La expedición perdida de Franklin en el Ártico

En 1845 una expedición intentó recorrer por primera vez el paso del Noroeste, ninguno de sus 129 tripulantes volvió con vida

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137 Franklin 1. Una ruta difícil

Una ruta difícil

El navío Erebus durante la travesía de 1845-1847.  Óleo por François-Étienne Musin. Museo Marítimo Nacional, Londres.  

 

SCALA, FIRENZE

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137 Franklin 3. El navío de Franklin, al  fin rescatado

El navío de Franklin, al fin rescatado

Imagen del HMS Erebus captada por un sonar. El casco de la nave se ha conservado en gran parte intacto.

 

PARKS CANADA

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137 Franklin 2. La marcha sobre el hielo

La marcha sobre el hielo

Los miembros de la expedición de Franklin murieron uno tras otro en su intento de alcanzar el continente. Óleo por W. Thomas Smith. Museo Marítimo, Londres.

 

SCALA, FIRENZE

En 1845 una expedición intentó recorrer por primera vez el paso del Noroeste, ninguno de sus 129 tripulantes volvió con vida

Hasta la apertura del canal de Panamá, la única forma que tenía un barco para pasar del océano Atlántico al Pacífico era bordear el sur del continente americano, siguiendo la ruta inaugurada por Magallanes en 1520-1521. Este rodeo largo y costoso empujó a muchos navegantes a buscar una ruta alternativa y más directa por el norte de América, el llamado paso del Noroeste. Sin embargo, las primeras expediciones pronto comprobaron que aquella no era una empresa fácil.

En lugar del atajo soñado, había que serpentear a lo largo de 1.500 kilómetros por toda clase de islas, canales y bahías. Además, estaba la amenaza del frío y el hielo, que limitaba la navegación a dos o tres meses de verano. Los navíos de madera estaban siempre expuestos a que los témpanos de hielo, moviéndose con las mareas, bloquearan un canal o chocaran con ellos, inmovilizándolos o perforándolos. Por ello, la búsqueda del paso del Noroeste fue durante cuatro siglos una sucesión de empresas fallidas y a veces fatales.

El país que más se volcó en esta exploración fue Inglaterra, empeñada en encontrar una ruta hacia las Indias que pudiera servir de alternativa a las que controlaban españoles y portugueses. Tras el intento pionero que realizó en 1497 el italiano Giovanni Caboto, comisionado por Enrique VII, a finales del siglo XVI y principios del XVII, diversos exploradores ingleses se aventuraron por el noreste de Canadá en busca del ansiado paso: Martin Frobisher en 1576, John Davis en 1585, Henry Hudson en 1610... Particular importancia tuvo la expedición de Robert Bylot y William Baffin en 1616, en la que descubrieron el estrecho de Lancaster, pese a que no llegaron a percatarse de que aquella era la auténtica puerta de entrada del paso del Noroeste.

Tras un largo paréntesis, la búsqueda se reanudó a principios del siglo XIX. Dado que Canadá era un dominio británico, fue el Almirantazgo inglés, dirigido por John Barrow, quien desde 1816 impulsó de nuevo la exploración del paso del Noroeste. En 1818, John Ross, tras recorrer la costa occidental de Groenlandia, redescubrió la tierra de Baffin y pasó frente al estrecho de Lancaster, aunque creyó que era una bahía. Al año siguiente, el segundo de Ross, William Parry, volvió a la zona y se adentró en el estrecho a lo largo de 750 kilómetros hasta alcanzar la isla de Melville, donde invernó; si hubiera proseguido la ruta habría salido al mar de Beaufort y habría alcanzado la costa de Alaska.

La ruta a través del hielo

Posteriormente otros navegantes y exploradores fueron cartografiando todo el noreste de Canadá, así como la costa noroccidental americana. Pero faltaba encontrar la ruta marítima directa entre los dos extremos. En 1845 el Almirantazgo quiso organizar una gran expedición para conquistar por fin el paso noroccidental. Cuando Parry y Ross declinaron la oferta de dirigirla, surgió un nombre como tercera posibilidad: el contraalmirante sir John Franklin.

Éste había participado en los años anteriores en la exploración del ártico canadiense. En 1819 había dirigido una expedición por tierra desde la bahía Hudson hasta el río Coppermine, aunque terminó mal: once de los veinte hombres murieron de hambre y el resto tuvo que comerse sus propias botas de cuero para sobrevivir. Otra expedición terrestre más al oeste, en 1825, terminó sin problemas, pero a la vez sin haber conseguido totalmente el objetivo.

En 1836, buscando cambiar de vida, Franklin logró que lo nombraran gobernador en Tasmania, cargo que ocupó hasta 1843, cuando fue obligado a dimitir presionado por la Oficina Colonial del lugar debido a su mala administración. Pese a todo esto y que Franklin contaba con casi 60 años, el Almirantazgo confió en él para la gran expedición proyectada.

Cuando en mayo de 1845 el Erebus y el Terror partieron de Londres hacia el norte, las autoridades estaban convencidas de que ésa sería la expedición definitiva. Eran buques de tres palos, robustos, con cascos forrados de planchas de cobre y compartimentos estancos, y habían sido probados en el Antártico. Se esperaba que el viaje de Franklin desde la costa este de América hasta salir victorioso por el estrecho de Bering no duraría más de un año, pero, por si acaso, se cargaron conservas para tres años. También se hizo sitio para una biblioteca de 1.200 volúmenes en cada barco para entretener a la tripulación, compuesta por 129 personas entre las dos naves. Ninguno de ellos regresaría con vida.

Atrapados por el hielo

Los dos navíos de Franklin se adentraron en el estrecho de Lancaster en julio de 1845, momento en que fueron vistos por última vez por un ballenero. A la salida del estrecho se encontraron con que la barrera de hielo les cortaba el paso, por lo que invernaron en la pequeña isla Beechey, frente a la isla Devon, instalados en un campamento de circunstancias. En 1850, una expedición de rescate localizaría este precario refugio, en el que hallaron más de 600 latas de conserva vacías así como las tumbas de tres componentes de la expedición. Sus restos momificados fueron estudiados en 1984 por un equipo de médicos forenses que hallaron en ellos cantidades elevadas de plomo, lo que apunta como causa de la muerte una intoxicación causada por la soldadura de las latas de conserva que se habían consumido.

Al verano siguiente, los dos barcos prosiguieron la navegación hacia el sur, por el estrecho entre las islas Príncipe de Gales y Somerset. Pero en septiembre de 1846 volvieron a quedar atrapados en el hielo, cerca de la isla del Rey Guillermo. De nuevo hubieron de pasar el durísimo invierno polar en un campamento improvisado. Quince marineros y nueve oficiales murieron en ese plazo, además del propio Franklin, que falleció el 11 de junio de 1847, como sabemos por dos documentos hallados por una expedición en 1859. Los especialistas han censurado a Franklin por no haber abandonado la isla del Rey Guillermo antes para dirigirse hacia el sur, cuando todavía contaban con provisiones que fácilmente les hubieran permitido alcanzar la masa continental canadiense.

Los supervivientes, al mando del capitán Francis Crozier, se pusieron en marcha a finales de abril de 1848. A pie y con un bote que habían salvado del naufragio trataron de alcanzar el continente en la desembocadura del río Great Fish. Pero no lo lograron: a lo largo del camino irían pereciendo uno a uno, a causa del frío, la inanición o quizá también a enfermedades como el escorbuto o la mencionada intoxicación de plomo.

La suerte de la expedición

En 1854, el médico John Rae, que trabajaba en la Compañía de la Bahía de Hudson, encontró unos inuit de la zona que aseguraron haber visto un grupo de cuarenta hombres blancos arrastrando un bote hacia el río Great Fish. Rae encontró ese año los restos de treinta de los hombres de Franklin, entre ellos el capitán Crozier, y así pudo deducirse la terrible suerte que algunos miembros corrieron, viéndose impelidos a la antropofagia según atestiguaba «el contenido de varias ollas».

Entretanto, habían partido diversas expediciones de rescate, con la esperanza de hallar a Franklin y a sus hombres con vida. La esposa de Franklin perseveró en este empeño durante largos años. Aunque no lograron su objetivo, estos viajes fueron decisivos para la exploración de la intrincada geografía del paso noroccidental. Sería finalmente el noruego Roald Amundsen quien completaría la primera travesía de este a oeste, en una atrevida expedición que duró tres años, de 1903 a 1906, a bordo del Gjoa.

Para saber más

Noroeste. Héctor Oliva. Espasa, Barcelona 2013.