Napoleón y el fracaso de la conquista de Egipto

En 1798, el joven Bonaparte se lanzó a la conquista de Egipto, pero la arriesgada aventura acabó en fracaso.

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19 de junio de 2012

En 1798, Napoleón era un hombre flaco y enjuto de 28 años, devorado por la ambición y los sueños de gloria. Sus grandes victorias en Italia lo habían convertido en el ídolo de las masas y lo habían acostumbrado a mandar sin dar cuentas a nadie. Barras, su antiguo protector, dijo a sus colegas en el gobierno de Francia: "Promocionad a éste, o se promocionará a sí mismo".

Lo cierto es que al Directorio –un gobierno colegiado de cinco miembros, que regía el país desde hacía cuatro años– le faltaba el prestigio que a Bonaparte le sobraba. Corrupción, golpes de Estado e insurrecciones habían marcado su trayectoria. La situación era tan inestable que Bonaparte tenía siempre un caballo ensillado por si tenía que partir a toda prisa. "Debería derrocarlos y proclamarme rey –confesaba el joven general–; pero aún no es el momento. Estaría solo".

Fue entonces cuando surgió la idea de la conquista de Egipto. Algunos miembros del Directorio, como Talleyrand, ministro de Asuntos Exteriores, pensaron que Francia podría establecer allí un dominio colonial. No sólo eso. Egipto podría ser la primera etapa de un proyecto más ambicioso: establecerse en la India, donde Gran Bretaña, el gran enemigo de la República francesa, gozaba de una amplia zona de influencia.

Bonaparte aceptó el desafío. Como muchos contemporáneos se sentía atraído por el exotismo oriental; había leído una obra muy popular por entonces, el Viaje a Egipto y Siria de Constantin Volney, publicada en 1794, la mejor fuente de información sobre Egipto.

Bonaparte conoció a Volney, pero obvió una advertencia del libro: "Si los franceses se atreviesen a desembarcar allí, turcos, árabes y campesinos se armarían contra ellos [...]. El fanatismo ocuparía el lugar de la habilidad y el coraje". En realidad, Bonaparte sólo quería mantener su popularidad con nuevas victorias, y si no las obtenía en Europa sería en África. "Quiero sorprender una vez más al pueblo [...]. Iremos a Egipto".

El 18 de mayo de 1798 partía de Tolón la impresionante armada francesa con destino a Egipto, compuesta por más de cincuenta navíos de guerra y 280 barcos para el transporte de tropas; en total, unos 40.000 hombres. Con los soldados también iban 167 científicos con la misión de estudiar todos los aspectos de la historia y la situación presente de Egipto. La armada se detuvo en Malta una semana, el tiempo que Bonaparte necesitó para arrebatar la isla a la orden de San Juan de Jerusalén. Luego continuó viaje hacia Egipto.

Alejandría se rinde

El 1 de julio, y a pesar del mar embravecido, Napoleón desembarcó cerca de Alejandría. La operación se llevó a cabo con éxito porque nadie acudió a combatirles; los espías otomanos habían descubierto el plan francés, pero no tomaron medidas. Tampoco reaccionaron los mamelucos, la casta de guerreros mercenarios establecidos en el país desde hacía siglos. Éstos reconocían al sultán de Estambul como soberano nominal y le enviaban un tributo anual, pero actuaban con total independencia y y gobernaban el país a su antojo.

Bajo su dominio, las defensas de Alejandría –con 25.000 habitantes, la décima parte de los que tuvo en sus tiempos de esplendor– se reducían a unas murallas ruinosas, veinte jinetes mamelucos, quinientos infantes egipcios, un par de cañones y muy poca pólvora.

Aun así, cuando los franceses llegaron a Alejandría se produjo una dura lucha. El general Menou recibió siete heridas al cruzar las murallas, pero al final los franceses forzaron las brechas. Bonaparte ofreció una rendición pactada y liberó a setecientos esclavos árabes procedentes de Malta. Al ver su generosidad, otras poblaciones, como Rosetta, se rinderon sin luchar e incluso expulsaron a los odiados gobernadores mamelucos.

El viaje de Alejandría hasta El Cairo fue un vía crucis por las elevadas temperaturas y la falta de agua

Los invasores ya disponían de una sólida cabeza de puente, pero escaseaban las provisiones. El viaje de Alejandría hasta El Cairo fue un vía crucis por las elevadas temperaturas y la falta de agua. Un general escribía a un amigo: "Jamás lograría describirte el horrible país que fuimos a conquistar". Algunos soldados se suicidaron por culpa de la sed. Además, en El Cairo, el gran muftí, la principal autoridad religiosa del país, publicó una sentencia o fatua en la que llamaba a todos los verdaderos musulmanes a atacar a los infieles. Así, las aldeas ya no recibieron a los franceses como libertadores y fueron acosados por los beduinos.

El 12 de julio, en Shubrakhit, unos 130 kilómetros al sur de El Cairo, el principal caudillo mameluco, Murad Bey, lanzó su primer ataque. Pronto se vio que la causa mameluca era desesperada. Aquellos soberbios jinetes cargaban en desorden, disparando sus carabinas al galope con cierta precisión; luego descargaban dos pistolas y embestían con la lanza y con afiladas cimitarras, capaces de cortar en dos a un hombre. Pero ese coraje de nada les sirvió frente a una infantería disciplinada que formaba cuadros cerrados erizados de bayonetas. Tras sufrir grandes bajas sin apenas causar daño al enemigo, Murad volvió a El Cairo.

Días después, el 21 de julio, franceses y mamelucos se encontraron de nuevo en la aldea de Embada, frente a El Cairo. Como desde las posiciones francesas se veían las pirámides, Bonaparte, con fino instinto para la propaganda, decidió que aquella no sería la batalla de Embada ni la batalla de El Cairo, sino la batalla de las Pirámides. En su arenga antes de la batalla, dijo: "Soldados, cumplid con vuestro deber; desde esos monumentos cuarenta siglos de historia os contemplan".

El ejército mameluco superaba al francés en número, en artillería y en poder naval, pero la infantería egipcia era mediocre, y la caballería mameluca no era capaz de romper los cuadros franceses. Ibrahim Bey, segundo líder mameluco, pensó usar el Nilo como foso, forzando a Napoleón a un arriesgado asalto frontal anfibio. Pero Murad despreciaba a los invasores y cruzó el Nilo impetuosamente, cargando más allá del alcance de su propia artillería. Los orgullosos mamelucos fueron destrozados por las descargas de la infantería francesa. Todo acabó en un par de horas.

En el nombre de Alá

Ordenó construir hospitales, exterminó las jaurías de perros callejeros, organizó la recogida de basuras e introdujo el alumbrado público

Cuando Bonaparte entró en El Cairo se encontró con una ciudad de 250.0000 habitantes, caótica y deprimida. Los viajeros hablaban de "calles estrechas, sin pavimentar y sucias, casas oscuras a menudo en ruinas, incluso los edificios públicos parecen mazmorras. Las tiendas son poco mejores que los establos, el aire está lleno de polvo y del hedor de la basura". Bonaparte ordenó construir hospitales, exterminó las jaurías de perros callejeros, organizó la recogida de basuras... Hasta introdujo el alumbrado público.

Para atraerse a las élites intentó crear un Diván o consejo de gobierno. En sus proclamas –editadas en una imprenta de tipos árabes confiscada al papa, la primera que se usó en Egipto– invocaba a Alá y en alguna ocasión llegó a ponerse un vestido árabe.

Pero los egipcios recelaban del dominio francés y la mayoría de la población era hostil. Un nuevo impuesto sobre la propiedad, sumado a un censo que dificultaba escapar a los recaudadores, contribuyó a exaltar los ánimos. Así, cuando el sultán otomano llamó a la guerra santa, estalló la revuelta en forma de caza de europeos. Bonaparte respondió con una represión implacable: cañoneó la ciudad, saqueó la mezquita de Al-Azhar e hizo decapitar a ochenta de los cabecillas del motín.

Una expedición fracasada

Napoleón siempre recordaría la expedición de Egipto como una aventura romántica y exótica, a la manera de Alejandro Magno. Pero lo cierto es que, en términos militares, fue un fracaso. La flota británica, mandada por Nelson, sorprendió a los franceses en la rada de Abukir y destruyó totalmente su armada. El general Desaix emprendió una fatigosa campaña Nilo arriba persiguiendo a Murad, que finalmente se pasó al bando francés.

En febrero de 1799, Bonaparte se internó en Siria buscando un choque decisivo con los otomanos. Las tropas, tras extenuantes travesías por el desierto, debieron luchar duramente para tomar plazas como El Arish y Jaffa. En esta última, Bonaparte cometió uno de los actos que más han empañado su reputación: la ejecución de tres mil prisioneros turcos a los que no podía alimentar, pero tampoco liberar porque si lo hacía volverían a enfrentarse a él. Su ejército llegó hasta San Juan de Acre, plaza defendida por turcos y británicos que resistió todos los asaltos franceses. El 21 de mayo, Napoleón tuvo que retirarse y aunque organizó una entrada triunfal en El Cairo, todos sabían que la expedición había sido un fracaso.

Semanas después, a Bonaparte se le presentó la ocasión de resarcirse. En julio, los turcos desembarcaron un ejército en la bahía de Abukir, al mando de Sayd Mustafá Pachá. El ejército otomano era superior en número, pero una carga de caballería del general Murat sembró el pánico en sus filas. Muchos intentaron salvarse nadando hacia los buques británicos. Pese a la victoria, la situación francesa no era buena: seguían varados en Egipto, sin poder volver por mar a Francia a causa del bloqueo de la armada británica y turca, a la que incluso se sumaron los rusos. Una flota española de veintiún buques que iba a ayudar a Napoléon fue también bloqueada por los británicos.

Los periódicos europeos que llegaron al campamento francés hablaban de la desesperada situación de Francia: los rusos habían entrado en Italia y destruido los logros obtenidos por Napoleón, Francia estaba a punto de ser invadida y el Directorio se mostraba inoperante. Bonaparte decidió regresar como fuera y la noche del 22 de agosto se embarcó en Alejandría rumbo a Europa.

De hecho, Bonaparte estaba desertando de su puesto, un delito punible con la muerte, y lo cierto es que sus tropas se sintieron traicionadas. Ni siquiera se despidió del general Kléber, al que había designado sucesor, temiendo sus reproches. Napoleón llegó a Francia el 9 de octubre de 1799. Un mes más tarde, el 18 de brumario según el calendario de la Revolución, ya era el amo de Francia. Egipto y la India sólo fueron un sueño.

Para saber más

Napoleón en Egipto. Paul Strathern. Planeta, Barcelona, 2009.

El Nilo azul. Alan Moorhead. Serbal, Barcelona, 1986.

Napoleón: el camino hacia el poder. Philip Dwyer. La Esfera de los Libros, Madrid, 2008.

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