Guerreros de Panamá

Los guerreros de oro

panamaarticulo01

panamaarticulo01

Las excavaciones en un cementerio de más de mil años de antigüedad han sacado a la luz tumbas de poderosos guerreros cubiertos de oro. El hallazgo, uno de los más importantes de América en los últimos decenios, está aportando información sobre una cultura muy poco conocida.

Fotografías de David Coventry

 

En un prado abrasado por el sol en el centro de Panamá, empezó a salir oro a tal velocidad que Julia Mayo a punto estuvo de gritar ¡basta, basta! La arqueóloga, que llevaba muchos años trabajando para que llegara ese momento, ahora se sentía abrumada.

Decidida a encontrar nuevos indicios de la antigua cultura que estudiaba desde la universidad, Mayo inició en 2005 unas prospecciones geofísicas en un sitio llamado El Caño, por un salto de agua que hay en uno de los muchos ríos de la zona. El resultado fue la localización de un círculo de tumbas olvidadas desde tiempos re­­motos. En 2010 ella y su equipo excavaron un pozo de cinco metros y descubrieron los restos de un jefe guerrero cubierto de oro: dos pectora­les repujados, cuatro brazaletes, una pulsera de cascabeles, un cinto de cuentas de oro huecas del tamaño de aceitunas, más de 2.000 bolitas dispuestas como si en su día hubieran ido cosidas a un fajín y cientos de cuentas tubulares que, también en su día, pendían en forma de zigzag sobre la pantorrilla. Eso solo ya habría sido el hallazgo de toda una vida, pero no era más que el principio. Mayo había encontrado un tesoro.

El equipo regresó el año pasado durante la estación seca, de enero a abril, y encontró otro sepulcro tan espectacular como el primero. Con dos pectorales y dos espalderas de oro, cuatro brazaletes y una esmeralda impresionante, era evidente que el difunto fue otro personaje im­­portante. A su lado yacía un bebé, probablemente su hijo, con ornamentos similares de oro. Bajo los cuerpos de ambos se extendía un estrato de esqueletos humanos entremezclados, tal vez esclavos o prisioneros de guerra sacrificados.

La datación por radiocarbono fija la fecha de los enterramientos hacia el año 900 d.C., la época en que la civilización maya, desarrollada unos 1.300 kilómetros al noroeste, empezaba a decaer.

Mayo apenas había tenido tiempo de catalogar los últimos hallazgos cuando su equipo en­­contró más oro. Las piezas, que brillaban en las paredes del pozo, marcaban los límites de cuatro tumbas más. Observando la escena, la arqueóloga no pudo evitar sentirse abrumada. «Me quedé sin habla, fascinada, pero también preo­cupada», recuerda. Las lluvias ya habían empezado, y tenían que trabajar a marchas forzadas para desenterrar todo el tesoro antes de que el río cercano inundara el yacimiento. Además, los saqueadores no tardarían en llegar si se corría la voz de los hallazgos. Mayo hizo jurar al equipo que todos guardarían silencio y rezó para que el cielo se mantuviera despejado.

No era la primera vez que en Panamá se descubría un tesoro arqueológico de oro. A menos de tres kilómetros, las excavaciones de Sitio Conte (yacimiento arqueológico que toma el nombre de la familia propietaria de la tierra) sacaron a la luz una de las colecciones de piezas antiguas más espectaculares de América. Fue a principios del siglo XX, cuando una crecida arrastró parte de la tierra de un prado y dejó al descubierto colgantes, pectorales y otras joyas que salieron de las tumbas y cayeron rodando por la ribera.

Atraídos por la noticia del antiguo cementerio, equipos de Harvard y posteriormente de la Universidad de Pennsylvania emprendieron la travesía de seis días a bordo de un vapor desde Nueva York hasta Panamá, y luego prosiguieron hasta Sitio Conte a caballo, en carros tirados por bueyes y en canoas. Abrieron más de 90 tumbas, muchas de las cuales albergaban cadáveres con adornos de oro y piezas de elaborada artesanía: cerámica pintada, huesos de ballena tallados con incrustaciones de oro, collares de dientes de ti­­burón y ornamentos de serpentina y ágata.

En su informe de 1937, el arqueólogo de Harvard Samuel Lothrop identificó al pueblo de Sitio Conte como uno de los grupos indígenas que los españoles encontraron cuando invadieron Panamá a principios del siglo XVI. Durante su marcha a través del istmo, los conquistadores escribieron detalladas crónicas de sus progresos. En la región de Sitio Conte encontraron pequeñas comunidades belicosas que se disputaban el control. Sus jefes guerreros se cubrían de oro para proclamar su rango cuando luchaban entre sí o contra los españoles. Los conquistadores acumularon una fortuna en oro para las reales arcas de Sevilla al derrotar a un jefe indígena tras otro.

La cultura de Sitio Conte es mucho más antigua de lo que en un principio pensó Lothrop. Hoy los expertos creen que las tumbas de los jefes indígenas datan de entre los siglos  VIII y X. Las piezas halladas parecen coincidir con las descripciones dejadas por los conquistadores porque algunos aspectos de la cultura se mantuvieron sin cambios hasta el siglo XVI.

En abril de 1940 los arqueólogos que trabajaban en Sitio Conte hallaron un tesoro de piezas deslumbrantes para sus museos, tras lo cual se marcharon. Unos pocos siguieron buscando bajo los verdes prados de Panamá, pero no descubrieron nada notable. Esta parte de América Central carece de los atractivos que han llevado a varias generaciones de científicos al territorio maya, más al norte. Aquí no hay edificios perdurables, ni historias dinásticas, ni grandes proezas intelectuales comparables al calendario maya. El calor y la humedad han destruido las antiguas construcciones de cañas, barro y paja. Solo quedan vasijas rotas y utensilios de piedra.

A un corto paseo a pie desde el río que fluye junto al cementerio de Sitio Conte, hay una serie de monolitos altos, dispuestos en una línea que atraviesa el prado de El Caño. En 1925 las piedras llamaron la atención del aventurero estadounidense Hyatt Verrill, que cavó varios pozos y halló tres esqueletos de gente humilde. Otras excavaciones en los años setenta dieron con más tumbas, también modestas y sin ningún tesoro.

Pese a esos resultados poco alentadores, Julia Mayo estaba convencida de que aquí encontraría algo más. En su época de investigadora adjunta en el Instituto Smithsonian de Investigaciones Tropicales en la ciudad de Panamá, estudió el informe de Lothrop sobre Sitio Conte. Sabía que el arqueólogo había encontrado monolitos, además de tumbas, y pensaba que podía haber una conexión. De ser así, en el subsuelo de El Caño habría más tumbas de jefes guerreros de la misma cultura. Solo había que averiguar dónde.

En su estudio inicial halló indicios de un círculo ligeramente elevado de unos 80 metros de diámetro y, con la esperanza de que ese hallazgo marcara los límites de un cementerio, empezó a cavar justo en el centro. Su esfuerzo obtuvo re­­compensa. Las piezas que están saliendo a la luz confirman que las descripciones del lugar hechas por los españoles eran fieles a la realidad y que Sitio Conte no es una fabulosa excepción en me­­dio de un área de escaso interés arqueológico.

Los especialistas de la Smithsonian Institution que están analizando el material hallado por el equipo de Mayo ya han hecho un descubrimiento importante. Las impurezas naturales del oro indican que el metal fue extraído del subsuelo de la región y trabajado allí mismo, lo que pone fin a los debates sobre la procedencia de los tesoros de Panamá. No provienen, como se creía, del sur, donde supuestamente las culturas eran más antiguas y avanzadas. Puede que los indígenas de la región vivieran en chozas sencillas, pero tenían riqueza suficiente para mantener orfebres y eran lo bastante refinados para apreciar su arte.

Mayo cree que en su cementerio hay una veintena de tumbas, además de las dos ya excavadas. Su equipo de diez miembros trabaja despacio, rascando el duro suelo aluvial con cuidado para recuperar hasta la pieza más pequeña. En cuatro años solo han excavado el 2 % del cementerio.

Durante la campaña de excavaciones, Mayo y su equipo almuerzan en el porche del museo de El Caño, que domina cientos de hectáreas de caña de azúcar. Ella cree que esos campos son terreno fértil para la arqueología. De hecho, unos kilómetros río arriba ha encontrado signos de otro cementerio. Si es tan rico como el de El Caño o Sitio Conte, la región podría ser el Valle de los Reyes de Panamá. En Egipto, sin embargo, casi todas las tumbas han sido saqueadas. En Panamá todavía podrían estar llenas de sorpresas.