La campaña de Pompeyo contra los piratas

En el año 67 a.C., las autoridades de Roma concedieron a Pompeyo el Grande una autoridad absoluta para perseguir y destruir a los corsarios que infestaban todo el mar Mediterráneo

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Pompeyo1. La lucha contra los piratas

La lucha contra los piratas

Los piratas cilicios se aventuraron a saquear grandes navíos en alta mar, como los de la imagen. Pintura mural de la casa de los Vettii en Pompeya.

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Pompeyo2. El primer hombre de Roma

El primer hombre de Roma

Efigie de Pompeyo el Grande y navío en una moneda acuñada por su hijo Sexto.

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Pompeyo3. Guarida de piratas

Guarida de piratas

La ciudad de Anemurium, hoy Anamur, fundada por los fenicios en el siglo XII a.C., fue una de las más prósperas de Cilicia. Su costa fue refugio de piratas durante siglos.

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Miguel Ángel Novillo López. Universidad de Trieste

15 de agosto de 2014

En el año 67 a.C., las autoridades de Roma concedieron a Pompeyo el Grande una autoridad absoluta para perseguir y destruir a los corsarios que infestaban todo el mar Mediterráneo

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En su empeño por crear un gran imperio en el Mediterráneo, uno de los mayores desafíos a los que se enfrentó Roma fue el de imponer su ley a los piratas que amenazaban sin descanso las rutas comerciales y la seguridad de las ciudades. El fenómeno de la piratería era muy antiguo, pero en los primeros decenios del siglo I a.C., la fase final del período republicano, se convirtió en una auténtica plaga. Los más temibles de todos estos corsarios eran los originarios de Cilicia, en el sureste de Anatolia (actual Turquía), una zona que poseía importantes riquezas naturales y que gracias a su relieve montañoso ofrecía un fácil refugio a los corsarios, que hicieron de la ciudad de Traquea su base de operaciones.


Plutarco dejó un vívido relato de las actividades de los corsarios cilicios a principios del siglo I a.C. Contaban con múltiples bases repartidas por la costa, defendidas con torres y murallas, y se calculaba que disponían de un millar de navíos, con tripulaciones aguerridas y pilotos hábiles. Envanecidos por sus éxitos, los piratas lucían en sus barcos «astiles dorados de popa, cortinas de púrpura y remos con ramas plateadas». Se los conocía en todas las costas por su música, sus cantos y sus festines. También sorprendían sus ritos religiosos, incluidas algunas prácticas mistéricas como la adoración del dios iranio Mitra; según Plutarco, fueron ellos los primeros en introducir este culto en el mundo romano.


Las acciones de los piratas eran principalmente de dos tipos: secuestros y capturas de ciudades. Los primeros reportaban pingües beneficios, porque las personas capturadas se vendían luego como esclavos en los mercados de Sicilia, Rodas, Alejandría y Asia Menor. Un ejemplo muy conocido es el del joven Julio César, quien en 74 a.C., cuando se dirigía a Rodas, fue secuestrado en la isla de Farmacusa. Los piratas exigieron un rescate de 20 talentos (unos 500 kilos de plata), pero César declaró, con su típica arrogancia, que ésa era una cifra muy baja y que él no valía menos de 50 talentos.

El único inconveniente en la vida de los piratas era que en caso de caer prisioneros no podían esperar más que una ejecución sumaria

Según Plutarco, los piratas cilicios llegaron a tomar cuatrocientas ciudades, sobre todo las desprovistas de murallas. Una vez ocupadas, exigían de sus habitantes un cuantioso rescate para liberarlas. También saqueaban templos, considerados asilos inviolables, y a veces se adentraban en el territorio para robar en los caminos y saquear las casas de campo. Por otra parte –y aunque ése no era su principal objetivo–, no desdeñaban el saqueo de navíos mercantes en alta mar, que iban cargados de piedras y metales preciosos, esencias, telas, sal, tintes, vino y todo tipo de mercancías. El único inconveniente en la vida de los piratas era que en caso de caer prisioneros no podían esperar más que una ejecución sumaria –César, por ejemplo, apresó a sus secuestradores y los hizo crucificar– o, en el mejor de los casos, ser vendidos como esclavos.

La amenaza cilicia

En la década de 70 a.C., los piratas cilicios se habían convertido en una amenaza para la supervivencia misma de Roma. Sus razias ponían en peligro el suministro de trigo a la Urbe e incluso interferían gravemente en el comercio terrestre. No es de extrañar que las autoridades romanas organizaran operaciones para erradicar este azote, aunque ninguna surtió un efecto duradero. Tal había sido el caso de la expedición dirigida por el pretor Marco Antonio en 102 a.C., a quien siguieron Publio Servilio Isáurico, en 78 a.C., que durante dos años acosó a los piratas cilicios desde Panfilia, y Marco Antonio Crético, en 76 a.C., pero la crisis siguió sin resolverse.
Ante el enquistamiento del problema, en Roma se llegó a la conclusión de que había que cambiar de estrategia para terminar de una vez por todas con aquella amenaza. Se decidió poner la dirección de todas las operaciones en manos de una sola persona con poderes extraordinarios. Fue así como, en el año 67 a.C., el tribuno de la plebe Aulo Gabinio presentó la lex Gabinia, por la que se decretaba la elección de un hombre con categoría de procónsul durante tres años para eliminar la piratería en el Mediterráneo. El elegido fue Cneo Pompeyo, por entonces el general más popular de la República gracias a sus victoriosas campañas contra Sertorio y Espartaco. Tendría a su mando una armada de dimensiones impresionantes: 120.000 soldados de infantería –el equivalente a veinte legiones–, 4.000 jinetes y 270 naves –70 de ellas ligeras–. Su presupuesto ascendería a 6.000 talentos áticos.

Pompeyo lanza su ofensiva

Pompeyo dividió todo el espacio del Mediterráneo en trece zonas vigiladas por un contingente de naves bajo el mando de un comandante

El plan de Pompeyo pasaba por proteger los graneros de Sicilia, África y Cerdeña y las rutas de transporte de grano mediante la armada y guarniciones militares; una vez garantizado el suministro de trigo, el procónsul emprendería una ofensiva naval y terrestre contra las bases corsarias. Pompeyo dividió todo el espacio del Mediterráneo en trece zonas, cada una de las cuales estaría vigilada por un contingente de naves bajo el mando de un comandante, el cual debía permanecer en su zona para capturar a los piratas que quisieran huir a otra. El mismo Pompeyo, «como un rey de reyes», iba pasando de una zona a otra para asegurarse de que sus lugartenientes cumplían con su deber. Según Plutarco, Pompeyo «admiró a todo el mundo por la rapidez de sus movimientos, la importancia de sus preparativos y su reputación formidable». Los piratas, que habían pensado plantarle cara y atacarlo, «se atemorizaron, abandonaron sus ataques sobre las ciudades que asediaban y huyeron a sus ciudadelas y sus fondeaderos acostumbrados». En apenas cuarenta días, Pompeyo limpió de piratas los mares Tirreno, Líbico, de Cerdeña, de Córcega y de Sicilia.


Los piratas que escaparon a las redadas de Pompeyo y sus generales buscaron refugio en sus madrigueras de Cilicia, pero el generalísimo se dirigió contra ellos con sesenta de sus mejores naves. Tras reunir sus efectivos en la isla de Rodas, dirigió su armada a los acantilados de la Cilicia Traquea. La superioridad romana era aplastante, y los piratas, presa del pánico, se rindieron, esperando ser tratados con clemencia. Los más recalcitrantes se concentraron en Coracesio (actual Alanya), pero no pudieron sostener el ataque final que Pompeyo lanzó por tierra y por mar.

La clemencia del general

La campaña contra los piratas había durado algo más de tres meses. Según los historiadores antiguos, murieron en combate más de 10.000 corsarios mientras que Pompeyo reunió un inmenso botín, formado por más de 20.000 hombres, 400 navíos, armas, y multitud de materias primas y productos artesanales. Aun así, Pompeyo mostró una actitud misericordiosa con los derrotados. Según Plutarco, «de los piratas que todavía quedaban y erraban por el mar, trató con benignidad a algunos; y contentándose con apoderarse de sus embarcaciones y personas, ningún daño les hizo; con lo que concibieron los demás buenas esperanzas, y huyendo de los otros caudillos se dirigieron a Pompeyo y se le entregaron con sus hijos y sus mujeres. Los perdonó a todos, y por su medio pudo descubrir y prender a otros, que habían procurado esconderse por reconocerse culpables de las mayores atrocidades». Muchos piratas fueron asentados como colonos en distintos puntos de Anatolia, de Tarento, de la Cirenaica o del norte de Grecia con el fin de que olvidasen las razias en el mar y colonizaran nuevas ciudades.

Para saber más

Cneo Pompeyo Magno, el defensor de la República romana. L. Lamela Valverde. Signifer, Libros, 2003.