Grandes descubrimientos

Luciano Bonaparte y los tesoros de la Vulci etrusca

Desde 1828, el hermano pequeño de Napoleón desenterró en su finca italiana un excepcional conjunto de cerámicas y joyas etruscas

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DGA 503004. El descubridor de Vulci

El descubridor de Vulci

Retrato de Luciano Bonaparte por François Xavier Fabre. Museo Napoleónico, Roma.

DEA / ALBUM

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album alb1517645. Trípode de bronce

Trípode de bronce

Decorado con figuras de Heracles, demonios y un joven con una espada. Adquirido en 1837. Museo Británico, Londres.

ALBUM

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DAE-10379502. Lujoso collar

Lujoso collar

Collar de oro y ámbar del siglo VII a.C. Hallado en una tumba de la necrópolis oriental de Vulci. Museo de Múnich.

AGE FOTOSTOCK

16 de julio de 2013

De todos los hermanos de Napoleón Bonaparte, Luciano fue el más soñador y revolucionario. También el más independiente. Su matrimonio clandestino con Alexandrina de Bleschamp en 1803 lo enemistó con Napoleón, por lo que tuvo que exiliarse a Italia junto a su esposa, su madre y algunos amigos fieles. En 1804 se estableció en Roma, donde compró varias fincas. En una de ellas, la villa Rufinella, en Frascati, a 30 kilómetros al sureste de la capital, realizó sus primeras excavaciones arqueológicas y sacó a la luz los principales monumentos de la antigua ciudad romana de Tusculum. Tras sufrir un intento de secuestro en 1817, se estableció con un numeroso séquito en el palacio de Musignano, en el feudo de Canino, sobre el que ostentó el título honorífico de príncipe, otorgado por Pío VII. Allí se produjo, en 1828, el hallazgo de la primera tumba de Vulci, una antigua ciudad etrusca que alcanzó su máximo esplendor en el siglo V a.C.

Idea de la esposa

En ese momento Luciano estaba en Senegal, junto a su capellán y amigo Maurizio de Brescia, inventariando estrellas con el propósito de escribir un Atlas celeste. Su esposa había quedado en Italia a cargo de los asuntos familiares y fue ella quien tomó la iniciativa de emprender exploraciones arqueológicas en Canino para solucionar los graves apuros económicos del matrimonio; de hecho, la venta de las esculturas romanas de Tusculum los había salvado previamente de la ruina. Alexandrina esperaba repetir el golpe de suerte, pues desde hacía algunos años varios arqueólogos, como el cardenal Pallotta, o saqueadores furtivos hallaron en la zona valiosos ajuares funerarios que habían pasado al mercado anticuario ilegalmente. En un principio, Luciano creyó haber descubierto Vetulonia, hasta que el hallazgo de una inscripción en la que se mencionaba el populus Vulcentium, en 1831, le hizo rectificar.

Tras recibir la autorización reglamentaria del Estado pontificio, Alexandrina excavó primero en la Doganella, junto al Ponte della Badia, y a continuación en la llanura de la Cuccumella. Esta última resultó ser una zona reservada a tumbas de la aristocracia y estaba dominada por un gigantesco túmulo, de 65 metros de diámetro y 18 de altura. Se llevaron a cabo numerosos hallazgos y cuando Luciano Bonaparte fue informado de ello regresó de inmediato a Musignano para ayudar a Alexandrina.

Luciano aportó rigor científico a la aventura de su esposa. Subdividió a los trabajadores en grupos encargados de explorar vastas extensiones de terreno, en catas distantes entre sí entre cinco y ocho kilómetros, en dirección noroeste y sureste respecto al túmulo de la Cuccumella. Sobre éste instaló tres «chozas de pastor, construidas de paja, como los wigwam indios, pero amplios y cómodos», tal como los describió el duque de Buckingham; allí Luciano y sus colaboradores se dedicaban a ordenar el material, clasificarlo y describirlo detalladamente en fichas, que sirvieron para su posterior publicación. Las piezas rotas se enviaban a Musignano, donde se montó un taller de restauración que trabajaba a ritmo frenético.

Durante las quince campañas que se llevaron a cabo se hicieron especialmente famosas algunas de las tumbas, unas por la singularidad de su estructura, como la Cuccumella y la Cuccumelletta, y otras por la riqueza de sus ajuares, como las tumbas de Isis, la del Trípode Votivo o la de los Tetnie, la última en ser excavada. Tras ser expoliadas, las tumbas eran enterradas de nuevo, por lo que se desconoce la ubicación de muchas.

Hasta 1830, Luciano fue trasladando a Roma las piezas de Vulci para darlas a conocer y asegurar su venta, imprescindible para sufragar los gastos de las excavaciones y saldar sus deudas. En 1829, más de dos mil vasos áticos y doscientos objetos de bronce se expusieron en el palacio Gabrielli (actual palacio Taverna); otra parte de la colección de vasos áticos de Luciano se mostró en el palacio Celani y un centenar más, de espléndida factura, en el palacio Lancellotti ai Coronari, residencia de su tío, el cardenal Fesch.

El príncipe marchante

A finales de 1830, cuando el número de piezas ascendía a 3.976, Luciano decidió reunir toda la colección en su residencia de Musignano con el fin de preparar su publicación y crear su propio museo etrusco. Se distribuyeron las piezas en cinco salas del palacio en función del material y en una de ellas se recreó la tumba del Trípode Votivo con todo su ajuar, tal y como había sido descubierta. Los objetos de oro se custodiaban en una estancia privada de la princesa de Canino y sólo se mostraban atendiendo a solicitudes especiales o en las noches en que había una celebración de gala.

En 1832, cuando Luciano se hallaba en Londres, Alexandrina comenzó a vender la colección de Vulci a algunos coleccionistas o en subastas organizadas en París y Londres. Parte del material, sin embargo, cruzó la frontera de un modo ilegal con la ayuda del romano Giuseppe Basseggio. En 1840, cuando mejor iban las ventas, Luciano Bonaparte murió repentinamente en Siena. Su esposa fallecería de cólera quince años más tarde, poco después de programar una nueva campaña de excavaciones en la llanura de la Cuccumella que revelaría al mundo una joya del arte etrusco: la tumba François.

Para saber más

Los etruscos. F. Lara Peinado. Cátedra, Madrid, 2007.

Vulci etrusca