La conquista del espacio

"Aquí, unos hombres procedentes del planeta Tierra pisaron por primera vez la Luna en julio de 1969, A.D. Vinimos en son de paz en nombre de toda la humanidad." (Placa dejada por el Apolo 11)

Aún hoy resulta increíble. ¡El hombre en la Luna! Al lado de ese titular, cualquier otra noticia sigue pareciéndonos trivial, provinciana. Desde aquel 21 de julio (20 de julio en Estados Unidos) de 1969 los grandes acontecimientos han estado relacionados con guerras, escándalos, terrorismo y catástrofes. Aunque algunas honrosas excepciones, como la invención de Internet o el desciframiento del genoma humano, nos pueden llevar a pensar, al menos, que no hemos estado del todo estancados durante los últimos 40 años de nuestra historia. Pero nada ha superado el programa Apolo. Los viajes a la Luna fueron hazañas tan impactantes que, todavía hoy, hay gente que se niega a creer que ocurrieron realmente. El proyecto Apolo requirió una excepcional combinación de creatividad tecnológica, coraje, genio administrativo, voluntad nacional (es decir, un montón de dinero de los contribuyentes estadounidenses) y un exquisito sentido de la oportunidad política.

Puesto que conocemos el desenlace de la historia, nos cuesta recordar lo atrevido que fue el proyecto lunar y cuánta incertidumbre y peligro entrañaba. A diferencia de los programas Mercury y Gemini que lo precedieron, el Apolo iba a utilizar un enorme cohete nuevo, el Saturn V, que medía 110 metros de altura y llevaba a bordo más de 2.700 toneladas de oxígeno líquido inflamable y otros combustibles altamente explosivos. Cualquier persona sensata se habría mantenido a muchos kilómetros de distancia de la rampa de lanzamiento, pero tres astronautas iban a sentarse encima. Después, el artefacto se encendería y los astronautas (es imposible evitar aquí los signos de exclamación) ¡saldrían disparados del planeta en dirección al espacio exterior!

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Viajarían a otro mundo, un lugar sin atmósfera y tan alejado de la Tierra que nuestro planeta acabaría por convertirse en una canica azul. Tan pequeña que se podía ocultar con el dedo pulgar extendido. Luego, de algún modo, tendrían que descender a la superficie lunar: en un mundo sin aire, los paracaídas no sirven.

Nadie sabía con absoluta certeza si la superficie de la Luna soportaría el peso de un astronauta, y mucho menos el de una nave espacial. También hubo quien afirmó que el módulo lunar (el pequeño vehículo con cohetes propulsores que descendería a la superficie) simplemente se hundiría en el suelo en cuanto alunizara, o que el polvo lunar ardería en llamas al entrar en contacto con el oxígeno del interior del módulo lunar.

Los entusiastas de la exploración espacial veían en el viaje a la Luna la primera de una serie de misiones fuera de la Tierra

Los astronautas tenían que encontrar un lugar llano para posarse en esa extensión cubierta de cráteres, porque si el módulo volcaba, ya no po­­drían volver. Lo más difícil de la misión no era llegar a la Luna, sino regresar. Había que despegar, acoplarse en órbita lunar con el módulo de mando y luego encender de nuevo los motores para volver a la Tierra, en cuya atmósfera había que reingresar (más signos de exclamación) ¡a más de 11 kilómetros por segundo! La nave quedaría envuelta en una enorme bola de fuego y finalmente caería en paracaídas en medio del océano Pacífico, donde los astronautas esperaban que alguien tuviera la gentileza de ir a buscarlos.

En aquella época, los entusiastas de la exploración espacial veían en el viaje a la Luna la primera de una larga serie de audaces misiones fuera de la Tierra. Pero las predicciones a menudo son erróneas. Resultó que la llegada del hombre a la Luna no fue el inicio de una inexorable y paulatina conquista del espacio, pero marcó el final de una era. El Apolo 11 electrizó al público estadounidense y mundial, pero el Apolo 12, curiosamente, lo aburrió. El dramático fracaso del Apolo 13 (cuya misión pudo haber llevado a la NASA a su momento más álgido) contribuyó a recordar al mundo que ir a la Luna no era tan sencillo como lanzar un boomerang. Incluso mientras Neil Armstrong y Buzz Aldrin caminaban por la Luna, el proyecto Apolo estaba sufriendo recortes: ante las presiones de unos congresistas preocupados por el presupuesto, la NASA canceló varias de las misiones lunares que tenía preparadas. Llegamos, vimos, vencimos… y luego recortamos el presupuesto.

La era post-Apolo ha tenido sus momentos gloriosos, como cuando los astronautas a bordo del transbordador espacial repararon el Telescopio Espacial Hubble. Se han culminado grandes hazañas de la ingeniería, como la construcción de la Estación Espacial Internacional (ISS). Pero, de algún modo, el objetivo primordial de la exploración se ha perdido entre los pliegues de la burocracia del programa espacial. La meta oficial del transbordador, convertir los vuelos espaciales en algo rutinario, resultó por un lado extremadamente ambiciosa y arriesgada (dos tripulaciones perdieron la vida) y por otro, poco justificable desde el punto de vista político (porque el ciudadano medio se hartó).

En el momento de escribir estas líneas, ningún ser humano ha vuelto a ir más allá de la órbita terrestre baja desde la última misión a la Luna en 1972. Europa, China y Japón disponen de sólidos programas espaciales. Empresarios multimillonarios esperan vender viajes espaciales en un futuro próximo a otros pocos millonarios. Y el programa espacial civil de Estados Unidos ya tiene planes avanzados para un nuevo regreso a la Luna, y quizá para una misión tripulada a Marte. Pero cabe preguntarse cuándo y de dónde aparecerá el dinero para otra misión lunar, si realmente acaba apareciendo.

Enviar seres humanos a la Luna sería, otra vez, un gran logro de la ingeniería, y podría dar pie a innovaciones que ahora ni siquiera podemos imaginar; pero la hazaña de llevar allí a los as­­tronautas y devolverlos a casa sanos y salvos se ba­­saría fundamentalmente en la forma de proceder de las misiones Apolo. Volveremos a ha­­cerlo en la década de 2020 más o menos como ya se hizo en la de 1960.

El espacio fue, como Corea y Vietnam, un campo de batalla donde se disputó un sucedáneo del combate directo entre las superpotencias.

El programa Apolo fue posible gracias a la Guerra Fría. Había que llevar a cabo aquella complicada misión antes de que acabara 1969, porque el presidente Kennedy había prometido que Estados Unidos pondría un hombre en la Luna y lo devolvería sano y salvo a la Tierra «antes de que finalice esta década». Era, después de todo, un pulso con la Unión Soviética, que también tenía sus propias ambiciones lunares.

Los soviéticos inauguraron la era espacial en 1957 con el lanzamiento del diminuto satélite Sputnik, y proclamaron que iban por delante en tecnología de misiles. Los cohetes y los misiles iban de la mano, por lo que la historia del Apolo está indisolublemente ligada a la carrera de las armas nucleares. El espacio fue, como Corea y Vietnam, un campo de batalla donde se disputó un sucedáneo del combate directo entre las superpotencias.

Durante los primeros años los soviéticos tenían los cohetes más potentes, y el programa espacial mejor organizado. Su superioridad quedó patente ante el mundo en 1961, cuando el cosmonauta ruso Yuri Gagarin se convirtió en el primer ser humano en salir al espacio y completar una órbita alrededor de la Tierra. Alan Shepard, uno de los siete famosos astro­nautas del programa Mercury, logró salir al espacio un mes después, y aunque el suyo fue solamente un vuelo suborbital, demostró que Estados Unidos estaba en la carrera.

Los dos programas espaciales cosecharon fiascos y tragedias. El segundo vuelo espacial estadounidense acabó mal: la cápsula se hundió en el mar a su regreso y el astronauta Gus Grissom salvó la vida por poco. El propio Grissom, Roger Chaffee y Ed White murieron a principios de 1967, cuando su cápsula Apolo 1 se incendió durante un ejercicio de entrenamiento en Cabo Cañaveral. La tragedia retrasó casi dos años el desarrollo del programa. También los soviéticos tuvieron bajas, pero las ocultaron, amparados por el secretismo habitual del régimen de Moscú.

El programa lunar soviético se estancó tras la repentina muerte de su director, Serguéi Korolev, y tras varios fracasos en las pruebas de su gigantesco cohete lunar, el N-1. Puede que fallara, en parte, porque la planificación soviética centralizada era buena para construir grandes cosas, como redes de metro, carros de combate y cohetes, pero no tanto para la investigación espacial, que resultó estar llena de pequeños detalles, soluciones rápidas, coincidencias y azares. Para que funcionara, a menudo había que improvisar sobre la marcha.

Todos recordamos (los que tenemos edad suficiente) dónde estábamos cuando Armstrong bajó por la escalerilla. Pero pocos sospechamos en aquel momento lo arriesgado que fue el descenso del módulo lunar Eagle. Justo cuando Armstrong y Aldrin se estaban aproximando a la superficie lunar, saltó una alarma. El ordenador mostraba el código 1202, cuyo significado ignoraban los dos astronautas. De hecho, era un anuncio de que el ordenador estaba sobrecargado de datos. En el centro de control de Houston, los expertos no le dieron importancia y permitieron que el Eagle continuara su descenso.

El mundo entero estaba mirando, pero no podía imaginar lo cerca que estuvieron los astronautas del desastre

Armstrong, al mando del módulo de aluni­zaje, vio que iban directos a un cráter lleno de rocas. Tuvo que sobrevolar el cráter, mientras buscaba otro lugar donde descender, a varios kilómetros de distancia del punto previsto. Y se estaban quedando sin combustible.

«Sesenta segundos», dijo el centro de control. Sólo les quedaba un minuto de combustible.

Armstrong prácticamente no veía nada. Los cohetes levantaban una densa polvareda. Era como volar dentro de una nube.

«Treinta segundos.»

Hubo infartos en Houston. El mundo entero estaba mirando, pero no podía imaginar lo cerca que estuvieron los astronautas del desastre. Ellos mismos, por carácter y entrenamiento, no se dejaron llevar por las emociones. Aun así, Armstrong, paradigma del astronauta sereno, casi robótico, llegó a tener 156 pulsaciones por minuto mientras se esforzaba por alunizar.

«¡Luz de contacto!», gritó Aldrin. Una luz indicaba que una púa en el extremo de una de las patas del módulo había tocado terreno sólido.

El ser humano es una especie imperfecta, y por eso no resulta extraño que hubiera un error en las primeras palabras pronunciadas por un hombre al pisar la superficie de la Luna. «Es un pequeño paso para el hombre, pero un salto de gigante para la humanidad», dijo Armstrong. En realidad, quiso decir «un pequeño paso para un hombre». Hay quien insiste todavía en que el artículo se perdió en la transmisión.

En definitiva, ¿qué mas da? Aunque somos imperfectos al hablar, hemos aprendido a adivinar el sentido de lo que la gente quiere decir. Entendimos lo que quiso decir. Y nos gustó.

¿De verdad fue tan importante el Apolo? Algunos dirán que no. Es cierto que hizo posible muchos adelantos tecnológicos, pero nadie puede creer que sin el programa Apolo todavía hoy estaríamos usando máquinas de sumar del tamaño de tostadoras. El Apolo no derrotó al régimen soviético, que se las arregló para durar un par de décadas más. A los críticos del programa les gusta decir que sólo sirvió para dejar un montón de «huellas y banderas». Se ha dicho que fue un número de circo.

Si eso es lo que fue, fue el mejor número de todos los tiempos.

Sencillamente, teníamos que ir. Llevamos la exploración en nuestros genes. ¿Y cómo poner precio a esas sensacionales imágenes del hombre en la Luna? Están, por ejemplo, aquellas maravillosas escenas del vehículo todoterreno dando brincos por los valles y las colinas de un mundo extraño, un recordatorio de que a los humanos no nos gusta viajar a ningún sitio sin coche. Hace 400 años Galileo miró a través de un telescopio y vio por primera vez montañas en la Luna. ¡Teníamos que verlas de cerca!

Es muy posible que la exploración espacial cambie de forma radical. Probablemente los humanos acabarán explorando Marte, Europa, Titán, asteroides y uno o dos cometas de la forma en que lo hacen todo hoy día: por Internet. Con un miniordenador portátil. Y harán clic en «Ignorar» si reciben una llamada justo cuando estén conduciendo su todoterreno por Mercurio con el joystick.

La vida en el siglo XXI es cada vez más electrónica y virtual. Hoy no hace falta estar personalmente en ningún sitio. Pero en 1969, estar ahí era lo más importante. Nadie se acuerda de la sonda no tripulada que los soviéticos intentaron enviar a la Luna al mismo tiempo que el Apolo 11 (la sonda soviética se estrelló). La del Apolo 11 fue una historia de ingenio humano, valor, riesgo y heroicidad. Y estar allí en persona era el 100 % de la apuesta.

A partir de entonces, y durante mucho tiempo, uno podía indicar el grado de competencia de algo comparándolo con el Apolo, que se convirtió en el paradigma de la supremacía tecnológica. Todo indicio de retraso social halló un nuevo referente: ¿Si fuimos capaces de poner un hombre en la Luna, cómo es posible que…?

Y una de las respuestas es ésta: en realidad, no éramos capaces de poner un hombre en la Luna, pero lo hicimos con un esfuerzo extraordinario y un enorme coraje en circunstancias extraordinarias. Todavía hoy, 40 años después, cuesta creer que lo hayamos conseguido.