Las misteriosas líneas de Nazca, espíritus en la arena

¿Por qué motivo los nazca grabaron en la arena del desierto monos, arañas y ballenas gigantes? Las antiguas líneas de Nazca, en Perú, revelan sus secretos

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Nasca 1. Las lineas de Nazca

Las lineas de Nazca

En el desierto costero del sur de Perú, enormes figuras grabadas en el suelo (una araña, un mono, un extraño animal volador…) fascinan a los viajeros aéreos desde su primer avistamiento en la década de 1920. Ahora los investigadores creen saber por qué los pueblos antiguos empezaron a trazar esos diseños hace más de 2.000 años.

Robert Clark

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Nasca 2. Los ojos del búho

Los ojos del búho

La figura de 30 metros de altura con ojos de búho que alza la mirada desde una ladera pudo haber sido trazada por la cultura de Paracas, desarrollada en la región antes que la nazca. El agua de las crecidas causadas por las lluvias monzónicas ha arrastrado las piedras del terreno circundante y ha abierto canales en la base arenosa.

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nasca3. Un ave gigante

Un ave gigante

Esta figura de un ave gigante, con el pico largo y puntiagudo y una envergadura alar de 67 metros, puede evocar a los diminutos colibríes que revoloteaban por los campos irrigados.

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nasca4. La gran pirámide

La gran pirámide

Las piedras halladas en un lugar ceremonial de Cahuachi se utilizaron para moler los pigmentos que sirvieron para pintar la gran pirámide.

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nasca5. Rituales macabros

Rituales macabros

Una cabeza procedente de Cahuachi, probablemente un objeto ritual relacionado con la fertilidad, colgaba de una cuerda de fibra vegetal; puede que la víctima fuera un hombre del lugar sacrificado en tiempo de sequía.

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nasca6. Momias de Ullujaya

Momias de Ullujaya

Muchos cuerpos enterrados, entre ellos el de un hombre hallado en Ullujaya, se han momificado de forma natural debido a la sequedad del clima de la región.

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nasca7. Cráneo de Carrizales

Cráneo de Carrizales

Un cráneo de Carrizales presenta una característica deformación craneana, que quizás era un signo de alto estatus social.

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nasca8. Momificación natural

Momificación natural

Un guacamayo rojo, supuestamente desenterrado en un cementerio nasca de la localidad de Carrizales, ha mantenido sus colores gracias a haberse secado de forma natural en un suelo árido y caliente. Trasladado vivo desde el bosque lluvioso de la Amazonia, se trata probablemente de una mascota y tal vez fue enterrado junto a su propietario.

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nasca9. Símbolos de una cultura

Símbolos de una cultura

Los símbolos sagrados de los nasca se repiten en todas las piezas creadas en el seno de su cultura. Adornando el borde de un chal ceremonial de Cahuachi, unas cabezas con largas cabelleras evocan las cabezas reales de las víctimas sacrificiales.

Robert Clark

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nasca10. Augurios de lluvia

Augurios de lluvia

Las arañas pintadas en una vasija tal vez simbolizaran una buena cosecha; dado que siempre salen de sus escondrijos antes de las lluvias, estas criaturas debieron de ser bienvenidos heraldos de un fenómeno crucial para la supervivencia.

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nasca11. Monos mascota

Monos mascota

Sosteniendo lo que parece ser un cuenco con cacahuetes, un mono de cerámica hallado en el recinto ceremonial del yacimiento de Cahuachi podría representar una mascota de la élite nazca. El comercio a través de la costa del Pacífico de América del Sur llevó monos capuchinos, monos araña y monos lanudos comunes desde las selvas tropicales del actual Ecuador hasta el territorio nazca. Uno de estos simios adquirió dimensiones colosales, más de 90 metros de longitud, en una de las figuras trazadas en el suelo del desierto.

Robert Clark

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nasca12. Huarango, el árbol sagrado

Huarango, el árbol sagrado

Un huarango, árbol sagrado, brota sobre un rostro humano en esta vasija procedente de La Tiza. Hallado en una tumba junto a un cuerpo decapitado, el recipiente pudo haberse utilizado en un sacrificio para sustituir una cabeza cortada.

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nasca13. Yacimientos mixtos

Yacimientos mixtos

Unas cruces de madera señalan tumbas cristianas en el antiguo yacimiento de La Tiza, donde la arqueóloga Christina Conlee examina fragmentos de loza esparcidos por los saqueadores. Los parientes de los individuos enterrados recientemente viven más abajo, en un pueblo llamado Orcona.

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nasca14. La Tiza

La Tiza

El arqueólogo Ernesto Díaz excava los restos de antiguas viviendas en La Tiza en busca de huesos, abalorios y utensilios de obsidiana. Este lugar fue habitado, cuando era un valle fértil junto al río Aja, a lo largo de todo el período Nazca y varios siglos después.

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nasca15. Saqueadores de tumbas

Saqueadores de tumbas

Arrebatado de su tumba, este cráneo es un testimonio del daño causado en un cementerio de Tunga por saqueadores que buscaban oro, piezas textiles y cerámica. Las excavaciones ilegales, que se multiplican en todo Perú, destruyen las evidencias que podrían ayudar a explicar los misterios que aún perduran acerca de la cultura nazca.

Robert Clark

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nasca16. La duna de Cerro Blanco

La duna de Cerro Blanco

Cerro Blanco, una de las dunas más altas del mundo, se eleva en el desierto a más de 2.000 metros del nivel del mar. Los nazca creían que era un manantial de agua, una creencia que aún hoy pervive. La gente del lugar dice que existe un lago en el centro de la duna, y muchos van en peregrinación hasta su cima para depositar ofrendas hechas en cerámica, tal como hicieron los nazca hace 1.300 años.

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nasca17. Una linea, un camino

Una linea, un camino

Un dedo de Alberto Urbano señala una senda serpenteante que traza una enigmática figura destinada a ser recorrida a pie, como aparentemente todas las líneas de Nazca.

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nasca18. Trapezoides

Trapezoides

El arqueólogo recorre el lado ancho de un trapezoide que corta la continuidad de los bucles.

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nasca19. A la libre interpretación

A la libre interpretación

Desde que las líneas de Nazca se hicieron famosas a finales de la década de 1920, los científicos –y amateurs– han aventurado diversas interpretaciones de los dibujos del desierto.

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De las líneas de Nasca se ha dicho que eran caminos incas, proyectos de regadío, imágenes para ser admiradas desde primitivos globos aerostáticos y, lo más ridículo de todo, pistas de aterrizaje para naves extraterrestres. 

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nasca21. Todo empieza y acaba con el agua

Todo empieza y acaba con el agua

Cuando este centro religioso se hundió, los nazca empezaron a abrir pozos para aprovechar los acuíferos profundos.

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nasca22. Puquios

Puquios

Para retirar el polvo, un trabajador del yacimiento de Cantayoc moja con agua el sendero en espiral que conduce a un antiguo puquio, una red de pozos interconectados y recubiertos con muros de piedra que los nazca construyeron para acceder a un acuífero que todavía hoy suministra agua a la población de la zona.

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nasca23. A la delgada sombra de un huarango

A la delgada sombra de un huarango

Cerca del cerro Blanco, un huarango seco se yergue como recuerdo de los bosques que antaño ofrecían su sombra refrescante. Ahora algunos científicos creen que los nazca aridificaron la tierra a base de tanto desbrozarla para la agricultura.

Robert Clark

26 de febrero de 2010

Descubren un nuevo geoglifo en el desierto de Nazca

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Descubren un nuevo geoglifo en el desierto de Nazca

Desde el aire, las líneas grabadas en el suelo del desierto eran difíciles de ver. Mientras el piloto hacía virajes cerrados sobre la meseta desértica del sur de Perú, al norte de la localidad de Nazca, pude distinguir apenas una sucesión de figuras trazadas con gran belleza.

«¡La orca!», gritó el arqueólogo peruano Johny Isla, haciéndose oír por encima del rugido del motor, mientras señalaba la forma de una ballena. «¡El mono!», dijo al cabo de un minuto, cuando apareció ante nuestros ojos el famoso mono de Nazca. «¡El colibrí

Desde que se hicieron famosos a finales de la década de 1920, cuando empezaron a funcionar los vuelos comerciales entre Lima y la ciudad sureña de Arequipa, los misteriosos dibujos del desierto conocidos como las líneas de Nazca han fascinado a arqueólogos, antropólogos y a todos aquellos que están interesados en las antiguas culturas de América. Desde entonces, sucesivas oleadas de científicos (y aficionados) han propuesto diversas interpretaciones. Se ha dicho que eran caminos incas, proyectos de regadío, imágenes para ser admiradas desde primitivos globos aerostáticos y, lo más ridículo de todo, pistas de aterrizaje para naves extraterrestres.

Después de la segunda guerra mundial, una profesora de origen alemán llamada Maria Reiche hizo los primeros estudios formales de las líneas y figuras, denominadas geoglifos, en las afueras de Nazca y en la cercana ciudad de Palpa. Durante medio siglo, hasta su muerte en 1998, Reiche desempeñó un papel fundamental en la conservación de los geoglifos. Pero su teoría preferida, según la cual las líneas eran marcas de un calendario astronómico, fue rechazada hace mucho tiempo. La ferocidad con que esta mujer protegió las líneas de los intrusos ha sido adoptada por sus actuales guardianes, por lo que incluso a los científicos les resulta difícil acceder a las figuras más famosas de animales grabadas en la pampa, justo al noroeste de Nazca.

La historia empieza, y acaba, con el agua

Aun así, desde 1997 se está desarrollando un ambicioso proyecto de investigación en colaboración entre Perú y Alemania cerca de la localidad de Palpa, más al norte. Dirigido por Isla y Markus Reindel, del Instituto Arqueológico Alemán, el Proyecto Nazca-Palpa es un estudio sistemático y multidisciplinar de la cultura antigua de la región, que intenta establecer dónde y cómo vivió el pueblo nazca, por qué desapareció y cuál era el significado de los extraños dibujos que dejó tras de sí en la arena del desierto.

Mientras nuestro avión se escoraba para hacer otro viraje, Isla, natural del Altiplano y actualmente empleado en el Instituto Andino de Estudios Arqueológicos, seguía con la cara (cuyos rasgos recordaban a sus antepasados) pegada a la ventana. «¡Un trapezoide!», exclamó, señalando una enorme figura geométrica que acababa de entrar en nuestro campo visual. «¡Una plataforma! –añadió, apuntando con el dedo–. ¡Una plataforma!»

¿Una plataforma? Lo que Isla señalaba era un pequeño montón de piedras en un extremo del trapezoide. Si él y sus colegas están en lo cierto, esas estructuras podrían ser una de las claves para entender el auténtico significado de las líneas de Nazca. La historia empieza, y acaba, con el agua.

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La región costera del sur de Perú y el norte de Chile es una de las más áridas del mundo. En la pequeña cuenca protegida donde surgió la cultura de Nazca, hay diez ríos que bajan de los Andes, al este, y la mayoría de ellos están secos al menos parte del año. Esas diez frágiles cintas de verdor, rodeadas por un millar de matices de ocre, crearon un terreno propicio para la aparición de una civilización temprana, lo mismo que el delta del Nilo o los ríos de Mesopotamia. «Era el lugar perfecto para el asentamiento humano, porque había agua –afirma el geógrafo Bernhard Eitel, miembro del Proyecto Nazca-Palpa–. Pero el riesgo ambiental era sumamente elevado

Según Eitel y su colega de la Universidad de Heidelberg, Bertil Mächtle, el microclima de la región de Nazca ha oscilado enormemente en los últimos 5.000 años. Cuando el anticiclón boliviano, un sistema de altas presiones que suele establecerse sobre América del Sur, se desplaza hacia el norte, aumentan las lluvias en la vertiente occidental de los Andes. Cuando el anticiclón se desplaza al sur, las precipitaciones disminuyen y los ríos de los valles de Nazca se secan.

Pese al riesgo ambiental, la cultura nazca floreció durante ocho siglos. El pueblo nazca surgió hacia el año 200 a.C. de una cultura anterior, la de Paracas, y se estableció a lo largo de los valles fluviales, donde cultivaba algodón, judías, tubérculos, lúcuma (una fruta) y una variedad de maíz de mazorca pequeña. Famosos por su alfarería, los nazca inventaron una nueva técnica que consistía en mezclar una docena de pigmentos minerales con una fina capa de arcilla para pintar la cerámica antes de hornearla. Un famoso cuadro de cerámica conocido como la placa de Tello (donde se ve a varias personas andando mientras tocan la quena, rodeadas de perros danzarines) ha sido interpretado como el símbolo de un pueblo pacífico en cuyos rituales había un lugar para la música, la danza y las peregrinaciones.

La teocrática capital de la primera época nazca fue una meca barrida por la arena del desierto llamada Cahuachi. El yacimiento, excavado por primera vez en la década de 1950 por el arqueólogo de la Universidad de Columbia, William Duncan Strong, es un vasto complejo de 150 hec­táreas que conserva una imponente pirámide de adobe, varios templos, grandes plazas y plataformas, y una compleja red de escaleras y corredores interconectados. En su libro de 2003 sobre los sistemas de regadío de los nazca, la arqueóloga Katharina Schreiber, de la Universidad de California en Santa Bárbara, y Josué Lancho Rojas, maestro de escuela e historiador local, recuerdan que el río Nazca, que tiene un tramo subterráneo unos 15 kilómetros al este de Cahuachi, aflora a la superficie como un manantial jus­to a las puertas de la ciudad. «Casi con seguridad –escriben–, la aparición de agua en ese punto se consideró sagrada en época prehistórica.»

«Cahuachi era un centro ceremonial –dice Giuseppe Orefici, arqueólogo italiano que dirigió las excavaciones durante muchos años–. La gente venía aquí desde las montañas y la costa con sus ofrendas.» Entre los objetos sacados a la luz había decenas de cabezas cortadas, por lo general con una cuerda trenzada pasada por un agujero abierto en la frente, quizá para llevar el cráneo colgado de la cintura.

En otras partes del ámbito nazca, la población se desplazaba al este o al oeste a través de los valles de los ríos siguiendo el cambio del régimen de las precipitaciones. Prácticamente en todos lados, desde la costa del Pacífico hasta altitudes de casi 4.600 metros en las laderas andinas, hay indicios de asentamientos nazca. «Y en casi todos hemos encontrado geoglifos», apunta Reindel.

El desierto y las pendientes resecas eran un lienzo tentador: retirando la capa superficial de piedras oscuras y dejando al descubierto la arena más clara, los nazca crearon unas figuras que han perdurado durante siglos. Los arqueólogos creen que el trazado y el mantenimiento de las líneas eran actividades comunitarias, «como la construcción de una catedral», dice Reindel.

En los valles extremadamente áridos del sur, los antiguos ingenieros nazca inventaron una forma más práctica de hacer frente a la escasez de agua que la de mover las ciudades en pos de la lluvia: un ingenioso sistema de pozos horizontales que aprovechaban el desnivel de la capa freática en su descenso desde las altitudes andinas, lo que permitía a los asentamientos sacar agua subterránea a la superficie. Esos sistemas de regadío, verdaderos acueductos subterráneos conocidos como puquios, se utilizan todavía hoy.

La idea de que las lineas de Nazca sólo pueden apreciarse desde el aire es un mito moderno

Tal vez forzado por las circunstancias, el pueblo nazca parece haber sido particularmente «verde». La creación de los puquios pone de ma­­nifiesto un avanzado sentido del aprovechamiento del agua, ya que reducían al mínimo la evaporación. Sembraban haciendo un agujero en la tierra para cada semilla en lugar de arar, lo cual preservaba el subsuelo. Y reciclaban la basura como material de construcción, como puede apreciarse en el yacimiento de La Muña. «Gestionaban muy bien sus recursos –afirma Isla–. Es lo más característico de aquella sociedad.»

Actualmente, la mayoría de la gente conoce a los nazca por las líneas. Pero si bien fueron los más prolíficos productores de geoglifos, no fueron los primeros. En una ladera colindante a la meseta que se extiende al sur de Palpa hay tres estilizadas figuras humanas, con ojos saltones y cabellera en forma de rayos, que datan al menos de hace 2.400 años, una fecha anterior a la fijada por casi toda la bibliografía para el comienzo de la cultura nazca. El grupo de Reindel ha atribuido unos 75 grupos de geoglifos del área de Palpa a la cultura de Paracas, anterior a la de Nazca. Esos geoglifos, muchos de los cuales representan estilizadas figuras con forma humana, comparten no pocas características con un arte todavía más antiguo, el de las imágenes talladas en la piedra conocidas como petroglifos. En una reciente in­­vestigación en un posible yacimiento de Paracas, en lo alto del valle del río Palpa, Isla descubrió el petroglifo de un mono, asombrosamente similar al geoglifo nazca que vimos al sobrevolar la pampa.

Estos nuevos hallazgos aportan un dato de gran importancia acerca de las líneas de Nazca. Ahora sabemos que no fueron trazadas todas en un mismo momento, en un mismo lugar ni con un solo propósito. Muchas se superponen a otras más antiguas, con algunas líneas borradas y otras solapadas que complican la interpretación. La idea de que sólo pueden apreciarse desde el aire es un mito moderno. Los primeros geoglifos del período de Paracas fueron realizados en las laderas, y podían verse desde la pampa. A comienzos de la época nazca las imágenes (menos antropomórficas y más naturalistas) empezaron a trazarse en el suelo de la pampa. Casi todas las figuras de animales, como la araña y el colibrí, están dibujadas de un solo trazo; una persona puede recorrerlo andando de un extremo a otro sin cruzar nunca ninguna línea, lo que sugiere que en algún momento al principio de la época nazca las líneas dejaron de ser simples imágenes para convertirse en caminos para las procesiones ceremoniales. Posteriormente, quizá como consecuencia de un crecimiento demográfico explosivo, documentado por el equipo germano peruano, debió de aumentar el número de participantes en los rituales, y los geoglifos adquirieron formas más abiertas y geométricas, como los trapezoides, algunos de los cuales miden más de 600 metros. «Nuestra idea es que dejaron de ser imágenes cuya finalidad era la de ser contempladas –explica Reindel– y se convirtieron en escenarios por donde caminar en las ceremonias religiosas.»

Aquellos antiguos actos de culto han dejado sus huellas en el terreno. Entre 2003 y 2007, Tomasz Gorka y Jörg Fassbinder, geofísicos del Departamento de Monumentos y Yacimientos de Baviera, efectuaron mediciones del campo magnético de la Tierra en un trapezoide cerca de Yunama, un pueblo de las afueras de Palpa, y en otras líneas. Las sutiles perturbaciones de la señal magnética indicaron que el suelo había sido compactado por la actividad humana, sobre todo alrededor de las plataformas. Mientras tanto, Karsten Lambers, otro miembro del Proyecto Nazca-Palpa, había reunido datos de posición y mediciones de las líneas de visión (las vistas que podían apreciarse desde puntos cercanos) de cientos de geoglifos. Los datos demostraron que los trapezoides y otras formas geométricas ha­­bían sido construidos en lugares que eran visibles desde una serie de «miradores». El equipo llegó a la conclusión de que se trataba de lugares donde «los grupos sociales actuaban e interactuaban, y podían ser observados por espectadores, desde los valles y otros sitios con geoglifos».

Las dunas de arena del cerro Blanco, que figuran entre las más altas del mundo, se yerguen pálidas y desnudas en las resecas laderas andinas, dominando el paisaje físico y espiritual de los valles meridionales de la región de Nazca. Durante siglos, los pueblos andinos han rendido culto a deidades encarnadas en montañas como el cerro Blanco. Según Johan Reinhard, explorador residente de National Geographic, las montañas se asocian tradicionalmente con fuentes de agua. Los restos de cerámica nazca que tapizan la senda hasta la cumbre del cerro Blanco, en es­­pecial recipientes para llevar agua, sugieren que esa asociación se remonta a un pasado lejano.

En 1986 Reinhard informó del hallazgo de las ruinas de un círculo ceremonial de piedras en la cima del Illakata, que, con más de 4.200 metros, es una de las montañas más altas que alimentan con su escorrentía el sistema de drenaje del Nazca. Junto con otros indicios de actividad ritual en las cumbres de la región, el descubrimiento lo llevó a proponer que uno de los principales propósitos de las líneas de Nazca era la adoración de los dioses-montaña, entre ellos el cerro Blanco, a causa de su vinculación con el agua.

La investigación reciente ha reforzado esa hi­­pótesis. En las tierras altas del norte, donde las vicuñas salvajes pacen cerca de la cabecera del río Palpa, me sumé al equipo de Reindel en una excursión a la cima de una montaña sagrada que los lugareños llaman Apu Llamoca. (En la lengua indígena, apu significa «deidad».) En la cumbre de esa oscura mole volcánica, el arqueólogo me mostró un círculo ceremonial con restos de cerámica que su equipo había hallado en 2008 y, cerca de allí, una estructura semicircular casi idéntica a la hallada por Reinhard en el Illakata.

Pero para los investigadores del Proyecto Nazca-Palpa, la auténtica epifanía que los ha llevado a relacionar los rituales sagrados de los nazca con el culto del agua se produjo en el año 2000, en el trapezoide que domina la desolada llanura junto al pueblo de Yunama. Los arqueólogos ya habían observado en el extremo de esos trapezoides grandes montículos artificiales de piedras, de los que sospechaban eran altares ceremoniales. Cuando Reindel excavó uno de esos montículos, donde había trozos de cerámica, conchas de cangrejo de río, restos vegetales y otras reliquias que claramente representaban ofrendas, descubrió fragmentos de la concha de un gran molusco del género Spondylus, que se caracteriza por su color cremoso y por las formaciones espinosas de su superficie exterior. Este molusco sólo se ve en las aguas costeras del norte de Perú durante los fenómenos de El Niño, por lo que se asocia con la lluvia y la fertilidad agrícola.

«La concha de Spondylus es un importante símbolo religioso del agua y la fertilidad –dice Reindel–. Al igual que el incienso en Europa, procedía de tierras lejanas y se encuentra en contextos muy específicos, como objetos funerarios y estas plataformas. Estaba vinculado con ciertas actividades mediante las cuales se pedía agua a los dioses. Y es evidente –añade– que en esta región el agua era la principal preocupación.»

Al final, ni las ofrendas ni las plegarias obraron el resultado deseado.

En 2004, en un lugar llamado La Tiza, en el sur de la región de Nazca, junto al lecho seco del río Aja, la arqueóloga Christina Conlee hizo un macabro descubrimiento mientras excavaba una tumba nazca. La primera parte del esqueleto en salir a la luz no fue el cráneo, sino los huesos del cuello. «Lo primero que vimos fue las vértebras –me contó Conlee–. El difunto estaba sentado, con los brazos y piernas cruzados, y sin cabeza.»

Ahora sabemos que no fueron trazadas todas en un mismo momento, en un mismo lugar ni con un solo propósito

Las incisiones en las vértebras indican que la cabeza fue seccionada probablemente con un afilado cuchillo de obsidiana. Confirma la idea el hallazgo de un recipiente de cerámica con forma de cabeza humana (que servía para sustituir la del cuerpo decapitado) junto al codo del esqueleto; en él hay representada una «cabeza trofeo», como las obtenidas de víctimas decapitadas, y de su interior brota un fantasmagórico tronco de árbol con ojos. El estilo de la vasija permite situarla entre los años 325 y 450 d.C.

Todo lo relacionado con el enterramiento (la posición del esqueleto, el recipiente con forma de cabeza y la postura del cadáver) hace pensar en una sepultura respetuosa. «Nadie habría enterrado así a un enemigo», dijo Conlee, investigadora de la Universidad del Estado de Texas. El análisis isotópico de los huesos del joven indica que vivió en las proximidades de la tumba y que, por lo tanto, no era un forastero enemigo capturado durante una guerra. Conlee piensa que el esqueleto representa un sacrificio ritual: «Aunque encontramos cabezas trofeo en toda la época nazca, hay indicios de que se hicieron más comunes hacia mediados y finales del período, y en momentos de gran dureza medioambiental, tal vez de sequía. Si éste fue un sacrificio, se hizo para apaciguar a los dioses, quizá después de una sequía o de la pérdida de una cosecha».

Existen pocas dudas de que el agua (o, para ser más precisos, su ausencia) había adquirido la máxima importancia hacia el final del período nazca, aproximadamente entre los años 500 y 600. En el área de Palpa, los geofísicos han seguido el lento desplazamiento del margen oriental del desierto, unos 20 kilómetros entre los años 200 a.C. y 600 d.C., que ascendió por las laderas de los valles hasta alcanzar unos 2.000 metros de altitud. De forma similar, los centros de población situados en los oasis fluviales en torno a Palpa se desplazaron por los valles hasta cotas más altas, como si intentaran adelantarse al avance del desierto. «Al final del siglo VI d.C. –afirman Eitel y Mächtle en un trabajo reciente–, las condiciones medioambientales de aridez llegaron a su punto culminante y la sociedad nazca se derrumbó.» Hacia el año 650, el imperio wari, más militarista, llegado desde las tierras altas centrales, había suplantado a los nazca en la región desértica del sur.

«Las condiciones climáticas no fueron la única causa del hundimiento de la cultura temprana de Nazca en Cahuachi, y lo mismo puede decirse del fin de la cultura nazca en general –me dijo Johny Isla–. Se produjo una situación de crisis porque había más agua en unos valles que en otros, y es posible que los líderes de los diferentes valles entraran en conflicto.»

El legado de los nazca perdura en las líneas, y aunque la mayoría de la gente viene a admirarlas desde el aire, lo que he visto y oído me ha convencido de que no es posible entender los geoglifos a menos que se observen desde el suelo. En una de nuestras conversaciones, Isla me había descrito la sensación de caminar por esas sendas sagradas. «Es algo que se siente», me dijo. Llevado por la curiosidad, le pregunté si podíamos recorrer algunas de las líneas de la Cresta de Sacramento, al norte de Palpa.

El Valle Sagrado de los incas

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El Valle Sagrado de los incas

Nos reunimos al alba una invernal mañana de agosto, con la niebla fluyendo por el valle a nuestros pies y el sol atrapado aún entre las estribaciones de los Andes, al este. Mientras avanzábamos a través de un gran trapezoide en el suelo de la meseta desértica, Isla me pidió que anduviera con cuidado, preocupado por el mantenimiento del lugar sagrado. Tras varios minutos paseando «de puntillas», nos encontramos recorriendo las líneas de una antigua espiral, otra forma común de los geoglifos de Nazca.

Mientras caminábamos por la senda en espiral, mis pasos me llevaron de forma natural a mirar todos los puntos cardinales a mi alrededor: el valle del Palpa al sur, la sierra litoral al oeste, la «montaña sagrada» local (el cerro Pinchango) al norte, y al este las estribaciones de los Andes, con su divino poder de alimentar los frágiles ríos que avanzan serpenteando por la cuenca del Nazca, regando las semillas de una civilización nacida en un ambiente que de otro modo habría sido un puro desierto. Si me hubiese situado en el vórtice de ese itinerario curvilíneo en épocas antiguas, también me habría visto obligado a mirar las caras de los otros fieles que recorrerían la misma senda que yo. Me di cuenta de que, en Nazca, un recorrido ritual podía reforzar a la vez la fe y las relaciones sociales.

«¡Mire!», exclamó de pronto Isla. El sol se había levantado sobre las cumbres, y la sesgada luz de la mañana proyectaba nuestras sombras sobre el geoglifo. La espiral parecía flotar por encima del paisaje, con sus contornos de rocas apiladas tallados en agudo relieve.

Mientras mis pasos seguían las curvas de la espiral, se me ocurrió pensar que una de las funciones más importantes de las «misteriosas» líneas de Nazca no es un misterio en absoluto. Los geoglifos eran sin duda para el pueblo nazca un recordatorio cinético y ritual de que su destino estaba ligado a su entorno: a su belleza natural, a su efímera abundancia y a su amenazadora austeridad.

En cada línea y cada curva que arañaron en el suelo del desierto se puede leer su respeto por la naturaleza, tanto en tiempos de abundancia como en épocas de desesperada escasez. Cuando pones los pies en ese espacio sagrado, incluso durante un breve y aleccionador momento, es algo que se siente.