Monte Athos: La llamada de la montaña sagrada

La antigua comunidad monástica de Monte Athos sigue acogiendo hombres que desean satisfacer sus inquietudes espirituales. Mira las fotografías de Travis Dove.

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En el norte de Grecia, la ancestral comunidad monástica de Monte Athos sigue atrayendo a hombres que ansían aplacar su hambre espiritual. Atardece y un monje ortodoxo recoge caquis. Su vida apenas difiere de la que llevaban sus hermanos hace mil años.

Travis Dove

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Reducto de anacoretas, el monasterio de Simonos Petras se fundó en 1257 a más de 300 metros por encima del mar Egeo. Es uno de los 20 cenobios de la escarpada península, un popular centro de peregrinación que algunos llaman «el Tibet cristiano».

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Los monjes salmodian «Christos anesti» (Cristo ha resucitado) durante una vigilia pascual que pone fin a siete semanas de ayuno solemne. Los monjes se levantan para orar durante la madrugada, pues creen que es cuando el corazón es más receptivo.

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En el abad encuentra a su padre espiritual, aunque trata con reverencia a todos los monjes ancianos.

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Camino de Santidad

Durante la Pascua, un monje encabeza una procesión de miembros de la congregación y visitantes laicos y llama a la oración golpeando con un mazo una madera.

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Dando la bendición en una procesión pascual, un sacerdote asperge agua aromatizada sobre un peregrino ortodoxo llegado de Inglaterra.

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El solitario padre Seraphim recorre a pie los kilómetros que separan su ermita de esta cabaña, donde trabaja envasando la miel de un colmenar cercano.

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Estos dos monjes llevan más de 50 años compartiendo celda. El humor ayuda a mantener la armonía, al igual que el respeto por la edad. El padre Nektarios (a la izquierda) dice del padre Christoforos: «Todos estos años ha seguido mi parecer, pues lo supero en edad».

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Custodiada por los 2.033 metros del monte Athos y veteada de sendas que todavía se recorren a pie y en mula, la quietud del lugar atrae a miles de peregrinos: sólo hombres. Consagrada a la Virgen María, la península está vedada a las mujeres y a las tentaciones que podrían representar.

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Los monjes del monasterio de Esfigmenou recogen aceitunas como siempre han hecho. Pero su clamoroso desprecio hacia los patriarcas ortodoxos decididos a reconciliarse con la Iglesia Católica Romana les ha valido el repudio del órgano de gobierno de Monte Athos.

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El padre Mardarios, antiguo portero de discoteca, limpia el terreno para plantar un jardín. «Demasiadas rocas –gruñe–, como mis pecados.»

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Hace 25 años que el padre Nikiphoros (reflejado en un espejo) vive en una minúscula celda de la remota skete —o aldea anacoreta— de Kafsokalyvion. Todos los días se desplaza en mula hasta el puerto para recoger el correo de la skete; el pequeño sueldo de cartero lo dedica a mantener su morada. No se le pasa por la cabeza procurarse una vida más cómoda. «Pensar en marcharse —dice— es el peor pecado.»

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Una trinidad de sol, cielo y mar conforma el evocador telón de fondo del monasterio de Xenofontos. De acuerdo con la tradición ortodoxa, Noé convocó a los animales al arca golpeando una maza de madera contra una tabla. Hoy otras mazas (en primer plano) llaman a los monjes a la oración.

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Hermandad eterna

El monje abandona a su familia para integrarse en otra. Disfruta de la comunión con sus hermanos a la hora de comer, siempre en silencio, como en el ornado refectorio bizantino del monasterio de Xenofontos.

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Los ojos humedecidos revelan una profunda emoción cuando el padre Agapio asiste a una tonsura, la ceremonia de iniciación que convierte al novicio en monje. En las últimas cuatro décadas un flujo constante de hombres jóvenes ha nutrido enormemente la comunidad religiosa de Monte Atos, reduciendo la media de edad a 45-50 años.

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Los monjes siguen unidos en la muerte: sus huesos se lavan en vino tinto, ecos de una ancestral costumbre griega, y se depositan juntos en un osario. Dice el padre Makarios de Simonos Petras: «Para quienes se consideran ya muertos a ojos del mundo y viven para Dios, es fácil dejar este mundo».

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27 de noviembre de 2009

La península santa de Monte Athos se interna 50 kilómetros en el mar Egeo como un apéndice empeñado en desligarse del cuerpo laico de la Grecia nororiental. Durante el último milenio ha estado habitada por una comunidad de monjes ortodoxos, resueltos a vivir alejados de todo cuanto no sea Dios.

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Su único propósito en la vida es la comunión con Jesucristo. Su hogar es la quintaesencia del aislamiento, una tierra batida por las olas, con frondosos bosques de castaños y el espectro de los más de 2.000 metros de altura del monte Athos, veteado de nieve.

Moradores de la veintena de monasterios, la docena de claustros o la centena de celdas que hay en la península, los monjes se aíslan incluso entre sí y dedican la mayor parte del tiempo a orar en soledad. Con sus largas barbas y ropas negras, símbolo de su renuncia al mundo, parecen fundirse con un fresco bizantino, una hermandad atemporal de ritual, máxima sencillez y culto constante, pero también de imperfección. Son conscientes, y así lo expresa uno de los an­­cianos, de que «incluso en Monte Athos somos humanos, caminando siempre en la cuerda floja».

Sólo son hombres, y hombres exclusivamente. Desde que existe como tal, una tradición inflexible prohíbe a las mujeres poner los pies en Monte Athos. La veda responde más a la debilidad que al odio. «Si por aquí apareciesen mujeres, dos de cada tres nos iríamos con ellas para casarnos», asegura un monje.

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Monasterio de Simonos Petras, Monte Athos

El monje corta el vínculo con su madre, pero encuentra otra: la Virgen María. Según la leyenda, María navegaba hacia Chipre cuando el viento la desvió de su rumbo, desembarcó en Monte Athos y bendijo a sus moradores paganos, que se convirtieron. También traba una estrecha relación con el abad de su monasterio o con el decano de su celda, quien se convierte en un padre espiritual y, en palabras de un monje, «me ayuda a hallar mi relación personal con Cristo». La jubilación o el fallecimiento de tales eminencias puede ser duro para los monjes más jóvenes. Y que un joven decida volver al mundo puede causar traumas parecidos. «El año pasado se marchó uno –recuerda un anciano–. No me lo consultó –añade en un tono propio de un padre disgustado–, así que hizo bien en marcharse.»

Los monjes cristianos (la palabra monje deriva de la raíz griega monos, «solo») fundaron los pri­meros refugios colectivos, o monasterios, en el desierto egipcio durante el siglo IV. La costumbre se extendió por Oriente Medio hasta alcanzar Europa, y en el siglo IX los eremitas habían llegado a Monte Athos. Desde entonces, y a medida que la civilización ha ido ganando en complejidad, se han multiplicado los motivos que inducen a alejarse de la sociedad y abrazar la vida monástica. Después de que las dos guerras mundiales y la instauración del bloque comunista redujeran el número de monjes (hasta llegar a 1.145 en 1971), en las últimas décadas ha habido un repunte. Un flujo constante de jóvenes (muchos universitarios, y no pocos procedentes del extinto bloque soviético) ha incrementado la población de Monte Athos a casi 2.000 monjes y novicios, al tiempo que la entrada de Grecia en la Unión Europea en 1981 permitió a la península acceder a fondos de conservación.

«Aquí hay 2.000 historias: cada uno ha seguido su propio camino espiritual», explica el padre Maximos, quien comenzó el suyo en Long Island siendo fan adolescente de músicos como Lou Reed y Leonard Cohen, llegó a pro­fesor de teología en Harvard y al final renunció a todo para «vivir más cerca de Dios». Los inicios de muchas de esas andaduras no fueron nada fáciles. Un muchacho ateniense se escapa de casa, y cuando su hermano se presenta en Monte Athos para llevárselo consigo de vuelta, el chico advierte: «Volveré a escaparme». El hijo de un tendero de Pittsburgh deja a sus padres estupefactos con una decisión (que, reconoce dos años después, tal vez no sea para siempre), diciendo: «¿Quién sabe qué planes tendrá Dios?». Si un aspirante parece no estar preparado, su padre espiritual lo insta a regresar a su vida seglar. De lo contrario, el candidato será tonsurado en una ceremonia a la luz de las velas. El abad le rasura una reducida zona del pelo en forma de cruz y le impone el nombre de un santo: ha nacido un monje.

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Su historia no termina, ni mucho menos, con la llegada a Monte Athos. Un australiano hippy y rebelde de nombre Peter es hoy el padre Ierotheos, avezado barítono del monasterio de Iviron. El padre Anastasios aprendió a pintar en Monte Athos y ahora expone en lugares tan dispares como Helsinki y Granada. El padre Epifanios se propuso restaurar los antiguos viñedos de Mylopotamos, y hoy exporta un caldo excelente a cuatro países, además de haber publicado un libro de recetas monacales en tres idiomas.

En lo bueno y en lo malo, la hermandad monástica se compone de hombres que en última instancia no son otra cosa que eso, hombres de carne y hueso bajo los hábitos de monje. Algunos, independientes por naturaleza, optan por vivir a su aire en celdas diseminadas por el campo. Otros pecan de mezquindad; de hecho, «la vida monástica puede llegar a consumirse en pequeñas ruindades», asegura un monje. Con todo, los mejores son hombres de buena voluntad. El padre Makarios, de la celda de Marouda, cerca de Karyes, es uno de ellos. Ofrece a unos extraños su abrigo de repuesto, su cuarto de invitados, todo el dinero que lleva en el bolsillo. «La verdadera fe –dice este monje de 58 años– te da libertad. Te da amor.»

Los monasterios no son lugares monolíticos, y no tienen el carácter rígido, severo e inflexible que cabría esperar. El cenobio de Vatopediou, situado junto al mar, atesora verdaderas joyas bizantinas, y también ambición (entre sus monjes hay un director de orquesta), mientras que el de Konstamonitou, decididamente agrario, abraza un modo de vida rústico sin electricidad ni donaciones de la Unión Europea. («Esas comodidades coartan el ascetismo», observa uno de los monjes de más edad.) Los monjes de Monte Athos no renunciaron a su audacia humana, como atestigua la gloriosa ubicación de Simonos Petras, un monasterio suspendido a gran altura sobre una marina infinita, se diría que agarrado a una escalera hacia el cielo. Algunos monjes, no obstante, se recluyen en la aridez eremítica de las cuevas que salpican los barrancos de Karoulia. Otros optan por el fanatismo. Es el caso de los moradores de Esfigmenou, un mo­­nasterio que en sus mil años de historia sufrió el azote de piratas y otomanos represivos, pero que hoy es víctima de su propio radicalismo. Tras abjurar de la política de diálogo con otras confesiones cristianas abogada por los Patriarcas Ecuménicos y exhibir una pancarta con las palabras «Ortodoxia o Muerte», la hermandad de Esfigmenou fue expulsada por el órgano de gobierno de Monte Athos, conocida como la Santa Comunidad. Subsiste alimentándose del desafío del proscrito y de las donaciones de simpatizantes del mundo exterior. «No cejaremos en nuestra lucha –declara su abad renegado–. Ciframos nuestra esperanza en Cristo y en la Santa Madre, en nadie más.»

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Salir de Monte Athos es, en el decir de sus mo­­radores, «salir al mundo». Aunque éstos persiguen lo espiritual, la península sigue anclada a la Tierra, y unos 2.000 trabajadores seglares la comparten con el mismo número aproximado de monjes. Monte Athos pertenece a Grecia desde 1924. El gobierno local tiene su sede en Karyes, la capital y la terminal de llegada de los envíos del mundo exterior y de los peregrinos ortodoxos. Para visitar la península hace falta un permiso especial; la Santa Comunidad admite unos 100 hombres en estancias de cuatro días.

Confluencia de visitantes y monjes residentes, Karyes es un hervidero de incongruencias: un monje que avanza pesadamente por el empedrado con un báculo en una mano y una bolsa Nike en la otra; tiendas que venden tanto velas y rosarios como botellas de ouzo. La policía se ocupa de los esporádicos casos de embriaguez en la vía pública o hurtos en los comercios. La Santa Co­­munidad, el parlamento de funcionamiento ininterrumpido más dilatado del mundo, también reside en Karyes. Sus miembros debaten temas tan enjundiosos como las relaciones con la UE y tan nimios como quién ha de alquilar este o aquel comercio. En Monte Athos, cada cambio constituye un riesgo que se debe sopesar.

Monte Athos ha sobrevivido a base de adaptarse cuando ha sido necesario, pero siempre con recelo. San Athanasios, fundador del monasterio de Megistis Lavras en 963, enfureció a los eremitas al introducir una arquitectura osada en un paisaje hasta entonces rústico. Las carreteras y los autobuses primero, después la electricidad, luego los teléfonos móviles: todo ha inspirado inquietud. La última intrusión es Internet. Algunos monasterios han hecho ya tímidas incursiones en el ciberespacio para comprar repuestos, comunicarse con abogados, acceder a textos de estudio. «Es peligroso estar conectados con el mundo exterior», advierte un monje.

El mundo exterior se infiltra todavía más. Los monjes más jóvenes tienen títulos universitarios, ordenadores portátiles y escasa experiencia en la cría de gallinas. Casi todas las mulas de antaño han sido reemplazadas por Range Rovers.

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Pero la hermandad avanza como siempre ha hecho: a paso de tortuga, siempre ensimismada, deleitándose en lo invisible: «digiriendo la muerte –en palabras de uno de sus más eminentes estudiosos, el padre Vasileios– antes de que ella nos digiera a nosotros».