un pastor experimentado, ¿qué provocó su muerte en una zona que debía de conocer muy bien? Se hicieron radiografías e incisiones en el tórax del cadáver que revelaron cuatro costillas rotas en el lado derecho sin tiempo de curar, lo que indicaba que la herida tuvo lugar poco antes de su muerte; también tenía un corte en su mano derecha que había empezado a cicatrizar. Pero lo más curioso era el estado de descuido que presentaba su equipo de montañero, como si no hubiera tenido tiempo de prepararlo antes de emprender su viaje. Tal vez alguna amenaza obligó a Ötzi a escapar precipitadamente de su aldea.

Un crimen milenario

En Innsbruck no tuvieron tiempo para más investigaciones: las autoridades determinaron que Ötzi había sido descubierto en el lado italiano de la frontera con Austria, por lo que el hombre de hielo y todas sus pertenencias fueron trasladados a Bolzano, cuyo Museo de Arqueología del Tirol del Sur lo ha acogido desde entonces.

En Bolzano se le realizaron exploraciones menos invasivas, entre ellas tomografías computarizadas y análisis de ADN. En 2001, el radiólogo Paul Gostner descubrió algo que había pasado inadvertido: una punta de flecha alojada en el omoplato izquierdo, lo que sugería que le habían disparado por la espalda. Esto daba un nuevo giro a la investigación, pues todo apuntaba a un homicidio. Estudios posteriores realizados en 2010 corroboraron este hecho, ya que los neurólogos determinaron que existía una acumulación de sangre en la parte posterior del encéfalo de Ötzi, lo que hace pensar en un traumatismo, tal vez el golpe de gracia de su atacante.

El análisis de su última comida, sin embargo, parece contradecir la teoría de la huida precipitada: en su estómago había restos de íbice, una carne grasa que indicaría que en el momento de su muerte se hallaba haciendo tranquilamente la digestión, sin pensar en que un peligro le acechaba. Con todos estos datos se planteó una doble hipótesis sobre las últimas horas de Ötzi: que tras ser herido hubiera huido apresuradamente para despistar a sus perseguidores, hasta ser atrapado, o que fuera atacado de improviso. En todo caso, a Ötzi le alcanzó una flecha, cayó, recibió un golpe en la cabeza, perdió el conocimiento y murió desangrado. Luego, la meteorología de los Alpes hizo el resto: cubrió el cuerpo de nieve, preservando al hombre de hielo en la hondonada en la que fue descubierto más de cinco mil años después.

Para saber más

Civilizaciones perdidas. Europa antigua: misterios en piedra II
VV.AA. Folio, Barcelona, 1997

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