Mister Big, en busca del Spinosaurus

Apártate, T. rex, y deja paso al carnívoro más grande y temible que jamás pisó la Tierra: Spinosaurus

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La maqueta del Spinosaurus

Para fotografiar esta maqueta de Spinosaurus, se ha dado al depredador del Cretácico el mismo tratamiento que a una estrella del rock.

Fotografía de Mike Hettwer, con la colaboración de Mark Thiessen, NGM; dinosaurio facilitado por GeoMode

Foto: Mike Hettwer

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 M9A6797. Un esqueleto creado con un modelo informático

Un esqueleto creado con un modelo informático

Los operarios pulen los bordes de un esqueleto de Spinosaurus, producido a tamaño natural con una gran precisión anatómica a partir de datos digitales. Los científicos generaron un modelo informático ensamblando tomografías computarizadas de fósiles, imágenes de huesos perdidos y extrapolaciones de especies emparentadas, y a continuación lo materializaron en poliestireno, resina y acero.

Foto: Mike Hettwer

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Ernst in Wste2. Stromer, pionero de la paleontología

Stromer, pionero de la paleontología

Ernst Stromer exploró el Sahara oriental en vísperas de la Gran Guerra. Sus hallazgos, entre ellos Spinosaurus, arrojaron luz sobre el cretácico africano, un momento crucial en la historia de la Tierra marcado por la escisión del supercontinente Gondwana.

Foto: Stromer Family Trust

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Nizar Ibrahim, detective de huesos

El Explorador Emergente de National Geographic Nizar Ibrahim siguió el rastro de un esqueleto de Spinosaurus hasta el punto exacto del sudeste de Marruecos del que años antes lo había extraído un buscador de fósiles aficionado. 

Foto: Mike Hettwer

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Spino skeletal mount. Perdido y encontrado

Perdido y encontrado

El holotipo de Spinosaurus de Stromer, hallado en Egipto en 1912, resultó carbonizado durante un bombardeo aliado que se produjo sobre Múnich en la Segunda Guerra Mundial. Los paleontólogos han utilizado estas escasas fotografías para reconstruir digitalmente los huesos perdidos. 

Foto por cortesía de Nizar Ibrahim, Universidad de Chicago; fotografías originales de la Colección Estatal de Paleontología y Geología de Baviera, Múnich

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Spino jaw photo. Un esqueleto de 15 metros de largo

Un esqueleto de 15 metros de largo

Combinándolos con descubrimientos más recientes fabricaron un esqueleto de 15 metros de largo, el mayor dinosaurio depredador que se conoce.

Foto por cortesía de Nizar Ibrahim, Universidad de Chicago; fotografías originales de la Colección Estatal de Paleontología y Geología de Baviera, Múnich

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Spinosaurus final4 V3 FINAL2 iPAD. El leviatán del cretácico

El leviatán del cretácico

Spinosaurus, el único dinosaurio conocido adaptado a la vida acuática, nadaba en los ríos del norte de África hace 100 millones de años. El gigantesco depredador vivía en una región apenas habitada por grandes herbívoros terrestres y se alimentaba sobre todo de peces enormes.

Ilustración: Davide Bonadonna
Fuentes: Nizar Ibrahim, Universidad de Chicago; Cristiano Dal Sasso y Simone Maganuco, Museo de Historia Natural de Milán

 

Ilustración: Davide Bonadonna

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MM8284 131122 11923. Buscadores de fósiles

Buscadores de fósiles

Nizar Ibrahim examina el cráneo de un cocodrilo del Cretácico, puesto a la venta por dos cazadores de fósiles que excavaron en el Kem Kem. Sus mercancías incluyen los restos de criaturas acuáticas de hace 100 millones de años, cuando este desierto estaba atravesado por grandes ríos: dientes de peces pulmonados y de peces sierra, fragmentos de caparazón de tortuga y una variedad de dientes y garras de dinosaurio.

Foto: Mike Hettwer

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MM8284 131116 05429. Cazadores paleontológicos

Cazadores paleontológicos

En 2013 Cristiano Dal Sasso y Marco Auditore, los colegas italianos de Ibrahim, buscaron más fragmentos del esqueleto.

Foto: Mike Hettwer

7 de noviembre de 2014

Vídeo: Spinosaurus, el monstruo del río

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Vídeo: Spinosaurus, el monstruo del río

Caía la tarde del 3 de marzo de 2013, y un joven paleontólogo llamado Nizar Ibrahim estaba sentado en un café de Erfoud contemplando cómo se desvanecía la luz del día… y con ella sus esperanzas. Ibrahim había llegado a esta localidad marroquí tres días antes con dos colegas para localizar al hombre capaz de resolver el misterio que le obsesionaba desde niño. El hombre al que buscaba era un fouilleur: un cazador de fósiles local que vende su mercan­cía a tiendas y tratantes. Entre los hallazgos más valiosos se cuentan los huesos de dinosaurio extraídos de los estratos del Kem Kem, un escarpe de 250 kilómetros que contiene sedimentos del cretácico medio, de hace entre 100 y 94 millones de años. Tras varios días de búsqueda en las excavaciones próximas al pueblo de El Begaa, los tres científicos decidieron echarse a la calle con la esperanza de dar con el fouilleur. Al final, agotados y deprimidos, habían recalado en aquel café para tomarse un té a la menta y maldecir su suerte. «Parecía que todos mis sueños se malograban de un plumazo», recuerda Ibrahim.

Sus sueños estaban estrechamente ligados a los de otro paleontólogo que se había aventurado en el desierto un siglo atrás. Entre 1910 y 1914 el aristócrata bávaro Ernst Freiherr Stromer von Reichenbach y su equipo realizaron una serie de largas expediciones por el Sahara egipcio, exactamente en el extremo oriental del antiguo sistema fluvial que el Kem Kem limita por el oeste. A pesar de las enfermedades, las penurias del desierto y los convulsos prolegómenos de la Primera Guerra Mundial, Stromer localizó unos 45 taxones distintos de dinosaurios, cocodrilos, tortugas y peces. Entre sus hallazgos había dos esqueletos parciales de un dinosaurio totalmente nuevo: un depredador gigantesco con unas mandíbulas de un metro de largo cuajadas de dientes cónicos entrelazados que se trababan entre sí como si de una cremallera se tratase.

Pero el rasgo más extraordinario de aquel coloso era la cresta dorsal, una estructura en forma de vela de 1,70 metros de alto que coronaba su lo­­mo, soportada por puntales, o espinas. Stromer llamó al animal Spinosaurus aegyptiacus.

"Spinosaurus tiene la parte delantera desproporcionada –dice el paleontólogo Paul Sereno–. Es como un cruce de caimán y perezoso"

Los hallazgos de Stromer, expuestos en el centro de Múnich en un lugar destacado de la Colección Estatal de Paleontología y Geología de Baviera, le granjearon fama y renombre. Durante la Se­gunda Guerra Mundial trató por todos los medios de sacar su colección de Múnich para protegerla de los bombardeos, pero se topó con la negativa del director del museo, un ferviente nazi que le tenía ojeriza por haber criticado el régimen na­cionalsocialista. En abril de 1944 un ataque aéreo aliado destruyó el museo y, con él, prácticamente la totalidad de los fósiles de Stromer. De Spinosaurus no quedaron más que las notas de campo, algunos dibujos y varias fotografías en sepia. Y el nombre de Stromer fue desapareciendo poco a poco de la bibliografía científica.

Ibrahim, criado en Berlín, se encontró por primera vez con el insólito coloso de Stromer en un libro infantil sobre dinosaurios. Desde ese día, no dejó de pensar en ellos. Recorrió Alemania visitando colecciones paleontológicas y reunió una impresionante colección de maquetas y moldes de fósiles.

Una ambiciosa investigación

Se reencontró con Stromer cuando estudiaba paleontología en la Universidad de Bristol. «La enorme vastedad y exhaustividad de su obra me impulsaron a ser ambicioso en mi propia investigación», dice. En la tesis doctoral de 836 páginas que leyó en el University College de Dublín, describía todo el registro fósil del Kem Kem.

El trabajo de campo necesario para su investigación doctoral lo llevó hasta Erfoud en más de una ocasión. En 2008, cuando tenía 26 años, un beduino le mostró una caja de cartón que contenía cuatro bloques de una característica piedra violácea veteada de sedimento amarillo. De la roca asomaba lo que parecía un hueso de la mano de un dinosaurio y un hueso plano en forma de cuchilla cuya sección transversal tenía un inusual color blanco lechoso. Como ocurre con todos los fósiles arrancados sin miramientos de su geología circundante, el valor científico de aquellos huesos era dudoso, pero Ibrahim hizo una oferta por ellos, pensando que quizá tuviesen alguna utilidad en la incipiente colección de paleontología de la Universidad de Casablanca.

Nizar Ibrahim: Detective de dinosaurios

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Nizar Ibrahim: Detective de dinosaurios

Ibrahim comprendería el valor incalculable de aquellos fósiles durante una visita que realizó el año siguiente al Museo de Historia Natural de Milán, en Italia. Los investigadores Cristiano Dal Sasso y Simone Maganuco le mostraron el esqueleto fragmentario de un gran dinosaurio que acababa de proporcionarles un tratante de fósiles. El ejemplar estaba en el sótano, dispuesto sobre unas mesas: fémures, costillas, numerosas vértebras y varias espinas dorsales, tan largas como inconfundibles. Ibrahim no daba crédito: a todas luces era un Spinosaurus, mucho más completo que los especímenes perdidos de Ernst Stromer. Según le dijeron Dal Sasso y Maganuco, el tratante creía que se había desenterrado en un lugar llamado Aferdou N’Chaft, en las inmediaciones de El Begaa. Los huesos seguían incrustados en la roca original, una arenisca violácea con vetas amarillas. Al tomar un fragmento de espina, Ibrahim distinguió en la sección transversal una blancura que le resultó familiar.

«Caí en la cuenta de que los huesos que había comprado en Erfoud tenían que ser de Spinosau­rus; aquel hueso plano tan raro era el fragmento de una espina», recuerda Ibrahim. Entonces se le ocurrió que aquellos fósiles y el magnífico ejemplar de Milán tal vez perteneciesen al mismo individuo. Si así fuera, y si lograse identificar el punto exacto donde se habían desenterrado, podrían convertirse en una piedra de Rosetta para comprender Spinosaurus y su mundo.

Pero para dar con el lugar, primero tenía que dar con el beduino.

En busca de la persona clave

«No sabía cómo se llamaba, y lo único que recordaba era que llevaba bigote y vestía de blanco –relata Ibrahim–, dos datos que en Marruecos no te llevan demasiado lejos.»
Y así fue cómo en marzo de 2013 regresó a Erfoud, empeñado en encontrar algo más difícil que una aguja en un pajar: un beduino en el desierto. Junto con Samir Zouhri, de la Universidad Hassan II de Casablanca, y David Martill, de la Universidad de Portsmouth, Inglaterra, Ibrahim visitó diversas excavaciones, empezando por la de Aferdou N’Chaft. Nadie parecía reconocer las fotos de los fósiles de Spinosaurus que él mostraba ni conocer al beduino con su vaga descripción. Tras buscarlo por las calles de Erfoud durante un día, los paleontólogos se dieron por vencidos y recalaron en aquel café.

Estaban allí sentados, la mirada perdida en los transeúntes, cuando por delante de ellos pasó un hombre con bigote y vestido de blanco. Ibrahim y Zouhri se miraron, se levantaron de un brinco y salieron tras él. Era el hombre que buscaban. Les confirmó que había dedicado dos meses de arduo trabajo a extraer los huesos de una pared rocosa; primero había recuperado los que había vendido a Ibrahim, y luego, al adentrarse en la roca, había localizado otros, por los que un tratante de fósiles de Italia le había pagado 10.500 euros. Pero cuando le pidieron que les indicase el lugar exacto, el hombre se negó. Ibrahim, que habla árabe, le explicó la im­­por­tancia de saber dónde se habían hallado los huesos y por qué ese conocimiento permitiría que algún día el dinosaurio regresase a Marruecos para formar parte de una nueva colección mu­seística en Casablanca. El beduino, tras escuchar en silencio, asintió.

«Se lo enseñaré», aceptó.

Tras cruzar en su baqueteado Land Rover el palmeral del norte de Erfoud, el hombre los condujo a pie por un wadi seco y un peñasco escarpado. Los estratos de los riscos circundantes delataban que grandes y sinuosos ríos habían discurrido por allí cien millones de años antes.

Por fin llegaron a una colina, que otrora había sido la margen de un río, en la que se había abierto una enorme concavidad.

«Ahí», dijo el beduino.

Ibrahim entró y reparó en las paredes de arenisca violácea veteada de amarillo.

El enigma de toda una vida

Para Ernst Stromer, Spinosaurus fue el enigma de toda una vida. Durante décadas intentó imaginar cómo sería aquella extraña criatura a partir de los fragmentos de dos esqueletos localizados por su equipo. En un principio aventuró que las largas espinas dorsales podrían ser el armazón de una joroba similar a la del bisonte; luego conjeturó que formaban parte de una «vela» dorsal, como la de algunos lagartos y camaleones actuales. Se percató de que la mandíbula estrecha de Spinosaurus no tenía equivalente entre los dinosaurios depredadores, como tampoco la dentadura: la mayoría de los terópodos carní­voros presentaba dientes serrados, con forma de cuchilla, pero estos eran lisos y cónicos, parecidos a los de un cocodrilo. Stromer concluyó, con evidente perplejidad y tal vez cierta frustración, que se trataba de un animal «superespecializado», sin concretar en qué consistía esa especialización.

Spinosaurus formaba parte de un misterio más amplio –hay quien lo llama el enigma de Stromer– que el bávaro había observado en los fósiles norteafricanos. En casi todos los ecosistemas, ancestrales y actuales, los herbívoros superan ampliamente en número a los carnívoros. Pero en el norte de África, desde las excavaciones egipcias de Stromer en el este hasta los estratos del Kem Kem marroquí al oeste, el registro fósil sugiere lo contrario. De hecho, esta región estuvo habitada por tres carnívoros colosales, cada uno de los cuales habría sido el superdepredador en cualquier otro entorno: Ba­­hariasaurus (12 metros de longitud), Carcharodontosaurus (una suerte de T. rex africano, también de 12 metros) y Spinosaurus, quizás el mayor y sin duda el más singular. Stromer especuló que quizá conviviesen con grandes herbívoros –¿de qué se alimentarían los carnívoros si no?–, de los que hasta entonces no habían aparecido muchos huesos. Otros científicos han sugerido que la paradoja es un mero error de muestreo, causado por procesos geológicos que mezclan fósiles de diferentes épocas o por buscadores de fósiles que optan por los grandes carnívoros, sabedores de que tienen mejor salida en el mercado.

El ejemplar más grande de T. rex mide 12,30 metros de la cabeza a la cola

Con un nuevo Spinosaurus sobre la mesa y la localización exacta del hallazgo, Nizar Ibrahim estaba en condiciones de dar una respuesta más satisfactoria al enigma de Stromer. A simple vista, sin embargo, los nuevos huesos no hacían sino sumar incógnitas. Para empezar, la superficie de las espinas dorsales era lisa, lo que lleva a descartar que soportasen una gran masa de tejido blando (como el de una posible joroba). Las espinas tenían un número reducido de vasos sanguíneos, lo que hacía improbable el supuesto uso termorregulador propuesto por otros investigadores. A su vez, las costillas presentaban una elevada densidad ósea y una curva pronunciada que creaba un inusitado torso toneliforme. El cuello era largo; el cráneo, enorme. Pero las mandíbulas eran sorprendentemente estrechas y alargadas, con un hocico terminado en un arco peculiar y moteado de minúsculos hoyuelos. Las extremidades anteriores y la cintura escapular eran voluminosas, mientras que las extremidades posteriores contrastaban por cortas y finas.

«Spinosaurus tiene la parte delantera desproporcionada –dice el paleontólogo Paul Sereno, tutor postdoctoral de Ibrahim en la Universidad de Chicago–. Es como un cruce de caimán y perezoso.»
En la pared del despacho de Ibrahim había una imagen a tamaño natural del cráneo de Spinosaurus. A menudo la miraba, imaginando cómo sería el enorme cuerpo al que estaría unido. «Intentaba visualizar los huesos, los músculos, el tejido conjuntivo, todo. A veces alcanzaba a vislumbrarlo un instante, pero enseguida se esfumaba, como un espejismo. Mi cerebro no era capaz de computar tal grado de complejidad.»
Pero un ordenador quizá sí. En colaboración con Simone Maganuco, desde el museo milanés, y Tyler Keillor, preparador de fósiles y paleoartista de la Universidad de Chicago, Ibrahim emprendió la reconstrucción digital del dinosaurio.

Realizaron tomografías computarizadas de cada uno de los huesos de su espécimen en el Centro Médico de la Universidad de Chicago y el Hospital Maggiore de Milán; luego integraron otras partes anatómicas escaneando fotografías de ejemplares de los museos de Milán, París y otros lugares, así como imágenes digitalizadas de las fotos y los bosquejos de Stromer. Keillor, experto en el programa de modelización digital ZBrush, esculpió en la «arcilla digital» del software los huesos que faltaban, utilizando como guía los escaneados de las mismas áreas anatómi­cas de otros espinosáuridos, como Suchomimus y Baryonyx. Tras modelar y espaciar meticulosamente las 83 vértebras de la reproducción, concluyeron que un Spinosaurus adulto medía unos 15 metros de largo. Se había dicho que Spinosau­rus era el mayor carnívoro que jamás hollara la faz de la Tierra, y aquel trabajo lo ratificó. (El ejemplar más grande de T. rex mide 12,30 metros de la cabeza a la cola).

El siguiente paso fue revestir el esqueleto con piel digital para crear un modelo dinámico, lo que les permitió situar el centro de gravedad del animal y calcular su masa corporal para comprender mejor cómo se movía. El análisis culminó con una conclusión notable: a diferencia del resto de los dinosaurios depredadores, que caminaban sobre las patas traseras, Spinosaurus quizá fuese un cuadrúpedo funcional, que también usaba las extremidades anteriores, con sus potentes garras, para caminar.

¿Cómo era el Spinosaurus?

Las peculiaridades de la criatura no empezaron a cobrar verdadero sentido hasta que Ibrahim y sus colegas contemplaron a Spinosaurus desde una perspectiva totalmente distinta: como un dinosaurio que pasaba la mayor parte del tiempo en el agua. Los orificios nasales ocupan una posición elevada en el cráneo, hacia los ojos, para permitirle respirar con buena parte de la cabeza sumergida. El tronco toneliforme recuerda al de delfines y ballenas, y la densidad de las costillas y los huesos largos es similar a la de otro mamífero acuático, la vaca marina. Las patas traseras, desproporcionadas para caminar, serían perfectas para nadar, sobre todo si las garras planas de los anchos pies traseros contaban con una membrana que los convertía en palmeados, como sospechan los investigadores. La mandíbula larga y estrecha y los dientes lisos y cónicos similares a los del cocodrilo serían una trampa mortal para los peces, y los hoyos del morro –también presentes en cocodrilos y aligátores– probablemente albergaban sensores de presión que les permitían detectar presas en las aguas turbias. Ibrahim imagina a Spinosaurus cazando como una garza, inclinándose hacia delante y atrapando peces con su largo hocico.

Las patas traseras, desproporcionadas para caminar, serían perfectas para nadar

Esta nueva concepción de Spinosaurus como dinosaurio acuático sugiere una posible solución al enigma de Stromer. El río en que murió el animal era uno de los muchos cursos caudalosos de un vasto sistema fluvial que ocupaba gran parte del norte de África en el cretácico. Si por aquel entonces los carnívoros eran grandes, también lo era la fauna acuática, cuyos restos abundan en los depósitos del Kem Kem: peces pulmonados de 2,50 metros de largo, celacantos de 4 metros, peces sierra de 7,50 metros, tortugas de dimensiones parejas… animales que constituirían buenos festines hasta para el depredador más corpulento, eliminando la necesidad de una gran abundancia de grandes herbívoros para equilibrar la cadena trófica.

Ibrahim lo comprendió cuando tuvo ante sus ojos la fase final del proyecto del dinosaurio digital: un esqueleto de Spinosaurus a tamaño natural en espuma de poliestireno de alta densidad, construido en parte por una impresora 3D a partir del modelo informático. El esqueleto está montado en una postura natatoria, la que Ibrahim cree que adoptaba el 80 % del tiempo. «Ojalá Ernst Stromer pudiese ver este modelo, que muestra hasta qué punto Spinosaurus era un nadador especializado. Le habría gustado».