Los últimos de Filipinas: la defensa de Baler

Al final de la guerra de Filipinas, medio centenar de soldados españoles resistieron durante casi un año en un pequeño pueblo de Luzón, sin saber que el conflicto ya había terminado

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3 de febrero de 2017

Cuando en el siglo XVI Felipe II tomó posesión de un enjambre de islas en el Pacífico, que fueron bautizadas como Filipinas en su honor, la monarquía española se hallaba en la cumbre de su poder y sus dominios se extendían por los cuatro continentes. Tres siglos después, Cuba, Puerto Rico y Filipinas eran los últimos retazos de ese añejo imperio ultramarino que una España sumida en constantes luchas internas pugnaba por preservar.

En Filipinas, una parte de la población tagala comenzó en 1896 una sublevación que España trató de controlar con la fuerza de las armas y una torpe represión política. En la isla de Luzón, la mayor del archipiélago, las tropas españolas arrinconaron a los rebeldes, encabezados por Emilio Aguinaldo, en las zonas montañosas al norte de Manila. Superado militarmente, Aguinaldo llegó a un acuerdo para abandonar las armas en 1897 y fue deportado a Hong Kong. Pero cuando las autoridades españolas creían haber controlado la situación, Estados Unidos declaró la guerra a España y desembarcó a Aguinaldo en la bahía de Manila para reactivar la insurgencia a partir de mayo de 1898. Pocos meses después, España perdería a manos norteamericanas Cuba, Puerto Rico y el archipiélago filipino.

La guerra en Baler

Baler era una pequeña población de 1.700 habitantes en la costa oriental de Luzón, a unos 230 kilómetros de Manila. A finales de 1897, la zona fue escenario de una violenta escaramuza entre las tropas españolas y los rebeldes tagalos. Tuvo que intervenir una fuerza de 400 hombres para restablecer el control español y pacificar el territorio. Vuelta la calma, las columnas de socorro se retiraron al tiempo que se enviaba desde Manila un nuevo destacamento de 50 soldados.

A finales de abril de 1898, iniciada la guerra hispano-estadounidense, las partidas rebeldes estaban de nuevo activas en la región. Baler quedó incomunicada por tierra, por lo que no llegó la noticia de la destrucción de la flota española en Cavite ni del cerco de Manila. La guarnición temía que en cualquier momento los rebeldes lanzaran un ataque a gran escala. Cuando el 27 de junio la población amaneció desierta, los españoles se apresuraron a convertir la iglesia en un fortín capaz de resistir un asedio en toda regla.

Baler quedó incomunicada por tierra, por lo que no llegó la noticia de la destrucción de la flota española en Cavite ni del cerco de Manila

La iglesia de Baler era un pequeño edificio rectangular de 30 metros de largo por 10 de ancho, con una casa parroquial adosada. Sus muros, de metro y medio de grosor, eran sólidos, aunque una parte era de mampostería. Los soldados convirtieron el campanario en puesto de observación, excavaron dos trincheras ante los portalones principales, inutilizaron el resto de entradas y transformaron las aberturas en aspilleras desde las que disparar al enemigo. Tras introducir provisiones, fabricaron un horno de pan y excavaron un pozo para obtener agua.

El 30 de junio, el capitán Enrique de las Morenas ordenó encerrarse en la iglesia a la espera de socorros desde Manila. Eran 54 militares y un franciscano, a los que más tarde se unirían otros dos religiosos. Al día siguiente, los rebeldes les instaron a rendirse, informándoles de la decisiva derrota que había sufrido la flota española frente a los estadounidenses. Fue la primera de las nueve tentativas de negociación que realizaron los filipinos a lo largo de los 337 días que duraría el asedio y que se toparon con la tozuda negativa de los defensores a creer la noticia de la derrota de su ejército.

Un año encerrados en la iglesia

Al principio, los insurgentes se dedicaron a tirotear intensamente la iglesia mientras esperaban refuerzos para iniciar un asalto decisivo. Los filipinos eran más numerosos y dominaban bien el terreno. Eran temidos por sus "bolos" o cuchillos largos, pero disponían de escasos fusiles. Un cañón de pequeño calibre tampoco supuso una amenaza insalvable para los sitiados.

Durante todo el asedio los españoles sólo debieron lamentar dos muertos por heridas de bala, mientras que ellos causaron unas 700 bajas

Más efecto tuvieron las tácticas de guerra psicológica que los filipinos practicaron para minar la moral de los asediados, impidiéndoles dormir con ruidos de todo tipo, haciendo cantar a las mujeres para recordarles los placeres a los que debían renunciar o mostrando a muchachas desnudas que les hacían gestos lascivos. Los desertores españoles –a lo largo del sitio hubo seis en total– lanzaron también proclamas a sus compañeros mediante altavoces. Los defensores reconocerían que contra este "tiroteo de palabras" eran inútiles revestimientos y aspilleras.

A finales de julio, llegaron a Baler varias columnas insurgentes que solicitaron de nuevo la rendición, a lo que el capitán De las Morenas respondió: "La muerte es preferible a la deshonra". Los ataques continuaron a lo largo del verano, pero sin gran eficacia. Durante todo el asedio los españoles sólo debieron lamentar dos muertos por heridas de bala, mientras que por su parte causaron unas 700 bajas a los atacantes, entre heridos y fallecidos.

En realidad, la mayoría de bajas españolas se debieron a las enfermedades. La mala alimentación y el hacinamiento continuado en un recinto reducido y oscuro favorecieron la propagación de la disentería y, sobre todo, del beriberi, un mal provocado por la carencia de vitaminas de los alimentos frescos y que causa una debilidad progresiva e incluso la muerte si no se recibe tratamiento. Hasta el final del asedio murieron 15 defensores por estas enfermedades, entre ellos los oficiales De las Morenas y Alonso Zayas, por lo que tomó el mando del destacamento el teniente Saturnino Martín Cerezo. Entrado el otoño, los muertos yacían bajo los pies de los vivos mientras éstos, con humor macabro, se rifaban el lugar donde ser enterrados. El teniente ordenó una salida nocturna para conseguir fruta fresca y airear el recinto, lo que conllevó la mejoría de los enfermos.

Los soldados celebraron la Navidad de 1898 "con estrépito", en un intento de mitigar la nostalgia por la lejana patria. Incluso improvisaron un concierto con cornetas, tambores y latas de petróleo vacías usadas como instrumentos. No sabían que apenas quince días antes el Gobierno español había firmado con Estados Unidos un tratado de paz por el que cedía a éstos sus posesiones de Cuba, Puerto Rico y Filipinas a cambio de 20 millones de dólares. Los filipinos, que en febrero de 1899 se rebelaron a su vez contra la ocupación norteamericana, deseaban acabar con la insólita resistencia de Baler y por ello insistieron en hacer entender a sus defensores que habían perdido la guerra. Los estadounidenses también enviaron un buque de guerra para contactar con la guarnición, pero los filipinos lo impidieron, dando pie a que los defensores interpretaran que los auxilios estaban de camino.

A finales de mayo se libró el último gran combate, cuando los tagalos intentaron inutilizar el pozo de agua para rendir de sed a los sitiados. Poco después llegó desde Manila un alto mando español con la misión de instar a los defensores a abandonar la resistencia. Para demostrarles que la guerra había terminado les dejó unos periódicos madrileños con noticias al respecto. Pero los defensores consideraron que se trataba de falsificaciones.

Rendirse con honor

Viendo que las provisiones estaban agotándose, Martín Cerezo planeó una salida nocturna para abrirse paso hasta Manila. Antes de partir, el teniente destruyó el armamento sobrante y ordenó fusilar a dos soldados que mantenía presos desde febrero, acusados de intentar desertar. La claridad de la noche frustró una primera tentativa de salida. Fue en esos momentos de angustia cuando Martín volvió a hojear los periódicos y halló indicios que le convencieron de "que efectivamente habíamos perdido Cuba, Puerto Rico y Filipinas". Consciente de que la marcha a Manila era una operación casi suicida, comunicó a su tropa la situación y propuso parlamentar con los filipinos para acordar una capitulación.

Consciente de que la marcha a Manila era una operación casi suicida, comunicó a su tropa la situación y propuso parlamentar con los filipinos

El 2 de junio de 1899 se arrió en Baler la bandera española –confeccionada, a falta de otra, con casullas de monaguillo y tela de mosquitera–. Los 33 supervivientes depusieron las armas y fueron conducidos a Manila. Desde allí viajaron en barco hasta Barcelona, donde se les recibió como a héroes. En la audiencia que les concedió la reina regente María Cristina, el teniente Martín afirmó que él únicamente había cumplido con su deber. "¡Ay, Martín!, si todos hubieran cumplido con su deber...", fue la respuesta de la reina.

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