Tulou de Fujian, las fortalezas olvidadas de China

En la nueva China, las magníficas casas de los clanes de la provincia de Fujian están perdiendo residentes, y relevancia.

1 / 9

1 / 9

MM8161 140511 22229. Fortalezas olvidadas de China

Fortalezas olvidadas de China

Los tulou, «edificios de tierra», de la provincia sudoriental china de Fujian son viviendas tradicionales construidas por el pueblo hakka, que emigró a esta región meridional desde el norte de China entre los siglos XIV y XV.

Foto: Michael Yamashita

2 / 9

MM8161 140512 23433. Fortalezas olvidadas de China

Fortalezas olvidadas de China

En un tulou, las casas familiares se organizan verticalmente por segmentos alrededor de un patio central compartido, como porciones de una tarta. Cada casa tiene zona de cocina y comedor en la planta baja, un almacén un piso más arriba y los dormitorios en las plantas superiores.

Foto: Michael Yamashita

3 / 9

MM8161 140515 27233. Fortalezas olvidadas de China

Fortalezas olvidadas de China

En Hekeng, este «minubús» lleva a los alumnos de un parvulario de vuelta a casa. Cada vez hay menos escuelas debido a la despoblación de las aldeas, y los niños tienen que viajar más lejos.

Foto: Michael Yamashita

4 / 9

MM8161 140502 11254. Fortalezas olvidadas de China

Fortalezas olvidadas de China

Yuchang Lou, un tulou de cinco plantas y uno de los más altos del país, atrae a multitud de turistas durante una fiesta del mes de mayo. Son muy pocas las familias que todavía viven aquí, pero para salir adelante cobran entrada, sirven té y venden baratijas.

Foto: Michael Yamashita

5 / 9

MM8161 140422 05636. Fortalezas olvidadas de China

Fortalezas olvidadas de China

Algunos tulou abandonados han sido tomados por la naturaleza, como el Liben Lou, destruido en 1931 durante la guerra civil china. 

Foto: Michael Yamashita

6 / 9

MM8161 140501 10742. Fortalezas olvidadas de China

Fortalezas olvidadas de China

Después de pasar unos años trabajando en distintas fábricas, Li Chen volvió al tulou ancestral de su mujer, el Shunyu Lou, para criar cerdos y enseñar a su hija tradiciones tales como la recolección de madreselva.

Foto: Michael Yamashita

7 / 9

MM8161 140430 08706. Fortalezas olvidadas de China

Fortalezas olvidadas de China

Los tulou suelen estar ocupados por un único grupo familiar, por lo que una muerte afecta a todos. En el Yangzhao Lou, las plañideras profesionales se suman al duelo por la pérdida de Su Shi Yaying, de 90 años, una de las matriarcas de la familia.

Foto: Michael Yamashita

8 / 9

MM8161 140507 19442. Fortalezas olvidadas de China

Fortalezas olvidadas de China

A menudo los tulou fueron construidos por personas adineradas. El Zhencheng Lou, de 1912, perteneció a unos hermanos que hicieron fortuna con una fábrica de cortadores de cigarrillos. 

Foto: Michael Yamashita

9 / 9

MM8161 140522 36842. Fortalezas olvidadas de China

Fortalezas olvidadas de China

En 2008 una de las mayores inmobiliarias de China construyó una versión moderna de un tulou cerca de Guangzhou destinada a viviendas sociales.

Foto: Michael Yamashita

3 de julio de 2015

El Más Allá en China, espíritus inquietos

Más información

El Más Allá en China, espíritus inquietos

Contar los tulou… Todo empezó como un juego. ¿Cuántos de estos extraños edificios, semejantes a fortalezas, podía contabilizar desde la ventanilla de un vehículo? Eran enormes, y acechaban como naves espacia­les en el paisaje rural de la provincia de Fujian, en el sudeste de China. Cada pueblo parecía tener al menos uno, dos o más. Mi obsesión fue en au­­mento. Pedía que me dejasen bajar del coche en las afueras de aquellos pueblos abrigados por las montañas, me echaba a andar y hacía recuento.

En Hekeng, una localidad de varios centenares de habitantes, conté hasta 13 tulou. (Tu lou significa «construcción de tierra» en mandarín, una definición tan modesta como decir que un coliseo es un círculo de piedra.) Los edificios tienen aspecto medieval, con altos muros del color del barro, estrechos ventanucos en las plantas superiores y, por lo general, una única puerta de madera chapada en hierro.

Al poco tiempo ya no tenía suficiente con que­darme plantado mirando boquiabierto aquellos tulou, que pueden ser cuadrados o circulares. Necesitaba entrar. Las puertas solían estar abiertas. Y esto fue lo que encontré.

En primer lugar, el exterior no te prepara para lo que hay dentro. Si la fachada es lúgubre, el interior parece una sala de conciertos. Unas galerías de madera se asoman majestuosas, hasta una altura de cinco plantas, a un patio lleno de luz. Cada piso está construido en madera oscura, con pequeñas habitaciones de idéntico tamaño dispuestas una tras otra. Un corredor recorre la longitud de cada una de las plantas.

En el patio al aire libre, pavimentado con adoquines irregulares, hay normalmente uno o dos pozos, además de un recinto pequeño y ornamentado para rendir culto a los antepasados. El espacio te obliga a dar vueltas y más vueltas para admirar el mareante anillo de estancias, la visión del cielo y las montañas en lo alto y, en suma, la audacia de un diseño que reúne a una comunidad en un edificio tan colosal como inexpugnable.

Una maravillosa tumba de la dinastía Song sale a la luz por casualidad

Más información

¡Unos aldeanos excavan una tumba de la dinastía Song!

Pese a la proclamada existencia de ejemplos mucho más antiguos, los primeros registros de la edificación de un tulou datan de 1558, según explica Huang Hanmin, un arquitecto que ha escrito extensamente sobre estas casas. Su construcción coincidió con una época de luchas por la tierra entre los clanes del pueblo hakka, que habían emigrado desde las llanuras del norte de China, y los grupos ya establecidos en la región.

«Desde el principio su función primordial fue defender la seguridad de sus residentes –dice Huang–. Las crónicas dan cuenta de amenazas constantes por parte de animales salvajes, bandidos y señores de la guerra.» Para repeler estas amenazas, los constructores levantaron los muros en tapial, una mezcla de tierra arcillosa compactada, piedra caliza y arena que, al secarse, forma una superficie tan dura como el cemento. Muchas de las paredes tenían un grosor de 1,50 metros como mínimo, capaz de resistir balas de cañón, flechas incendiarias, arietes y algún que otro terremoto.

El crecimiento demográfico y el tumulto asociado a la revolución comunista de 1949 –los hakka figuraban entre sus más fervientes partidarios– motivaron que los tulou se siguieran construyendo hasta bien entrado el siglo XX.
En el interior del Dongsheng Lou («El que surge por el Este»), de tres plantas y terminado en 1961, la única diferencia estructural que aprecié en relación con otros tulou anteriores fue que las habitaciones parecían algo más amplias, aunque a duras penas cabría una cama doble.

En Hekeng conocí a un cultivador de té que se llamaba Zhang, quien me contó que su padre, ingeniero de profesión, había supervisado la construcción del Dongsheng Lou. Tardaron un año en concluir cada planta, con sus recias vigas portantes y sus 22 dormitorios. Le pregunté si veía posible que algún día se levantase en la ciudad un nuevo tulou. Zhang estudió la imponente mole del Dongsheng.

«Es imposible hacer otro –dijo, con un movimiento de cabeza–. El coste quintuplicaría el de un edificio de hormigón y acero. Además, piense en el trabajo ingente que supondría. ¿Y de dónde sacaríamos ahora los grandes árboles?»
casi todas las personas a las que entrevisté en Hekeng se llamaban Zhang. Los pueblos de montaña de Fujian son asentamientos de clanes, con un solo apellido predominante. Hekeng era una aldea Zhang; también hay aldeas Su, aldeas Li y aldeas Jian, entre otras.

Para satisfacer las necesidades de estas comunidades cuyos miembros tienen una relación muy estrecha, el tulou evolucionó como una estructura donde todas las ramas de un clan, que a menudo ascendían a más de un centenar de individuos, pudieran vivir juntas en un mismo edificio: una planificación única en el mundo.

El espacio se organizaba verticalmente, un requisito indispensable en una región montañosa con escaso terreno llano. Cada familia, según su tamaño, era propietaria de una o más secciones. En la planta baja, a pie de patio, estaba la zona para cocinar y comer; el primer piso era un almacén; en el segundo piso y los superiores se ubicaban los dormitorios. Huang compara esta distribución con una naranja, dividida en gajos o segmentos en torno a un punto central.

Todos los ocupantes utilizaban los mismos corredores y escaleras. Las normas de conducta (recoger los desperdicios, respetar a los ancianos, colaborar en los festivales) estaban por escrito en el interior de la entrada. Como gesto último de orden comunal, todas las habitaciones eran idénticas en tamaño y decoración, tanto si perte­necían al cabeza del clan o a un criador de cerdos.

A diferencia de los castillos feudales de Europa, no hay muchos tulou en la cima de un monte. Casi todos están en el fondo de un valle, preferiblemente con una montaña a su espalda y un curso fluvial delante. Su emplazamiento se elegía conforme a los principios del feng shui («viento y agua»), un sistema filosófico y técnica adivinatoria chinos que postula que el entorno afecta la energía, y la suerte, de las personas.

Luang Prabang, reflejos en una ciudad dorada

Más información

Luang Prabang, reflejos en una ciudad dorada

Un día pedí a Zhang Shou Ru, experto en feng shui, que hiciera un examen crítico del diseño y la disposición del pueblo de Hekeng. Aquel octogenario me adelantó en el camino hacia al punto de observación, y cuando llegué me esperaba fumando un cigarrillo. Zhang elogió que las montañas de la parte posterior de la localidad se asemejasen a las ondulaciones de un dragón, un signo de energía favorable. Le pareció asimis­mo prometedor que en el lugar confluyeran dos riachuelos, pero le preocupaba que, dado que el cauce se enderezaba a su salida del pueblo, saliese de Hekeng más dinero del que se quedase. En cuanto al futuro de los tulou, se puso en cuclillas ante la puerta de algunos de ellos, sacó su brújula de 24 direcciones y dijo, cada vez con solemne placer: «Está en un lugar excelente».

El Feng Shui de las tierras altas de Fujian debe de ser muy bueno porque en estos tiempos los ingresos del turismo afluyen a raudales a la re­gión. El período de bonanza se inició en 2008, cuando 46 tulou de Fujian fueron seleccionados como bienes culturales del Patrimonio Mundial, entre ellos los 13 de Hekeng. Los fines de semana, vehículos y peatones paralizan el tráfico en las pistas rurales, y los tulou se inundan de visitantes.

Hasta la década de 1950 el mundo exterior, incluida la China urbana, ni siquiera sabía de la existencia de los tulou. Los del sur de Fujian no fueron bien conocidos hasta tres décadas más tarde. El carácter recóndito de la región, el mal estado de sus carreteras y la despoblación de sus aldeas (los hakka han emigrado en grandes oleadas a Taiwan, Singapur y otros países asiáticos) habían mantenido en secreto su arquitectura distintiva. Huang Hanmin fue uno de los prime­ros expertos en estudiar la zona.

Huang es una auténtica eminencia en inventariar tulou. A partir de sus viajes, la correspondencia con académicos y autóctonos y el estudio de fotografías de satélite, ha logrado cifrar el número –de todas las configuraciones y tamaños– exactamente en 2.812, casi un millar menos de lo que se estimaba en cálculos anteriores. «Son más de 46 los que merecen figurar en la lista del Patrimonio Mundial», afirma.

«¿Dónde están todos?», era mi reacción invariable cada vez que entraba en un tulou. En unos lugares construidos para dar cobijo a cientos de individuos, con frecuencia solo quedaban cinco o seis residentes, en su mayoría personas mayores, frágiles y que vivían solas. La maleza crecía entre los adoquines, y los pozos acumulaban agua estancada. A veces distinguía en la sombra a una criatura de corta edad: uno de los llamados «niños dejados atrás», confiados a los cuidados de un familiar mayor mientras los padres vivían y trabajaban en una ciudad lejana.

Los tulou han perdido habitantes a mansalva en el transcurso de los últimos 25 años, desde que despegó la economía china y cobró auge la sociedad de consumo. La gente no quería vivir en espacios tan apretados sin instalaciones de fontanería y agua corriente. «Hoy solo los pobres siguen viviendo en los tulou», oí decir a más de uno.

Lin Yi Mou me guio a través del Eryi Lou, en su momento de apogeo un tulou magnífico de 400 vecinos, ricamente decorado, pero que hoy es un museo con la mayor parte de las estancias clausuradas. «En el pasado –me dijo–, cuando el tulou pertenecía a un clan importante, cada familia hacía una aportación económica para pagar los arreglos. Ahora no quieren invertir dinero en algo que perteneció a sus antepasados. Prefieren gastarlo en su propio bienestar.»
Tan solo en las fiestas nacionales los tulou recuperan en parte su antigua esencia como hervideros de actividad. Los miembros ausentes de las respectivas familias acuden para visitar a sus parientes, asistir a bodas y dormir en las habitaciones que antaño consideraron su hogar.

Durante el fin de semana del Día del Trabajo escuché a hijos –e hijas– pródigos profesar su nostalgia por el estilo de vida en el tulou. «Entonces había muchos niños con los que jugar; en invierno era un lugar cálido y acogedor; nos sen­tíamos seguros.» Tras una breve estancia, todos regresaron a sus viviendas modernas.

Los tulou no desaparecerán. Al menos su estructura física. Sus paredes han sido concebidas para durar siglos. Gracias a la funcionalidad de su diseño, podrían incluso protagonizar un retorno. Los ingenieros y arquitectos que estudian la construcción en tapial los ven como un prototipo de edificio «verde»: energéticamente eficiente, en armonía con el paisaje y construido con materiales autóctonos y ecológicos.

Según el arquitecto canadiense Jorg Ostrowski, el famoso Chengqi Lou, edificado a principios del siglo XVIII con cuatro anillos concéntricos, obtendría de sobra la certificación LEED, un sis­tema de medición del sector de la construcción que puntúa la sostenibilidad de los edificios. En la provincia limítrofe de Guangdong, en las afueras de Guangzhou, megalópolis de 14 millones de habitantes, los arquitectos de la firma Urbanus diseñaron una lograda versión moderna de un tulou para 278 familias de bajos recursos.

«Puedo imaginar fácilmente la adaptación actual de este concepto, con su sentido del es­­pacio colectivo, para escuelas, bibliotecas y, sí, también para cárceles», comentó Meng Yan, un diseñador de vanguardia.

Incluso los viejos tulou se pueden convertir en algo nuevo. En la localidad turística de Taxia, cercana a muchos de los edificios designados como Patrimonio Mundial, el emprendedor Zhang Min Xue abordó un tulou que llevaba ocho años abandonado y lo transformó en una casa de huéspedes llamada Qingde Lou.

Yo pernocté allí. Era ruidoso, y estaba atestado de gente. De las barandillas colgaba ropa recién lavada. Los pollos paseaban ufanos por el adoquinado. Frente a la imagen de una divinidad local ardían infinidad de velas. Y por la noche, la maciza puerta principal se cerraba a cal y canto. ¡Aquello era un tulou!