Caminata Más Allá del Edén, segunda parte

Los pozos de la memoria

El periodista y explorador Paul Salopek recorre más de 1.200 kilómetros a través de las rutas caravaneras del antiguo reino saudí del Hiyaz.

1 / 12

1 / 12

MM8300 131019 11658. Los pozos de la memoria

Los pozos de la memoria

Los nabateos, un pueblo preislámico, excavaron tumbas palaciegas en Madain Salih.

Stanmeyer.com

Foto: John Stanmeyer

2 / 12

MM8300 131015 08514. Los pozos de la memoria

Los pozos de la memoria

Protegido por un guardia armado, el gobernador Mosaad al-Saleem (extremo derecha) agasaja a sus invitados durante una regata cerca de Yanbu al-Bahr, ciudad portuaria del mar Rojo construida en su mayor parte en la década de 1970.

Stanmeyer.com

Foto: John Stanmeyer

3 / 12

MM8300 131024 13966. Los pozos de la memoria

Los pozos de la memoria

Durante cientos de años un pozo del oasis de Al-Bad dio de beber a caravanas de camellos y a peregrinos. En la actualidad es un agujero seco. Las leyendas cuentan que Moisés abrevó en él a sus ovejas.

Stanmeyer.com

Foto: John Stanmeyer

4 / 12

MM8300 131019 11856. Los pozos de la memoria

Los pozos de la memoria

Rodeado por los fantasmas de los viajeros que le precedieron, Salopek acampa entre las bimilenarias tumbas nabateas de Madain Salih

Stanmeyer.com

Foto: John Stanmeyer

5 / 12

MM8300 131023 13312. Los pozos de la memoria

Los pozos de la memoria

En Duba, el agua es un tesoro. Allí, un dependiente bangladesí llena garrafas para venderlas a gente que las comprará sin bajarse del coche. El agua se transporta en camiones desde unos pozos que pueden estar a 150 kilómetros de distancia.

Stanmeyer.com

Foto: John Stanmeyer

6 / 12

MM8300 131007 03201. Los pozos de la memoria

Los pozos de la memoria

En su casa de Yiddah, Yasmin Gahtani, madre soltera, viste de manera informal para ayudar a sus hijos con los deberes. Pese a vivir en una de las ciudades saudíes más liberales, en público se pone la abaya, una túnica larga hasta los pies.

Stanmeyer.com

Foto: John Stanmeyer

7 / 12

MM8300 131018 10929. Los pozos de la memoria

Los pozos de la memoria

Para un joven saudí con título universitario pero sin trabajo, la carretera que recorre Al-Wajh, al anochecer, es un lugar de recreo donde hacer «caballitos» con la moto.

Stanmeyer.com

Foto: John Stanmeyer

8 / 12

MM8300 131004 00915. Los pozos de la memoria

Los pozos de la memoria

Picnic familiar en una playa de Yiddah, a orillas del mar Rojo.

Stanmeyer.com

Foto: John Stanmeyer

9 / 12

MM8300 131009 03986. Los pozos de la memoria

Los pozos de la memoria

Ya no hay nada que cosechar en este campo de palmeras datileras muertas de Yanbu an-Najl, donde el desarrollo urbanístico de las ciudades costeras cercanas ha agotado los acuíferos.

Stanmeyer.com

Foto: John Stanmeyer

10 / 12

MM8300 131006 02366. Los pozos de la memoria

Los pozos de la memoria

En el decrépito casco antiguo de Yiddah, un inmigrante somalí recoge restos de pan y latas para reciclar. El pan lo vende como alimento para animales.

Stanmeyer.com

Foto: John Stanmeyer

11 / 12

MM8300 131014 07469. Los pozos de la memoria

Los pozos de la memoria

Nómadas de fin de semana, estos dueños de dromedarios de Yanbu al-Bahr oran en un campamento de lujo en el desierto, al que han llegado en sus todoterrenos. Las costumbres beduinas fascinan a los urbanitas saudíes más nostálgicos.

Stanmeyer.com

Foto: John Stanmeyer

12 / 12

MM8300 131026 15615. Los pozos de la memoria

Los pozos de la memoria

Esta locomotora descarrilada llevaba peregrinos por la vía férrea del Hiyaz, tendida por los otomanos. En la Primera Guerra Mundial los trenes del Hiyaz sufrían con regularidad ataques tribales liderados por Lawrence de Arabia.

Stanmeyer.com

Foto: John Stanmeyer

26 de septiembre de 2014

En el viejo Hiyaz los pozos se cuentan por millares. Caminamos hasta ellos.  Algunos son de agua dulce. La mayoría son salobres. Estos pozos, que puntean las rutas caravaneras de Arabia abandonadas hace una eternidad, son un monumento a la supervivencia humana. Cada uno de ellos destila una concentrada esencia del paisaje que lo rodea. Y lo mismo puede decirse de las personas que beben de ellos. En el Hiyaz –el legendario territorio del desaparecido reino de los hachemíes, que otrora gobernaron la franja de Arabia Saudí bañada por el mar Rojo– hay pozos muy frecuentados y pozos solitarios. Los hay de cuyas aguas bebes la química de la tristeza o del júbilo. Cada uno representa un universo dentro de un cubo. Por ellos nos guiamos.Wadi Wasit es un pozo del olvido.

Llegamos a él un abrasador día de agosto. Estamos a la mitad de un viaje a pie de más de 1.200 kilómetros, quizás el primero en generaciones, desde Yiddah hasta Jordania. Reposamos bajo la ramificada sombra que proyectan las dos acacias del pozo. Aquí conocemos al corredor.
Llega en camioneta. Corpulento, con bigote, un camellero beduino. Es afable, curioso, hablador, hiperactivo. Nos toma por cazatesoros. (¿Qué otra razón explicaría que caminemos por el desierto?) Acude a vendernos piezas.

«¡Miren, miren!», dice. Nos enseña un anillo de estaño. La vaina de hierro de una espada. Una moneda gastada. ¿De cuándo son estos objetos?
El corredor no lo sabe. «Kadim jidn», dice: muy antiguos. Se encoge de hombros. El Hiyaz –una encrucijada en la que confluyen Arabia, África y Asia, vinculada durante siglos a Europa por el comercio– es uno de los confines más legendarios del mundo antiguo. Durante milenios ha visto pasar caminantes. Los humanos de la Edad de Piedra que salieron de África cazaron y pescaron en las desaparecidas sabanas de este territorio mientras se dirigían al norte. Algunas de las primeras civilizaciones –asirios, egipcios y nabateos– hollaron sus arenas, trocando esclavos por incienso y oro. Los romanos lo invadieron. (Miles de aquellos legionarios sucumbieron a la sed y las enfermedades.) El islam nació aquí, en las oscuras colinas volcánicas de La Meca y de Medina. Seguramente el pozo de Wadi Wasit dio de beber a peregrinos procedentes de Marruecos o Constantinopla. Quizá también refrescara los labios de Lawrence de Arabia. Quién sabe. Kadim jidn.

«¡Tenga! ¡Se lo doy gratis!», dice el corredor. Pero rehusamos adquirir sus curiosidades.
Cuando estamos cargando los dos dromedarios para partir, volvemos a verlo. Corre, describiendo veloces vueltas en torno al pozo. Se ha despojado de la túnica blanca y corre por el desierto en ropa interior, dando vueltas alre­dedor del pozo bajo un sol de justicia. Es una carrera desenfrenada. Ali al-Harbi, mi intérprete, toma una foto. Awad Omran, nuestro camellero, se ríe a carcajadas. Pero a mí no me hace la menor gracia. No está loco, el corredor. Ni drogado. Ni gastando una broma. Está perdido, creo. Como lo estamos todos cuando abandonamos la historia. No sabemos adónde ir. En el Hiyaz hay mucho pasado. Pero en toda mi vida jamás había estado en un lugar donde impere hasta tal punto la desmemoria.

Un pozo estrecho y sin fondo del Hiyaz: una tacita de porcelana blanca.
Contiene café, oscuro e intenso. Está apoyada sobre la mesa de madera bruñida de una elegante mansión del puerto de Yiddah. Tres elocuentes mujeres hiyazíes la rellenan una y otra vez. Se turnan para hablar, deseosas de corregir las percepciones erróneas sobre Arabia Saudí: que el reino es una sociedad homogeneizada, una cultura apisonada por la famosa austeridad de su corriente islámica, una nación embotada por el consumismo escapista y los petrodólares. No.
Arabia Saudí, afirman, es un rico mosaico hu­­mano. Abarca un este chiita, un sur yemení, un norte mediterráneo y un bastión tribal beduino en el centro (la región del Nejd): el reducto puritano de los nejdíes, hogar de la dinastía reinante, la Casa de Saud. Las mujeres insisten en que no hay región de Arabia Saudí más independiente, más orgullosa, que el territorio que guarda las ciudades santas de La Meca y Medina desde el siglo X: el desaparecido reino del Hiyaz. Independizado por completo cuando concluyó la Primera Guerra Mundial, el Hiyaz fue anexio­nado por la dinastía Al-Saud en 1925. Continúa siendo un escenario de contradicciones, complejidad, tensiones entre religión y geografía. Por un lado es un paisaje sagrado, con ciudades santas vedadas a los infieles desde tiempos inmemoriales. Por otro, es la zona más cosmopolita y liberal de toda Arabia Saudí, un crisol, nodo y nexo de migraciones, una vívida mezcla de influencias asiáticas, africanas, mediterráneas y de mil y un lugares.
Laila Abduljawad, una defensora de la preservación cultural: «El Hiyaz ha atraído a peregrinos de todos los confines del mundo islámico. ¿Cómo no habría de pegársenos algo? ¡Nuestro plato principal es el arroz bujarí propio de Asia Central! ¡Nuestros tejidos populares son indios! ¡Nuestro acento, egipcio! Estamos más abiertos al mundo que la población del centro».
Salma Alireza, una bordadora tradicional: «La vestimenta tradicional de la mujer hiyazí no era la abaya –la severa túnica negra impuesta por los nejdíes gobernantes–. Las mujeres de aquí se mostraban en público con vestidos de vivos tonos rojos y azules. Eso era lo tradicional. Pero la vida cambió en la década de 1960. El petróleo comenzó a reportar dinero a espuertas. Nos modernizamos demasiado rápido. ¡Cuánto hemos perdido en 50 años!»
Rabya Alfadl, una joven asesora de marketing: «¿Que si todavía el Hiyaz sigue siendo diferente? Mire a su alrededor».
Y tiene razón. Las mujeres están sentadas a la mesa sin velo. Llevan ropa occidental informal: blusa y pantalón. (Concertar esta reunión habría sido complicado en la capital saudí, Riyad, donde imperan la segregación por sexo y las costumbres tribales.) La casa que acoge nuestra charla es de diseño sofisticado, chic, minimalista, de decoración internacional. Y fuera, en las calles de Yiddah, hay galerías de arte, cafeterías, paseos, museos: es el centro cultural de Arabia Saudí.
«En el Hiyaz ha persistido durante mil años la conciencia de poseer una identidad cultural. Generó su propia música, su propia gastronomía, sus propias leyendas orales –me dice Abdulja­wad–. Ahora estamos dando los primeros pasitos para salvar una parte de todo aquello.»
Estas mujeres son hijas de una ciudad femenina. Según la tradición popular árabe, Eva fue enterrada en Yiddah, hoy un moderno puerto industrial en expansión. La tumba de Eva estaba coronada por una «cúpula muy alta y muy antigua», según el viajero hispanoárabe Ibn Yubair. Ya no existe, y hoy ocupa su lugar un cementerio de hormigón. Seguramente la arrasaron hace casi un siglo los clérigos wahhabíes, que abominan de los santuarios por considerarlos idolatría. Pero una vez más, nadie lo recuerda.
Más de 500 kilómetros al norte de Yiddah, cerca de un pozo seco llamado Al-Amarah, detenemos el paso. Levantamos la vista de nuestros pies cansados. Se acerca un coche por una llanura de sal centelleante. Es un Toyota HiLux, el dromedario de hierro del beduino moderno.
Es todo un acontecimiento. Atravesar Arabia Saudí a pie es una experiencia más solitaria que hace una o dos generaciones, cuando las tiendas de tela negra de los beduinos todavía se plan­taban en la piel quebradiza del desierto. Los famosos nómadas del Hiyaz –los balawi, los harb, los yuhaina– se han asentado en ciudades, en barrios residenciales, en oficinas, en barracones militares. La Arabia Saudí moderna está hiperurbanizada.
Pero queda un puñado de nostálgicos.
Y uno de ellos baja del vehículo. Barba cana, manchas en el zobe gris, la clásica túnica masculina saudí. Nos trae un presente. «Es nuestra costumbre –dice el viejo, que se identifica como Abu Saleh. La mano encallecida señala el desierto que nos circunda–. Damos la bienvenida a todos los viajeros.»
Ni un alma en el horizonte. Abu Saleh se despide con un sencillo adiós. Su presente: un pozo de amabilidad en miniatura, un cuenco de acero mellado rebosante de leche de camella.

Perforados por pura necesidad, los pozos del antiguo Hiyaz se han desvaído, se han ablandado, se han erosionado hasta convertirse en objetos de belleza y contemplación.
Las primeras de estas cisternas fueron habilitadas, en intervalos de una jornada de viaje a pie, por el califa Umar en el año 638. «El viajero es la persona más digna de recibir protección», declaró antes de implantar su innovador sistema de áreas de descanso, el más sofisticado del mundo antiguo: puntos de referencia en las rutas de peregrinación a La Meca que contaban con fuertes, cisternas, posadas, palmerales, hospitales, canales y hasta hitos.
Avanzamos pesadamente por esos mismos caminos, cintas de desierto pulidas por los cascos de infinitos dromedarios, por las sandalias de incontables pies. De estos pozos bebieron eruditos de Timbuctú. Y mercaderes andalusíes en busca de incienso. Y exploradores europeos del siglo XIX que se movían por el Hiyaz disfrazados de peregrinos. Uno de los que no se enmascararon fue un inglés bravucón llamado Charles M. Doughty. Ante todo el mundo se identificaba como cristiano, un infiel, y llevaba siempre un cu­­chillo en la manga. (Acerca de una caravana de 10.000 animales y 6.000 personas dejó escrito: «La largura de la lenta multitud de hombres y bestias es de casi dos millas, y la anchura, de unas cien yardas en las planicies abiertas».)
Al norte de la ciudad de Al-Wajh descargamos los dos dromedarios junto a un pozo, totalmente invisibles para el acelerado tráfico de una su­­perautopista. El pozo, llamado Al-Antar, cayó en la obsolescencia hace un siglo con la llegada de los barcos de vapor. Para los peregrinos que hoy lo sobrevuelan en Boeings 777, ahora ese pozo es un absurdo. Me asomo a él. De su oscuridad asciende un vaho húmedo que me refresca las mejillas. Desde algún punto de sus honduras llega el canto de unos pájaros alarmados. Pienso: Arabia es un paisaje de ausencias terribles.

Si el mundo no islámico sigue sintiendo una fascinación novelesca por el Hiyaz es debido a una larga caravana de cronistas foráneos.
Hablo de Johann Ludwig Burckhardt, un erudito suizo que en el siglo XIX viajó al centro re­­ligioso del islam bajo capa de pobreza –se hacía pasar por un «caballero egipcio venido a menos»– y no volvió para contarlo (murió de disentería y recibió musulmana sepultura en El Cairo). Hablo de Richard Francis Burton, un inglés genial y grandilocuente que, si damos crédito a sus palabras, llegó a tocar con sus propias manos la Kaaba, el sanctasanctórum: el cubo de piedra volcánica de La Meca al cual todos los musulmanes dirigen sus rezos. Estos europeos fueron testigos de un mundo petrificado en el tiempo. En las costas del mar Rojo hallaron ciudades erigidas con bloques de reluciente coral blanco, cuyas puertas en forma de arco y contraventanas estaban pintadas de verde mar y de «azul nómada», el azul deslumbrante de los beduinos. Pasaron por ciudades amuralladas cuyas altas puertas se cerraban al anochecer. Galoparon a lomos de dromedarios de un oasis fortificado al siguiente, codo a codo con «hombres desgreñados», los beduinos, a quienes admiraban en su rudeza. Este Hiyaz literario, si verdaderamente llegó a existir, desapareció hace mucho tiempo sepultado bajo los barrios residenciales y los centros comerciales. Pero a las puertas del antiguo puerto de peregrinaje de Al-Wajh nos topamos con el fantasma de uno de los más insignes de aquellos orientalistas.
Unos obreros están limpiando un pozo.
El pozo se esconde tras las altas paredes de roca de la fortaleza de Al-Zurayb, construida hace 400 años por los otomanos. Los obreros izan explosivos antiguos: obuses que se antojan piñas herrumbrosas, lanzados al pozo en un mo­­mento de pánico, seguramente en enero de 1917. En aquel momento se acercaba, raudo y veloz, un ejército árabe a lomos de sus dromedarios. Las tribus del Hiyaz se habían rebelado contra sus caudillos otomanos, aliados de los alemanes. Y el extranjero que había avivado el levantamiento –apenas 1,66 metros de estatura, pero duro hasta el masoquismo– unía sus gritos a los de los atacantes. De la caballería árabe escribió: «Vestían túnicas de color orín, teñidas con alheña, bajo capas negras, y portaban espada. Cada uno llevaba un esclavo encogido tras de sí en la grupa [del dromedario], armado con rifle y daga para asistirlo en el combate, y también para vigilar su dromedario y cocinar para él en el camino».
Thomas Edward Lawrence, más conocido co­­mo Lawrence de Arabia, es uno de nuestros pri­meros héroes posmodernos. El joven oficial del servicio secreto británico, además de medievalis­ta de Oxford, tenía el subversivo anhelo de llevar la libertad a un mundo árabe que por entonces se tambaleaba bajo el yugo corrupto de los turcos otomanos. Sin embargo, vivía atormentado porque sabía que los hiyazíes que combatían a su lado serían traicionados por los poderes coloniales europeos que se repartieron Oriente Medio tras la Primera Guerra Mundial.
«Lorens al-Arab», digo a los obreros del fuerte. Señalo hacia los obuses, aún sin explotar.
El nombre no les dice nada. En Arabia Saudí apenas se le recuerda. Después de la guerra apoyó a la dinastía equivocada. Su adalid, Faisal, el moderado príncipe hachemita del Hiyaz, perdió una lucha de poder contra las tribus del interior lideradas por el futuro rey, Ibn Saud.
«Era un pueblo de espasmos, de agitaciones, de ideas, la raza del genio individual –escribió Lawrence de sus camaradas en el Hiyaz–. Para el árabe del desierto no había júbilo comparable al de contenerse por voluntad propia. Encontraba el lujo en la abnegación, en la renuncia, en la continencia. Hacía de la desnudez del espíritu una experiencia tan sensual como la de la desnudez del cuerpo. Salvaba su propia alma, quizás, y se ponía a salvo de peligros, pero a costa de un endurecimiento egoísta.»
Esto es lo que ocurre cuando escudriñas las honduras de los pozos del Hiyaz. Vislumbras tu propio reflejo. Lawrence, un asceta hijo del Imperio británico, estaba describiéndose a sí mismo.

 

Pozos de piedad: vasos de plástico llenos de agua y dispuestos por miles sobre un patio empedrado de Medina. Estamos en pleno Ramadán, el mes del ayuno. El mes más sagrado del calendario lunar musulmán. A las mismas puertas de Al-Masjid al-Nabawi, la mezquita donde descansan los restos del profeta Mahoma, el segundo lugar más sagrado del islam, se congregan al atardecer al menos 60.000 fieles para romper el ayuno del día.
Proceden de todos los lugares de la Tierra. Veo indios y africanos. Oigo hablar en francés. Yo no soy musulmán. Pero llevo todo el mes ayunando por respeto a ellos. Frente a mí, un peregrino de Afganistán –un nuristaní pelirrojo– se arrodilla delante de uno de los refrigerios envasados que aquí se reparten a diario. Me tiende la naranja que le ha tocado. Yo le doy la mía. Intercambiamos de este modo varios alimentos más, entre risas. Por megafonía un imán llama a la oración. La gente reza. Y bajo un cielo amarillo en retirada, comemos en un amable silencio.

Pozos nuevos y extraños en los caminos del Hiyaz: zumbido de máquinas en el desierto.
Sus carcasas de aluminio destellan al sol. Alucinaciones de metal. De goma y plástico. Son frigoríficos eléctricos de exterior. Expenden un agua tan gélida que anestesia la boca. Encontramos cientos de estos santuarios mecánicos, los llamados asbila: fuentes públicas instaladas por encargo de los píos que buscan ser virtuosos a ojos de Alá. Algún día, cuando sus piezas oxidadas asomen de las dunas móviles, desconcertarán a los arqueólogos. ¿Cómo es posible que una sociedad pueda permitirse refrigerar un vaso de agua en un desierto tan inmenso y remoto como el Hiyaz? Parece imposible. Inexplicable. Pero los asbila, en los que, agradecidos, rellenamos la cantimplora, deben su existencia a otros pozos: los perforados en los lejanos campos petrolíferos del este de Arabia Saudí.
«Hemos vendido nuestro pasado por dinero –se lamenta Ibrahim, ingeniero hidráulico del puerto de Al-Wajh–. ¿La casa de bloques de coral de mi abuelo, de dos siglos de antigüedad? Demolida. ¿Los muelles en los que los dhows de Eritrea desembarcaban dromedarios? Ni rastro. ¿El faro de piedra que se veía en el mar a 20 kilómetros de distancia? Reducido a escombros. A nadie le importa. Son antiguallas sin valor económico.»
Algunos hiyazíes imputan el grueso de esa aniquilación histórica a la versión ultraconservadora del islam que impera en Arabia Saudí. En los últimos años, por ejemplo, los historiadores urbanos han puesto el grito en el cielo por la demolición del casco antiguo de La Meca y de Medina, que entre otras cosas arrasó estructuras antiquísimas asociadas con el propio Mahoma. La justificación oficial es que se hizo para proporcionar servicios a los dos millones (si no más) de peregrinos que abarrotan ambas ciudades al término de su hayy, pero lo cierto es que las autoridades religiosas suelen bendecir la destrucción del patrimonio cultural. Los wahhabíes subrayan que todo el pasado previo al islam es jahiliyya: la edad de la ignorancia. Y temen que la preservación de monumentos –aunque sean islámicos– conduzca a la adoración de objetos y no de Dios, en fomento de la idolatría, o shirk.
Cabe apuntar que las voces más críticas con la desaparición del patrimonio del antiguo Hiyaz proceden de musulmanes que no residen en Arabia Saudí. «Es difícil despertar en la juventud saudí el interés por su propia historia –afirma Mohammed Mehmoud Baissa, alcalde de la antigua ciudad de Yiddah–. En el colegio no se enseña como es debido.»
Vertiginosas transformaciones económicas. Modernización. De tiendas de tela a Twitter y rascacielos de cristal en apenas tres generaciones.
Entre tanto, en la costa del Hiyaz, los últimos pescadores entonan con afán sus salomas hacia mi grabadora digital. Canciones de los tiempos de los dhows de madera. Canciones que hablan de los cálidos vientos del mar Rojo. De las bellezas que aguardan en los puertos. Estos marineros hiyazíes, que en su mayoría han arrendado el barco a inmigrantes de Bangladesh, se han granjeado el interés de los antropólogos. «Es importante documentar los últimos vestigios genuinos de las salomas antes de que queden reducidos a meros pastiches», dicen los investigadores de la Universidad de Exeter, Inglaterra.

Centímetro a centímetro avanzamos hacia Jordania. Consumimos cuatro litros de agua al día. Buscamos los pozos de la memoria.
En Yiddah, una artista rinde homenaje a un mundo perdido pintando en las paredes del casco viejo estampas de su abuelo con su desaparecido maylis, un consejo tradicional antaño común en los hogares de los aristócratas del Hiyaz. (El mural, titulado ¿Dónde está mi maylis?, es retirado misteriosamente al cabo de una semana.)
En Medina, el director de un museo dedica siete años de su vida a reproducir, en un meticuloso diorama de cinco metros cuadrados, el corazón de la ciudad santa, con sus callejuelas laberínticas y sus limoneros, una realidad antiquísima que se aniquiló en la década de 1980 para hacer hueco a las altas torres hoteleras. («Los vecinos de entonces vienen aquí a llorar.»)
El pasado es un terreno delicado en todos los países. Hasta hace apenas una generación los libros de texto estadounidenses pocas veces reconocían el complejo universo habitado por los nativos americanos. Israel recurre a la ar­queología bíblica para apuntalar su derecho a existir. Sin embargo, en Arabia Saudí esta visión sesgada de la historia está cambiando.
Riyad ha invertido unos 700.000 euros en
un museo dedicado al ferrocarril del Hiyaz –la legendaria versión arábiga del Orient Express–, que terminaba en Medina. El casco antiguo de Yiddah es candidato a Patrimonio de la Humani­dad de la Unesco. (Otro tesoro del Hiyaz ya ha recibido ese reconocimiento: Madain Salih, una colosal necrópolis nabatea.) Y lo más extraordinario: una ciudad caravanera hiyazí de unas 800 viviendas, que durante 40 años quedaron entregadas al abandono y el derrumbe, ha sido adquirida por el Gobierno para su restauración.
«Es nuestro mayor experimento –dice Mutlaq Suleiman Almutlaq, arqueólogo de la Comisión Saudí de Turismo y Antigüedades y conservador de la antigua ciudad caravanera de Al-Ula–. Ahora miramos más hacia atrás. Eso es bueno.»
Almutlaq es un hombre concienzudo y afable. Con su zobe blanco, camina con rapidez delante de mí por la amurallada ciudad fantasma, ubicada al sur de Madain Salih. Salta por encima de arcos caídos y se abre paso por las obstruidas callejuelas medievales. Me muestra las plazas donde los mercaderes trocaron incienso, lapislázuli y sedas durante ocho siglos. Quinqués de queroseno fabricados en Alemania se oxidan en el suelo de las casas abandonadas. El legendario explorador musulmán Ibn Battuta pasó por Al-Ula en el siglo XIV y alabó la honradez de su gente: los peregrinos guardaban aquí su equipaje de camino a La Meca, algo de lo que Almutlaq se enorgullece. De joven vivió y trabajó en Al-Ula. En los años setenta los vecinos fueron trasladados en camiones a apartamentos modernos.
«Yo lo recuerdo», dice con una sonrisa. Habla de viajantes descargando fardos de telas egipcias. De agricultores regresando de los campos al anochecer. De mujeres charlando detrás de unas ventanas protegidas por recatadas celosías.
Dos pozos de la memoria gemelos: las gafas de Almutlaq, destellos de entusiasmo entre la arqueología empañada de su infancia.

Todos somos peregrinos en el Hiyaz. Viajeros en el tiempo. Nos detenemos en sus pozos, o pasamos junto a ellos. Poco importa. Usados o no, los pozos sobreviven. En sus profundidades brillan discos de cielo pálido, los ojos de la memoria que todo lo recuerdan.
Tras seis meses de viaje a pie, me despido de mis guías Ali y Awad. En Haql cruzo la frontera de Arabia Saudí con Jordania. Viajo ligero de equipaje. Una bolsa de cuadernos de notas atados con gomas. Mil ciento veintiséis kilómetros de palabras. Páginas de delirantes garabatos sobre el calor infernal. Mapas de caminos de pe­­regrinos. Adivinaciones de beduinos que curan con fuego. Ubicaciones de pozos remotos.
Llego a un complejo turístico moderno. La novedad de las mujeres al volante. Observo a las parejas que pasean por la playa en pareo. Compro una botella de agua filtrada: un pozo de plástico en miniatura, un artefacto de la cultura de la globalización. Escudriño el paisaje en di­­rección sur, allende el golfo de Aqaba, hacia el Hiyaz. Los brocales de sus pozos seculares están marcados por cuerdas que hoy son polvo. Polvo que hace mucho se llevó el viento. Bebo un sorbo de agua. Sabe normal y corriente.