Las consecuencias del desastre nuclear de Chernobil

En abril de 1986 los operadores cometieron en la sala de control del reactor número cuatro de la Central Nuclear V.I. Lenin de Chernobil , una serie de errores fatales. La explosión subsiguiente aún arruina la tierra y muchas vidas

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Sala de control: reactor Central Nuclear V.I. Lenin de Chernobil. Sala de control: reactor de la Central Nuclear V.I. Lenin de Chernobil

Sala de control: reactor de la Central Nuclear V.I. Lenin de Chernobil

Hace treinta años, los operadores cometieron aquí, en la sala de control del reactor número cuatro, una serie de errores fatales. La explosión subsiguiente aún arruina la tierra y muchas vidas

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Enfermedad y duda

Enfermedad y duda

Aquejados de cáncer de tiroides, Oleg Shapiro, de 54 años, y Dima Bogdanóvich, de 13, son atendidos en un centro especializado de Bielorrusia. Shapiro arriesgó su salud demoliendo casas contaminadas cerca del reactor destruido. Dima nació mucho después de la explosión, y aunque es poco probable que haya desarrollado este tipo de cáncer como consecuencia de ella, la gente de la región sigue atribuyendo a Chernobil una amplia variedad de trastornos.

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Guardería silenciosa

Guardería silenciosa

El día del desastre, los niños, ajenos al accidente nuclear, jugaron en esta guardería de Prípiat, la ciudad de los empleados de la central. Fueron evacuados al día siguiente.

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La mortífera huella de Chernobil

La mortífera huella de Chernobil

Las partículas radiactivas arrastradas por el viento cayeron en su mayoría cerca del reactor (nube representada abajo), lo cual obligó a evacuar miles de kilómetros cuadrados a ambos lados de la frontera entre Ucrania y Bielorrusia.

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El laboratorio siniestro. Un laboratorio siniestro

Un laboratorio siniestro

Prípiat, hoy abandonada, se usa para estudiar las pautas de contaminación radiactiva en las ciudades. Chernobil fue como una gigantesca bomba sucia que esparce  radiación con una explosión convencional.

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Quince minutos de infierno

Quince minutos de infierno

Con trajes protectores y máscaras antigás, la imagen muestra los trabajos de perforación que se llevaron a acabo en 2005 para colocar las vigas de refuerzo en el interior del endeble sarcófago de hormigón, una estructura construida apresuradamente tras la explosión para aislar los escombros radiactivos del reactor cuatro. Su función fue mantener en pie la estructura hasta que se construyera una nueva. La radiación en el interior es tan elevada que no se podían realizar turnos de más de 15 minutos.

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Mundo perdido

Mundo perdido

Para una exiliada de Prípiat, el silencio de una calle de la ciudad reaviva memorias del pasado. Muestra una vieja fotografía de la misma calle años atrás.

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Volver al hogar

Volver al hogar

Iván Martínenko y su esposa han regresado a su casa, en un pueblo cerca de Chernobil. Unas 350.000 personas fueron evacuadas tras la explosión. Ahora, desafiando el desastre, han regresado unos 400 ancianos. En un principio las autoridades ucranianas los desanimaban, pero al comprender que lo único que querían era morir en su casa, les dieron atención médica y otros servicios.

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Velas para los muertos

Velas para los muertos

Ante el Monumento a los Bomberos, los operarios de Chernobil recuerdan a los muertos en la explosión. Dos trabajadores de la central murieron durante el accidente, y otros 28 operarios y bomberos fallecieron poco después por los efectos de la radiación. El número de muertos por cáncer podría llegar a 4.000. Los trastornos causados por el traslado de la población y el miedo a la enfermedad han generado otros riesgos para la salud, entre ellos, depresión y alcoholismo.

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Enfermos de miedo

Enfermos de miedo

En una institución de Bielorrusia viven niños discapacitados psíquico. Se dice que los niños nacidos en la región tienen un mayor índice de defectos congénitos y retraso mental. Un estudio de la ONU ha comprobado que el accidente dejó un legado de miedo en madres primerizas.

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Captura de pantalla 2016-04-25 a la(s) 13.05.38. Ecos de esperanza

Ecos de esperanza

Lejos de la zona cero, la naturaleza se ha adueñado de los 5.200 kilómetros cuadrados de tierras abandonadas en la zona de exclusión.

En abril de 1986 los operadores cometieron en la sala de control del reactor número cuatro de la Central Nuclear V.I. Lenin de Chernobil , una serie de errores fatales. La explosión subsiguiente aún arruina la tierra y muchas vidas

En la macilenta luz de una nevada mañana de primavera, los objetos dispersos por el suelo de una guardería abandonada hablan de otra época, antes de que los niños de Prípiat perdieran su inocencia. Sandalias y diminutas zapatillas de ballet. Figuritas de cartón de Lenin cuando era niño y de su etapa de dirigente juvenil, el equivalente soviético de los cromos de futbolistas. En la sala contigua, muñecas rotas y desnudas yacen en las camas donde los pequeños dormían la siesta. En la pared del gimnasio hay fotos de los niños haciendo ejercicio.

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Chernobil 30 años después de la catástrofe

Chernobil 30 años después de la catástrofe

La vida en Prípiat llegó a un estremecedor final. Antes del alba del 26 de abril de 1986, a menos de tres kilómetros al sur de lo que entonces era una ciudad de 50.000 habitantes, el reactor número cuatro de la central nuclear de Chernobil estalló. Treinta personas murieron a consecuencia de la explosión y del incendio, o resultaron expuestas a radiaciones letales. La estructura destruida ardió durante 10 días, contaminando 142.000 kilómetros cuadrados en el norte de Ucrania, el sur de Bielorrusia y la región rusa de Briansk. Fue el peor accidente nuclear que ha conocido el mundo.

La lluvia radiactiva, 400 veces superior a la radiactividad liberada en Hiroshima, expulsó a más de 300.000 personas de sus hogares y desencadenó una epidemia infantil de cáncer de tiroides. Con los años, las pérdidas económicas –costes sanitarios y de limpieza, indemnizaciones y pérdida de productividad– se han cifrado en cientos de miles de millones de euros. A medida que los errores y el secretismo del gobierno fueron saliendo a la luz, Chernobil (Chornobyl, como hoy se la conoce en la Ucrania independiente) incluso aceleró la desintegración de la Unión Soviética. Los restos extremadamente radiactivos del reactor cuatro aún están bajo el «sarcófago», una deteriorada cripta de hormigón y acero construida a toda prisa después del accidente y que 20 años después amenazaba con desplomarse. Los trabajos para reemplazarlo se iniciaron hace 10 años: una estructura arqueada, del tamaño de un estadio, que se deslizaría sobre el sarcófago y lo cerraría herméticamente. Se espera que la estructura, aún sin finalizar, este completamente construida para 2017. El reactor quedará así fuera de la vista. Pero la gente de la región nunca lo borrará de su pensamiento, porque ante sus ojos aún se desarrolla una catástrofe a cámara lenta.

Muchas mujeres sienten que darán a luz bebés enfermos o hijos sin futuro

Los primeros cálculos de que habría decenas o incluso cientos de miles de muertos a consecuencia del accidente de Chernobil han sido desechados. Pero el daño genético producido se cobra lentamente sus víctimas. Nadie puede predecir los efectos definitivos, pero un informe fidedigno de 2005 calculaba que el polvorín de cáncer encendido por Chernobil se cobraría 4.000 vidas hasta la fecha. Aun así, los efectos más insidiosos de Chernobil podrían ser las heridas psicológicas sufridas por los que abandonaron un hogar malogrado y por los millones de personas que siguen viviendo en la zona contaminada. «Los efectos psicológicos son devastadores –dice Mijaíl Malko, físico en Minsk–. Muchas mujeres sienten que darán a luz bebés enfermos o hijos sin futuro

Crónica de un accidente nuclear

Olesia Shovkoshítnaya no sabe si culpar o no a Chernobil por sus jaquecas y su mala memoria. Pero guarda buenos recuerdos de su infancia en Prípiat, ciudad construida en la década de 1970 para el personal de la central de Chernobil. «Era un lugar acogedor, con árboles y rosas –recuerda Olesia, que ahora vive en Kíev, unos 110 kilómetros al sur de Chernobil–.Yo jugaba al ajedrez y a balonmano, nadaba y formaba parte de un coro. Disfruté mucho de mi infancia.» Esa vida se acabó cuando tenía 10 años. A la 1.23 de aquella madrugada de abril, los técnicos cometieron un error en una rutinaria prueba de seguridad del reactor cuatro. El reactor de núcleo de grafito, un diseño soviético, tenía una inestabilidad inherente, y en cuestión de unos segundos la reacción nuclear en cadena se descontroló. El agua de refrigeración del reactor se vaporizó instantáneamente, rompiendo las barras combustibles. Los reactores occidentales están encerrados en el interior de gruesos edificios de acero y hormigón, pero éste no tenía materiales resistentes que contuvieran la explosión. El estallido levantó el techo, dispersó las entrañas del reactor alrededor del edificio y provocó un feroz incendio en lo que quedaba de núcleo de grafito. La madre de Olesia, que trabajaba de técnico en la central, acudió como siempre esa mañana a su puesto de trabajo, varias horas después del accidente. Olesia fue a la escuela. «Hacía calor –recuerda–. Nos encerraron dentro. No entendía por qué.» Después de las clases, dijeron a los niños que se fueran directamente a casa.

La madre de Olesia regresó por la tarde y cerró las ventanas. Después se presentó un funcionario del ayuntamiento con comprimidos de yodo, que protegen contra el yodo 131 radiactivo. También le dio a su hija un trago de vodka, una bebida que en tierras soviéticas estaba considerada como protectora frente a la radiación. Su padre, que era ingeniero, regresó ese mismo día de Moscú, donde acababa de obtener el doctorado. Irónicamente, su tesis trataba de la probabilidad de una catástrofe en una central nuclear. Después contaría a Olesia que de camino a casa vio niños chapoteando en los charcos que se formaron tras regar la carretera. Les rogó que entraran en casa. Estaban impregnándose de radiación.

A la mañana siguiente las autoridades anunciaron que se había producido un accidente y que la ciudad sería evacuada. Ese día, 1.100 autobuses de toda Ucrania se alinearon en Prípiat. A las 5 de la tarde, la ciudad estaba vacía.

La ciudad de Slávutich fue construida a 50 kilómetros de Pripiat para sustituir la ciudad, alojaba al personal de los tres reactores restantes de Chernobil hasta que fueron clausurados, el último de ellos en el año 2000. En su plaza están grabados en mármol negro los nombres y los rostros de las primeras víctimas del desastre. Dos trabajadores de la central murieron por la explosión y el fuego. Los otros, 22 trabajadores y seis bomberos, recibieron elevadísimas dosis de radiación y sucumbieron en unos meses.

Durante los días que siguieron a la explosión, otros miles de trabajadores, llamados «liquidadores », fueron conducidos a toda prisa hasta Chernobil para dominar el infierno radiactivo. Mineros del carbón excavaron bajo el núcleo para bombear nitrógeno líquido y enfriar así el combustible nuclear. Pilotos de helicópteros arrojaron 4.500 toneladas de plomo, arena, arcilla y otros materiales para sofocar las llamas. El ejército hizo incursiones cronometradas al techo de la central para echar en el interior del reactor los bloques humeantes de grafito desalojados por la explosión. Apodados irónicamente «biorrobots »,muchos de esos 3.400 hombres que participaron en la operación absorbieron en unos segundos la dosis de radiación de toda una vida.

El 6 de mayo las llamas del reactor fueron al fin extinguidas, y un ejército de liquidadores se puso a trabajar en la construcción de un sarcófago y en la concentración de los residuos radiactivos en varios cientos de vertederos cerca de Chernobil. Los primeros días, los médicos que controlaban el estado de los liquidadores comprobaron que el número de leucocitos bajaba y temieron por su salud. Casi todos se recuperaron.

La mortifera huella de Chernobil

Pero ahora, una nueva oleada de afecciones puede estar aquejando a los 240.000 hombres y mujeres que trabajaron en el frente del desastre. Las cataratas, un mal característico de los supervivientes de las bombas atómicas en Japón, van en aumento. Más preocupante es un estudio realizado entre los liquidadores rusos que atribuye al accidente 230 muertes en los años noventa por cardiopatías, leucemia y otros tipos de cáncer.

Ahora, una nueva oleada de afecciones puede estar aquejando a los 240.000 hombres y mujeres que trabajaron en el frente del desastre.

La conexión entre Chernobil y las enfermedades cardíacas es controvertida. La exposición a la radiación puede dañar los vasos sanguíneos, pero algunos científicos creen que la elevada incidencia de cardiopatías puede atribuirse al consumo de alcohol y tabaco, al estrés y a una dieta inadecuada. Tal vez el goteo de casos registrados hasta ahora sólo sea el principio, pues ya se preveía un aumento del cáncer. Pasaron entre 20 y 25 años antes de que aparecieran cánceres inducidos por la radiación entre los supervivientes de las bombas atómicas.

Los millones de personas que vivían a sotavento de Chernobil también corren un riesgo. La explosión inicial arrojó material radiactivo al oeste del reactor, salvando a Prípiat de un impacto directo y aniquilando una franja de pinos conocida como el Bosque Rojo por las espectrales agujas rojas de los árboles muertos. «Los vientos fueron favorables», dice Ronald Chesser, un ecólogo de la Universidad Tecnológica de Texas que estudia la nube radiactiva como modelo de lo que ocurriría si una bomba sucia (explosivos con material radiactivo) estallara en Estados Unidos.

En aquel momento, cuando el reactor ardía fuera de control, el viento arrastró la nube hacia el norte. El 70% de la radiactividad se extendió por Bielorrusia y contaminó casi una cuarta parte del país. Pero el gobierno soviético no informó a la población. Mientras que los niños de Prípiat ya estaban tomando comprimidos de yodo horas después de la explosión, las autoridades de Bielorrusia no empezaron a distribuir píldoras hasta transcurrida una semana o más. Todo ese tiempo los niños bebieron leche con trazas de yodo 131 radiactivo procedente de vacas alimentadas con hierba contaminada. Este potente isótopo de rápida desintegración se concentró en la glándula tiroides de los humanos.

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A partir de 1990, Alexei Okeánov, de la Universidad Medioambiental Internacional Sajárov, y otros observaron un marcado incremento del cáncer de tiroides infantil. Antes de Chernobil, en Bielorrusia había dos o tres casos al año en niños menores de 15 años. En 1995 hubo 90. Hasta el momento, a 4.000 niños y adolescentes de Bielorrusia, Rusia y Ucrania se les ha diagnosticado este cáncer, y la mayoría vive en Gómel, región de Bielorrusia altamente contaminada justo al norte de Chernobil. Aunque el cáncer de tiroides tiene uno de los índices de curación más altos entre los tumores malignos, al menos nueve niños murieron y los supervivientes deben seguir tomando medicamentos de por vida.

Ahora que ha pasado una generación desde el accidente, el cáncer de tiroides vuelve a ser raro entre los niños. Pero en los adultos, la incidencia puede estar aumentando. Okeánov dice que el registro nacional de cáncer de Bielorrusia revela un aumento en Gómel del cáncer de colon y de vejiga, aunque algunos consideran que el mayor control después del accidente explicaría en parte el incremento de casos diagnosticados.

Un informe elaborado en el año 2005 por el Foro Chernobil, un grupo de expertos creado por el Organismo Internacional de Energía Atómica, la OMS y otras agencias de la ONU, indica que de los millones de personas expuestas a la nube radiactiva de Chernobil, unas 4.000 morirán de leucemia y otros tipos de cáncer inducidos por la radiación. El hecho de que esta cifra haya sido recibida con alivio da la medida de los temores suscitados tras el accidente.

El impacto de Chernobil no acaba con las muertes por cáncer. Al principio, «no pensamos en el impacto psicológico en los supervivientes», reconoce Mijaíl Balonov, secretario científico del Foro Chernobil. Convencidos de que están condenados, algunos viven atemorizados, y otros prescinden de cualquier precaución: comen setas contaminadas, abusan del alcohol o llevan una vida sexual promiscua y sin protección. Al sufrimiento se añade el desplazamiento de cientos de miles de personas que fueron evacuadas de las regiones más contaminadas o huyeron por propia voluntad. Olesia Shovkoshítnaya asegura que la vida como «niña de Chernobil» no ha sido fácil. Su familia se alojó durante tres meses en casa de unos parientes, en el este de Rusia, antes de que le fuera asignado un apartamento en Kíev y dinero para comprar muebles.

Quienes se quedaron siguen viviendo en un paisaje contaminado

Como era previsible, a sus nuevos vecinos no les sentó bien el torrente de evacuados y el trato preferencial que recibían las víctimas oficiales de Chernobil. «Decían que ellos también vivían en una zona contaminada. Pero no recibían ninguna compensación», cuenta Olesia. Quienes se quedaron siguen viviendo en un paisaje contaminado. Los dos radionucleidos más generalizados de Chernobil, el cesio 137 y el estroncio 90, permanecerán en el ambiente durante decenios. Los campos se abonan con potasio para que los cultivos absorban menos cesio, y se les añade cal para bloquear el estroncio. Extensas regulaciones fijan lo que se puede cultivar en cada tipo de suelo. La tierra más contaminada (200.000 hectáreas) todavía sigue en barbecho, aunque el gobierno de Bielorrusia está tomando medidas para recuperarla.

Campos sembrados de sal

Recuerdo mi visita en 2005. En un portón y un puesto de guardia a 30 kilómetros del reactor, los campos de cultivo se acababan. Éstos daban paso al bosque, oscuro, fragante y aún inquietante en mi cuarta visita en diez años a la zona de exclusión, un área estrictamente controlada casi el doble de grande que Luxemburgo. En el centro de ese yermo accidental se erguía el sarcófago, gris, maligno y más oxidado de lo que recordaba. Construido en seis meses, estaba previsto que durara como máximo 20 años. Una de las vigas que soportaba el techo de acero corrugado se apoyaba precariamente sobre una pared del edificio del reactor, gravemente dañada, y el lado oeste de la estructura se había combado varios centímetros. Ninguna juntura estaba soldada, porque los operarios no pudieron acercarse lo suficiente. Cualquier eventualidad –un terremoto, un tornado o una nevada copiosa– podría haber derribado la estructura. El propio sarcófago, conocido como el refugio, podría haberse desplomado por sí solo. El frágil refugio contiene una cantidad estimada de 180 toneladas de combustible nuclear, parte en el núcleo del reactor y parte en forma de «lava» altamente radiactiva (una mezcla de barras combustibles, hormigón y metal, que se fundió durante el incendio posterior a la deflagración e inundó el laberinto de salas debajo del reactor). Dentro de ese armatoste hay suficiente uranio y plutonio enriquecidos para fabricar decenas de bombas atómicas.

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Pero la amenaza más inmediata es el agua. Hace unos años los operarios calcularon que había 1.000 metros cuadrados de grietas y orificios en el sarcófago, por los cuales penetraba la lluvia y la nieve fundida hasta sus entrañas. El agua debilita aún más la estructura y se filtra hacia el medio ambiente cargada de contaminantes radiactivos. El agua puede actuar además como moderador nuclear, es decir, como sustancia capaz de promover una reacción en cadena. Aunque el riesgo se considera mínimo, una nueva reacción en cadena podría causar otra explosión de vapor, que haría estallar el sarcófago, dispersaría trozos de combustible y emitiría toneladas de fino polvo radiactivo.

La noche del 26 de junio de 1990, después de dos semanas de intensas lluvias, los detectores en una de las salas inundadas de «lava» registraron un espectacular aumento de los neutrones, señal de una inminente reacción en cadena. Cuatro días después, un físico de un centro técnico de la vieja ciudad de Chernobil, a 16 kilómetros de distancia, acudió a toda prisa para verter sobre la «lava» nitrato de gadolinio, una sustancia que absorbe los neutrones. Los neutrones volvieron a su nivel normal.

Actos de heroísmo como éste han tenido un alto coste a lo largo de los años. El centro técnico, dependiente de la Academia de Ciencias de Ucrania, es el hogar de los «vigilantes», científicos que trabajan en el sarcófago, exponiéndose a elevados niveles de radiación cada vez que comprueban el estado del combustible del reactor. Junto a la entrada hay una lista de las varias decenas de personas que han muerto, muchas de ellas sin llegar a los 50 o a los 60, y en muchos casos de cáncer o por una enfermedad del corazón.

«El refugio era y sigue siendo peligroso. Es una amenaza para quienes trabajamos aquí, para los vecinos y para el medio ambiente»

En los últimos dos años se ha sellado el 90% de las aberturas, y un nuevo sistema aspersor esparce gadolinio en la sala central. La mayor parte del agua de lluvia se extrae, pero se deja una pequeña cantidad para eliminar el polvo. Pero Yuliya Marúsich, que trabaja en el departamento de información de la central nuclear, declara en un tono imperturbable: «El refugio era y sigue siendo peligroso. Es una amenaza para quienes trabajamos aquí, para los vecinos y para el medio ambiente».

Marúsich, una fumadora empedernida con el pelo teñido de naranja, me hace pasar para que eche un vistazo. Con dosímetros de radiación en los bolsillos y mascarillas en la cara, recorremos una serie de pasillos hasta llegar a un puesto de control, donde un ingeniero de la central me enseña un diagrama con los niveles de radiactividad. El punto «álgido» registrado en el sarcófago, con 3.400 roentgens por hora, supondría una dosis letal para una persona en cuestión de minutos. Lo más adentro que Marúsich puede llevarme es la sala de control del reactor número cuatro. Allí fue donde los operarios del turno de noche vieron con horror cómo la reacción en cadena escapaba de su control. Aunque las placas del techo han desaparecido, dejando al descubierto tuberías y una masa de cables y alambres, los paneles de instrumentos están intactos. En el año 2000, la sala fue impregnada con una solución descontaminante de color rosa. Los residuos que aún quedan en las paredes tienen un inquietante parecido con la sangre.

Conviviendo con la radiactividad

Lejos de la zona cero, la naturaleza se ha adueñado de los 5.200 kilómetros cuadrados de tierras abandonadas en la zona de exclusión. Más de un centenar de lobos merodean por el bosque, cigüeñas negras y pigargos europeos amenazados anidan en las ciénagas, y varias decenas de caballos de Przewalski, una raza rara que se extinguió en libertad hace décadas, medran en la zona tras la suelta realizada en 1998. Los pinos también están recuperando el Bosque Rojo, aunque en algunos puntos de radiactividad persistente son achaparrados y de aspecto deforme, con las agujas demasiado cortas o demasiado largas y con racimos de brotes donde normalmente no debería haber más que uno. Este bosque transfigurado por la radiación es una anomalía.

Los ecólogos se maravillan de la resistencia de la naturaleza ante la adversidad radiológica

Los ecólogos se maravillan de la resistencia de la naturaleza ante la adversidad radiológica. También las personas han demostrado ser resistentes. La zona de exclusión fue totalmente evacuada tras la explosión de Chernobil, pero al cabo de unos meses comenzaron a regresar algunos residentes, desafiando a las autoridades ucranianas. Actualmente 400 personas, casi todas mayores, viven en los deteriorados pueblos de madera dispersos por la zona, y el gobierno les ha proporcionado electricidad y autobuses para que vayan de compras a las ciudades cercanas. En Opáchichi, un pueblo de 19 habitantes, un gallo y varias gallinas se pavonean junto a la desvencijada cabaña de Anna y Vasili Yevtushenko. «Ésta es nuestra hija», dice Vasili, y después, señalando la página opuesta, añade: «Ésta es nuestra vaca». Una semana después del accidente, Anna y Vasili fueron evacuados a un pueblo a 160 kilómetros. «No nos gustaba el sitio. El clima no era bueno»,me cuenta Vasili. Dos años después volvieron a Opáchichi. «Aquí tenemos todo lo que necesitamos», asegura. Luego me enseña los resultados de los análisis de sangre que ambos se hicieron en 2004. Todo parece normal. «Si hubiera algo, ya habríamos muerto», dice.

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Paraísos radiactivos

Paraísos radiactivos

Si Opáchichi es el vestigio de una pesadilla nuclear, Prípiat es como el reloj hallado entre los escombros de Hiroshima, con las manecillas inertes marcando para siempre el momento de la detonación. Cerca de una guardería y de un polideportivo con piscina, ahora vacío y lleno de basura, que Olesia recuerda de su infancia, se yergue una noria de feria oxidada, con los asientos amarillos chirriando al viento. La habían instalado precisamente para la celebración del 1 de mayo de 1986. El palacio de cultura Energetik, un auditorio donde se organizaban conciertos y espectáculos de danza, preside una plaza desolada. Los álamos crecen a través del pavimento. El musgo que se ha adueñado de las grietas hace que el contador Geiger se dispare. Aunque las lluvias han limpiado algunas superficies, una maraña de puntos calientes hará que este armazón sin alma siga siendo radiactivo durante toda una vida. «Lo que resulta más siniestro en el centro de Prípiat no es la destrucción del hormigón y el acero –dice Ron Chesser–, sino la ausencia de gente, el silencio.» Con el tiempo, los radioisótopos completarán sus períodos de semidesintegración, y los temores de los supervivientes se desvanecerán.