Diario de un fotógrafo

La huella

En la cueva cántabra de Las Chimeneas, el fotógrafo Pedro Saura descubre junto a unos grabados paleolíticos 20 huellas dactilares humanas. Podrían ser las más antiguas conocidas hasta hoy.

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La huella

Las Chimeneas es uno de los yacimientos arqueológicos que forman parte del complejo de cuevas de Monte Castillo, en Puente Viesgo, Cantabria. En 2008 fue declarada Patrimonio de la Humanidad por la Unesco. En su interior se conservan estas exquisitas figuras de ciervos.

Foto: Pedro Saura

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La huella

En la zona de los grabados de la cueva de Las Chimeneas (arriba), Pedro Saura halló durante una sesión fotográfica más de 20 huellas dactilares humanas (abajo) que probablemente pertenecen al autor de los grabados.

Fotos: Pedro Saura

En la cueva cántabra de Las Chimeneas, el fotógrafo Pedro Saura descubre junto a unos grabados paleolíticos 20 huellas dactilares humanas. Podrían ser las más antiguas conocidas hasta hoy.

Las cuevas prehistóricas de nuestra cornisa Cantábrica y su arte parietal son auténticas cajas de sorpresas. Y la fotografía ha resultado ser en algunas ocasiones una llave maestra para abrirlas. El arduo trabajo de documentación fotográfica que llevé a cabo en Altamira en colaboración con mi mujer, la catedrática de Bellas Artes Matilde Múzquiz, para la creación de la neocueva permitió entre otras gratas recompensas que salieran a la luz por vez primera grabados y pinturas de figuras animales hasta entonces desconocidos. No lejos de Altamira, en el monte de El Castillo, cerca del municipio de Puente Viesgo, está la cueva de Las Chimeneas, la última con pinturas del paleolítico superior descubierta hasta el momento en dicho monte. Su hallazgo en 1953 tuvo lugar cuando un barreno empleado para abrir la pequeña carretera que debía unir las tres cuevas de El Castillo, La Pasiega y Las Monedas abrió un boquete en una caverna hasta entonces oculta. Los propios obreros descendieron con cuerdas por la chimenea natural que une la galería abierta por el barreno con otra galería inferior y, tras una rápida exploración, descubrieron el camarín con las excepcionales figuras de ciervos dibujadas a carbón.

Inmediatamente después de su hallazgo, Las Chimeneas fue cerrada a cal y canto con una puerta metálica y una reja, y desde ese mismo momento solo personas vinculadas a la investigación han entrado en ella. Poco tiempo después, los prehistoriadores descubrieron la zona de los grabados, la mayoría de ellos toscos, muy primitivos, realizados con los dedos o con algún útil ancho y romo, como un palo o un hueso.

Fue en 2001 cuando vi por primera vez la huella. Llevaba varios días fotografiando la cueva por encargo de la Consejería de Cultura de Cantabria, en el marco de un proyecto destinado a documentar en imágenes todo el arte paleolítico de esta comunidad autónoma. El último día, cuando recogíamos el equipo en la zona de los grabados, el azar quiso que al mover uno de los flashes todavía encendido, este iluminase fugazmente una huella dactilar impresa sobre la caliza alterada (reblandecida por el contacto continuado con el agua de escorrentía). Las cuevas de origen kárstico son sistemas vivos, orgánicos, donde el frágil equilibrio entre humedad y temperatura ha logrado conservar intacta la impronta humana de un pasado remoto. Al mirar detenidamente aquella huella, comprobé que se hallaba al final del trazo de un grabado. En realidad, había una huella claramente diferenciada y por lo menos otras 20 impresiones dactilares identificables, a veces superpuestas. ¿A quién pertenecieron aquellas huellas? ¿A una sola persona? ¿Al mismo artista que hace entre 18.000 y 20.000 años hizo los grabados? Si así fuera, sería la primera «huella dactilar paleolítica» hallada hasta la fecha. Y todo induce a pensar que así es, dado el absoluto aislamiento en que se ha mantenido la cueva desde que quedara sellada en tiempos prehistóricos hasta prácticamente hoy. En otros muchos yacimientos hay trazos sobre arcilla y paredes blandas realizados, sin duda, con los dedos por los hombres del paleolítico (por ejemplo, el magnífico bóvido del techo de la sala II de Altamira), pero nunca hasta ahora se había encontrado la propia huella dactilar. «Podrían ser, desde luego, las huellas dactilares más antiguas conocidas hasta el momento», afirma el prehistoriador Roberto Ontañón, director del conjunto de cuevas prehistóricas cántabras y profesor de la Universidad de Cantabria. Por su parte, el paleoantropólogo Juan Luis Arsuaga, codirector de las investigaciones en Atapuerca, comenta tras haber visto las huellas que «se trata de un hallazgo sin precedentes, un cabo del que tirar para llegar hasta los autores del arte de las cavernas».

La identidad de estas improntas ha abierto una nueva línea de investigación, ahora en manos de la policía científica. «No es nada fácil identificar las crestas papilares de huellas tan antiguas –dice Jesús Cazorla, agente de la UICJ (Unidad de Investigación y Coordinación Judicial) de la Policía Municipal de Madrid–. Pero una primera valoración sugiere que pertenecen a un mismo individuo, probablemente diestro [están hechas con la mano derecha], cuyos altorrelieves epidérmicos son prácticamente idénticos a los de un humano actual.» He regresado a Las Chimeneas en varias ocasiones, la última el pasado mes de septiembre, cuando tomé las imágenes que ilustran estas páginas. A la luz del flash, y con el ángulo de inclinación adecuado para resaltar al máximo su relieve, las huellas se hicieron visibles de nuevo. Allí siguen, como un recordatorio de la naturaleza intrínsecamente humana que impregna los grabados y las pinturas e inunda las profundidades de la cueva. «Éramos iguales a vosotros», parecen repetir, como un eco que ha sobrevivido al paso del tiempo, un eco de los que dejan huella.