La primera ciudad de Occidente

La fundación de cádiz por los fenicios

La búsqueda de metales llevó a los marinos fenicios hasta el más lejano Occidente. Allí, en unas islas del Atlántico, frente a la costa ibérica, levantaron su mayor base comercial en Europa: Gadir, desde donde se lanzaron a la aventura en aguas del Atlántico

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Hace casi tres mil años, cuando las naves procedentes de Tiro y Sidón, en tierras del actual Líbano, dejaban atrás el estrecho de Gibraltar, comenzaban una peligrosa navegación por las aguas del Atlántico. A ellas se asomaba Gadir, la perla de Occidente, cuyo puerto ofrecía un resguardo excepcional a los barcos que llegaban de Oriente y a sus propios bajeles: los "caballitos" gaditanos, como se los conocía por su mascarón de proa en forma de caballo.

Señora del océano, Gadir era la cabecera de las rutas fenicias que unían los dos extremos del Mediterráneo, y también el puente con los espacios desconocidos que se extendían más allá del horizonte, por donde se aventuraban los intrépidos navegantes fenicios.

Gadir era una ciudad de geografía particular. En realidad, se trataba de un archipiélago formado por tres islas: las Gadeirai, las "gaditanas". Las dos más occidentales, a las que conocemos por sus nombres griegos de Eritheia y Kothinoussa, estaban unidas por un tómbolo, una barrera arenosa formada por los sedimentos que el río Guadalete depositaba al verterse en el mar. La tercera isla, al este, era la de Antípolis.

El largo tómbolo arenoso permitía a los navíos fondear en cualquiera de sus lados, para protegerse tanto de los fuertes vientos que procedían del mar como de los que soplaban desde tierra. Este puerto privilegiado y la estratégica posición de Gadir, donde se anudaban los caminos que unían la Europa atlántica y el Próximo Oriente, el norte de África y el sur de Europa, explican la importancia de la ciudad y su temprana fundación.

Desde la Antigüedad, la tradición afirmaba que Gadir había sido fundada el año 1104 a.C., "ochenta años después de la caída de Troya", de acuerdo con un famoso texto del historiador romano Veleyo Patérculo. Pero este dato quizá trasluce la voluntad de agradar a unos insignes gaditanos de origen fenicio, los Cornelio Balbo, personajes de capital importancia en la Roma de tiempos de Veleyo.

En Cádiz han aparecido estructuras urbanas datadas al menos en el siglo IX a.C.

En efecto, los Balbo formaron parte del núcleo de poder en torno a Julio César y su hijo adoptivo y heredero Octavio Augusto, el primer emperador de Roma. Esta referencia de Veleyo a la fundación de Gadir ha sido muy discutida, pero cobra cierta veracidad a tenor de recientes hallazgos arqueológicos en Cádiz, donde han aparecido estructuras urbanas datadas al menos en el siglo IX a.C., frente a los descubrimientos anteriores, fechados entre los siglos VII y VI a.C.

El nacimiento de Gadir

El geógrafo griego Estrabón recoge un relato del nacimiento de Gadir procedente de un historiador griego más antiguo, Posidonio. Según refiere Estrabón, la ciudad la fundaron fenicios procedentes de Tiro, siguiendo las indicaciones de un oráculo. Tras dos intentos fallidos, uno al este y otro al oeste del estrecho de Gibraltar, en los que los sacrificios ofrecidos a la divinidad no resultaron favorables, la tercera intentona se saldó con éxito. La nueva colonia recibió su nombre de la muralla que la rodeó, pues gadir era el nombre que los fenicios daban a un "recinto cerrado".

Los tirios habían llegado a aquel lugar remoto de Occidente en busca de metales, de los que en el desarrollado Próximo Oriente había una demanda insaciable: de plata sobre todo, pero también de oro y estaño. Y en el Bajo Guadalquivir contaban con un proveedor excepcional de plata: el mundo tartésico, envuelto en un aura de riqueza fabulosa, manifiesta en relatos como éste: "Se dice que los primeros fenicios que navegaron hacia Tartessos obtuvieron en sus intercambios comerciales a cambio de aceite y pacotilla una cantidad de plata tal, que ya no pudieron guardarla ni darle cabida [en su barco], sino que se vieron obligados cuando partieron de aquellas regiones a componer de plata todos los utensilios de los que se servían e incluso las anclas" (Pseudo Aristóteles, Relatos maravillosos 135).

Una ciudad volcada al mar

Gadir seguía el viejo patrón de los asentamientos fenicios, para los que se buscaban lugares que reunieran unas condiciones de defensa relativamente fácil: islas cercanas a la costa (como la propia Tiro), promontorios rodeados de un entorno acuático (como la poderosa colonia tiria de Cartago), penínsulas, lugares elevados en el interior pero cerca de la costa (como la Asido fenicia, hoy Medina Sidonia, en la provincia de Cádiz), o pequeños conjuntos de islas muy próximas entre sí y estratégicamente situadas en relación con la tierra firme, con acceso inmediato a ríos navegables por pequeñas embarcaciones. Gadir, próxima a ríos como el Guadalete o el Iro, seguía este último modelo.

Poco sabemos sobre el aspecto de la ciudad, aparte de la presencia de los templos dedicados a la diosa Astarté y a Melkart, el principal dios de Tiro. Los exvotos de este último santuario, en forma de figurillas de bronce, nos hablan de la religiosidad de los marinos fenicios y de su agradecimiento al dios por permitirles navegar en el Extremo Occidente.

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Carteia, una colonia romana en el estrecho de Gibraltar

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Con el paso del tiempo, el fenicio Melkart, señor de Tiro y de Gadir, se fundió con el griego Heracles (el Hércules de los romanos) y siguió reinando con este nombre en el estrecho de Gibraltar, un paisaje que creó con sus propias manos al separar las dos grandes rocas o columnas que llevan su nombre: las Columnas de Hércules. El geógrafo romano Pomponio Mela, nacido muy cerca de Cádiz, escribía en el siglo I d.C. que el templo de Melkart "era célebre por sus fundadores, por su veneración, por su antiguedad y por sus riquezas", y añadía que "su santidad estriba en que guarda las cenizas de Hércules"; el santuario contaba con un oráculo que fue visitado por Aníbal y Julio César, a quien predijo su grandeza.

La importancia del templo iba más allá del ámbito estrictamente religioso, ya que desempeñaba un papel económico de primer orden. El dios, patrono de marinos y comerciantes, garantizaba la calidad de las mercancías, la corrección de pesos y medidas empleados en las transacciones y el valor de los acuerdos comerciales que se cerraban en su recinto sagrado.

Junto a los templos, el otro rasgo distintivo de la ciudad era su espléndido fondeadero, el doble puerto natural entre las islas de Eritheia y Kothinoussa. Otras posibles señas de identidad del urbanismo de Gadir han de buscarse por analogía, quizás, en emplazamientos fenicios de la zona, como son Doña Blanca o (ya en el lado oriental del Estrecho) Carteia y su antecedente, el Cerro del Prado.

Como en el caso de estos núcleos de la bahía de Cádiz, Gadir habría contado con murallas, torres y puertas monumentales, lo que le habría permitido guarecerse tras las mismas a la hora, por ejemplo, de cambiar de bando durante la segunda guerra púnica, en el año 206 a.C., cuando expulsó a la guarnición cartaginesa y se declaró a favor de Roma. De este modo, la Gadir tiria mudaba la piel y se aseguraba su propia supervivencia, desgajándose de un mundo en su ocaso, el del antaño poderoso y ahora declinante Imperio cartaginés.

Los vivos y los muertos

La economía de esta bulliciosa ciudad se sustentaba en el comercio con los mundos atlántico y mediterráneo, en la pesca del atún y en la exportación de la salsa de vísceras de pescado llamada gáron, el garum de los romanos. Tanta o mayor fama que el gáron tenían las bailarinas gaditanas (las puellae de Gades) y los arrojados marinos que desde la ciudad exploraron el Atlántico hasta el mar del Norte o el golfo de Guinea.

De ellos dice Estrabón: "Sus habitantes son los que envían la flota más numerosa y compuesta de barcos más grandes hacia nuestro mar y hacia el del exterior; aunque no habitan una isla grande ni ejercen dominio sobre una parte considerable del continente de enfrente ni poseen otras islas, sino que pasan la mayor parte de su vida en el mar" (Geografía III 5). Incluso se ha pensado que llegaron a circunnavegar África y que pudieron alcanzar Brasil.

La ciudad de los muertos, la necrópolis púnica, ha permitido conocer diferentes aspectos de la vida cotidiana, ya que los ajuares funerarios de los gaditanos incluyen desde cerámicas domésticas hasta objetos de lujo. Entre estos últimos se cuentan piezas de origen egipcio, como los alabastros (recipientes destinados a contener ungüentos y perfumes) y los escarabeos (piezas en forma de escarabajo, animal sagrado para los egipcios), así como joyas, pendientes, anillos y cuentas de collar de pasta de vidrio.

Pero las estrellas del mundo funerario gaditano son los dos sarcófagos antropomórficos conservados en el Museo de Cádiz, únicos en el Occidente mediterráneo. El primero de ellos, masculino, apareció en la zona conocida como Punta de la Vaca durante las obras emprendidas para la celebración de la Exposición Marítima Internacional de 1887. A comienzos del siglo XX llegó a la ciudad el arqueólogo manchego Pelayo Quintero Atauri, quien excavó la necrópolis púnica, que él identificó como fenicia, atribuyéndole una mayor antigüedad.

A él se debe el verdadero "descubrimiento" de la Cádiz fenicia; no en vano le dedicó un artículo en 1924 el magazine National Geographic. Curiosamente, en 1980, durante unas excavaciones en el solar de la casa de Pelayo Quintero, se halló un sarcófago antropomórfico femenino, casi cien años después de descubrir su pareja masculina.

Fueron dos hallazgos muy afortunados, si se tiene en cuenta la hipoteca que para la investigación arqueológica han supuesto la erosión de la costa por el mar, el crecimiento urbano de la ciudad y la gran explosión de 1947, año en que el estallido de un depósito de armamento de la Marina causó enormes daños y destruyó la necrópolis púnica excavada por Quintero. Con todo, yacimientos como los de la Calle Ancha, el espacio Entre Catedrales o el sitio arqueológico del Teatro Cómico han hecho retroceder la cronología gaditana y han confirmado que la Gadir de las fuentes antiguas es la Cádiz de hoy.

Para saber más

Tiro y las colonias fenicias de Occidente. María Eugenia Aubet. Eds. Bellaterra, Barcelona, 2009.

Allende las columnas. La presencia cartaginesa en el Atlántico entre los siglos VI y III a.C. Víctor M. Bello Jiménez. Anroart, Las Palmas, 2005.

El empeño de Heracles. La exploración del Atlántico en la Antigüedad. Fernando López Pardo. Arco Libros, Madrid, 2000.