Luis XV, el rey libertino que preparó la revolución

En su reinado de casi sesenta años, el bisnieto de Luis XIV pasó de ser el bienamado de los franceses a convertirse en objeto de furibundas críticas por sus derroches y sus amantes

2 / 3

1 / 3

138 Luis XV 1. El rey libertino

El rey libertino

Retrato de Luis XV por Gustav Lundberg. Década de 1730. Palacio de Versalles.

FINE ART / CORBIS / CORDON PRESS

2 / 3

138 Luis XV 2. La corona real

La corona real

Corona de Luis XV, realizada por Laurent Ronde. Museo del Louvre, París.

E. LESSING / ALBUM

3 / 3

138 Luis XV 3. Madame du Barry

Madame du Barry

La condesa du Barry, amante de Luis XV, por Niklas Lafrensen, Museo del Louvre.

WHITE IMAGES / SCALA, FIRENZE

16 de julio de 2015

Cuando en 1715 se eclipsó el Rey Sol, dejaba como sucesores a su biznieto de cinco años, que heredó la corona, y un sobrino con fama de disoluto, Felipe de Orleans, al que el rey encargó en su testamento la regencia. Siete años después, en 1722, el regente falleció y se proclamó la mayoría de edad de Luis XV. Fue entonces cuando los cortesanos empezaron a descubrir que tras los rasgos de arcángel y la belleza encantadora del niño rey se escondía una personalidad tortuosa e indolente que sería protagonista de uno de los reinados más controvertidos de la historia de Francia. 

Luis tuvo de niño una salud enfermiza, por lo que la etiqueta le envolvió de precauciones y le evitó el mínimo esfuerzo. Rodeado de hipócritas aduladores que competían por su favor, el joven creció como un hedonista al que todo estorbaba y aburría. A los dos años ya había perdido a su abuelo, a sus padres y a su hermano mayor; y al morir el Rey Sol se quedó solo, bajo la autoridad de su anciano preceptor, el cardenal de Fleury, en medio de una corte de luto que hervía de ambiciones. Privado de padres, de cariño y de confidentes, arrastró toda su vida un sentimiento de desamparo del que no se pudo librar jamás. 

Apenas tenía 13 años cuando el  equipo de gobierno que sustituyó a la Regencia, dirigido por el duque de Borbón, precipitó su matrimonio. Se temía que la fragilidad de la Corona despertara las ambiciones de las grandes familias aristocráticas, así que, anulando su compromiso con una infanta española de apenas ocho años, se aceleró el matrimonio del joven rey con la hija del rey polaco Estanislao, María Leszczynska, en 1725. 

Las tentaciones de Versalles

Durante los primeros meses de matrimonio, el rey fue un marido atento y galante, fascinado por aquella joven siete años mayor que él que le facilitó una vacuna a la angustia que atormentaba su carácter. Tanto se encaprichó con la reina que, temiendo perder su influencia, el cardenal de Fleury arrancó del joven rey el compromiso de abstenerse del uso matrimonial durante cierto tiempo, al mismo tiempo que le buscaba una favorita manejable y ajena a la política. En una ocasión, el duque de Borbón rogó a la soberana que le organizara un encuentro privado con el monarca: cuando Luis, invitado por su esposa a sus apartamentos en lo que esperaba fuera un encuentro galante, se encontró allí con el primer ministro que criticaba al cardenal, se quedó mudo y permaneció impasible. Entonces, cuando el duque inquirió si había tenido la desgracia de disgustarle, pronunció un seco «sí»y se marchó sin despedirse.   

Luis tuvo de niño una salud enfermiza

El duque cayó en desgracia y Fleury asumió la dirección de los asuntos públicos. El indolente monarca, por su parte, se zambulló por entero en las diversiones de la corte. Aunque siguió tratando con consideración a la reina, la madre de sus siete hijos, no tuvo empacho en exhibirse en Versalles junto a la amante de turno. Entre éstas destacaron las cuatro hermanas Nesle (había una quinta, la única que se le resistió), a las que el rey cortejó a veces al mismo tiempo. Aun así, cabe destacar que la relación con la segundogénita de las hermanas, Madame de Vintimille, fue profunda y que su muerte prematura, tras dar a luz a un hijo suyo, lo hundió en una depresión. 

A veces voluptuoso y devorado por el deseo, otras taciturno y angustiado por el pecado, por una cosa u otra Luis XV desatendía las obligaciones de la majestad.  Sin embargo, cuando el cardenal de Fleury falleció en 1743, a los 90 años, tras ejercer como primer ministro desde 1726, el apático rey afirmó que presidiría él mismo el Consejo; tenía 33 años y por primera vez se sentía libre.  

Al año siguiente, los desastres militares durante la guerra por la sucesión al trono de Austria reclamaron la presencia del rey en Flandes. Cediendo a la petición de sus consejeros, abandonó, disgustado, Versalles, pero lo hizo acompañado por dos de las hermanas Nesle, la duquesa de Châteauroux y Madame de Lauraguais. En Metz las alojó en edificios contiguos al suyo, apenas separados por una galería construida para facilitar su reunión con ellas. Sin embargo, como si se tratara de un castigo divino, el rey enfermó tan peligrosamente que los médicos de Metz declararon que no podían responder por su vida. Como condición para administrarle los últimos sacramentos, el obispo de Soissons le exigió castidad y una retractación pública ante la corte. Atemorizado por la muerte, Luis XV accedió. Así que, cuando se recuperó milagrosamente, el «partido devoto» había triunfado en la corte y las amantes habían sido alejadas, aunque no por mucho tiempo. 

Los ruegos del pueblo por la recuperación de su rey le valieron una notable popularidad, de modo que durante un tiempo se convirtió en el «bienamado» (le Bienaimé) de los franceses. El valor personal que demostró al año siguiente en la batalla de Fontenoy, gran victoria francesa frente a una coalición anglo-alemana, redobló su prestigio.

Por entonces el rey conoció a la que sería después la marquesa de Pompadour: Jeanne-Antoinette Poisson. Gracias no sólo a su atractivo, sino también a su cultura y su don de gentes la joven se mantuvo como amante oficial del rey durante 24 años, aunque al final su papel fue más bien el de una consejera.  Su ascendiente sobre
Luis XV le procuró un gran poder: expulsaba ministros, nombraba embajadores y distribuía cargos.

El fin de la guerra de Sucesión austríaca marcó la inflexión definitiva en la imagen del monarca. Con la Hacienda arruinada, en 1749 el ministro Machault propuso un nuevo impuesto del cinco por ciento que gravaría por igual a toda la población, incluidos los privilegiados que estaban exentos del pago. Estos sectores, encabezados por los jueces de los Parlamentos (tribunales supremos), lanzaron una violenta campaña hasta lograr la caída del ministro, con el resultado de que en la guerra de los siete años (1756-1763) la monarquía francesa se quedó sin recursos para proteger las colonias en América y la India, territorios que perdió en 1763. 

Un clima enrarecido

Su errática política fiscal y las humillantes derrotas militares, sazonadas con los escándalos de su vida privada, convirtieron a Luis XV en blanco directo del descontento popular. Muestra de ello fue el atentado que sufrió en 1757 por parte de uno de sus sirvientes, que lo apuñaló con un pequeño cuchillo de ocho centímetros. El rey perdió abundante sangre y, sintiéndose morir, pidió perdón a su mujer y confesó sus pecados, pero al tratarse de una herida superficial, sobrevivió. El regicida, Damiens, fue descuartizado y quemado, un ejemplo de rigor que horrorizó a la opinión ilustrada del país.

El duque de Choiseul, al frente del nuevo equipo de gobierno, tuvo éxitos como la anexión de Lorena y la compra de Córcega, pero el monarca, considerándolo demasiado próximo a los Parlamentos, lo destituyó en 1770. Por entonces el monarca había caído en brazos de su última amante, la condesa Du Barry, cuya ostentosa presencia  en Versalles escandalizó a todo el reino. Por eso el Jueves Santo de 1774 el abad Jean-Baptiste de Beauvais pronunció un polémico sermón de cuaresma ante el rey: «Majestad, mi deber como ministro de un dios de la verdad me manda deciros que vuestro pueblo es desdichado y Vos sois la causa». Por si fuera poco, atacó las costumbres de la nueva camarilla política citando a Salomón, «aquel rey, harto de voluptuosidades, hastiado de haber agotado, para despertar sus sentidos marchitos, todos los placeres», y cerró su discurso con una profecía apocalíptica tomada de Jonás: «40 días más y Nínive será destruida». En efecto, el 10 de mayo de 1774, el rey falleció. Luis XV había dicho que tras él llegaría el diluvio. La Revolución se cernía ya sobre el horizonte. 

Para saber más

Luis XV. Maurice Lever. Ariel, Barcelona, 2004.
Un español en la corte de Luis XV. Didier Ozanam. Universidad de Alicante, Alicante, 2001.