Medina Azahara: la ciudad brillante

A cinco kilómetros de Córdoba, el califa Abderramán III erigió Madinat al-Zahra (Medina Azahara), una nueva y espléndida capital como símbolo de la grandeza de su reinado

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B21-705603. El Salón Rico del califa

El Salón Rico del califa

Erigido entre 953 y 957, este refinado salón, destinado a las recepciones, toma el nombre de la riqueza de su decoración. En la imagen, la estancia con el aspecto que tenía antes de la restauración iniciada en el año 2009.

Foto: ORONOZ / ALBUM

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album orz120559. Trabajo de filigrana

Trabajo de filigrana

Bote de marfil del príncipe al-Mughira procedente de Madinat al-Zahra. Siglo X. Museo del Louvre, París.

Foto: ORONOZ / ALBUM

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orz158442. La casa de los visires

La casa de los visires

Este enorme edificio basilical se componía de cinco amplias naves longitudinales y una transversal, separadas por arquerías. Se cree que aquí esperaban las embajadas antes de ser recibidas por el califa.

Foto: J. D. DALLET / AGE FOTOSTOCK

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album orz011523. Los ciervos del palacio

Los ciervos del palacio

Muestra del refinado arte de Madinat al-Zahra es esta escultura de bronce de un ciervo, usado como boca de fuente. Museo Arqueológico y Etnológico, Córdoba.

ORONOZ / ALBUM

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album orz004443. Capitel «de avispero»

Capitel «de avispero»

Este tipo de capitel, de mármol y con decoración vegetal, es una variación del corintio y es típico de los talleres de Madinat al-Zahra.

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album orz121270. Cerámica verde

Cerámica verde

Este tipo de cerámica decorada en color verde manganeso es exclusiva de Madinat al-Zahra y de aquí se expandirá al resto del califato cordobés.

ORONOZ / ALBUM

31 de diciembre de 2012

Un soleado día de 1069, el soberano musulmán de Sevilla, al-Mutamid, acompañado por sus cortesanos, realizó una excursión a un lugar que se hallaba situado a cinco kilómetros al oeste de Córdoba. Allí se extendía un inmenso campo de ruinas en el que las lagartijas se perdían entre muros que antaño habían cubierto estancias palaciegas. Al-Mutamid y los suyos "treparon por las estancias altas [...] Se sentaron sobre tapices primaverales cubiertos de flores [...] Bebieron copas de vino y pasearon por el lugar, disfrutando, pero también reflexionando sobre la vida".

El lugar se prestaba a ese tipo de meditaciones: apenas setenta años atrás se alzaba allí una ciudad rebosante de vida y de esplendor que, sin embargo, fue destruida durante las luchas que acabaron con la dinastía de los Omeyas en al-Andalus. Conforme la vegetación invadía los antiguos palacios, la memoria del emplazamiento también acabó borrándose. En época cristiana, el lugar sería conocido como "Córdoba la Vieja" y la opinión más extendida afirmaría que allí había existido una ciudad romana.

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Fue sólo a finales del siglo XIX cuando textos recuperados de las antiguas crónicas árabes confirmaron que el enclave situado a poniente de Córdoba se correspondía con Madinat al-Zahra (Medina Azahara), la ciudad que el califa omeya Abderramán III había ordenado construir en torno al año 936. Todavía eran visibles allí innumerables restos y ello permitió en 1911 dar comienzo a unos trabajos arqueológicos que, con distintas alternancias, han continuado durante el último siglo. Mil años después de su destrucción, Madinat al-Zahra ya no es la orgullosa capital del califato omeya, ni tampoco un paraje poblado por evocadoras ruinas, sino un conjunto arqueológico estudiado atentamente por generaciones de investigadores que han sacado a la luz los restos de una ciudad de 112 hectáreas, de las que sólo un tercio han sido excavadas.

La fisonomía de la ciudad

Para conocer Madinat al-Zahra es necesario dejar a un lado las muchas leyendas que los autores árabes trenzaron sobre la ciudad. Leyendas que hablan de una favorita del califa Abderramán III, a la cual éste habría dedicado su construcción, de estanques de mercurio que producían mágicos efectos ópticos, o de pabellones cubiertos por tejados de oro. Nos dicen más cosas y más certeras los mismos restos materiales. Para empezar, su emplazamiento no fue fruto del capricho: Madinat al-Zahra se encuentra en el lugar exacto en el que la montaña penetra en el valle del Guadalquivir, lo que permitió a sus planificadores diseñar un sistema de terrazas en el que las zonas más altas correspondían a la residencia del califa y a las salas de audiencias, mientras que las más bajas se destinaban a la ciudad propiamente dicha.

El conjunto estaba unido a Córdoba por tres vías que salvaban pequeños arroyos mediante grandes puentes que todavía subsisten –como el de los Nogales–, mientras que un complejo sistema de canalizaciones aprovechaba parte de la antigua infraestructura romana para derivar conducciones nuevas, como el acueducto de Valdepuentes.

De las canteras locales de Santa Ana de Albeida se extraía la piedra arenisca utilizada para las construcciones

Todas las construcciones de esta ciudad están realizadas con una piedra arenisca similar a la empleada en la mezquita de Córdoba. Su procedencia es local, concretamente de las canteras de Santa Ana de Albeida, situadas al norte de Córdoba, y en ellas todavía son visibles las huellas dejadas por la extracción de los sillares luego empleados en las construcciones de la ciudad de Abderramán III. El mármol blanco, procedente de Estremoz (Portugal), aparece en columnas y capiteles que revelan la extraordinaria maestría de los artesanos califales, capaces no sólo de labrar exquisitos detalles de decoración vegetal, sino también de incluir inscripciones en árabe con bendiciones al califa o menciones a los encargados de la construcción.

El mármol –o más raramente el alabastro– también aparece en pavimentos de las estancias más destacadas –e incluso en alguna letrina–, con losas de grosor y tamaño impresionantes. En otras zonas se empleó un tipo de caliza violácea, también de procedencia local, que ofrecía un exquisito contraste con los muros estucados en blanco y con decoraciones en color rojo almagra. Si a todo ello se unen las zonas ajardinadas, las fuentes, los estanques y la profusa decoración de atauriques (arabescos) con interminables motivos vegetales podremos entender por qué algunos autores árabes llegaron a afirmar que se trataba de una de las ciudades más espléndidas jamás construidas por el hombre.

La organización del alcázar

Gracias a los arqueólogos sabemos qué función tenía cada uno de los espacios que forman el alcázar (recinto fortificado). No hay duda, por ejemplo, de que en la parte más alta de la ciudad se situaba la residencia del califa, la llamada dar al-mulk o "morada del poder". Aunque hoy muy arrasada, aquí se alzaba una gran vivienda, posiblemente con un espacio para el harén, en el que una terraza dominaba toda la ciudad que se extendía hacia el valle del Guadalquivir.

Los restos arqueológicos del alcázar de Madinat al-Zahra confirman que, aparte de la casa del califa, sólo existían allí otras dos viviendas de prestigio: la de su primogénito y sucesor, el futuro al-Hakam II, y la del personaje más poderoso de la administración, Yafar al-Siqlabi, un eunuco que manejaba todos los resortes de la maquinaria burocrática del Estado. Los demás hijos del califa vivían en Córdoba, apartados de la política.

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El resto del sector occidental del alcázar estaba destinado a gentes y espacios dedicados al servicio o a la guardia de estos personajes. Ello explica, por ejemplo, el horno existente en una zona dedicada a la manipulación de alimentos o el cuerpo de guardia situado estratégicamente en pleno corazón del alcázar.

Madinat al-Zahra fue concebida también como un gran escenario para la representación del poder del califa. Cuando llegaba una embajada extranjera, accedía a la ciudad a través de una puerta triunfal formada por ocho grandes arcos y situada a levante. Franqueada esa puerta, soldados y multitud de sirvientes acompañaban a los recién llegados a través de un dédalo de callejuelas interiores que les conducían a las salas de representación y de reuniones solemnes que se encontraban en la parte oriental del alcázar. Otro de los primeros edificios que veían los recién llegados era la mezquita principal –había al menos dos más en otras zonas de la ciudad–, perfectamente visible por su minarete y por su inequívoca orientación hacia el sureste, mirando hacia La Meca.

El lugar principal del alcázar de Madinat al-Zahra lo ocupaba el salón Rico, un gran espacio que se abría a un estanque y a un enorme jardín en cuyo centro se elevaba un pabellón de recreo. El edificio que vemos hoy en día es una reconstrucción muy fiel realizada por el gran arqueólogo Félix Hernández en la década de 1940, a partir de los restos originales encontrados en la excavación.

El salón consta de tres naves cubiertas con arcos. La bella decoración de sus muros contiene motivos vegetales aparentemente idénticos, pero que, estudiados en detalle, resultan ser todos diferentes. La fachada también estaba decorada –como revelan estudios recientes–, y ello daba al lugar un carácter muy especial al presentarse como continuación de la vegetación del jardín y el estanque contiguos.

Los fastos de al-Hakam II

Aquí tenían lugar las grandes recepciones a las que tan aficionado era sobre todo al-Hakam II (961-976). El califa se situaba en el centro del salón rodeado por los grandes personajes de la corte, mientras se abrían las grandes puertas que daban al jardín, en cuyos andenes se alineaban en pie otros dignatarios dispuestos con sumo cuidado de acuerdo a su rango; los más poderosos eran los más cercanos al califa, y los más alejados eran los inferiores.

El protocolo contemplaba tanto el saludo al propio califa como interminables discursos y largas composiciones poéticas

El protocolo era muy estricto y contemplaba tanto el saludo al propio califa como interminables discursos y largas composiciones poéticas que rivalizaban por ensalzar al soberano hasta el paroxismo: "Viniste al mundo con tan buena estrella, que contigo el progreso hace olvidar un año por el próximo", llegó a decirle un poeta a al-Hakam II en una de esas recepciones.

A la muerte de al-Hakam II, estas recepciones empezaron a abandonarse. Su hijo y sucesor, Hisham II, accedió al poder de forma irregular, pues era todavía un niño y la ley musulmana prohibía taxativamente el nombramiento de un menor como califa. Los grandes dignatarios de la corte comenzaron a rivalizar para hacerse con el poder. Éstas fueron las circunstancias que cimentaron el ascenso del célebre Almanzor, quien pronto convirtió a Hisham II en una figura decorativa, mientras él mantenía el control efectivo del Estado. De hecho, Almanzor decidió construir una ciudad palatina propia, Madinat al-Zahira, situada a occidente de Córdoba y que hasta la fecha no ha podido ser localizada.

Eclipsada por su nueva rival, Madinat al-Zahra se convirtió en la carcel dorada de Hisham II, en la que el joven califa vivía entregado a sus placeres y de la que apenas salía más que en ocasiones muy señaladas. La ciudad quedó así fosilizada en torno a un califa que era la sombra de un califa, y una administración que ya no administraba nada. En ese tiempo marcado por el dominio de Almanzor, en torno al año Mil, lo que nadie podía sospechar, sin embargo, era que los días de la ciudad y del propio califato omeya estaban contados.

Para saber más

La ciudad califal de Madinat al-Zahra. Antonio Vallejo Triano. Almuzara, Granada, 2010.

Abderramán III y el califato omeya de Córdoba. Maribel Fierro. Nerea, Madrid, 2011.