La ciudad de los mil templos

Luang Prabang, reflejos en una ciudad dorada

La histórica capital a orillas del Mekong alberga un patrimonio único en el Sudeste Asiático.

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HEMIS 0164204. Luang Prabang

Luang Prabang

Wat Xieng Thong

1560

Su nombre significa «Monasterio de la Ciudad Dorada o del Árbol de Oro», y para muchos es el templo más bello de Luang Prabang. Construido en la segunda mitad del siglo XVI y célebre por sus mosaicos de vidrio y paneles dorados, antiguamente era el lugar de coronación de los reyes de Laos.

Foto: Bruno Perousse / Hemis / Gtres

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HEMIS 1394359. Luang Prabang

Luang Prabang

Cuevas de Pak Ou

A 25 kilómetros de Luang Prabang, aguas arriba del Mekong, dos jóvenes peregrinos ofrecen incienso en Pak Ou, una oquedad junto al río formada por dos cuevas (una inferior, Tham Ting, y otra superior, Tham Phum), atestadas con cientos de figuras de Buda que han sido veneradas durante siglos.

Foto: Stéphane Lemaire / Hemis / Gtres

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HEMIS 1394329. Luang Prabang

Luang Prabang

Wat Mai

1796

Un monje recita los textos sagrados en Wat Mai, uno de los mayores templos de Luang Prabang y donde se custodiaba el Phra Bang, hoy en el Museo Nacional. Esta figura protectora de la ciudad representa a Buda con la mano en posición Abhayamudra, un gesto «que da consuelo y seguridad y disipa el miedo».

Foto: Stéphane Lemaire / Hemis / Gtres

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HEMIS 0555359. Luang Prabang

Luang Prabang

Monte Phu Si

Las laderas de este monte sagrado están cuajadas de altares, pabellones y templos, en los que abundan las representaciones de Buda. La postura reclinada hace alusión a la última etapa del Buda histórico y su enfermedad, a punto de entrar en el parinirvana, o nirvana másallá de la muerte.

Foto: Tuul y Bruno Morandi / Hemis / Gtres

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HEMIS 0240424. Luang Prabang

Luang Prabang

Wat Aham

1818

Enormes árboles bodhi (una especie del género Ficus y árbol sagrado del budismo) crecen entre los pequeños stupas que flanquean el templo de Wat Aham o «Monasterio del Corazón Abierto», construido a principios del siglo XIX.

Foto: Christophe Boisvieux / Hemis / Gtres

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HEMIS 0164210. Luang Prabang

Luang Prabang

Wat Sop

1481

Es la hora del rezo en el pequeño templo de Wat Sop, que acoge también una escuela para monjes. Los novicios se inician en el estudio de las escrituras, los cantos y la meditación, así como en el cuidado de las huertas y las labores de limpieza.

Foto: Bruno Perousse / Hemis / Gtres

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C46-1131638. Luang Prabang

Luang Prabang

Wat Xieng Thong

1560

Una antigua leyenda cuenta que dos eremitas pusieron la primera piedra del templo junto a un mai thong, un árbol de flores exuberantes representado en la fachada posterior del sim, o sala de ordenación.

Foto: Alvaro Leiva  / Age Fotostock

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HEMIS 0319314. Luang Prabang

Luang Prabang

Wat Xieng Thong

1560

Además de por los mosaicos, el templo es famoso por sus paneles de teca dorados con escenas del Ramayana.

Foto: Romain Cintract / Hemis / Gtres

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HEMIS 0314061. Luang Prabang

Luang Prabang

Wat Wisunarat

1512 o 1513

En su recinto se conserva también el That Pathoum, o «Stupa del Gran Loto», construido entre 1514 y 1515 y de influencia cingalesa, poco común en Laos. 

Foto: Christophe Boisvieux / Hemis / Gtres

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HEMIS 0164212. Luang Prabang

Luang Prabang

Wat Wisunarat

1512 o 1513

En una escena habitual en Luang Prabang, una comitiva de monjes recorre las calles al amanecer para recibir de los fieles su ración diaria de arroz.

Foto: Bruno Perousse / Hemis / Gtres

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HEMIS 0314057. Luang Prabang

Luang Prabang

Wat Wisunarat

1512 o 1513

Construido en tiempos del rey Wisunarat, de quien toma el nombre, es el templo en activo más antiguo de la ciudad. El edificio original, de madera con doble tejado, 12 pilares de 30 metros de alto y finamente decorado, era una de las estructuras más impresionantes del viejo Luang Prabang. Fue incendiado en 1889 y posteriormente reconstruido. Aún hoy alberga una valiosa colección de budas centenarios.

Foto: Christophe Boisvieux / Hemis / Gtres

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HEMIS 0319330. Luang Prabang

Luang Prabang

Palacio Real

1904-1909

Columnas y pedimentos de corte clásico y motivos déco se combinan con ménsulas y tejados del más puro estilo laosiano en la arquitectura fusion del Palacio Real (al fondo), una síntesis del trabajo de arquitectos franceses y artesanos indochinos, muchos de ellos procedentes de Vietnam.

Foto: Romain Cintract  / Hemis / Gtres

16 de octubre de 2015

Cuando los primeros rayos de sol hacen su aparición, los monjes salen de sus monasterios. En ordenada y muda procesión recorren con cuencos colgados del hombro las calles de Luang Prabang. Aquí y allá, en la ciudad aún medio dormida, pequeños grupos de fieles esperan en las calzadas y aceras. Sentados en actitud reverente y con grandes cazuelas rebosantes de arroz glutinoso y alguna verdura, van depositando los alimentos en los cuencos de los monjes. La larga fila de esos hombres de cabeza rapada y túnicas de color azafrán se irá deshaciendo conforme el sol se levante. Los monjes volverán, con la comida diaria, a sus tareas en los monasterios.

El mundo ha traspasado holgadamente el segundo milenio de nuestra era y, sin embargo, cada madrugada se repite esta ceremonia, viva y casi intacta desde que en el año 698 d.C. un príncipe tai fundara la población. Ferviente budista de la rama theravada (aquella que permite a los hombres alcanzar el nirvana a través de un proceso de introspección individual), favoreció la presencia de monjes y la construcción de monasterios. La ciudad fue adquiriendo un carácter fuertemente religioso y sagrado, y pese a haber sido destruida y reconstruida en distintas ocasiones a lo largo de los siglos, siempre preservó su aura de lugar bendecido por los dioses. Su emplazamiento algo tiene que ver con eso: un valle boscoso y amplio rodeado de verdes colinas, una lengua de tierra felizmente atrapada entre el río Mekong y uno de sus afluentes, el Nam Khan. Luang Prabang, con sus dos grandes calles flanqueadas por monasterios de tejados curvos y fachadas doradas, con sus stupas en forma de campana y sus casas con balconadas de madera y techumbres de teja a dos aguas que atestiguan los 60 años de colonización francesa, es una ciudad única y hermosísima. Tan prodigiosa que no parece real, sino el producto de una fantasía utópica.

Para entender la portentosa ubicación de Luang Prabang, lo mejor es hacer acopio de fuerzas y vencer los 328 escalones que se encaraman por el monte Phu Si hasta una altura de cien metros. En el camino, entre una densa vegetación, van surgiendo templetes, pequeños altares con ofrendas e imágenes de budas. Y en lo más alto, dominando el valle, el Wat That Chom Si, con un curioso stupa rectangular coronado por siete parasoles dorados y con las vistas más codiciadas: el curso sinuoso y cansado del Nam Khan, su entrada en el Mekong, y una ciudad quieta y silenciosa, encajada entre los dos cauces. La caída del sol, anunciada por un griterío que llega de las colinas boscosas cercanas, es, si el tiempo acompaña, de escalofrío.

Dicen los libros que Luang Prabang era conocida como la ciudad de los mil templos, algo difícil de verificar. Pero sí es cierto que algunos de ellos están entre los más hermosos del Sudeste Asiático. Wat Xieng Thong es sencillamente espectacular. Plantado en un espacio amplio y rodeado de árboles, es el centro de un conjunto de capillas, stupas, viviendas para monjes y otras dependencias, un mundo aparte dentro del mundo. Con sus dobles y triples tejados curvos, sus muros encalados y paneles de teca tallados y cubiertos de pan de oro, sus multicolores mosaicos de vidrio y unos interiores de columnas lacadas en rojo y oro presididos por budas áureos, el conjunto del Wat Xieng Thong es una auténtica orgía cromática, realzada por el leve rumor de los dos ríos que lo circundan y protegen.

Muy cerca, el Wat Wisunarat, erigido a principios del siglo XVI en madera, fue incendiado casi 400 años más tarde durante una invasión por parte de grupos rebeldes procedentes de China. Reconstruido en ladrillo y estuco, aún conserva el stupa original, sobrio y contundente, el más antiguo de Luang Prabang. Magnífico es también el Wat Aham, a los pies del monte Phu Si. O el Wat Mai, fundado por el rey Anurat en 1796, profusamente decorado y en cuyos muros se narra la vida y milagros de Vessantara, la penúltima encarnación de Buda.
Una ciudad sembrada de templos de oro y bermellón –hasta un total de cincuenta– bien merecía ser incluida en la Lista del Patrimonio Mundial por la Unesco, que así lo decidió en 1995 «por ser un ejemplo excepcional de la fusión de la arquitectura tradicional laosiana con las estructuras urbanas creadas por las autoridades coloniales europeas en los siglos XIX y XX; y por su extraordinario paisaje urbano, muy bien conservado, que ilustra una etapa clave de la mezcla de dos tradiciones culturales diferentes».

En arquitectura civil, brilla con luz propia otra de las mayores glorias de Luang Prabang, el Palacio Real. Su regia entrada se abre a Sisavangvong Road, la magnífica avenida bordeada de altas y estilizadas palmeras y setos afrancesados que lleva el nombre del monarca a quien se debe su construcción en 1904. El complejo palaciego, que tras la disolución de la monarquía en 1975 pasó a albergar el Museo Nacional, consta de tres edificios principales, además de otras dependencias más modestas. El primero, el palacio, de ladrillo y teca y encalado, muestra una inequívoca influencia francesa, sobre todo en sus interiores, con bellas decoraciones de estilo art déco. Rodeado de jardines se encuentra la segunda construcción, el Teatro Real, que ofrece representaciones y actuaciones de danza. La tercera corresponde al Haw Pha Bang, un templo situado entre escalinatas y balaustradas, con una efectista fachada en verde y oro, terminado en 2006, hace apenas nueve años; en su origen se diseñó para albergar una de las estatuas de Buda más antiguas y reverenciadas del mundo, el Phra Bang, proveniente, según la leyenda, de Sri Lanka.

Monasterios, templos, pabellones, mansiones de la antigua colonia, bulliciosos mercados populares a primera hora de la mañana. Luang Prabang se mira a sí misma, reconociéndose hoy como lo hizo en tiempos pasados, reflejada en las aguas cárdenas, pausadas y espesas del Mekong.
Desde sus orillas, a tiro de lancha y a unos cuantos minutos de trayecto hipnótico por el río, entre montículos y bosques, se llega a las cuevas de Pak Ou, una gruta abierta en la roca donde desde hace siglos se venera a cientos de budas encaramados en la piedra, ofrendas de la ciudad cálida y consoladora, de calma belleza y bendita benevolencia.