Intrigas en la corte de Felipe II, la conjura de Antonio Pérez

En 1578, el asesinato de un enviado de don Juan de Austria en una calle de Madrid conmocionó la corte de Felipe II. Los rumores enseguida señalaron como culpable a un ministro del rey: Antonio Pérez

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prisma 50 859. Muerte en Madrid

Muerte en Madrid

Este óleo de Lorenzo Vallés recrea la emboscada que los sicarios de Antonio Pérez tendieron a Juan de Escobedo en 1578. Siglo XIX. Museo Municipal, Málaga. 

MUSEO DEL PRADO

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album orz111426. El presumido secretario

El presumido secretario

Un contemporáneo se refería a Pérez como «demasiado curioso en el vestir, rico y odorífero». Retrato por Sánchez Coello. Siglo XVI. Toledo. 

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album orz146356. Don Juan de Austria

Don Juan de Austria

Antonio Pérez indispuso a Felipe II contra su medio hermano para proteger sus intereses. Estatua de mármol por Martín Elías. 1883. Senado, Madrid.

ORONOZ / ALBUM

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Lorenzo Vallés copia. La princesa de Éboli

La princesa de Éboli

Algunos implicaron a Ana Mendoza de la Cerda, amiga de Pérez, en la muerte de Escobedo.

PRISMA

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album orz058499. Liberado por el pueblo

Liberado por el pueblo

El óleo de Manuel Ferran del siglo XIX recrea la liberación de Antonio Pérez de la cárcel de la Inquisición en Zaragoza por sus partidarios. 

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prisma 50 10561. El monarca implicado

El monarca implicado

Medalla de oro con la efigie de Felipe II, el monarca al que se acusó de autorizar el asesinato de Escobedo por su secretari. Palacio Real, Madrid.

PRISMA

8 de abril de 2013

Felipe V: un Borbón en el trono español

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Felipe V: un Borbón en el trono español

Eran las nueve de la noche del lunes de Pascua de 1578. Un hombre volvía a casa a caballo, por las calles de Madrid. Tal vez fuese repasando mentalmente los importantes asuntos de Estado que tenía entre manos. Aunque él aún no lo sabía, lo cierto es que ya no le quedaba mucho tiempo para vivir preocupado por tales cuestiones. Y es que aquel 31 de marzo, nuestro protagonista se topó con quienes iban a quitarle la vida. De repente, en la hoy conocida como calle de la Almudena, cinco asesinos a sueldo cayeron sobre él; uno de ellos lo atravesó de parte a parte con su espada, derribándolo de la montura y causándole la muerte casi en el acto. Los asesinos se enfrentaron con algunos vecinos y los criados de la víctima; en la refriega perdieron algunas armas y sus capas, pero pudieron huir.

Madrid, en el siglo XVI, era una ciudad peligrosa. Y no era raro que se perpetrasen crímenes de estas características en sus oscuras y estrechas calles. Pero este asesinato no era como los demás. De entrada, los criminales no se llevaron las joyas que el difunto seguía luciendo cuando ya se encontraba tendido en el suelo: una cadena de oro que le rodeaba el cuello y anillos engarzados con diamantes, que también adornaban sus puños. La víctima, además, no era un cualquiera; se trataba de don Juan de Escobedo, secretario y hombre de la máxima confianza de don Juan de Austria, hermano bastardo de Felipe II y por aquel entonces gobernador de Flandes.

Los rumores se extendieron rápidamente. Los embajadores extranjeros informaban en su correspondencia de que algunos decían que el atentado era «por cosas de damas»; la mayoría, sin embargo, creía que había razones más poderosas. El secretario de un gran noble escribía en una carta: «En este negocio hay muchas causas y cosas […] si se considera el lugar que Escobedo tenía con el rey, y los negocios que por su mano se trataban, y las personas con quien los trataba y que le han muerto a los ojos de su amo, necesariamente confesará también que es obra de más que hombre ordinario, y ejecutada por manos y ánimos que deben tener tan osada determinación». Esteban de Ibarra, el secretario en cuestión, apuntaba en estas frases como culpable al hombre sobre el que recaerían todas las sospechas: Antonio Pérez, secretario de Felipe II para los asuntos de Italia.

El secretario del rey

En 1578, Antonio Pérez era un hombre de 38 años, elegante, amante de la vida lujosa, aficionado a la pintura y la literatura, y también enormemente ambicioso. Su ascenso en el gobierno de Felipe II le vino facilitado por su padre, Gonzalo Pérez, antiguo secretario de Carlos V. Su agudeza, desenvoltura, inteligencia e instinto político sedujeron al monarca, que le concedió importantes responsabilidades. Pero la política no le bastaba, y Antonio Pérez aprovechó su posición para traficar al más alto nivel con influencias y cargos, obteniendo de ello grandes beneficios económicos.

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Los embajadores extranjeros lo visitaban en su mansión en las afueras de Madrid y le traían regalos de sus príncipes para ganarse su favor. Se sabe, por ejemplo, que en una ocasión el embajador del duque de Toscana llegó con «dos mil escudos en dos bolsas, embaladas en mis calzones».

La llegada de Juan de Escobedo a Madrid en el otoño de 1577, enviado desde Flandes por su amo don Juan de Austria, fue vista por Pérez como una amenaza directa a su posición. Se ha especulado mucho sobre lo que temía Pérez: quizá que Escobedo denunciara al rey sus tráficos, o bien, según una tesis más novelesca, que descubriera la relación amorosa entre Pérez y la princesa de Éboli, la gran aristócrata que se había convertido en aliada del secretario.

El avispero de Flandes

El conflicto entre Escobedo y Pérez tenía, en realidad, razones políticas ligadas a la compleja situación de la guerra de Flandes. Pérez había recomendado en su día a Escobedo para que trabajase con don Juan de Austria; siempre ladino, pretendía contar con un espía para mantener vigilado al imprevisible don Juan. Pero la jugada le salió mal, y Escobedo y su señor se hicieron amigos íntimos. Escobedo pasó a defender los planes más atrevidos de don Juan en Flandes, en particular el de llegar a un acuerdo de paz con los rebeldes y a continuación emplear los tercios españoles en una invasión de Inglaterra; un proyecto que Felipe II juzgaba temerario y al que se oponía igualmente Antonio Pérez.

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Este último tenía un motivo particular para temer a don Juan y a Escobedo: ambos sabían que el secretario mantenía negociaciones secretas en torno a la guerra de Flandes, a espaldas del rey. Era un caso que podía costarle el puesto, y quizás algo más. Pérez decidió contraatacar y se propuso convencer al monarca de que su hermano tenía intenciones subversivas. Con astucia, transmitió a Felipe II que la pretensión de don Juan era, en realidad, la creación de un Estado independiente, con el fin último de ocupar el trono de España. Tras conquistar Inglaterra –decía Pérez–, don Juan «vendría a ganar a España y a echar a Su Majestad de ella». El rey, que era receloso por naturaleza, sabía de la sagacidad y del don de gentes de su hermano, que contrastaban con su taciturnidad y gusto por el aislamiento, y tal vez sintió miedo ante el escenario que su secretario le retrataba.

Cuando Escobedo llegó a la corte, Pérez lo pintó ante el rey como instigador de las peligrosas maniobras políticas de don Juan. Felipe II estaba dispuesto a detenerlo, pero Pérez le convenció de que eso no era suficiente. Le aseguraba que «si éste [Escobedo] volvía [a Flandes], revolvería el mundo; si se prendía, se alteraría don Juan, y que lo mejor era tomar otro expediente, darle un bocado o cosa tal». Con un «bocado» se refería a envenenarlo. El rey y su ministro discutieron largamente el asunto, hasta que el monarca dio su consentimiento al asesinato. Pese a que algunos historiadores lo han desmentido, lo cierto es que años después el propio rey reconoció estar al corriente del plan y haberlo autorizado. En un mensaje que dirigió a los jueces durante el posterior proceso de su secretario afirmaba que Pérez «sabe muy bien la noticia que yo tengo de haber él hecho matar a Escobedo, y las causas que me dijo que había para ello». De ese modo, tras algunos intentos fallidos de envenenamiento, en la noche del 31 de marzo de 1578 don Juan de Escobedo fue asesinado en Madrid por criminales a sueldo.

La detención de Pérez

Antonio Pérez parecía haber ganado la partida. Durante los meses siguientes gozó de la protección de Felipe II, que rechazó todas las acusaciones en su contra, como decía un embajador: «Habiendo su Majestad aclarado que [Pérez] no ha matado a Escobedo, y que de esta calumnia está casi libre». Poco después murió en Flandes don Juan de Austria, liberando a Felipe de preocupaciones por ese lado. Pero los enemigos de Pérez no se dieron por vencidos, especialmente el secretario real, Mateo Vázquez. Al mismo tiempo, el rey se sentía cada vez más molesto con la princesa de Éboli, gran aliada de Pérez y que al parecer aspiraba a casar a uno de sus hijos con el heredero de la Corona de Portugal; «no he querido leer los billetes de la señora, porque basta lo que me ofende con sus obras, sin que vea también lo que me ofenda con las palabras», dijo el rey en una ocasión.

Finalmente, Felipe llegó a la conclusión de que Pérez lo había engañado, que le había hecho creer falsamente en la traición de don Juan para autorizar el asesinato de Escobedo. De este modo, la noche del 28 de julio de 1579, Felipe envió al alcalde de corte de Madrid y veinte alguaciles a casa de Antonio Pérez. Éste, que esa misma mañana había despachado con el soberano, estaba desprevenido. Al oír llamar a la puerta se levantó de la cama; cuando el alcalde le dijo de parte del rey que estaba preso, «tambaleó y no tenía fuerzas para vestirse», dice un informe de la época, hasta el punto de que los criados tuvieron que vestirlo a la fuerza. Poco después, la princesa de Éboli fue detenida en su residencia. Felipe creía que así terminaba con el escándalo que agitaba la corte desde hacía más de un año; pero Antonio Pérez se encargaría de mantenerlo vivo durante largos años.

Para saber más

Antonio Pérez. Gregorio Marañón. Espasa, Madrid, 2012.

Felipe II, la biografía definitiva. Geoffrey Parker. Planeta, Barcelona, 2010.

El pedestal de las estatuas. Antonio Gala. Planeta, Barcelona, 2009.