Un paseo espectral por el Titanic

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Al recorrer las salas del barco naufragado, James Cameron se siente como en casa entre los espectros

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¿Cuánto sabes sobre el Titanic?

TEST NG: ¿Cuánto sabes sobre el Titanic?

Cinco horas habían pasado desde que mi intrépido robot Gilligan salió de su garaje en el sumergible Mir 1 y desa­pareció en el cavernoso interior del barco naufragado. Nuestro sumergible estaba estacionado en la cubierta superior del pecio más famoso de la historia, rodeado de oscuridad eterna, bajo una columna de agua de cuatro kilómetros.

A salvo dentro del Mir, yo manejaba suavemente con una palanca de mando el vehículo dirigido por control remoto (ROV por sus siglas en inglés), y conseguía conducirlo al traicionero interior del navío. El robot había entrado en la cubierta F, desenrollando por el camino un cable de fibra óptica cual Teseo en el laberinto. Aunque ahora el diminuto vehículo se encontraba siete cubiertas por debajo de mí, sentí como si mi conciencia estuviera dentro del robot, como si sus cámaras fuesen mis ojos, contemplando los pasillos del barco. Sus riesgos también eran los míos, y el pulso se me aceleraba con cada nuevo peligro. Al doblar una esquina, me salvé por poco de la caída de un «carámbano de óxido», una de esas formaciones que producen las bacterias que se alimentan del acero del barco.

Franqueé una puerta y de pronto mis luces revelaron unas relucientes baldosas verdes y azules. Tumbonas de madera de teca increíblemente bien conservadas yacían en el suelo, y por encima de ellas se extendía una bóveda de inspiración árabe revestida de pan de oro. Había entrado en la elegante zona termal del buque más lujoso de su época. «Comunícales que estamos en los baños turcos», dije a Mike Arbuthnot, el arqueólogo marino sentado a mi lado. Él abrió el micrófono y transmitió el mensaje a la superficie.

Nuestra prospección arqueológica del interior del barco había comenzado en 1995, cuando yo estaba completando las tomas del pecio para la película Titanic. Entonces teníamos un ROV de difícil manejo llamado Snoop Dog, que era poco más que parte del atrezo, pero conseguimos me­­terlo en la gran escalinata del barco y logramos que bajara hasta la cubierta D. Sus focos revelaron que gran parte de los ornamentados paneles de madera de las paredes se conservaban intactos. Snoop llegó al final de su cable y no pudo seguir, y yo no pude dejar de preguntarme qué esconderían las sombras que había más allá de la luz de sus focos. Tras el estreno de la película, encargué la construcción de dos vehículos robóticos revolucionarios para poder regresar y explorar de verdad el interior de la nave. En 2001 y de nuevo en 2005 hice múltiples descensos al pecio del Titanic y conduje nuestros robots al interior. Al final fotografiamos y documentamos el 65 % de los espacios internos que aún quedan.

Íbamos de descubrimiento en descubrimiento. En los salones y comedores de primera clase, encontramos intactas las altas vidrieras. El revestimiento de caoba tallado a mano de las paredes y las columnas todavía se conserva, y en algunos puntos aún se distingue la pintura blanca original. Hay arañas de cristal y, en los camarotes de primera clase, camas de latón en perfecto estado de conservación. Ornamentadas rejas de hierro cubren el enorme hueco del ascensor. Cuando vi por primera vez el botón de latón de una de esas puertas, sentí como si fuera posible alargar la mano y pulsarlo, y esperar que aún acudiera un fantasmagórico ascensor. El Titanic se hundió en su viaje inaugural antes de que sus interiores pudieran ser fotografiados, por lo que la mayoría de las imágenes de archivo usadas como referencia para los sets de la película eran fotografías de su barco gemelo, el Olympic. Por primera vez estábamos averiguando cómo era realmente el Titanic, y ahora los detalles de su decoración se han reconstruido laboriosamente a partir de los vídeos tomados por los robots. Ahora sé dónde es rigurosa la película y dónde no lo es.

De todos nuestros descubrimientos, los más evocadores son las reliquias que probablemente tocaron sus dueños. En el camarote de Henry Harper, en la cubierta D, su sombrero de bombín se conserva en su armario, justo donde él lo dejó. En el camarote de Edith Russell, en la cu­­bierta A, el espejo todavía resplandece sobre la jofaina del lavamanos. En otro camarote, un vaso y una jarra de cristal se mantienen todavía en pie, por imposible que parezca, sobre una mesa. Si el vaso hubiese estado vacío, habría salido flotando de su soporte cuando la habitación se inundó, y se habría perdido. Pero alguien bebió y lo dejó medio lleno, y el vaso sigue allí.

En la insonorizada sala Marconi sobrevive el aparato de radio, con los conmutadores colocados en las posiciones dejadas por los jóvenes operadores Harold Bride y Jonathan Phillips, lo que indica que cortaron la electricidad antes de abandonar sus puestos cuando el agua ya inundaba la cubierta fuera de la sala. Incluso fotografiamos el transformador que repararon la noche anterior al desastre. Desafiando las directrices de la compañía, los dos empleados del telégrafo lograron devolver la plena operatividad a los equipos, una hazaña que quizá salvó 712 vidas, pues sin esa potencia es probable que la señal no hubiera llegado con su histórico SOS al Carpathia, el barco que los rescató. Captar esas valiosas imágenes fue como tocar la historia con las manos.

En 2001 me había propuesto llegar a la suite de la cubierta C donde se alojaron Ida e Isidor Straus, la pareja mayor famosa por haber preferido morir antes que permitir que la regla de «las mujeres y los niños primero» los separara. La suya era la suite más adornada del barco, y de hecho sirvió de modelo para el camarote de Rose, en el que Jack Dawson dibuja el retrato de la protagonista de mi ficción. Logré que mi esforzado robot Jake llegase hasta el depósito de objetos de valor, pero no pude penetrar en la suite de los Straus, situada justo al lado. En 2005, decidido a hallar el modo de entrar, logré que Gilligan, otro robot algo más pequeño, pasara por un estrechamiento del pasillo y lo conduje hasta un espacio abierto. Las luces del robot revelaron reflejos dorados. No solo seguía intacta la ornamentada chimenea de caoba, sino que se mantenía sobre la repisa el reloj dorado, tal como aparecía en las fotografías de archivo y tal como lo habíamos recreado para la película. Fue un momento sobrenatural, en el que ficción y realidad se fundieron en las profundidades.

 Con 33 inmersiones al pecio, de un promedio de 14 horas cada una, he pasado más tiempo en el barco que el propio capitán Smith. En toda esa exploración, los recuerdos más in­­tensos son los de la experiencia extracorpórea de recorrer como un espectro los pasillos y las escaleras del Titanic a través de mi avatar robótico. La ruina gótica del barco existe ahora en un limbo espectral, que no es de este mundo ni está completamente fuera de él. Pero a pesar de la ex­­trañeza del lugar, tuve en todo momento una intensa sensación de déjà vu al explorarlo. Después de recorrer durante semanas el set de la película, fielmente reconstruido, cada vez que el robot doblaba una esquina en el interior del pecio, yo ya sabía lo que iba a revelar su cámara antes de verlo. Era una sensación sobrecogedora y a la vez extrañamente reconfortante, como si de algún modo me encontrara en casa.

Fotografías de Stewart Volland.