Napoleón en Italia, la batalla de Marengo

Tras tomar el poder mediante un golpe de Estado, Napoleón Bonaparte atravesó los Alpes para enfrentarse a los austríacos en Italia. Su gran victoria en Marengo fue la primera en su carrera por el dominio de Europa

26 de diciembre de 2013

A finales de mayo de 1800, llegó a París un boletín militar que provocó una instantánea oleada de emoción. Era el primer informe que se recibía sobre la marcha de la expedición militar del general Bonaparte al norte de Italia, de donde quería expulsar al ejército del emperador de Austria. Hacía apenas seis meses que el militar corso había dado un golpe de Estado y se había convertido en el hombre fuerte de la República francesa con el título de primer cónsul. Su campaña en Italia era la primera que llevaba a cabo desde su nuevo cargo y todos estaban pendientes del resultado. El boletín informaba de la primera etapa de la expedición, la travesía de los Alpes. Emulando la gesta del cartaginés Aníbal al pasar la cordillera con sus elefantes y lanzarse a la conquista de Roma, Bonaparte había llevado a su ejército de 50.000 hombres por la ruta más directa, pero también la más difícil, a través del paso del Gran San Bernardo. El paisaje grandioso era el marco ideal para lo que el boletín presentaba como una gesta heroica: «El primer cónsul ha descendido de lo alto del San Bernardo arrastrándose sobre la nieve, atravesando precipicios y deslizándose sobre los torrentes».

Lo cierto es que el puerto, en plena primavera, seguía nevado y las tropas avanzaron con dificultad. Más tarde, la leyenda recordará la imagen pintada por David de un Bonaparte franqueando el paso montado en un caballo encabritado, aunque en realidad subió la cuesta a lomos de una mula, y a veces incluso a pie. Ya del otro lado de la montaña, el ejército atravesó Aosta sin encontrar más dificultades que la de sortear el fuerte de Bard, donde los austríacos habían emplazado una poderosa artillería.

¿Dónde están los austríacos?

La maniobra francesa consiguió sorprender a los austríacos. Tras unas cuantas escaramuzas, el primer cónsul llegó el 2 de junio a Milán. Su propósito era atacar desde allí, por la retaguardia, al ejército austríaco del general Melas. Bonaparte contaba con la ayuda de otro cuerpo del ejército francés presente en Italia, concretamente en Génova, al mando del general Masséna. Pero justo entonces éste decidió rendirse ante los austríacos, que mantenían sitiada la ciudad, con lo que el ejército austríaco al mando del general Ott pudo reunirse con los otros contingentes para hacer frente a Bonaparte. Pese a ello, Bonaparte decidió pasar a la ofensiva y, tomando la dirección de la ciudad de Alessandria, en el Piamonte, empezó a perseguir a Melas. El 9 de junio, Lannes, junto a la vanguardia del contingente de reserva, desbarató a los austríacos del general Ott en Montebello. Cinco días más tarde, el 14 de junio, las tropas francesas llegaron a las afueras de Marengo, pueblecito al sureste de Alessandria, a cien kilómetros de Milán.

Justo antes, sin embargo, Napoleón había cometido un grave error que estuvo a punto de costarle la derrota en la siguiente batalla. En efecto, ignorando dónde se encontraba exactamente el grueso del ejército austríaco y pensando que Melas rehuía adrede el combate, el primer cónsul había enviado diversos destacamentos en todas direcciones para intentar localizar al enemigo. En realidad, Melas se encontraba en Alessandria, y el mismo día 14 por la mañana partió de allí hacia Marengo, al encuentro de Bonaparte. De esta forma, las fuerzas francesas presentes en Marengo eran muy inferiores a las de los austríacos: unos 28.000 hombres frente a los 38.000 de Melas. El mismo Bonaparte ni siquiera estaba en Marengo cuando se entabló el choque por la mañana; se encontraba en un punto de observación próximo, dispuesto a reunir allí a sus tropas cuando detectara cuál era la situación del general enemigo.

El desarrollo inicial de la batalla puso de manifiesto la superioridad austríaca. A las ocho de la mañana, Melas lanzó la unidad de O’Reilly al asalto de la división Gardanne, a la izquierda de las líneas francesas; al principio, ésta se resistió, pero más tarde, golpeada por la artillería, se replegó y retrocedió hacia el pueblo de Marengo, que se convirtió entonces en el epicentro de la batalla. Los franceses trataron de resistir allí durante toda la mañana, con las divisiones comandadas respectivamente por Gardanne, Victor y Lannes. Hacia las diez, cuando Melas hizo entrar en escena a su caballería, se desató una lucha encarnizada. Sólo entonces compareció Bonaparte, convencido al fin de que el ejército austríaco estaba en Marengo.

El inesperado giro de la batalla

Kellermann respondió a las cargas austríacas con sus dragones y frenó cuatro asaltos seguidos, pero hacia las 14 horas, las líneas francesas empezaron a ceder. Las divisiones de Lannes y de Victor retrocedieron dejando allí parte de su artillería. La situación era cada vez más comprometida y se complicó todavía más cuando el general Ott logró hacerse con el pueblo de Castel Ceriolo, al norte, e intentó, desde esa apertura, atacar a las tropas francesas por la retaguardia.

A primera hora de la tarde, todo indicaba que los franceses habían sido derrotados. Hasta tal punto era así que el general austríaco Melas, agotado por la jornada, decidió pasar el mando al general Kaim y partió a Alessandria para anunciar la victoria de su ejército sobre el primer cónsul francés. De inmediato, los correos partieron hacía las principales capitales europeas para transmitir la sensacional noticia.

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Entre tanto, desde lo alto del campanario de un pueblo próximo, Bonaparte observaba cómo sus tropas se batían en retirada. En ese momento, lo máximo que podía esperar era que su ejército retrocediera de forma ordenada y sin sufrir demasiadas pérdidas; la derrota, en todo caso, era inapelable. Pero entre las 4 y las 5 de la tarde, el primer cónsul avistó en la lejanía al destacamento del general Desaix, uno de los que había enviado por la mañana en busca de las tropas austríacas.

Tres horas antes, hacia la una, Desaix –un ardoroso general de 32 años que había combatido en el Rin y que había acompañado a Napoleón a Egipto, de donde precisamente acababa de regresar – había recibido un mensaje desesperado de Bonaparte: «Volved, por amor de Dios». Obedeció sin demora, y llegó a marchas forzadas al campo de batalla dispuesto a sostener al ejército en retirada. Rápidamente se improvisó una reunión de mandos, en la que participaron Berthier, Murat, Marmont y Desaix. Fue este último quien mostró mayor ímpetu. Informado de la situación, proclamó: «Hemos perdido una batalla, pero sólo son las cinco y todavía estamos a tiempo de ganar otra».

Bonaparte dio, pues, la orden de lanzar una contraofensiva, combinando todas las fuerzas disponibles en una acción conjunta. La infantería de Desaix se lanzó contra la columna principal austríaca, mandada por el general Zach. El propio Desaix murió en el ataque, de un balazo en el pecho, pero la artillería del general Marmont y una carga de la caballería del general Kellermann lograron desorganizar a las fuerzas enemigas. La acción coordinada de estos tres elementos dio un vuelco a la situación e hizo que las divisiones de Lannes y Victor, que llevaban retrocediendo desde principios de la tarde, volvieran a avanzar respaldadas por la Guardia Consular. Zach fue hecho prisionero junto a más de 2.000 de sus soldados. La sorpresa inicial de los austríacos se trocó en pánico y todos se batieron en retirada.

Contra toda esperanza, al anochecer del 14 de junio el ejército francés había quedado dueño del campo de batalla. Algunos batallones austríacos resistieron valientemente en la misma Marengo, mientras Melas retornaba a la acción para reunir a los fugitivos y ponerlos a salvo. Las bajas de unos y otros fueron considerables: cerca de 9.500 hombres por el bando austríaco, 963 muertos y 3.000 prisioneros, por 5.600 del lado francés, entre ellos 1.100 muertos.

La reacción en París

La victoria de Marengo llegó en el mejor momento para Bonaparte. En los primeros meses de 1800, su poder como primer cónsul parecía debilitarse. Sus primeras reformas todavía no habían dado frutos, y en París hasta sus más allegados habían empezado a conspirar en su ausencia, previendo que fracasara o muriera en Italia. De hecho, cuando llegó a la capital la falsa noticia de la derrota de Marengo, transmitida precipitadamente por Melas, Talleyrand, el ministro de Relaciones Exteriores, y Fouché, jefe de la Policía, estaban dispuestos a considerar una alternativa. Hasta los hermanos de Napoleón, José y Luciano, ambos con responsabilidades políticas en el gobierno consular, discutieron sobre un posible traspaso de poderes.

La victoria de Marengo disipó en un instante todas estas intrigas y permitió a Bonaparte barrer las últimas resistencias a su poder. En palabras de Hyde de Neuville, un monárquico opuesto al primer cónsul, la batalla marcó «el bautizo del poder personal de Napoleón». Al regresar victorioso de Italia, el 2 de julio, Bonaparte obtuvo una popularidad sin precedentes y pudo volcarse en las reformas internas de Francia, algo que fue posible también gracias a la paz que suscribió con Austria mediante el tratado de Lunéville de enero de 1801, y que duraría hasta 1804, cuando, ya coronado emperador, se lanzaría a sus grandes campañas de conquista en Europa.

La hora de la propaganda

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La batalla de Marengo no fue representativa del genio militar de Bonaparte; de hecho, el error que cometió al dispersar sus fuerzas antes del choque decisivo estuvo a punto de costarle la derrota, y sólo lo salvó la llegada providencial de Desaix. En cambio, sí que fue típica la utilización propagandística que Napoleón hizo del episodio. El boletín militar redactado al día siguiente de la batalla, en lugar de mencionar las dificultades a las que se habían enfrentado los franceses –aunque tampoco las negaba–, destacaba por encima de todo la actuación de Bonaparte: «La presencia del primer cónsul reavivaba los ánimos de las tropas», decía. El boletín resaltaba también el papel de Desaix, el auténtico héroe de la batalla, al que, una vez muerto, podía elogiarse sin riesgo de que hiciera sombra a Napoleón. Éste anunció la construcción de un monumento a la gloria del militar fallecido en el puerto del Gran San Bernardo, y un pintor lo representó expirando en los brazos de su ayudante de campo, al que, según se dijo, tuvo fuerzas para declarar: «Id a decir al primer cónsul que muero con el pesar de no haber hecho bastante para vivir en la posteridad».

Napoleón recordaría siempre Marengo como un momento crucial en su carrera, aunque reconocía lo apurado de la victoria. En su exilio en Santa Elena declaró: «Marengo fue la batalla en la que los austríacos se batieron mejor; sus tropas se comportaron de forma admirable, pero su valor quedó enterrado allí; no los hemos vuelto a ver igual». El general Kellermann no se equivocaba cuando escribió: «De todas las victorias ganadas por Bonaparte, Marengo es la que más beneficios y menos gloria personal le aportó».

Para saber más

Napoleón. Jean Tulard, Crítica, Barcelona, 2012.
¡A la carga! Las mejores cargas de la caballería napoleónica.Digby Smith. Inédita, Barcelona, 2007.

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