La muerte de Nerón: el fin del emperador artista

En el año 68, una revuelta hizo que Nerón huyera de Roma y se suicidara con la ayuda de un sirviente.

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El Imperio arruinado

El Imperio arruinado

Al final de su reinado, se acusó a Nerón de consumir las finanzas públicas con derroches extravagantes. En la imagen, el templo de Saturno, sede del Tesoro romano, en el Foro.

 

Foto: Pietro Canali / Corbis

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Amante del arte y la cultura.  Amante del arte y la cultura

Amante del arte y la cultura

Admirador de la cultura griega, en el año 67 Nerón liberó a las ciudades helenas de pagar impuestos a Roma. Áureo con la efigie de Nerón.

 

Foto: Radovan / Bridgeman

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El emperador megalómano

El emperador megalómano

Cerca de donde hoy se alza el Coliseo (en la imagen) se levantó un coloso de Nerón, una estatua de 35 m de alto que dio nombre al anfiteatro.

Crédito: Funkystock / Age Fotostock

 

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Una madre ambiciosa

Una madre ambiciosa

La Gema Claudia representa a Agripina la Menor, madre de Nerón, con su esposo Claudio y sus padres, Germánico y Agripina la Mayor.

Crédito: BPK / Scala

 

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El palacio del emperador

El palacio del emperador

Del lujo y suntuosidad de la Domus Aurea dan fe los frescos que decoran su criptopórtico, un pasadizo cubierto que daba acceso a la residencia imperial.

Crédito: Prisma

 

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Esperanzas defraudadas

Esperanzas defraudadas

Esta estatua hallada en Pompeya representa a un joven e idealizado Nerón. El emperador adolescente suscitó muchas esperanzas entre el pueblo en sus cinco primeros años.

Crédito: Manuel Cohen / Art Archive

 

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Una nueva capital

Una nueva capital

Tras el incendio del año 64 que destruyó la residencia imperial del Palatino (en la imagen) y gran parte de Roma, Nerón soñó con crear una nueva ciudad a la altura de su grandeza.

Crédito: Riccardo Spila / Corbis

 

19 de junio de 2012

Los últimos años del reinado de Nerón (54-68 d.C.) fueron complicados. Sus extravagancias personales, sus derroches y sus actos de violencia no sólo habían escandalizado a muchos romanos, sobre todo de las clases altas, sino que habían repercutido negativamente en el gobierno del Imperio. Sus viajes por Grecia y la escasa atención que prestó a la situación en las fronteras del Imperio pusieron en peligro la pax romana, mientras la hacienda pública se acercaba a la bancarrota.

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Necesitado de dinero, Nerón desencadenó una persecución contra los senadores ricos con el objetivo de confiscar sus patrimonios. Fue esto lo que provocó las primeras conspiraciones serias contra la vida del emperador. La más importante se desarrolló en el año 65, instigada por el patricio Calpurnio Pisón. La represión ordenada por el emperador se cobró decenas de víctimas, entre ellas el filósofo Séneca y su sobrino, el poeta Lucano. Tras este episodio, las costuras del Imperio empezaron a estallar, sobre todo en Judea, donde una rebelión en el año 66 hizo peligrar la posición de Roma en Oriente.

Revuelta en la Galia

La peor de las pesadillas de Nerón comenzó a pocas millas de Italia, en la Galia. Allí residía, en la ciudad de Lyon, Julio Víndex, un astuto y ambicioso noble galo. Senador e hijo de senador (cargo éste de senador que se concedió a muchos jefes de las tribus galas aliadas de Roma), Víndex estuvo al servicio de Nerón y fue nombrado gobernador de la Galia Lugdunense, con rango de propretor. Desde su palacio de gobernador en Lyon, Víndex pudo contemplar el estado de ruina económica en que se encontraban las Galias a causa de la avaricia de los recaudadores de impuestos y la inacción de las autoridades romanas.

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La élite gala, apenas romanizada, estaba presta a volverse contra Roma, y Julio Víndex se convirtió en su cabecilla. Desde Lyon escribió a otros gobernadores del Imperio para manifestarles sus quejas y preparar un alzamiento contra el emperador, considerado el causante de todos los males. Finalmente, en marzo del año 68, Víndex se proclamó «campeón de la libertad contra Nerón» y, en una serie de brillantes discursos transmitidos por Tácito en su libro Historias, llamó a la rebelión de todos los ciudadanos, tanto galos como romanos, para liberar al Imperio de la vergüenza de ser gobernado por un hombre ridículo, que tan sólo pensaba en que lo aplaudieran como cantante y que incluso había matado a su madre, Agripina.

Aunque Víndex consiguió la adhesión de varias tribus y ciudades galas, entre ellas la actual Vienne, no hay que considerar su movimiento como una rebelión nacionalista, sino como un pronunciamiento militar, un golpe de Estado llevado a cabo por quien era un senador y gobernador romano. De hecho, sabiendo que él, un galo hijo de galos, no podía postularse como emperador, Víndex trató de atraerse a Galba, gobernador de la Hispania Tarraconense, quien descendía de la noble familia republicana de los Sulpicios. En una carta, el líder galo invitó a Galba a que se proclamara emperador en Hispania y marchara contra Nerón, prometiéndole el apoyo de su provincia, de cien mil galos voluntarios y del gobernador de la Galia Narbonense, Lucio Vinio.

Galba, sin embargo, tenía dudas. Personalmente añoraba la época en que Roma fue una verdadera república y no estaba dominada por una sola familia, pero era consciente de que aquello pertenecía al pasado. Por otra parte, tenía ya 70 años y carecía de hijos. Sus posibilidades de éxito parecían escasas: sólo contaba con una legión en Hispania, las tropas galas y la legión de Lyon, magro respaldo frente a las siete legiones de la frontera germana, que por ahora eran leales a Nerón.

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La incertidumbre de Galba aumentó cuando las legiones y las tropas auxiliares de Germania, al mando del general Verginio Rufo, decidieron sofocar la rebelión de Víndex. Éste intentó parlamentar con los jefes de estos ejércitos, pero la tentación del botín pudo más y los legionarios se lanzaron sobre los voluntarios galos en la mal llamada «batalla de Besançon»: una masacre en la que murieron más de veinte mil partidarios de Víndex, quien acabó suicidándose.

La reacción del emperador

La primera noticia del alzamiento de Víndex le llegó a Nerón cuando se encontraba en Grecia, donde había ido a pasar el invierno. Al principio no se la tomó muy en serio. La Galia Lugdunense estaba lejos y ninguna otra provincia se había unido a la rebelión. Víndex, además, tan sólo disponía de una legión, y el Senado y los pretorianos seguían respaldando al emperador legítimo. De hecho, algunos pensaron que Nerón hasta se alegró de la revuelta, porque le daba una excusa para saquear la provincia y llenar sus arcas, vacías por sus dispendios y excesos.

Uno de sus consejeros persuadió a Nerón de que volviera a Italia. El emperador desembarcó en Nápoles y desde allí fue acercándose a Roma. Las noticias eran cada vez más alarmantes, y ni siquiera la derrota y la muerte de Víndex trajo un alivio, puesto que las legiones de Rufo, una vez obtenida la victoria, se alzaron contra Nerón y quisieron proclamar emperador a Verginio Rufo, aunque éste se negó a asumir el imperium. Galba, por su parte, se proclamó enemigo de Nerón el 2 de abril del año 68 en Cartagena, y aceptó el título de «general del Senado y del pueblo de Roma», aunque todavía no el de emperador como querían sus tropas. Nerón, finalmente, entró en Roma «presa del pánico», según Suetonio.

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El emperador había tomado medidas contra los rebeldes, pero algunas resultaron contraproducentes. Por ejemplo, envió asesinos contra los gobernadores provinciales que parecían dispuestos a apoyar a Víndex, acción que sirvió únicamente para empujar a los indecisos a la rebelión; Galba, en Tarragona, decidió sumarse al alzamiento tras interceptar a uno de estos asesinos dirigidos contra él. Nerón también pensó ejecutar a todos los galos que se encontraran en Roma, pero la idea se desestimó por la imposibilidad de llevarla a cabo. Suetonio añade otros «planes» de Nerón, como envenenar a todos los senadores en banquetes o incendiar Roma después de azuzar a las fieras del Circo contra la población, pero esto son claramente invenciones posteriores.

Cuando la noticia de la proclamación de Galba como emperador llegó a Roma, Nerón se mostró en público como un demente. Suetonio cuenta que el emperador «cayó sin sentido y permaneció en este estado durante largo tiempo, privado de la voz y medio muerto; cuando recobró el conocimiento, se desgarró las vestiduras y se golpeó con furia la cabeza». Aun así, intentó reaccionar y decidió que «era necesaria una expedición» contra los rebeldes. Depuso a los cónsules para ocupar él solo su puesto y dirigir en persona la ofensiva, y envió por delante dos contingentes legionarios hacia las Galias, al tiempo que hacía venir a Roma tropas de germanos, ilirios y britanos. Además, reclutó una legión entre los marineros y remeros de la flota de Ostia, y comenzó a instruirla para el combate.

No es de extrañar que entre el pueblo romano se difundiera una «aversión general» contra su emperador

Pero algunas de las medidas bélicas de Nerón no hicieron sino aumentar su impopularidad. Según Suetonio, ordenó que a sus concubinas les cortaran el pelo y las armaran para que combatieran como amazonas. Ante la falta de voluntarios llenó sus filas de esclavos. También ordenó a todos los ciudadanos que aportaran al Estado parte de sus fortunas o el alquiler de un año de sus viviendas. Por si eso fuera poco, en unas semanas en que en Roma había falta de trigo, llegó a la ciudad un navío procedente de Alejandría, cargado no con el ansiado cereal, como cabía esperar, sino con toneladas de arena para los espectáculos de gladiadores a los que era tan aficionado Nerón. No es de extrañar, pues, que entre el pueblo romano se difundiera una «aversión general» contra su emperador.

La guardia pretoriana

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Al cabo de unas semanas, mientras estaba almorzando, Nerón recibió una carta en la que se le informaba de que el general que había enviado a la Galia se había pasado al bando de Rufo. El emperador tuvo un ataque de ira; según Suetonio, «hizo añicos la carta [era una tablilla], volcó la mesa y estrelló contra el suelo dos copas» de gran valor. Desde ese momento se dio cuenta de que el ejército no lo defendería. Pensó entonces en pedir clemencia a Galba o excusarse públicamente ante el pueblo en el Foro. También concibió diversos proyectos de huida: a Partia, o bien a Alejandría, donde creía que podría ganarse la vida tocando la cítara. A la hechicera Locusta le pidió un veneno. Por último, temiendo por su seguridad corrió a refugiarse en los Jardines de Servilio.

La suerte de Nerón se encontraba en esos momentos en manos de los pretorianos. Esta guardia de hierro de los emperadores sólo estaba atenta al mantenimiento de sus privilegios y soldadas, y ahora dudaba sobre quién se los podría garantizar mejor: Nerón, Verginio Rufo o Galba. Uno de los jefes de los pretorianos, Ninfidio Sabino, se convenció de que los ejércitos más cercanos a Roma eran contrarios a Nerón y de que, para salvación de los pretorianos, más valía deshacerse del emperador y apoyar al aspirante, Galba. Ninfidio obligó a retirarse al otro jefe de la guardia, el antaño todopoderoso Cayo Ofonio Tigelino, y convenció a los pretorianos de que lo secundaran a cambio de una suculenta recompensa: dos mil sestercios.

Acorralado en una villa

En la noche del 8 de junio del año 68, Ninfidio ordenó a los pretorianos de guardia en el palacio imperial que abandonaran el edificio; es decir, que abandonaran a Nerón a su suerte. En su residencia de los Jardines de Servilio, el emperador decidió huir de Roma. Quiso convencer a los tribunos y centuriones del pretorio de que lo acompañaran, pero todos se escabulleron; uno incluso le respondió con un verso de la Eneida de Virgilio: «¿Es acaso una desgracia tan grande morir?» Finalmente, Nerón se marchó con unos pocos fieles: sus libertos Faonte y Epafrodito y su amante Esporo.

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Los cuatro se dirigieron a la villa del primero de ellos, Faonte, situada al noreste de la ciudad, con la intención de esperar allí un barco para huir a Egipto. Esto permitió a Sabino argumentar ante los pretorianos, y al día siguiente ante el Senado, que el emperador había abdicado de sus derechos y había abandonado Roma y a los romanos. Primero los pretorianos proclamaron a Galba emperador y luego el Senado decretó la pena de muerte para Nerón como enemigo público del Estado. El derecho romano reservaba un final adecuado a dicho crimen: ser amarrado con una soga, desnudado y golpeado con varas hasta la muerte.

Las noticias de su condena a muerte por el Senado le llegaron de manera indirecta a Nerón a la villa donde se hallaba escondido. Por temor al espantoso suplicio que le reservaban los senadores, el emperador decidió suicidarse con su daga. Pero, finalmente, no pudo, no quiso o no acertó a manejarla él mismo. Tras dejarnos su última frase, «¡Júpiter, qué gran artista muere conmigo!», su liberto Epafrodito le hundió el puñal en la garganta hasta matarle. Es irónico pensar que quien pensaba pasar a la historia como un gran cantante muriese por una herida en la garganta.

Nerón: "¡Qué gran artista muere conmigo!"

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Con el suicidio asistido del tirano, muchos creyeron que sería posible restaurar el antiguo régimen republicano. Los romanos corrían por las calles eufóricos y muchos llevaban el gorro frigio de los libertos para señalar el triunfo de la libertad. Pero los pretorianos habían proclamado emperador a Galba: Roma seguiría siendo un Imperio. Lo que sí llegó a su fin con la muerte de Nerón fue la dinastía Julio-Claudia, aquella que habían fundado los dos golpistas más famosos de la historia de Roma: Julio César y Augusto.

Para saber más

Nerón. Edward Champlin. Turner, Madrid, 2006.

Arde Roma: la caída del emperador Nerón. S. Dando-Collins. Ariel, Barcelona, 2012.

Año 69: el año de los cuatro emperadores. Juan Luis Posadas. Laberinto, Madrid, 2009.

Vida de Nerón. Suetonio. Trad. A. Ramírez. Gredos, 2011.