Personaje singular

Miguel Servet, mártir de una época de intolerancia

Al rechazar abiertamente el dogma de la Trinidad, el aragonés Servet se convirtió en un hereje a ojos de todas las Iglesias oficiales. Calvino lo denunció y luego lo hizo ejecutar en Ginebra

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GGC-0008675. Miguel Servet

Miguel Servet

Retrato de Miguel Servet en un grabado de principios del siglo XVIII que alude asimismo
a su muerte en la hoguera.

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MAR-048-ginevrasw. La catedral de Ginebra

La catedral de Ginebra

Servet fue reconocido cuando asistía en ella a un sermón de Calvino, el 13 de agosto de 1553, y al salir fue arrestado.

GIOVANNI MEREGHETTI / AGE FOTOSTOCK

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MEV-10028302. Quemado en la hoguera

Quemado en la hoguera

La ejecución se llevó a cabo en un barrio de las afueras de Ginebra. Grabado del siglo XIX.

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Al rechazar abiertamente el dogma de la Trinidad, el aragonés Servet se convirtió en un hereje a ojos de todas las Iglesias oficiales. Calvino lo denunció y luego lo hizo ejecutar en Ginebra

Nació en un pequeño pueblo de Aragón, Villanueva de Sijena, pero desde muy joven se lanzó en busca de nuevos horizontes. Con apenas 15 años, Miguel Servet (o Serveto, pues tal era el apellido de la familia que él mismo afrancesaría más tarde) entró al servicio de un oscense, Juan de Quintana, confesor del emperador Carlos V, junto a quien visitó diversas ciudades de Castilla, y a los 18 marchó a Toulouse a estudiar derecho. Insaciable lector, se convirtió pronto en un humanista consumado, que dominaba el latín, el griego y el hebreo, así como las matemáticas y la geografía; con sólo 25 años, por ejemplo, hizo una edición del tratado geográfico de Ptolomeo que sería muy apreciada por los eruditos.
Pero la auténtica pasión de Servet fue la religión. En una Europa agitada por las múltiples corrientes protestantes que siguieron a la rebelión de Lutero en 1517, Servet se sumó a los que demandaban una renovación total de la Iglesia y rechazaban el dominio de la jerarquía papal. En 1529 asistió, acompañando a Quintana, a la coronación de Carlos V en Bolonia por el papa Clemente VII, y la ceremonia lo llenó de indignación: el pontífice, decía, «se hace llevar en hombros y se hace adorar como si fuera Dios, cosa que ningún impío osó jamás hacer desde que el mundo es mundo […]. ¡Oh, Bestia, la más vil de las bestias, la más desvergonzada de las rameras!» Impetuoso hasta la imprudencia, Servet se sumergió en acaloradas discusiones con teólogos que no tardaron en acusarlo de pronunciar blasfemias, por lo que decidió marchar a tierras protestantes, primero a Basilea y luego a Estrasburgo.

Combate por la verdad

En esas ciudades publicó sus primeros escritos, Sobre los errores de la Trinidad (1531) y Dos diálogos sobre la Trinidad (1532). En ambos textos Servet daba rienda suelta a lo que sería la obsesión de toda su vida: la refutación del dogma católico de las tres personas de Dios (Padre, Hijo y Espíritu Santo), convencido de que era una corrupción del espíritu originario del cristianismo que impedía vivir la auténtica fe. El antitrinitarismo era considerado una herejía, tanto por los católicos como por los protestantes, y Servet se vio obligado a escapar. Casi al mismo tiempo, las autoridades de Toulouse lo incluyeron en una lista de 40 heterodoxos fugitivos que había que capturar. Acosado por unos y otros, Servet pensó incluso en marchar a América, pero finalmente decidió crearse una nueva identidad y llevar una vida discreta en Francia.
Bajo el nombre de Michel de Villeneuve, Servet pasó un tiempo en Lyon y a continuación se trasladó a París a estudiar medicina, disciplina en la que enseguida mostró su espíritu innovador. Vinculado a médicos distinguidos, practicó la disección sobre cadáveres de criminales, lo que le permitió intuir el principio de la circulación de la sangre, que desarrollaría el inglés Harvey a principios del siglo siguiente. También cuestionó los métodos tradicionales de curación. En vez de sangrar a los enfermos, recomendaba administrar purgantes en forma de jarabe; de hecho, escribió un Tratado sobre los jarabes que tuvo considerable éxito.

Médico de provincias

En 1540 Servet se instaló en Vienne, donde ejerció como médico durante doce años. Alojado en el palacio arzobispal, participaba en la vida municipal y en 1548 obtuvo incluso la carta de naturalización como francés. Se había convertido, pues, en un ciudadano respetable, que aparentemente había dejado atrás sus imprudencias de juventud. Pero no era así. Ni por un momento había dejado de meditar sobre temas de religión, y en particular sobre la cuestión de la Trinidad. Hasta el punto de que, convencido de la necesidad de comunicar al mundo sus ideas, en 1552 decidió exponerlas en un libro: Restitución del cristianismo.
Sabedor del riesgo que corría, Servet tomó esta vez más precauciones que con sus primeros opúsculos sobre la Trinidad. Hizo imprimir el libro de forma clandestina y lo firmó sólo con sus iniciales. Los mil ejemplares impresos se repartieron por diversas ciudades haciéndolos pasar por papel en blanco. Pero, al cabo de unos meses, un tal Guillaume de Trie escribió una carta a un primo suyo residente en Lyon en la que le revelaba las herejías que contenía el libro y que su autor era el discreto médico que residía en Vienne bajo el nombre de Michel de Villeneuve. De inmediato, la Inquisición de Lyon, de la que dependía Vienne, ordenó el arresto del hereje aragonés.
En realidad, la fuente última de la denuncia fue Juan Calvino, el reformador que desde 1541 dominaba la ciudad de Ginebra. En los años anteriores había mantenido con Servet una correspondencia sobre cuestiones teológicas que se volvió cada vez más acalorada y de la que Calvino sacó la conclusión de que Servet era un hereje incorregible. Como confesó a un amigo: «Servet acaba de enviarme con sus cartas un grueso volumen con sus delirios. Si se lo permitiera vendría aquí, pero no le empeño mi palabra, pues caso de venir, no toleraré que salga vivo». Por ello, en cuanto tuvo entre sus manos el libro de Servet, decidió proporcionar toda la información a su amigo De Trie para que su rival fuera denunciado a la Inquisición.
Servet permaneció sólo tres semanas en prisión. El 7 de abril de 1553, convenció al carcelero de que le permitiera salir al jardín reservado a los presos de cierto prestigio, y allí, tras ponerse las ropas que llevaba ocultas bajo el albornoz de dormir, trepó por una pared, saltó al patio y se marchó. Tenía el propósito de huir a Italia, y para ello eligió la ruta que pasaba por Ginebra. La decisión parece imprudente, pero aún lo era más el hecho de que el mismo día que llegó, un domingo, Servet asistiera al sermón que daba Calvino en la catedral, aunque esto se ha explicado como una forma de evitar a la guardia ginebrina, que recorría los hostales y las casas de la ciudad arrestando a aquellos que no acudían a la Iglesia. En cualquier caso, unos fugitivos calvinistas de la zona de Lyon lo reconocieron en la iglesia y lo denunciaron a las autoridades. Fue arrestado cuando volvía a su hostal.

La justicia de Calvino

Durante dos meses Servet fue sometido a intensos interrogatorios, en los que mantuvo en todo momento una actitud orgullosa y desafiante. En los márgenes del escrito de acusaciones formuladas por Calvino, escribió comentarios como «Tú deliras», «¡Qué infame borrador!», «¡Has mentido en todo, en todo!». Desde su celda llegó incluso a pedir el arresto de Calvino: «Muy honorables señores: estoy detenido en virtud de la delación criminal de Juan Calvino, el cual me ha acusado falsamente[…], por lo cual pido que mi falso acusador sea castigado con la pena del talión y que sea hecho prisionero como yo[…] Os pido justicia mis señores: ¡Justicia, justicia, justicia!». Se le interrogó sobre 38 proposiciones de su obra, pero se negó siempre a retractarse.
Finalmente, el 26 de octubre de 1553, por votación unánime de todos los miembros del tribunal, fue condenado a muerte por dos cargos: sus ideas contra la Trinidad y su oposición al bautismo infantil. «Negad que sois homicidas y os lo probaré con vuestras obras. Pero en una causa tan justa como ésta me mantendré firme. No temo a la muerte», replicó Servet. Pidió incluso ser decapitado para que el temor a las llamas no le hiciera retractarse y su alma quedara entonces condenada, pero la petición no le fue concedida.
Al día siguiente, Servet fue llevado a una colina en las afueras de Ginebra, en Champel. Lo ataron a un poste de madera con una cadena de hierro, entre leños verdes que debían servir para alargar su agonía. Ésta duró casi media hora. Sus últimas palabras fueron: «Oh, Jesús, hijo del eterno Dios, ten compasión de mí». 

Para saber más

Miguel Servet. F. Martínez Laínez. Institución Fernando el Católico, 2011.
El médico hereje. José Luis Corral. Planeta, 2013.