Vida cotidiana

Japón: el imperio de la moda en el siglo XVIII

Aunque el vestido estaba regulado por el Estado, las damas de clase alta gustaban lucir modelos caros y sofisticados

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IMA 243346. Pinos

Pinos

Los pinos o matsu bordados sobre este kosode femenino de seda estaban asociados a la estación del invierno y simbolizaban una larga vida.

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PHL 434631. Ave Fénix

Ave Fénix

En el centro de la composición bordada y estampada de este kosode femenino de mangas cortas, con fondo rojo vino, se ve un ave fénix o hoo, símbolo de sinceridad, verdad y honestidad.

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BST 711623. Una colorida peregrinación

Una colorida peregrinación

Damas japonesas en una peregrinación a un templo próximo a Tokyo a finales del siglo XVIII. Xilografía por T. Kiyonaga.

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Aunque el vestido estaba regulado por el Estado, las damas de clase alta gustaban lucir modelos caros y sofisticados

El día 21 de octubre del año 1600 se libró una sangrienta batalla en la llanura de Sekigahara. La matanza fue descomunal; la victoria de uno de los bandos, absoluta. La familia de los Tokugawa se apoderó del cargo de shogun o dictador militar, y pudo así gobernar Japón durante casi tres siglos, a lo largo del período Edo, llamado así por el nombre de la capital, la actual Tokyo. El nuevo shogunato no sólo trajo a Japón políticas diferentes; también marcó el inicio de un profundo cambio en la forma de vestir, que acabó dando lugar a lo que hoy conocemos como indumentaria japonesa tradicional.

Desde fines del siglo XV, la  prenda exterior básica de los japoneses había sido el kosode, ancestro del kimono, una especie de túnica abierta con patrón en forma de T que se ajustaba a la cintura con una faja. Derivado de una antiquísima camisa interior del mismo nombre que se usaba en época Heian (794-1185), el kosode era prácticamente unisex: tenía el mismo corte para hombres y mujeres, y decoración parecida. Había, eso sí, distintos tipos según los detalles del patrón o los materiales, y también eran un poco diferentes según la época del año para la que estaban pensados. Ambos sexos gustaban de los elementos ornamentales grandes y llamativos y de los bordados con hilo de oro, siempre que pudieran permitírselos.

Vestir como manda el shogun

Al entrar en el período Edo, las cosas cambiaron de forma radical. Por un lado, pronto empezaron a distinguirse los motivos ornamentales de las ropas de hombre y de mujer. Las damas se reservaron la decoración colorida y vistosa, mientras que los caballeros se decantaban por motivos pequeños y simples, por ejemplo, los diseños rayados. Se trata en realidad de un proceso muy similar al que tuvo lugar en los países de Occidente, sólo que con un siglo de adelanto; en Europa, la separación de colores y motivos no comenzaría hasta finales del siglo XVIII, y se consagraría de manera definitiva a lo largo del XIX.

Asimismo, a medida que se separaban los diseños por géneros, los bordados de hilo de oro fueron también siendo sustituidos por estampados, quizá debido a las leyes contra el lujo que promulgó el gobierno; hay que decir, de todos modos, que algunos estampados eran casi tan laboriosos como un bordado, y su resultado prácticamente igual de espectacular.

En el Japón Edo, las clases pudientes estaban sometidas a una minuciosísima normativa dictada por el shogunato, que establecía la indumentaria apropiada para cada uno según su rango. Los vestidos lujosos estaban reservados por ley a la aristocracia, y su uso por damas de clase inferior se castigaba severamente. Por ejemplo, el escritor Mitsui Takafusa, en su Chonin Kokenroku (Observaciones sobre los mercaderes, 1728), cuenta que a principios del siglo XVIII vivía en Edo un rico comerciante de apellido Ishikawa. Su esposa, olvidando las normas que prohibían a los mercaderes los excesos indumentarios, perdía la cabeza por la ropa de lujo y, revestida con sus carísimos kosode, pasaba por una gran dama de la aristocracia. Un día, un gran señor feudal la confundió y la trató con los respetos debidos a una aristócrata. Pero al descubrir después la verdad, montó en cólera por haberse humillado delante de la esposa de un simple mercader y decidió imponer un castigo ejemplar. El desafortunado matrimonio vio sus bienes confiscados y fue expulsado de la ciudad.
Más asociadas aún con las modas en el vestido estaban las geisha, las célebres cortesanas que reinaban en los barrios de placer de Edo, el llamado «mundo flotante». Las geisha del período Edo tardaban largos años en aprender a divertir graciosamente a sus clientes, servirles de beber, cantar, bailar, recitar poesía o tocar instrumentos; no en vano el término geisha significa «artista» y debe distinguirse de las prostitutas propiamente dichas.

La geisha y el samurái

En la actualidad, las geisha son el paradigma de la tradición y mantienen celosamente los detalles de su labor y de su indumentaria. Si en sus primeros años usan vivos colores y mangas larguísimas, en su etapa final dominan los tonos oscuros y la sobriedad se extiende incluso al peinado. En el período Edo, en cambio, las geisha iban siempre a la última. Lejos de ceñirse a modelos ancestrales, eran ellas quienes creaban las tendencias, que enseguida circulaban rápidamente por todo el país  gracias a las estampas en las que se las representaba un poco a la manera de las actuales revistas de moda. A fines del período Edo, todas las japonesas del país que podían hacerlo copiaban a las geisha de las grandes ciudades y se envolvían en ropajes similares, tan largos que a menudo arrastraban sus ricos tejidos por el suelo. Las geisha eran las it girls del momento.

En cuanto a los hombres, el personaje más característico del Japón Edo fue sin duda el samurái. A lo largo de lo que fue una etapa extraordinariamente pacífica de la historia japonesa, los antiguos guerreros feudales se vieron abocados a la inacción. Por eso, precisamente, se dedicaron a sistematizar su código de conducta y su vestimenta. Este atuendo estaba compuesto por dos prendas principales: un amplio pantalón o hakama y una prenda superior que podía ser una suerte de chaleco con los hombros muy exagerados o bien una especie de chaqueta larga y abierta llamada haori. Este conjunto básico era prosaicamente conocido en la época como kamishimo, «lo de arriba y lo de abajo».

Siguiendo la moda, tanto los pantalones como el chaleco o chaqueta solían ser de colores poco llamativos y emplear motivos pequeños y sobrios, aunque el escudo familiar, también presente, indicaba el rango del portador. Los materiales eran distintos según el poder adquisitivo del samurái, a pesar de las recomendaciones de célebres maestros como Kato Kiyomasa, que abogaba por el algodón. De algodón o de seda, la vestimenta de un samurái no estaba completa sin su katana, la larga espada que desde el decreto del año 1588 era un arma exclusiva de la clase guerrera. Además, un samurái que se preciase no llevaba otro peinado que el emblemático chonmage, una coleta de gran altura que se resaltaba aún más afeitando la zona frontal de la cabeza y de la que se decía que hacía encajar mejor el casco.

Vestidos de papel

Los japoneses de clase popular se enfrentaban también a numerosas restricciones vestimentarias. Les estaba prohibido emplear tejidos lujosos para sus ropas, y había zonas en las que sólo podían poseer un traje de cáñamo para el verano y otro de papel para el invierno, como ordenaba un decreto de 1674 a los campesinos de la región de Tosa, en el suroeste del país. Aunque hoy día nos resulte sorprendente, las prendas de papel o shii, de uso común en esta zona, se extendieron por todo el país a finales del período que nos ocupa. Eran ligeras, lavables, bastante resistentes y más cálidas que las de algodón. Se fabricaron hasta la segunda guerra mundial y todavía hoy hay artesanos que las producen. Los campesinos también recurrieron a materiales menos elaborados, como los juncos, con los que se realizaban las capas para la lluvia o mino, tan parecidas a las antiguas «corozas» españolas que se usaron hasta el siglo XIX en las aldeas gallegas.

Para saber más

Historia breve de Japón. Irene Seco Serra. Sílex, Madrid, 2010.
Japón (Diccionario de las civilizaciones). R. Monegazzo. Electa, Madrid, 2008.