Nefertiti

Nefertiti, "la bella ha llegado"

¿Quién fue realmente esta legendaria mujer que reinó en Egipto hace más de 3.300 años y que aún hoy sigue fascinando al mundo?

Ojos almendrados, orejas delicadas, dedos gráciles y cuello largo y esbelto como el de un cisne; los labios, carnosos y de trazo elegante; los pómulos, marcados y elevados; su barbilla era fina y la nariz, estrecha y recta. Es decir, un canon de belleza femenina. ¿O quizás era corpulenta y cuellicorta, con los hombros caídos, las mejillas fláccidas, los labios finos y las caderas rollizas?

Tal vez nunca lleguemos a saberlo. Evidentemente, no hay fotos ni dibujos de su persona; tampoco descripciones de sus contemporáneos. Sigue teniéndosela por una de las mujeres más poderosas de la Antigüedad –erótica, mayes­tática, con un indudable carisma–, pero todo cuanto conocemos de ella proviene de los relieves e inscripciones tallados en bloques de piedra caliza, y de las interpretaciones que los artistas hicieron de la soberana en las estatuillas y los bustos que han llegado hasta nosotros, el más famoso de los cuales fue hallado hace un siglo por ar­­queólogos alemanes y está expuesto en el Museo Egipcio de Berlín (Neues Museum). Al entrar en la Sala de la Cúpula Norte y contemplar su belleza bajo la estudiada iluminación, el ob­­servador es presa de su encanto irresistible. Cada año sucumben a su hechizo un millón de visitan­tes. Muchos acuden solamente por verla a ella.

Sabemos que Nefertiti estuvo casada con el faraón Ajnatón y que vivió hace casi tres milenios y medio en un período fascinante de la historia de Egipto. Pero los detalles de su biografía son caldo de cultivo de especulaciones y un campo de batalla para los investigadores. «No hay dos opiniones coincidentes sobre esta época», asegura el eminente egiptólogo y arqueólogo inglés Nicholas Reeves.

Tampoco hay consenso sobre el papel que desempeñó Nefertiti. En torno al año 1350 a.C. los faraones de la XVIII dinastía reinaban desde Tebas. Eran tiempos de paz y estabilidad. El país del Nilo, bendecido con una agricultura próspera y abundantes riquezas naturales, se había convertido en la primera potencia del Mediterráneo oriental y vivía en relativa cordialidad con sus enemigos naturales, los hititas de Asia Menor. El imperio estaba bien organizado, la administración era eficiente y las arcas rebosaban de oro. Amenhotep (o Amenofis) III, cuyo reinado se prolongaría más de tres décadas, se presentaba como soberano divino y guerrero invicto. Triunfante sobre el caos y las fuerzas del mal, transformaba la sociedad e incluso la imagen del poder. Dos estatuas del faraón de 20 me­­tros de altura vigilaban su templo funerario a orillas del Nilo, y por todo el país había erigido monumentos a su propia divinidad.

Siempre al lado de Amenhotep, algo poco habitual en el Egipto de entonces, estaba su esposa, la reina Tiy, hija de una influyente familia noble. Pero la principal convención que desafió el faraón fue otra: el dios Amón, hasta entonces intocable, perdió parte de su posición hegemónica en el panteón egipcio y se vio obligado a hacer sitio a Atón, el disco solar, sobre el que se fundó una teología nueva que incrementaba el poder del soberano. A la muerte del faraón en 1353 a.C., seguida poco después de la de su primogénito Tutmosis, se nombró sucesor al segundo hermano, Amenhotep IV. Antes de su entronización, el joven ya había desposado a una mujer extraordinaria, una muchacha que a la sazón tendría entre 12 y 15 años. Su nombre, Nefertiti, que significa «la bella ha llegado». A partir de ahí todo cambió.

Amenhotep IV elevó a su esposa al estatus de reina-diosa. Al inicio de su reinado el faraón mandó construir cuatro nuevos templos en exaltación de Atón dentro del recinto sagrado de Karnak, alrededor del santuario de Amón. ¿Pretendía fusionar ambos dioses en una misma figura? Más tarde, al cumplir su primer lustro en el trono, dejó de llamarse Amenhotep («Amón está complacido») y adoptó el nombre de Ajnatón («útil a Atón»). Tenía unos 25 años. Su renovación herética, el abandono del politeísmo por un culto exclusivo a la luz vivificadora del Sol, causó consternación en el estamento sacerdotal, más si cabe cuando cerró el Gran Templo de Amón y se apropió de sus rentas.

A unos 280 kilómetros al norte de Tebas, en la margen oriental del Nilo, en un valle protegido por abruptos riscos calizos, Ajnatón fundó la nueva capital, Ajtatón, que significa «horizonte de Atón». El joven rey puso aquí en práctica su revolucionario programa teológico que atribuía la creación de la naturaleza y del ser humano a un principio singular: la vida nacía de la luz solar, encarnada en Atón.

Ajnatón borraba de un plumazo los dioses anteriores al consagrar a Atón como divinidad absoluta, como dios primero y último. A partir de ahí, todo se supeditó a Atón. Ajnatón radicalizó la reforma del culto, ya esbozada por su padre; desterró al dios de los muertos, Osiris, suspendió la invocación de un universo arcano, eliminó el inframundo y el Más Allá. Lo único que contaba era el Sol, la luz.

Por primera vez en la historia de la humanidad asistimos al nacimiento de una divinidad, a la fundación deliberada de una religión. La mayoría de los investigadores coinciden en que la teología solar de Ajnatón representa el primer monoteísmo del mundo. Sin embargo, no hay unanimidad a la hora de explicar sus motivaciones. ¿Se trata de la primera revolución intelectual documentada? ¿De la autodivinización de un soberano déspota? ¿De una maniobra destinada a eliminar el poder de los sacerdotes de Amón en Tebas y Karnak? Lo cierto es que a partir de entonces Ajnatón y Nefertiti fueron los intermediarios exclusivos entre Atón y el mundo, los únicos capacitados para comprender las verdaderas revelaciones de la divinidad. A través de ellos el pueblo contactaba con Atón.

Esta época de cambios profundos que hoy conocemos como el período de Amarna, en alusión a la población de Tell el-Amarna, en cuyas inmediaciones comenzaron a excavarse las ruinas de la capital de Ajnatón en los albores del siglo XX, duró apenas unos 15 años.

Desde la corte de Ajtatón, una nueva tríada empezó a regir los destinos del nuevo imperio, con Atón en el vértice superior del triángulo y Ajnatón y Nefertiti en su base, a izquierda y derecha respectivamente. A partir de 1352 a.C. y desembarazados de todas las tradiciones, los soberanos se convirtieron en verdaderos maestros de la autopropaganda. En los relieves se hacían representar asistiendo a ceremonias religiosas, así como cogidos de la mano y en compañía de sus seis hijas. Los artistas los retrataron dándose muestras de afecto, llorando junto al lecho de muerte de su hija Meketatón, con las niñas en el regazo. Nefertiti aparecía como una madre amantísima. Una familia divina y jubi­losa. ¿Expresión de cercanía y cariño? ¿De un nuevo sistema de valores? ¿O quizá se pretendía transmitir la imagen del monarca como dios supremo de la vida en todas sus facetas?

El arte egipcio, durante milenios hierático y monumental, daba paso a la emoción. Se dice que el propio faraón instruyó a los escultores reales para la creación de un estilo nuevo, más libre. De la noche a la mañana el repertorio iconográfico cambió. Y en el centro de esa nueva iconografía, la figura de Nefertiti empezó a brillar con luz propia, representada como paradigma de la elegancia, la belleza y el erotismo.

¿Fue Nefertiti una especie de primera dama de la Antigüedad? Las especulaciones sobre el papel que desempeñaba en la corte de Ajtatón son tan abundantes como contradictorias. Algunos expertos aconsejan no sobreestimar la posición de la reina; otros defienden que gozaba de las mismas prerrogativas, si no más, que el propio Ajnatón. Recientemente el egiptólogo emérito alemán Hermann Schlögl dejó perplejo al mundo académico al afirmar que Nefertiti fue el ver­dadero motor de la revolución religiosa de su tiempo y la responsable de tan radicales transformaciones. Schlögl ha traducido de nuevo una inscripción de la Gran Sala de las Columnas del templo de Karnak conocida desde hace tiempo, y en su reinterpretación sostiene que la reina declara haber hallado a Atón, lo que constituiría la evidencia de su rol activo. A ello se suma el hecho de que Nefertiti poseía dos cartuchos (nombres que aparecen en las inscripciones ro­­deados por una cuerda ovalada con los extremos anudados), un privilegio reservado al faraón, mientras que a las demás esposas de faraones se les asignaba un único cartucho.

Las afirmaciones de Schlögl son polémicas. El especialista en el período de Amarna Christian Loeben, profesor de la Universidad de Gotinga y director de la colección egipcia del Museo August Kestner de Hannover, rechaza de plano lo que tilda de fantasías. «Nefertiti no tenía ni voz ni voto, ni en el plano político ni en el religioso –asevera–. La única razón de que su papel fuese tan prominente, siempre al lado de Ajnatón, fue porque convenía a la teología del faraón.»

Y su físico, ¿es también un espejismo? ¿Una ficción? ¿Un instrumento al servicio de un fin? No sabemos si Nefertiti fue tan hermosa como sugiere el mito moderno, como tampoco sabemos si el concepto de belleza de hace 3.300 años tenía algo que ver con el actual. «Ignoramos qué consideraban estético o erótico –dice Loeben–. Lo único que sabemos es que Nefertiti emana erotismo según nuestros parámetros actuales.»

Cualquier afirmación sobre esta reina es puramente especulativa, lo cual no ha impedido que la perfección, la intemporalidad y el atractivo sugeridos por el famoso busto pintado de Nefertiti hayan adquirido estatus de leyenda y hayan conformado el canon de belleza que rige en el Occidente industrializado. Pero si en el Ajtatón de hace más de tres milenios se estaba poniendo en práctica el plan de autopropaganda que insinúan muchos egiptólogos, ¿constituía la imagen pública de Nefertiti, que aparecía en relieves, estelas y altares, en figurillas y estatuas, un caso de manipulación mediática? ¿Tenían los escultores de la corte la misión de cincelar un rostro perfecto para propiciar una imagen renovada de la realeza y de la nueva teología solar? «En aquel momento la idealización formaba parte del nuevo programa artístico», apunta Dimitri Laboury, de la Universidad de Lieja, en Bélgica.

Los investigadores identifican al menos dos períodos estilísticos en el arte de Amarna. En los primeros años las imágenes de Ajnatón y Nefertiti que aparecen en los relieves son de un manierismo tan acentuado que roza lo grotesco. Las formas se exageran, sus figuras son andróginas y fuertemente simbó­licas. Posteriormente Nefertiti empieza a ser retratada como una mujer de extraordinaria belleza. El cambio, dicen los expertos, es deliberado y responde a un objetivo: el nuevo estilo es la exteriorización pública del nuevo programa político. De ser así, ¿fue la belleza de la soberana el producto de una motivación ideológica?

Hace unos años Dietrich Wildung, a la sazón director del Museo Egipcio de Berlín, dirigió un estudio del busto de la reina en el hospital universitario de La Charité, en la capital alemana. La pieza se sometió a una tomografía axial computarizada (TAC), una técnica de imagen con escáner que, milímetro a milímetro, desveló un hallazgo que dejó sin habla a los investigadores: en el interior del famoso busto había una escultura, el rostro esculpido en piedra caliza de una mujer de edad avanzada, hombros caídos, cuello flaco y profundas arrugas en torno a la boca.

El artista del taller del maestro escultor Tutmosis había aplicado sobre ella una capa de yeso tras otra hasta modelar el rostro perfecto que hoy conocemos, apoyándose en un preciso sistema de cuadrícula que aseguraba la repetición exacta de la forma ideal a cualquier escala.

«No cabe duda –afirma Laboury–. El rostro de Nefertiti es la proyección volumétrica de esa cuadrícula.» En la realidad no existe una persona con una simetría tan absoluta de los dos hemisferios faciales. Tras analizar todas las mediciones y los datos del TAC, el egiptólogo llega a una conclusión: «Simplemente es demasiado perfecta. Es imposible que alguien tenga cada uno de los dos ojos situados a la misma distancia exacta con respecto a la punta de la nariz».

Esto sugiere, en primer lugar, que la Nefertiti de las estatuas y los bustos era el resultado de una iconización popular que se llevó a cabo mediante piezas de fabricación en cadena, objetos de culto producidos en serie para los templos de todo Egipto. Y en segundo lugar, que la belleza de la reina, al margen del aspecto que pudiera tener en realidad, pretendía ser una demostración de poder político.

Hay muy pocos expertos en el período de Amarna capaces de hacer un retrato claro de Nefertiti basándose en evidencias arqueológicas y en el conocimiento de las fuentes. Uno de ellos es Friederike Seyfried, directora desde 2009 del Museo Egipcio y la Colección de Papiros de los Museos Estatales de Berlín. Ella es de las que ven con grandes reservas cada nueva especulación sobre el papel de la reina.

«¿Fue esta mujer una de las políticas más poderosas de la Antigüedad?», le pregunto.

«No hay pruebas que lo demuestren. Nefertiti desempeñaba tareas litúrgicas, o sea, oficiales, y por ende políticas. Sin duda fue una personalidad relevante. En ningún otro período el rey aparece acompañado de forma tan sistemática por su esposa en escenas importantes.»

«¿Intervenía también en política exterior?»

«No tenemos ningún decreto firmado por ella. En aquel momento la política la dictaba la corte, y la corte estaba representada por la pareja real. No sabemos qué hacían uno y otro. En realidad no tenemos constancia de nada, pero ahí es donde radica el poder de fascinación de Nefertiti y del período de Amarna. Lo poco que sabemos espolea enormemente nuestra imaginación.»

Si todo es mera especulación, ¿por qué el nombre de Nefertiti se ha convertido en sinónimo de influencia y poder?

El mundo moderno tuvo noticia por primera vez de su existencia en diciembre de 1912. En el marco de la segunda de varias campañas invernales organizadas por la Sociedad Oriental Alemana, el arquitecto y egiptólogo Ludwig Borchardt emprendió las excavaciones de las ruinas de la desaparecida ciudad de Ajtatón. El científico, que desde 1907 dirigía el Instituto Imperial Alemán de Ciencias Egipcias de la Antigüedad en el Cairo, buscaba por encargo expreso del káiser Guillermo II objetos de valor artístico e interés arqueológico con los que surtir los Museos Reales de Berlín. La empresa tenía su buena dosis de orgullo patrio, megalomanía y rivalidad con Francia y Gran Bretaña: hacía tiempo que el Louvre y el British Museum también mostraban interés por los tesoros de la antigua civilización egipcia.

El 6 de diciembre, «poco después de hacer un alto para almorzar», según escribió Borchardt en su diario, reclamaron su presencia «a la mayor brevedad» en la casa P 47.2. En la sala 19 del taller del escultor Tutmosis acababan de aparecer los fragmentos de un busto a tamaño natural. Los obreros continuaron excavando hacia la pared este, a través de una pila de escombros de más de un metro. Salieron a la luz más piezas, sobre todo bustos cortos. Varios eran de Nefertiti. Y entonces apareció una nuca de color carne con cintas pintadas en rojo. Los hombres dejaron a un lado la pala y siguieron excavando y retirando la arena con las manos. Al dejar al descubierto la parte inferior de la pieza, reconocieron el dorso de una corona real de color azul oscuro. Lo que el equipo de Borchardt exhumó de los escombros de Amarna esa tarde era algo fabuloso: un busto policromado de medio metro de altura y 3.260 años de antigüedad. Tenía las orejas dañadas y había desaparecido la incrustación del iris del ojo izquierdo, pero por lo demás la pieza estaba incólume. Entusiasmado, Borchardt anotó en su diario: «Teníamos en nuestras manos la obra de arte egipcio más llena de vida».

En cumplimiento de la ley, que estipulaba que todos los hallazgos debían darse a conocer, el investigador inició entonces una negociación con el francés Gustave Lefebvre, representante de la autoridad arqueológica egipcia. Acto seguido Borchardt remitió el busto a Berlín, donde permaneció custodiado bajo llave por espacio de doce años antes de ser presentado al público por primera vez en 1924. Estalló la locura; la exposición berlinesa causó sensación. De la noche a la mañana Nefertiti saltó a la fama. Convertida en una estrella muda, enseguida llenó las portadas de las revistas de todo el mundo.

Nefertiti encajaba con el espíritu de la época. Desde el primer momento se apropiaron de ella los sectores de la publicidad y de la moda. Una casa francesa de cosméticos usó su imagen para publicitar maquillajes; los anuncios de gafas y relojes la convirtieron en «símbolo de elegancia». Fue representada con pendientes y gargantilla de la casa Monet. Con su nombre se bautizaron perfumes y aceites, su figura decoró los carteles publicitarios de empresas de transportes y aún hoy existe en Bonn una clínica de cirugía estética llamada Nefertiti.

Es increíble que, sabiendo apenas nada de la verdadera Nefertiti, siga estando tan presente.

Nadie ha explorado las ruinas de Ajtatón con mayor empeño que Barry Kemp, profesor de la Universidad de Cambridge. Este arqueólogo británico de poblada barba cana ha hecho del Proyecto Amarna la obra y la pasión de su vida: desde mediados de los años setenta no ha dejado de excavar en Ajtatón para traer la ciudad de nuevo a la vida. La capital de Ajnatón fue erigida a orillas del Nilo en tiempo récord, dice Kemp, en medio de un paisaje desértico hasta entonces despoblado. En verano las temperaturas alcanzaban los 40 ºC, lo cual no fue óbice para que los altares se construyeran a cielo abierto. La visión del faraón rompía con lo establecido desde hacía siglos, y puesto que ahora el dios de los egipcios era la luz solar, comenzaron a construirse templos sin cubierta. Sobre el Gran Templo, en el firmamento, residía el único dios, Atón, y cualquier te­­chumbre hubiera obstaculizado su adoración.

Ajtatón no estaba amurallada, ya que no era una población en el sentido convencional; no era un lugar para vivir y tampoco una sede administrativa. Se extendía unos 12 kilóme­tros a lo largo del Nilo y cinco tierra adentro, y su función primordial era la de espacio de culto a Atón. Al norte del centro urbano se erigía el templo más grande, de unos 750 metros de largo por 300 de ancho. Una avenida procesional, la llamada Calzada Real, discurría paralela al río y pasaba por delante del palacio de la primogénita del soberano. En el centro de la ciudad se alzaba el Gran Palacio, en cuyas salas de paredes coloridas, patios y caminos pavimentados se recibía a las delegaciones extranjeras.

Así describe Kemp la vida en la ciudad: «El rey y su entorno se pierden en la distancia, y las efigies son el principal recuerdo de su presencia. En las casas más grandes vemos a funcionarios [...] que gozan de la buena vida que proporcionan los ingresos propios y los honorarios del Estado [...]. En las viviendas más modestas vive una multitud de gente de clase inferior: sirvientes, funcionarios de bajo rango, artesanos que venden sus productos […].» Según Kemp no había vagabundos, ni existía un barrio pobre de desfavorecidos, sino que imperaban la belleza y el estilo, como atestiguan los fragmentos de cerámica recuperados, decorados con flores, peces y aves.

La iconografía sugiere que Ajnatón y Nefertiti acudían en carros al templo, tal vez dos veces al día, para ofrecer sacrificios y relacionarse con sus súbditos. Los relieves funerarios dan fe de que los monarcas se dejaban ver con asiduidad y recompensaban a los funcionarios. La capital que Ajnatón decidió construir en aquel territorio desolado se expandía sin cesar, constantemente se levantaban nuevos edificios, y en dos años había surgido una ciudad enorme de más de 20.000 residentes. La vida cotidiana en Ajtatón estaba marcada por un trabajo de gran dureza física supervisado por los funcionarios de la corte. No se pasaba hambre, pero sí había carencias nutricionales, por ejemplo, de hierro. Al excavar en los cementerios de la ciudad, Kemp descubrió que muchos habitantes presentaban lesiones graves, sobre todo vertebrales, causadas por acarrear objetos pesados. Muchos trabajadores, de ambos sexos, morían al poco de cumplir los 20 años. En las fuentes escritas se habla de epidemias, incluso de la peste.

Ajnatón murió repentinamente en el año decimoséptimo de su reinado, probablemente por causas naturales. Su desa­parición abrió graves interrogantes, ya que era el único intermediario entre dios y el pueblo, el heraldo de la verdad, el hijo de Atón. La teología, la liturgia y la política estaban absolutamente vinculadas a la persona del faraón. ¿Quién podría sucederlo? Una cosa es segura: antes incluso de concluir definitivamente la construcción de la capital, esta fue abandonada de nuevo al desierto.

Ajtatón fue un breve episodio en el curso de la historia. Se cree que al faraón Ajnatón lo sucedió Smenker. Tras él llegó Tutankatón, quien asumió el poder unos cuatro años después del fallecimiento de Ajnatón y quien se trasladó con toda su corte a Menfis, la antigua capital política y administrativa. Tebas, la ciudad meridional, revivió como centro teológico. Posiblemente por las presiones del estamento sacerdotal, investido de nuevo del poder del que se había visto despojado en la época atonista de Ajnatón, el jovencísimo Tutankatón hizo borrón y cuenta nueva. Desterró al dios sol y restituyó a Amón-Ra, y se cambió el nombre en consonancia para adoptar el de Tutankamón. El nombre de Ajnatón fue expurgado y su dueño, condenado al olvido.

Borchardt pensaba que en algún momento de los últimos días de Amarna, en la casa de Tutmosis debió de caer al suelo uno de sus muchos bustos policromados, para acabar enterrado por la arena del desierto. La dama que sirvió de modelo al escultor desapareció de la faz de la Tierra. ¿Qué ocurrió en los años transcurridos entre la muerte de Ajnatón y el regreso a Menfis de Tutankatón? Y sobre todo, ¿qué ocurrió con Nefertiti, cuya momia se da por perdida? También a estas preguntas responden los arqueólogos con una batería de respuestas que vuelven a sorprender por variopintas y contradictorias.

En febrero de 2010 el Journal of the American Medical Association publicó un artículo que parecía desvelar ese misterio milenario. Durante dos años, de septiembre de 2007 a octubre de 2009, un equipo de 16 personas bajo la dirección del entonces secretario general del Consejo Superior de Antigüedades de Egipto, Zahi Hawass, sometió a estudios radiológicos y biomoleculares once momias de las familias reales de la XVIII dinastía (la de Ajnatón y Tutankamón) y la XIX dinastía. Participaba en el proyecto Albert Zink, experto en momias y director del Instituto para las Momias y el Hombre del Hielo del EURAC, en Bolzano, Italia. El objetivo era determinar la identidad, edad, historial clínico y causa de la muerte de las momias, además de reconocer eventuales parentescos entre ellas, secuenciando su ADN y sometiéndolas a tomografías computarizadas.

Siempre se había especulado con posibles relaciones incestuosas en el seno de la familia real, y nunca se había podido determinar la identidad exacta de quienes están enterrados en el Valle de los Reyes ni el parentesco existente entre ellos. Por primera vez los especialistas hicieron biopsias de los esqueletos valiéndose de finos taladros, con los que extrajeron entre ocho y diez muestras óseas de cada individuo; después generaron una huella genética personal de cada uno combinando ocho marcadores cromosómicos.

Los egiptólogos consideran históricamente probado que Ajnatón era hijo de Amenhotep III y su esposa Tiy. Ajnatón tuvo dos mujeres: Kiya, su concubina, y la Gran Consorte Real, Nefertiti, quien probablemente le dio seis hijas. A la muerte de Ajnatón en 1336 a.C. siguió un interregno de unos cuatro años, al término del cual su hijo Tutankamón accedió al trono. Fue sucedido por Ay, y este lo fue por Horemheb, ambos antiguos consejeros de Ajnatón.

Pero aún quedan interrogantes por despejar. ¿Cómo murió Tutankamón? ¿Y quién es la mo­­mia aún no identificada de la tumba KV 35 del Valle de los Reyes bautizada por los arqueólogos como la «Dama Joven»? ¿Podría ser Nefertiti?

Los investigadores llegaron al siguiente diagnóstico: Tutankamón medía 1,67 metros y padecía escoliosis, malaria, artritis y la enfermedad de Freiberg-Köhler, una necrosis ósea muy dolorosa e invalidante. Murió a los 19 años. Amenho­tep III, la momia masculina de la tumba KV 35, era «casi con el cien por cien de probabilidad» el padre de Ajnatón, quien posiblemente ocupe la tumba KV 55 y que a su vez era el padre de Tutankamón. Es decir, los tres eran parientes.

No fueron estos los únicos resultados obtenidos por los biólogos moleculares: también concluyeron que Ajnatón tenía parentesco con la «Dama Joven» de la tumba KV 35. Ambos de­­bían de ser los padres de Tutankamón.

Pero entonces, ¿quién es la misteriosa «Dama Joven»? Algunos la identifican como Nefertiti, en cuyo caso sería a la vez hermana y esposa de Ajnatón. En las dinastías del antiguo Egipto el incesto no era una práctica infrecuente, puesto que se pretendía mantener la pureza sanguínea y consolidar el poder. No obstante, la mayoría de los egiptólogos consideran más probable desde el punto de vista histórico que Nefertiti fuese una muchacha de la clase alta de Ajmin, ciudad situada entre Ajtatón y Tebas, que contrajo ma­­trimonio con Ajnatón siendo muy joven.

Ni lo uno ni lo otro, afirma Schlögl. La nueva y sorprendente teoría del egiptólogo pone en tela de juicio todas las certidumbres relativas al árbol genealógico de la familia real: la momia de Amenhotep III sería en realidad la momia de Ay, quien a su vez sería el padre de Nefertiti. Unos 350 años después de Amarna, en torno a 1000 a.C., la momia de Ay se habría rotulado por error como Amenhotep III cuando los sacerdotes trasladaban los restos con urgencia y en secreto para echar mano del tesoro funerario e incorporarlo a la hacienda pública. Para entonces los nombres de las élites del período de Amarna llevarían años fuera del vocabulario habitual. «La momia que hoy podemos identificar como del rey Ay presenta unas alteraciones post mórtem de tal magnitud que jamás se habrían infligido al rey Amenhotep III, acreedor de una estimación muy anterior», dice Schlögl.

Si la teoría de Schlögl fuese cierta, daría un giro inesperado al caso de Nefertiti, pues todo lo deducido hasta la fecha en materia de parentesco sería incorrecto. Albert Zink, sin embargo, tilda las interpretaciones del egiptólogo alemán de arriesgadas, y sus tesis, de osadas. «Schlögl intenta explotar y reinterpretar los resultados genéticos en favor de sus teorías. Nosotros creemos que el origen de Nefertiti debe seguir considerándose desconocido.»

Lo que sí es bastante seguro es que el destino de Nefertiti se selló en el verano de 1336 a.C. Cuando murió Ajnatón, tras 17 años y dos meses de reinado, Ajtatón cayó rápidamente en el olvido, y con ella, el omnipotente Atón. Sobre el brusco final del período de Amarna se tiende una maraña de aventuradas especulaciones sobre la sucesión del faraón autocrático. Una de las más arriesgadas cuenta entre sus defensores con el egiptólogo de Hannover Christian Loeben, además de distintos investigadores ingleses y estadounidenses. En su opinión, es «seguro al cien por cien» que el sucesor inmediato de Ajnatón en el interregno fue una mujer, algo que no casa con la idiosincrasia del antiguo Egipto, por más que siglo y medio antes ya hubiese existido una reina faraón (la poderosa Hatshepsut) ri­­giendo los destinos del país. Pero si Loeben está en lo cierto, ¿no es Nefertiti quien tiene todas las papeletas de ser esa reina, habida cuenta de su carisma, credibilidad teológica y dilatada experiencia en la práctica cotidiana del culto?

La pregunta clave es si Nefertiti murió antes o después que Ajnatón, otra cuestión controvertida. La estatuilla funeraria de la soberana, en la que se menciona a Ajnatón por su nombre, sugiere que falleció antes. Por otro lado, el hecho de que aparezca representada en un relieve de piedra «aniquilando a los enemigos», papel que la tradición reservaba a los monarcas, apunta a que sobrevivió a Ajnatón. Todavía hay otro indicio en favor de la tesis de la supervivencia de Nefertiti: el sarcófago de granito rosado de Ajnatón, expuesto en los jardines del Museo Egipcio de El Cairo. A diferencia de lo que es habitual, no abrazan sus esquinas el cuarteto de diosas Isis, Neftis, Neit y Selkis, sino cuatro reproducciones de la misma dama bajo el sol radiante de Atón: Nefertiti.

Schlögl defiende, en cambio, que Nefertiti (para él la «Dama Joven») murió antes que Ajnatón. Su momia presenta graves lesiones faciales y torácicas, posiblemente consecuencia de un accidente de carro. Albert Zink, que ha visto la momia de la tumba KV 35, confirma la existencia de importantes heridas: «Esta mujer debió de recibir un golpe fortísimo en la cara, quizás una coz. Aún se aprecia la hinchazón, lo que significa que falleció poco después del accidente». ¿Pero se trata de Nefertiti?

Para la mayoría de los egiptólogos no hay duda de que el sucesor de Ajnatón fue alguien llamado Smenker o una mujer llamada Nefernefruatón. No existe imagen, estatua ni relieve de ninguno de los dos, pero sí un anillo con una inscripción: «Rey Smenker, elegido por el rey Ajnatón».

Mas allá de conjeturas, la bella Nefertiti mantiene intacta su capacidad de fascinación. Solo hay que regresar una y otra vez al Museo Egipcio de Berlín para confirmarlo. En el segundo piso, el largo recorrido a través de la Sala de las Nióbides conduce a la pequeña Sala de la Cúpula Norte, en cuyo centro hay una vitrina. Desde ella Nefertiti recibe en audiencia. Se diría que observa a los visitantes, que deseamos quedarnos a solas con la reina aunque solo sea por un instante precioso. Su mirada parece preguntarnos qué sabemos de ella.

A ciencia cierta, nada. Nadie sabe si ocupó el puesto más alto de Egipto al enviudar, o si murió antes que su esposo, si es la «Dama Joven» de la tumba KV 35, o si sufrió destierro. Si era brutal y autocrática, o amable, cariñosa y alegre, si era menuda y delicada, o corpulenta y fuerte.

Nefertiti continúa siendo un enigma. Y en eso radica la verdadera fuerza de su leyenda.