La misteriosa tumba maya de la Reina Roja de Palenque

Ana García Barrios

14 de marzo de 2017

En 1994 se descubrió en un templo de la ciudad maya de Palenque el sepulcro de una princesa del siglo VII impregnado de cinabrio

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Palenque es una de las ciudades más bellas e impresionantes del área maya. Llamada por los antiguos mayas Lakamha’, fue construida en la boscosa selva tropical de la cuenca del río Usumacinta, en el estado mexicano de Chiapas. Durante el siglo VII, la ciudad vivió un momento de gran esplendor bajo el largo reinado de K’inich Janaab’ Pakal I. Fue entonces cuando se erigieron numerosos palacios, templos y edificios administrativos, entre ellos el templo de las Inscripciones, que acogió el sarcófago monumental del monarca.

En 1994, el director del proyecto arqueológico de Palenque, Arnoldo González Cruz, decidió excavar en el templo XIII, situado junto al templo de las Inscripciones, con el fin de estudiar la cimentación o las posibles subestructuras ocultas bajo este edificio. Para penetrar en él se excavó un túnel que partía de la escalinata de la fachada principal y se adentraba en el corazón mismo del templo. Enseguida, el equipo se topó con un corredor que daba acceso a tres cámaras. De éstas, la mayor, la central, estaba sellada con un muro, en cuya base se apreciaban restos del humo de algún ritual practicado por los antiguos mayas.

Los arqueólogos comprendieron que esa habitación, sellada a propósito, protegía algo importante. Decididos a proceder con cautela para no dañar la decoración o los objetos que pudieran haberse depositado allí, practicaron un pequeño agujero a través del cual podrían espiar aquel espacio sin problemas.

Una cámara secreta

Al igual que Howard Carter setenta años antes en la tumba de Tutankhamón, Arnoldo González introdujo una linterna por el resquicio y observó el interior de la cámara funeraria. En la penumbra se distinguía una habitación pequeña y abovedada, de 4.20 x 2.50 metros, ocupada casi totalmente por un sepulcro monolítico de piedra caliza, con varios objetos de cerámica repartidos por la habitación. Tras retirar las piedras que formaban el tosco muro de cerramiento, los arqueólogos penetraron en la cámara. Allí hallaron dos cuerpos, uno situado en el lado este y el otro en el oeste.

Sin duda, ambos habían sido sacrificados para acompañar en su viaje al personaje de alto rango depositado en el sarcófago

El cuerpo del lado este correspondía a una joven que estaba recostada boca abajo, en posición extendida y con las manos atadas a la espalda y que presentaba cortes y golpes en su caja torácica, sin duda heridas infligidas al extraer su corazón; el del lado oeste era el de un niño, también en posición extendida y con un fuerte golpe en la parte posterior del cuello que le había provocado la muerte. Sin duda, ambos habían sido sacrificados para acompañar en su viaje al personaje de alto rango depositado en el sarcófago.

Éste había sido tallado en un único bloque de piedra caliza y estaba cubierto por una pesada losa. En su día estuvo pintado de rojo, pero la humedad y las filtraciones de agua habían echado a perder parte de su policromía. Sobre la tapa se hallaron los restos de un incensario, sin duda usado en el ritual de enterramiento, que cubría una abertura circular: el psicoducto, un canal que permitía al alma del difunto escapar de su cuerpo y viajar al inframundo. Los antiguos mayas tenían por costumbre venerar a sus antepasados mediante ceremonias de apertura de las tumbas. Se les ofrendaba copal (incienso), vasijas y alimentos; una forma de perpetuar y venerar la memoria del ancestro, algo que aún practican algunas comunidades indígenas.

Rojo por doquier

A través del psicoducto, los arqueólogos introdujeron una luz y una pequeña cámara que permitiese ver el interior del sarcófago. Así distinguieron unos restos humanos cubiertos de cinabrio de un vivo color rojo.

El problema que se planteaba a los arqueólogos era cómo acceder al interior del sarcófago sin dañar la tapa, pues la distancia entre ésta y las paredes no permitía moverla. Para ello diseñaron y fabricaron un ingenio de madera y metal que posibilitase elevar la cubierta mediante gatos hidráulicos. Como Arnoldo González recordó más tarde, una vez montada la estructura se percataron de que no disponían de gatos y tuvieron que utilizar los de sus propios vehículos para proceder a elevar la tapa. Eran las cinco de la madrugada del día 1 de junio de 1994.

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Cuando la tumba se abrió, los miembros del equipo empezaron a disparar sin descanso los flashes de sus cámaras fotográficas. Cuando cesaron los fogonazos, los ojos de los arqueólogos necesitaron unos momentos para acostumbrarse a la penumbra y poder atisbar el interior del sarcófago, que resplandecía de rojo: las paredes y el fondo, los restos óseos…, todo estaba impregnado del tóxico polvo de cinabrio. En medio podían intuirse los ricos adornos que acompañaron a la que pronto sería bautizada como la Reina Roja.

¿Quién era la reina?

Los recientes estudios de los restos óseos llevados a cabo por la antropóloga Vera Tiesler junto con otros investigadores muestran que se trataba de una mujer de entre 60 y 70 años de edad y de metro y medio de altura. La riqueza de su ajuar, la monumentalidad de su tumba, la deformación craneal –un rasgo frecuente en los miembros de la nobleza maya– y el escaso deterioro de su dentadura –reflejo de una alimentación sana y elaborada– indican que esta mujer perteneció a la élite de Palenque.

Fue contemporánea del gran K’nich Janaab’ Pakal I y sus tumbas son muy similares, salvo por el hecho de que la de la Reina Roja carece de inscripciones. Ambos personajes se habían hecho enterrar en dos templos contiguos que ocupan un lugar preferente en la ciudad y en sarcófagos monolíticos, algo inusual en los enterramientos mayas. El ritual funerario –con sus cuerpos intensamente impregnados de cinabrio y la presencia de víctimas sacrificiales– parece haber sido preparado y ejecutado por los mismos sacerdotes.

Vera Tiesler exploró varias vías para identificar el cuerpo. Reconstruyó el rostro y lo comparó con retratos de reinas de Palenque que aparecen en algunos relieves. A través del ADN comprobó que no había relación de parentesco entre Pakal y la señora de los huesos rojos. Los estudios de la dentadura, realizados por el antropólogo físico Andrea Cucina, revelaron que procedía de una población cercana. Todas estas conclusiones apuntan a Ix Tz’akbu Ajaw, originaria de la cercana ciudad de Tokhtan u Ox te’kúb, que llegó a Palenque para casarse con Pakal I en el año 626, quizá con el propósito de reforzar las alianzas políticas entre ambos reinos. Dos de sus hijos también fueron reyes de Palenque. La comparación del ADN de la Reina Roja con el de quienes serían sus hijos constituiría la prueba definitiva de esta identificación, pero las tumbas de estos soberanos aún no han sido descubiertas.