La oscura historia de la princesa de Éboli

Jesús Villanueva, doctor en Historia

2 de febrero de 2017

Aristócrata ambiciosa y con influencia en la corte, acabó sus días en prisión por orden de Felipe II

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Intrigas en la corte de Felipe II, la conjura de Antonio Pérez

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Doña Ana de la Cerda, princesa de Éboli, es sin duda uno de los rostros más conocidos de la España del siglo xvi. Los retratos que se conservan de ella, con el parche que le cubre el ojo derecho y su aire altivo y a la vez seductor, añaden aún más atractivo y misterio a una figura que tuvo un protagonismo de primer orden en uno de los episodios más polémicos del reinado de Felipe II: el asesinato en 1578, por orden del rey y a instigación de su secretario Antonio Pérez, de Juan de Escobedo, un servidor del hermanastro del rey, Juan de Austria.

Arrepentido de haber autorizado el crimen, Felipe ordenó poco después apresar al mismo tiempo a Pérez y a la princesa de Éboli, acusada de complicidad. Mientras el primero lograría huir a Francia unos años después, la princesa se vio reducida a un arresto domiciliario cada vez más estrecho, que seguramente aceleró su muerte, sobrevenida cuando tenía apenas 52 años.

Escándalo en la corte de Felipe II

Todo el episodio constituyó un escándalo enorme, sobre el que enseguida proliferaron todo tipo de rumores, azuzados por el secretismo que Felipe mantuvo en torno al asunto. En cuanto a la princesa, resultaba turbador que una gran aristócrata sufriera de parte del rey un trato tan severo. ¿Cómo explicar la actitud inflexible del rey?

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La explicación más corriente ya en esos mismos años consistió en suponer una intriga amorosa. Muchos creían que doña Ana, viuda desde 1573 de Ruy Gómez, príncipe de Éboli, mantenía una relación íntima con Antonio Pérez. Algunos afirmaron haberlos sorprendido en situaciones comprometidas. De hecho, uno de los hijos de la princesa abandonó en una ocasión la casa de su madre escandalizado por su comportamiento, aunque probablemente tenía motivos de interés personal para esa actitud. Los historiadores se dividen respecto a la probabilidad de que tal relación haya existido, aunque parece que no puede descartarse por completo.

En cambio, resulta mucho menos creíble una segunda especie de intriga que también corrió desde los años de prisión de doña Ana: la de que en su juventud había mantenido una relación amorosa con el mismo Felipe II, quien luego, despechado por la nueva amistad de la princesa con Antonio Pérez, habría querido vengarse de forma arbitraria. El mismo Pérez sugirió una motivación de este tipo en sus opúsculos contra Felipe II escritos desde el exilio, y en estos y otros textos se apoyarían los literatos que desde el siglo xvii empezaron a construir la historia legendaria que ha pasado a la novela, la ópera y el cine.

¿Mujer fatal?

Los historiadores de nuestra época han ido rectificando esta visión novelesca y estereotipada de la princesa de Éboli, si bien todavía no se ha escrito la biografía crítica y de criterio moderno que el personaje sin duda merece. Es curioso cómo, pese a sus esfuerzos de imparcialidad, muchos de estos autores han seguido partiendo de la leyenda de los amores regios, aderezándola incluso con algunos prejuicios antifemeninos. Por ejemplo, Antonio Marañón, el autor que más largamente ha discutido el caso (apoyándose en la biografía de Muro de 1878), titulaba el capítulo dedicado a doña Ana de la Cerda «La mujer fatal», y se lanzaba a disquisiciones sobre psicología femenina y las manías de la «alocada señora», lo que quizá le impidió llegar a conclusiones precisas sobre el papel de doña Ana en el affaire Escobedo.

Autores posteriores han insistido en una clave explicativa distinta, que sin duda resulta la decisiva. La princesa de Éboli no era un personaje cualquiera en la sociedad española del siglo xvi. No sólo era una aristócrata, sino que pertenecía al linaje nobiliario más rico e influyente en Castilla desde el siglo xv: el de los Mendoza. Las propiedades de las diversas familias que integraban el clan se extendían por toda Castilla; los duques del Infantado, en concreto, estaban radicados en Guadalajara. Doña Ana de la Cerda y Mendoza era hija del conde de Mélito, a su vez nieto del cardenal Mendoza. De su padre recibió en 1569 el dominio sobre Pastrana, localidad donde ocupó el palacio renacentista que aún se conserva.

La princesa de Éboli, una aristócrata liberal

Como miembro del clan de los Mendoza, la princesa de Éboli se educó en la convicción de que le correspondía por nacimiento una preeminencia social única. Además, su madre, Catalina de la Silva, también aristócrata y de origen portugués, resultó ser una mujer de carácter y muy cultivada, al igual que su tía paterna María de Mendoza, con quien también pasó la infancia y adolescencia. Con ellas aprendió a moverse en el selecto ambiente de los palacios familiares y en la corte real.

Como dama de honor de la princesa Juana de Austria y luego de Isabel de Valois, la tercera esposa de Felipe II, adquirió un rango social y político que le permitía cartearse con la misma reina de Francia, Catalina de Médicis, madre de Isabel. Gracias a su matrimonio con Ruy Gómez, hombre de confianza de Felipe II, tomó contacto con los asuntos políticos, en los que su familia creía tener derecho a intervenir casi en pie de igualdad con el soberano.

Es el trasfondo de un linaje inmensamente rico e influyente y a la vez orgulloso de su poder lo que en gran medida explica la conducta de doña Ana de la Cerda, mucho más, desde luego, que su condición de «mujer fatal». Sin que todos los Mendoza formaran un bloque y tuvieran las mismas actitudes, muchos de ellos en el pasado habían alardeado de su independencia frente a la monarquía y habían mantenido posiciones que hoy calificaríamos de «liberales».

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Es el caso del conde de Tendilla, que en torno al año 1500 protestaba a la vez por los excesos de la Inquisición y por la persecución de los moriscos. Bajo Felipe II, la aristocracia iba quedando cada vez más domesticada por una monarquía de creciente poder y dominada por juristas y funcionarios y por una ideología de intransigencia religiosa. La princesa de Éboli se negó hasta el final a aceptar esta evolución, del mismo modo que su marido había pugnado por una orientación política conciliadora que quedó en minoría a partir del estallido de la guerra de Flandes.

De forma quizá más instintiva que razonada, doña Ana repudiaba un modelo de monarquía en el que decidía una sola persona a traves de consejeros a menudo de origen oscuro, como Vázquez de Leca, el «perro moro» al que culpaba de su prisión, o quizá también Escobedo, que había sido su «escudero» y a quien no podía perdonar que «se meta en lo que hacen los grandes señores».

No sabemos hasta dónde llevó doña Ana esta oposición a la monarquía de Felipe II. Se ha dicho que formó el plan de casar a sus hijos con los pretendientes del reino de Portugal, justo antes de que Felipe II lo anexionara en 1581, lo que explicaría el rencor del rey. Hubiera participado ella o no en el asesinato de Escobedo –muchos estaban convencidos de que así sucedió–, su empecinamiento en no pedir perdón y sufrir la cárcel hasta el final es un último testimonio del talante orgulloso e independiente de la alta aristocracia castellana antes del triunfo completo del absolutismo.